H. I. y V., o las cartas de amor (2012)

H. I. y V., o las cartas de amor (2012)

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H. I. y V. o las cartas de amor

Cahiers de psychologie clinique, 2012/1, n.º 38, p. 161-177.

H.I. & V., OR THE LOVE LETTERS

SUMMARY The AIDS epidemic presents a considerable chal- lenge to the laws of love and desire. Whether contaminated or not, those who love each other cannot escape the effects of the imaginary disturbance that the H.I.V. virus creates. Clinical experience teaches us that sexual risk is more a testimony to a subject’s psychic adaptation toward desire than surrender in the face of the death instinct. With Lacan and Freud, we can discern some elements of the psychological processes of anxiety, which can shed light on the process of fantasy and love in a constantly renewed effort to work on the framework that supports them.

PALABRAS CLAVE Sida, barebacking, lo inquietante, objeto de deseo, objeto a.

RESUMEN La epidemia de sida somete a dura prueba las leyes del amor y del deseo. Contaminados o no, quienes se aman no escapan al efecto de perturbación imaginaria que el virus V.I.H. provoca. La experiencia clínica nos enseña que el riesgo sexual es más un testimonio de la adaptación psíquica del sujeto en favor del deseo que de su capitulación ante las fuerzas de la pulsión de muerte. Con Lacan y Freud, podemos desentrañar algunos elementos de los procesos psíquicos de la angustia, capaces de iluminar el curso de la fantasía y del amor en un esfuerzo siempre renovado por trabajar en la trama que los sustenta.

«Cegados por el fulgor de su luz errante, Juráis, en la noche en que el destino os sumió, Mantenerla siempre: de vuestra mano moribunda Ya se escapa.

Al menos habréis visto brillar un sublime relámpago; Habrá surcado vuestra vida un momento;

Al caer podréis llevaros al abismo Vuestro deslumbramiento.

Y aunque reinara en el fondo del cielo apacible Un ser sin piedad que contemplara sufrir,

Si su ojo eterno considera, impasible, El nacer y el morir,

¡Al borde de la tumba, y bajo esa misma mirada, Que un movimiento de amor sea aún vuestro adiós!

¡Sí, haced ver cuán grande es el hombre cuando ama, Y perdonad a Dios! »

Louise Akermann (1813-1890), El amor y la muerte (últimos versos).

 

Ya no se escriben tantas, se dice, cartas de amor como antaño. La comunicación hipertrofiada de la vida moderna, tejida en red, habría acabado con los galanteos de antaño. Empobrecida, la palabra amorosa solo sobreviviría raquítica, reducida a la codificación de un short message service designado como prueba irrefutable de la gloria circunscrita de lo instantáneo contra el bordado lento y enredado del deseo. Si podemos oponernos voluntariamente a este balance mal trazado, es a la luz de la experiencia de la palabra del psicoanálisis que los desgranamos uno a uno, y constatamos que no hay nada de esos argumentos. Es que permanece un texto de otra dimensión del que no se posee la materia, y cuyas letras no se desgranan a voluntad. H., I. y V. son de esas letras, misivas sin sobres al servicio del texto inconsciente del sujeto. Como en el cuento de E. Poe 2, nadie conoce su contenido factual, y nadie lo necesita para actuar en consecuencia. Partícula invisible a simple vista, el virus del sida se presta fantásticamente a las vicisitudes del psiquismo y sus procesos. Salvo que se desate por el pathos la cinética de la pulsión de muerte, decimos que la toma de riesgo sexual está en gran medida al servicio de Eros más que de Tánatos, tal es nuestra hipótesis en apoyo de nuestra experiencia. La paradoja y la contradicción que de ello se extraen contra el sentido común demasiado charlatán, y en el polo opuesto de los dramas y los efectos singularmente encontrados, dificultan al sujeto deletrear los fragmentos de un saber en ciernes, y el clínico no se queda atrás. Es que hay que apartar la angustia para no estorbar con sus reivindicaciones el área de recuperación que se inicia con la palabra, preservarla de la desesperación o la depresión que le siguen. Porque más allá de la creencia común, tenemos que asumir otro riesgo sexual, en el sentido freudiano, el de no retroceder tampoco ante lo que del amor conlleva victorias para el sujeto, a veces indexadas en el curso de la vida. Nada de romanticismo al recorrer y leer las finas intrincaciones del amor y la muerte en la vida psíquica de los seres que somos, una dilucidación quizás, único añadido válido a la aspiración ética de una vida más decidida que sufrida. La sexualidad humana sigue revelándose bajo estos rasgos en tiempos de sida, así como el psicoanálisis ha abierto el campo.

El a del objeto de deseo

El anuncio de la seropositividad constituye, según todas las evidencias, un verdadero traumatismo, un acontecimiento sin precedentes. Descubrimiento —porque así se expresan el médico, el amigo, el psicólogo, la pareja, la propia persona— es un significante mayor, nos informa sobre la calidad de este acontecimiento, sobre su alcance consciente e inconsciente, cuyos efectos se hacen sentir hasta en las modalidades transferenciales y técnicas del trabajo psíquico posible, y a veces imposible. La revelación que se le asocia es una irrupción y un traumatismo, desde lo colectivo hacia lo individual. Es que la revelación de lo sexual que la epidemia de sida inaugura cuando

el V.I.H. es descubierto en 1983 3 no deja de ser revivido con cada descubrimiento de cada seropositividad. Pero ¿qué se descubre exactamente? En el después de la partida de pacientes seropositivos que acudieron a consulta durante algunos meses, retomamos aquí la reflexión sobre estas experiencias. Un movimiento común a algunos de estos recorridos toma forma a posteriori. Este difícil descubrimiento provoca una congelación del pensamiento que se protege, se resguarda o se retira. Si la palabra a veces sigue siendo posible en el momento (lo que puede ser beneficioso para algunos pacientes), la mayoría de las veces la incisión producida desmoviliza gravemente las posibilidades de pensamiento ordinarias, relegadas bajo la égida de un eclipse cuyo baluarte solo puede disiparse a favor de ciertas condiciones garantes de una recuperación psíquica de este acontecimiento y de sus efectos. Porque este descubrimiento está intrínsecamente ligado a sus consecuencias, ni poco ni mucho, que no siempre es posible discriminarlas. Se crea una amalgama que dificulta el desprendimiento propicio para la recuperación subjetiva en un esfuerzo de palabra. Todos y todas han acudido a consultar a un psicólogo después de que ha pasado el tiempo desde el descubrimiento de su seropositividad, tiempo corto o prolongado, siempre distinguido, durante el cual el descubrimiento ha permanecido a discreción o incluso completamente silenciado, por obrepción. Luego, a favor de una movilización cuyos fundamentos quedan por discutir, ellos y ellas han puesto fin a este tiempo de latencia.

Propongamos desde ahora un elemento de hipótesis para dar sentido a este efecto del descubrimiento, clínicamente identificado. Consideramos que de un descubrimiento, es precisamente el del sexual de lo que se trata aquí, en una renovación de su revelación con motivo de la detección de la seropositividad. Las transformaciones, las traducciones, las reelaboraciones que se activan nos han llevado a releer algunas páginas de la teoría de la experiencia analítica o psicoterapéutica sobre los procesos de subjetivación en la adolescencia.

«La recuperación de lo pulsional en lo psíquico puede definirse como una exigencia de trabajo impuesta a lo psíquico como consecuencia de su relación con el cuerpo (a este respecto, puede entenderse que el proceso adolescente, trabajo de elaboración introyectiva de lo puberal, pueda constituir su modelo)». 4

Las personas seropositivas también tienen que enfrentarse a una reactivación de la cuestión de lo sexual mediante la transformación sorprendente e irremediable de una experiencia de la realidad con repercusiones violentas. Se plantea la cuestión de una identidad sexual en conmoción y de los procesos de subjetivación asociados a ella. No solo la cuestión subjetiva en juego ofrece similitudes con la cuestión adolescente, sino que también en términos de maleabilidad y temporalidad del proceso psicoterapéutico constatamos puntos de acercamiento. La movilización psíquica necesaria se formaliza en forma de crisis, en cuyo seno aparecen, como en la crisis adolescente, inevitables negociaciones con los objetos edípicos. El lugar del sujeto se discute a partir de su relación con el Otro, y de los deseos que operan en los movimientos afectivos y psíquicos examinados desde una triangulación histórica perceptible en filigrana. 5

«La construcción de lo infantil en la cura psicoanalítica, se inscribe en la lógica de la metabolización adolescente que pone en perspectiva retroactiva los umbrales estructurales de la organización psíquica adulta como otros tantos retrasos virtuales del desarrollo». 6

Al igual que en la adolescencia, la revelación de lo sexual provocada por el anuncio de la seropositividad es una re-revelación de lo sexual infantil dejado de lado durante el período de latencia prepuberal. Algo del orden del secreto o de la disimulación psíquica activa, de la represión, es desautorizado. Aparece lo que no merecía ser tan visto o divulgado. Lo real desgarra la fantasía y fija al sujeto en el punto de su determinación sexual inconsciente, causando un inmenso trastorno, una pérdida de su motilidad psíquica. La absoluta necesidad de explicaciones nunca tarda en hacerse sentir. Lo que ha sucedido y lo que está sucediendo debe encontrar los argumentos de su demostración lógica capaz de razonar lo que parece poder sustraerse a ella. El adolescente puede apoyarse en el sentido del destino que le reserva la vida de tener que convertirse en un adulto, lo quiera o no, desde el cual se despliega su proyecto identificatorio de adulto. La persona descubierta seropositiva se refugia la mayoría de las veces en el cuestionamiento del cómo, en detrimento del porqué inaccesible en un primer momento, y sin embargo indispensable para el trabajo psíquico, ya que es la única realización posible de esta revolución de lo sexual requerida para salir de la crisis.

Debemos exponer un hecho clínico encontrado muchas veces a propósito de la seropositividad. Los relatos de los pacientes están marcados por la dispersión de explicaciones sobre la contaminación por el V.I.H., de las cuales retenemos la textura enigmática o fantástica (en el sentido de la fantasía), al borde de lo que se dice y de lo que queda al margen. La historia de la contaminación es objeto de una reelaboración a la manera de un recuerdo encubridor como medio de subrepción cuando disimula un contenido conflictivo. Esta historia también se asemeja a una escena primaria, alegoría de la contaminación. Estas son dos de sus funciones psíquicas que hemos encontrado. Por este doble motivo, a menudo está alterada, embellecida, corrompida, tergiversada según el momento o el interlocutor. Precisemos, es el recuerdo encubridor el que adquiere valor imaginario de una escena primaria —y no al revés— debido a su contenido favorable a una correspondencia con lo infantil de la escena primaria. El ajuste del que es objeto (el recuerdo) impone reconocerle esta función de pantalla tal como Freud la describió. Pero lo que pone en escena inaugura, en el después, la oportunidad de un intento imaginario provechoso para el sujeto de reescribir el origen de una concepción (la de la contaminación), de la que resulta que él no estaba allí, al igual que en la escena mítica de la concepción del niño por nacer que no podía estar allí todavía. Y de no estar allí se deduce la tendencia a privilegiar la causalidad más que la significancia, a recomponer los hechos para no acceder a los deseos que los subyacen: el cómo en compensación del porqué.

La desestabilización del descubrimiento de la seropositividad equivale a un colapso de tipo traumático. En sus Reflexiones sobre el traumatismo, Ferenczi trata la «conmoción psíquica» y el «“choque” […] equivalente a la aniquilación del sentimiento de sí mismo» 7. Debemos situar el momento. La comprensión común a menudo tiende a considerar un fallo previo como el motivo responsable de la contaminación, olvidando que esta es solo la consecuencia biológica de una historia subjetiva que se determina desde otro plano. La derrota que puede representar la contaminación

no puede considerarse el resultado de una predisposición subjetiva cualquiera o la obra de la pulsión de muerte, de la que sería el desenlace. No ilustra el trastorno de veleidades suicidas. Si estas son efectivas en ocasiones, deben valorarse por lo que son, tal como el sujeto sufriría las consecuencias distintamente de sus efectos en lo real, de un registro a otro, sin traducciones literales. Si no fuera así, deberíamos dar crédito a la autodestrucción tan a menudo invocada, y de la que sabemos por experiencia que no resiste la contradicción. El asunto es más complejo.

Cuando Hermann 8 se presentó a su primera cita, nada indicaba de antemano el efecto de revelación que este encuentro clínico iba a suscitar. Hombre dinámico de unos treinta años, de origen escandinavo, seropositivo desde hacía casi cinco años, diagnosticado casi inmediatamente después de su contagio, homosexual activo al que le gustaba ir de fiesta y tener múltiples encuentros, consumidor de drogas de todo tipo, deportista: este fue el repertorio identitario que me sirvió como presentación, desde los primeros instantes de la primera entrevista. Luego, la infancia y la historia familiar vinieron a ambientar el escenario y la dramaturgia de una dolorosa historia de inmigración. La violencia de la hermandad, el desamparo parental, el destino de una familia a la deriva en una Francia donde ninguno de sus miembros encontraba ni referencias, ni deseos, ni alegrías. Con sus cinco hijos a cargo, la madre estaba material y afectivamente desbordada, Hermann, el menor, sufría las consecuencias; alimentado, cuidado pero «mal querido», recuerda haber deseado morir muy pronto, sin haber discernido nunca los motivos.

Continuamos las entrevistas. Pasan algunas semanas. Una reflexión le atormenta. Por muy descabellado o loco que parezca, su vida le parece más interesante y feliz desde que está «enfermo». Le avergüenza esta idea y le cuesta dar explicaciones, duda de que las haya como si no se pudiera explicar o no tuviera sentido.

Retomando año por año su trayectoria como para desentrañar una aspereza, Hermann explora su vida hablando. La trama se estira y poco a poco convergen una miríada de elementos progresivamente apretados hasta el punto de inflexión de un relato brutalmente cercenado bajo el golpe de un efecto de verdad. Justo cuando pronuncia las palabras tal como le vienen, su mirada traiciona su sorpresa al escuchar algo más allá del texto literal de lo que cuenta: «¡De hecho! El día que me dijeron que era seropositivo, fue entonces cuando mis ganas de morir desaparecieron». Es como si Hermann siempre lo hubiera sabido, esto toma la apariencia de un descubrimiento, porque es una auténtica exhumación. Acto seguido, interroga una autodestructividad potencial y busca medir el deseo de muerte que lleva dentro desde la infancia. A falta de haber deseado morir él mismo, Hermann comprende que ha tenido la necesidad de matar cosas en él. Entonces surge una pregunta: ¿deber ser un hombre, pero cuál? La continuación de las entrevistas revela cómo la «enfermedad» de un primer amante seropositivo encerraba la promesa de una curación de un calibre personal: una curación identitaria, urdida a partir de una articulación con un objeto imaginario, un acuerdo fortuito que sostenía su deseo y capaz de revigorar sus identificaciones reprobadas. Con ese hombre, Hermann tenía menos que temer sus deseos y aspiraciones. Que el otro lo tuviera le permitía ser, de modo que la imaginación 9 de la que se beneficia el virus a través de «la enfermedad» debe examinarse para traducirlo como objeto causa del deseo distinguido del objeto del deseo, que Lacan nos invita a no confundir.

El V.I.H., invisible a simple vista, se acomoda increíblemente a los procesos psíquicos e imita la consistencia representable de un objeto imaginario con efectos reales. Solo podemos sostener su interés por la economía psíquica como moneda de deseo puenteada con el amor bonificado y su objeto. Si bien no puede confundirse con el objeto del deseo, se acerca lo suficiente como para que su superposición sea posible, durante el tiempo que sea útil, hasta que lo real los separe, y finja liberar el objeto causa del deseo de una detención ficticia, en un momento de importante caída subjetiva, de la que el coito sigue siendo aquí un lugar y un momento ejemplar. Tomemos, por ejemplo, la película de Louise Hogarth, The Gift 10 (el regalo, la donación). Se entrevista a Bug Chasers, literalmente Cazadores de virus, para que expliquen sus motivaciones en la búsqueda de la contaminación. Uno de ellos expresa cómo el virus pudo convertirse en el objeto a realizar, a atrapar realmente, en un movimiento de confusión entre la identidad y la identificación, siendo la primera considerada para socorrer a la segunda. Para él, la cuestión es poder llegar a ser alguien —en el plano identitario—, encontrar su lugar entre otros, asegurarse una comunidad de pertenencia, ser un hombre homosexual y acercarse a lo que parecen ser y tener. Otro desarrolla su esperanza de no tener que temer más gracias a su contaminación, de volverse seropositivo. Convoca para su cumpleaños a participantes mejor dotados que él para una priapismo sin retorno; la dimensión del regalo por la seroconversión adquiere un aspecto singular. En ambos casos, la realización de la contaminación que atestigua el éxito del proyecto inicial se acompaña de un movimiento de depreciación y de desánimo que fomenta en uno los remordimientos —de no haberse dado cuenta antes de lo que implicaría—, en el otro la disipación de la angustia de volverse seropositivo ya suplantada por la preocupación ligada a la seropositividad adquirida 11. El virus como función de objeto causa del deseo (objeto a) adquiere todo su valor cuando aparece, en la confluencia de su acceso y su caída, la angustia que se apodera del sujeto, de la que se adivina que precede al vacío previo al relanzamiento del deseo hacia otro lugar de su causa.

Para Hermann, como para los dos hombres de la película de Louise Hogarth, podemos decir que la historia real de la contaminación —que la detección atestigua— se revela como la historia residual de una historia fantasmática que involucra al sujeto del inconsciente. Y constatamos cuán difícil es para la mayoría de los pacientes encontrados poder liberarse de las rutinas de un discurso depresivo —que solo justificaría haber asumido riesgos, como si fuera necesario reconocer el peso de un malestar y sus destrucciones— para explicar la toma de riesgo cuando, por el contrario, traduce un intento que conviene apreciar por lo que es, a saber, una obra de vínculo. Las diferentes dimensiones entrelazadas pueden considerarse paso a paso en el trabajo de la palabra. Expresándolo en términos freudianos, decimos que es en nombre de Eros que la toma de riesgo trabaja y no en el de Tánatos. Es para apuntar a una construcción que se toman los riesgos, sus razones no son vanas, sino imperiosas. La experiencia clínica puede dar cuenta de los obstáculos e impedimentos que experimentan los pacientes contaminados en el

camino que, sin embargo, les es necesario, de tener que dar todo su valor a su historia personal, a su verdad subjetiva, y de la que lo sexual como componente les impone abrirse a su inconsciente 12. Esto para dar todo su alcance a estos intentos últimos de apaciguamiento, de identificación, que son estos mal llamados comportamientos de riesgo.

Sabemos que el objeto causa del deseo (objeto a) tiende a representarse en el corazón de un objeto del deseo del que no es, pero que lo vectoriza. Esto contribuye al acercamiento del imaginario del riesgo y del imaginario sexual hasta justificar casi lógicamente que un riesgo sexual biológico es asumido por el hecho mismo del riesgo sexual (freudiano), inherente a la sexualidad humana. Esto permite comprender lo que consideramos un error cometido por las políticas de prevención, la de creer en el riesgo sexual tomado como un comportamiento unívoco que ensalzan en la ignorancia de su complejidad. El desarrollo de las llamadas políticas de reducción de riesgos sexuales confirma esta obstinación. Cuando se aplican al sexo, al igual que las políticas de reducción de riesgos asociados al uso de drogas, demuestran esta ausencia de consideración de la determinación inconsciente de la sexualidad que acaba por fallar. La reducción de riesgos asociados al uso de drogas se centra en considerar el riesgo asociado a un comportamiento, no considera el comportamiento en sí mismo, del que no espera nada en términos de cambio a priori, salvo que la persona en cuestión haga ella misma la demostración. De manera diferente, la reducción de riesgos sexuales está prisionera de una jerarquización de los comportamientos —¿como tantas escenas primarias?— a falta de poder aclarar el riesgo incurrido —que solo se aprecia en las variaciones que acabamos de darle. En el umbral de su enunciado, el discurso de prevención tropieza de nuevo con la densidad del riesgo proteiforme y rebelde que querría circunscribir al no saber lo que es en el fondo, mucho más allá de lo que parece ser para él: el objeto fraudulento de una disertación conductista. El riesgo de la inyección por vía intravenosa está muy lejos de constituir un paradigma del riesgo sexual, no todas las prácticas se dejan reducir a comportamientos definibles. El éxito histórico de las políticas de reducción de riesgos con las drogas se basa esencialmente en la sobredeterminación del acto por el fenómeno de la adicción, las prácticas sexuales, incluso las más alienantes, se basan siempre en más deseo que su extinción por el flash de la inyección: es una pequeña diferencia ineludible. Todo concurre luego a aprehender este riesgo sexual como un riesgo real, lo que no es, sus consecuencias sí lo son. Pero sabemos por nuestra experiencia que el riesgo sexual articulado en este punto de confusión entre el objeto del deseo y el objeto causa del deseo, se deriva primero de un riesgo imaginario o fantasmático antes de ser equilibrado por lo real del sexo mismo: no pertenece de entrada al mundo fenomenal. Al comparar comportamientos, las políticas de prevención asumen el delicado riesgo de no apreciar los actos sexuales por lo que son, a saber, que no son comportamientos.

El riesgo, figura del Otro

El recorrido que acabamos de realizar deja aparecer —no podemos decirlo mejor— el descubrimiento de un imposible de ver, que al ser re-visto asombra y oblitera al sujeto. Ordena el deseo de causarlo e interroga su objeto para destituirlo. Esto nos invita a considerar la lectura lacaniana de lo que se muestra de ese orden, con el objeto a, que al aparecer al sujeto en su crudeza fuera de la aprehensión imaginaria provoca la angustia. Las historias que hemos abordado dan cuenta de esta aparición desde el otro de lo sexual, hasta su resolución en actos. En el intervalo, podemos introducir un intermediario para desplegar con lo Unheimliche 13 freudiano, releído por Lacan 14, esta particular angustia ligada a un cierto retorno, que da a entender otro matiz a estos relatos.

Das Unheimliche es el título de un artículo que Freud dedica a lo inquietante en 1919. Esta noción se presenta como compleja, polisémica. Sus modulaciones se exploran bajo la sombra de la ambivalencia y la contradicción, cuando esta opera desde la proximidad, al límite de la confusión entre un sentido y su contrario. De tal manera que la dificultad de abordar lo que no puede resumirse ni funcionar del todo como concepto, imita los procesos psíquicos que la clínica y

la elaboración teórica intentan escribir o describir al respecto. Unheimlich es una palabra común, que remite a todo lo contrario a lo familiar, designado por lo heimlich.

«Lo más interesante que se desprende para nosotros de esta larga cita es que, entre los múltiples matices de su significado, la pequeña palabra heimlich presenta también uno en el que coincide con su opuesto unheimlich. Lo que es heimlich se convierte entonces en unheimlich, […]. Unheimlich solo se usaría como opuesto al primer significado, pero no al segundo». 15

«Heimlich es, por tanto, una palabra que desarrolla su significado en dirección a una ambivalencia, hasta acabar por coincidir con su opuesto unheimlich. Unheimlich es, en cierto modo, una especie de heimlich». 16

El doble, el reflejo y la inversión en lo contrario retienen su atención. El diccionario Larousse francés-alemán da para lo unheimliche la siguiente definición:

«extraño e inquietante, que produce escalofríos». Aparte del retorno de la asociación de la raíz extraño y la palabra inquietante, esta propuesta nos acerca a la de Freud cuando retiene para la traducción francesa los siguientes términos: inquietante, siniestro, lúgubre, incómodo. También se apoya en las versiones árabe y hebrea para las cuales lo unhei-mliche «coincide con demoníaco: que hace temblar». 17

En su lección del 28 de noviembre de 1962, Lacan lo convierte en su piedra angular para abordar la angustia que considera tema de su seminario ese año.

«Ahora estamos en condiciones de responder a la pregunta: ¿cuándo surge la angustia? La angustia surge cuando un mecanismo hace aparecer algo en el lugar que llamaré, para hacerme entender, natural, es decir, el lugar (-j ), que corresponde, en el lado derecho, al lugar que ocupa, en el lado izquierdo, el a del objeto del deseo. Digo algo —entiéndase cualquier cosa.

De aquí a la próxima vez, les ruego que se tomen la molestia de releer, con esta introducción que les doy, el artículo de Freud sobre la Unheimlichkeit. Es un artículo que nunca he oído comentar, y del que nadie parece haberse dado cuenta de que es la pieza indispensable para abordar la cuestión de la angustia. Así como abordé el inconsciente por el Witz, este año abordaré la angustia por la Unheimlichkeit.

Lo unheimlich es lo que aparece en el lugar donde debería estar el (-j ). De lo que todo parte, en efecto, es de la castración ima- ginaria, porque no hay, y con razón, imagen de la falta. Cuando algo aparece allí, es, si puedo expresarme así, que la falta viene a faltar». 18

La ambivalencia de lo Un/heimlich/e introducida por Freud, es señalada en el esquema lacaniano 19 para hacerla valer como la marca del transporte en el Otro de la función del a: la demanda redoblada del neurótico. Lo que viene en (-j) desestabiliza la alquimia de la falta, que al venir a faltar produce la angustia. Es que necesita absolutamente esa falta para hacer funcionar en el Otro el a del objeto del deseo, y asegurarse de poder pedir que se le pida, puesto que es su forma de desear. Pero ¿qué es lo que aparece en ese lugar y cumple esa función para que sobrevenga la angustia? ¿A qué cualidades responde el objeto con valor de a?

Sabemos con Lacan que es a partir de (- j ) como marca de la falta en el Otro que se desprenden los contornos del objeto a y la emergencia de i(a), imagen del cuerpo. ¿Cómo reconocer el a si no es por su función?

«Para decirlo de forma concisa, si se trata del perverso o del psicótico, la relación de la fantasía ($ a) se instituye de tal manera que a está en su lugar del lado i(a). En este caso, para manejar la relación transferencial, tenemos que tomar en nosotros el a de que se trata, a la manera de un cuerpo extraño, de una incorporación de la que somos el paciente, porque el objeto en tanto que es la causa de su falta es absolutamente ajeno al sujeto que nos habla.

En el caso de la neurosis, la posición es diferente, en la medida en que algo de su fantasía aparece del lado de la imagen i’(a). En x, aparece algo que es un a, y que solo lo parece —porque el a no es especularizable, y no podría aparecer aquí, si puedo expresarme así, en persona. Es solo un sustituto. Es solo de ahí de donde se motiva la profunda puesta en cuestión de toda autenticidad en el análisis clásico de la transferencia». 20

Algo puede, por tanto, ocupar el lugar, a condición de parecer poder mantenerlo, del a para el neurótico. Y si ese algo solo se mantiene por parecerlo, puesto que el a no es especularizable, ese algo debe al menos garantizar que alimentará la ficción, sus cualidades se indexan entonces a ello. ¿Qué sabemos del a? Las modulaciones de Lacan sobre su creación conceptual son demasiado numerosas para resumirlas. Comprendemos que cualquier cosa puede sostener la promesa necesaria para mantener la fantasía y la ilusión del i(a). «El a, soporte del deseo en la fantasía, no es visible en lo que constituye para el hombre la imagen de su deseo» 21. El

V.I.H. puede concebirse como capaz de sostener el deseo en la fantasía, como capaz de ocupar ese lugar del objeto causa del deseo (objeto a) para un sujeto. Tanto más cuanto que permite transportar al Otro la función del a, como hemos mencionado anteriormente; y que garantiza al neurótico no tener que retroceder ante la necesidad de «hacer de su castración lo que le falta al Otro» 22.

La realidad fisiológica de los estados serológicos no se tiene en cuenta; lo que importa es que una falta se ilustre en el otro para articular la propia. Hermann hace que su primer amante «enfermo» sostenga algo que él no tiene y que garantiza que ese amante funcione para él, como Otro. Pero ¿cómo puede ocurrir esto para su amante? Al no querer ser quien lo contamine, el amante de Hermann, habiendo percibido algo de la causa del deseo de su compañero, lo dejó. Hermann sabe decir hoy cómo tuvo que ingeniárselas para encontrar el virus en otro lugar. Tardó cinco años en contagiarse del V.I.H. y en tener la prueba. Una primera infección por el virus de la hepatitis C no le preocupó, incluso le decepcionó porque esa enfermedad no es grave a sus ojos.

Establecido en pareja, Hermann adopta y hace adoptar a su nuevo compañero seropositivo el sexo «sin condón». Pasan los años y las pruebas siguen siendo negativas. Es que los tratamientos hacen efecto y su amigo tiene una carga viral indetectable, estabilizada por debajo de las veinte copias, por lo que se considera no contagioso. Es al introducir en la pareja la participación de un tercer amante, que presentaba todas las características, visibles a los ojos de Hermann, de un portador del virus contagioso, cuando finalmente se produce la seroconversión de Hermann.

Ciertamente, las enfermedades o los riesgos de enfermedad tienen esa capacidad de despertar que encontramos ocasionalmente. Pero el

V.I.H. tiene además la particularidad de conversar con la promesa de amor, mezclando el deseo sexual genital con el deseo del sujeto. Aquí, el riesgo sexual y el riesgo de contagio traducen muy especialmente la exposición del sujeto al deseo del Otro, en un eco de la exposición del organismo a los fluidos corporales potencialmente contaminados. El riesgo y la amenaza son figuras del Otro. Y si el V.I.H. funciona para que se articule el deseo del sujeto, la realización del contagio borra casi todo rastro para dejar paso a un nuevo montaje, un nuevo anudamiento tan necesario como el que Hermann pudo atestiguar.

La pareja que está contagiada porta literalmente un objeto, un algo que el otro no tiene y de lo que no tiene idea, que no puede representarse (en el sentido de lo especularizable). Tanto es así que numerosos pacientes, hombres y mujeres, han relatado lo que esto infligía a su capacidad de amar, deformándola al riesgo de la locura o de la transgresión, como si debieran entrar en resistencia e intentar amar

«como psicótico o como perverso» frente a este real del sexo revelado por el V.I.H.: una ruptura interior se ha vuelto necesaria para que emerja la relación amorosa. ¿Cómo puede amar? ¿Cómo garantizar que se mantenga en el otro aquello que llega a faltar? ¿Cómo preservar su capacidad de amar cuando la seropositividad y la experiencia que conlleva vienen a desvelar un fragmento de la mecánica del deseo a riesgo de prohibir al sujeto? ¿Cómo manejarse con este V.I.H. que hace agujero?

En esta línea, el discurso del barebacking (discurso de apología de la asunción de riesgos) da cuenta, de cierta

manera, de esta escisión en la mecánica del fantasma y del amor, del derrumbe de las condiciones que sostienen el deseo. Se diga lo que se diga y más allá de lo que haya llegado a ser, el discurso del barebacking es ante todo un efecto de la propia seropositividad, un efecto del V.I.H., mucho antes de ser el producto de personas seropositivas. Es un síntoma estructural, un desgarro del discurso en el sentido de un reajuste de la capacidad de amar y del deseo, no una ideología. Aquí ya no aparece la promesa imaginaria, sino el efecto del V.I.H. como real, un real capaz de tratar lo simbólico.

Una paciente seropositiva pone de relieve un aspecto impactante de este esquema: «En la medida en que no puedo dejar de pensar que lo tengo (el V.I.H.) y que temo transmitírselo, ¿cómo podría yo, al igual que él (su pareja) que me ama y que me da, amarlo queriendo darle algo?». En un juego de reflejos y contrarios, la dificultad de la vivencia de la seropositividad, a pesar de las apariencias, viene a sostener esta perspectiva. Es así como podemos entender esta dificultad de las personas portadoras del virus para gestionar las angustias ligadas a los posibles riesgos de contagio, por ejemplo. Porque, ¿quizás es más fácil en el amor ser quien puede recibir que ser quien puede dar? Es necesario poder dar sin temer demasiado perderse en ello o perder al otro, para mantenerse en posición de recibir del otro su demanda, ya que es una demanda lo que se espera, no el objeto que se le refiere, el cual es mejor que no aparezca demasiado para que la relación perdure. La seropositividad puede impedir de forma duradera esta lógica amorosa, por decirlo rápidamente.

Es aquí donde cobran todo su sentido las quejas y el desasosiego: «Ya no podré amar como antes», «¿Quién puede amarme en estas condiciones?». Es en este movimiento donde un paciente, un día, termina por concluir sus entrevistas con unas palabras que reformulamos: «No basta con volverse seropositivo, además hay que saber por qué». El trabajo que acababa de realizar le había permitido explorar y crear, en parte, aquello que de su experiencia sexual se articulaba desde su posición subjetiva —y recíprocamente— y sobre lo cual el contagio exigía, en el transcurso de su vida, que no permaneciera sin saberlo. El trabajo psíquico puede aventurarse en la exploración de los vestigios del fantasma y dedicarse a la reorganización de estas condiciones del amor y del deseo. Son posibles nuevas creaciones psíquicas, en una superación y una transformación del cómo del devenir seropositivo, más allá incluso del solo porqué, hacia otras construcciones.