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Grindr, ¿el sexo sin sexualidad?
Miroir/Miroirs, n.º 1, París: Des ailes sur un tracteur, mayo de 2013.
Lejos de ser un síntoma, la aplicación Grindr es una maravilla de clasicismo sexual bajo el manto de la ultramodernidad. Una creación nada «posmoderna», lo cual es un alivio, admitámoslo, y algo inevitable actualmente de lo que todo el mundo habla, así que nosotros también.
En cuanto a la elección del tema, otro se explicará por habérmelo propuesto. Me limitaré a exponer, con lo que sigue, las razones que me animaron a aceptar este pequeño paseo. Pero quiero exponer de entrada una convicción. Contrariamente a las ideas preconcebidas, Grindr no es el mercado de Rungis del sexo, sino más bien la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles. Para muchos, Grindr no es más que un vástago del liberalismo y el capitalismo, que convertiría el sexo en un objeto sometido a las leyes del mercado, un bien de consumo como cualquier otro. Ciertamente, todo lo que se deja ver contribuye a este rápido análisis. Pero creer en esto sería malinterpretar las leyes en cuestión. Lejos de ser reducibles a las de la economía de mercado, las leyes de Grindr se basan más bien en las de la economía psíquica. La oferta y la demanda están bien comprometidas en el psiquismo y en la economía, pero es mejor no confundirlas demasiado rápido. Ciertamente, el sexo es tratado más o menos como un objeto de consumo por la mayoría de las nuevas técnicas de comunicación actuales, incluido Grindr (internet, aplicación de smartphone). Pero, ¿reducen realmente el sexo a un objeto? ¿Y los usuarios están obligados a comprometer solo sus ambiciones capitalistas y consumistas cuando se conectan? Por supuesto que no. En ellas comprometen su deseo, su anhelo de amor, su goce y sus sueños. La prueba es que se quejan. La sexualidad aparece tan común como en cualquier otro lugar, a riesgo de ser banal. Incluso «gay», la sexualidad no evita los problemas que todas las sexualidades encuentran.
De Marx a Freud, hay, por tanto, un paso que hay que dar caminando a través de los campos. ¿Y por qué no perderse en campo abierto y curiosear por la corte del rey? Porque con Grindr, estamos invitados a la corte del rey Gay. Los petimetres de Versalles han dejado sus lugares a otros cortesanos, donde se confunden chicos afeminados y machos viriles. Fotos, medidas y emoticonos como adorno, los cuerpos se comprometen, se ofrecen y se escabullen en esta ronda de la coquetería de hoy. Tan accesibles y tan difíciles de asir, por decenas y por centenas todos se ceban y se desvisten. Ofrecer todo o casi todo sin prometer nada. Negarse y aumentar el deseo en la misma medida. Alimentar y dejar perecer. Decir más verdad que la verdad y renegar de todo sin desdecirse. Dar la espalda sin una mirada, llamado por un asunto de la más alta importancia. Tal es la experiencia renovada de la seducción y el deseo a la que Grindr ofrece un acceso eficaz e hipnótico.
Una palabra más. Que el amor y el sexo sean cosas tan difíciles, como todo el mundo sabe, merecen mejores explicaciones que las que a menudo se difunden sobre ellos, entre psicología de barra de bar y sociología cibernética. Apostemos a que las turbulencias del inconsciente se dejan entrever a través del 4G, porque tenemos mucho que aprender.
La cesta (virtual) de la compra (imaginaria)
En la cesta de la compra de Grindr, encontramos todo tipo de imágenes e imaginarios: un bíceps abultado, una nalga sedienta, un sol enamorado en un cielo de verano, un pene autoritario, una mirada triste, un perfil voluntarioso, un error. Unas pastillas enrojecen y ronronean como periquitos en parada nupcial. Alertan, vibran. Llega un mensaje. Algunas palabras abreviadas, frases codificadas. Una foto
«privada». Un veredicto. Una dirección, más códigos. El encuentro…, golpe fatal o promesa cumplida.
La «sexualidad gay» no es la sexualidad del sexo objetivado, contrariamente a lo que se dice aquí y allá. No ha convertido el sexo en un bien material, tan manejable y explotable como lo son todos los objetos de consumo que nos rodean en nuestra vida cotidiana. Algunos lo lamentan, otros se regocijan. Otros se esfuerzan por seguir creyendo en ello, por lealtad y lealtad al rey Gay, aun cuando Grindr aporta una prueba más de lo contrario. Encontrar una pareja, aquí o en otro lugar, no equivale a comprar un jarrón para decorar su apartamento o un pastel para saciar su hambre, cuyo envoltorio se puede tirar después de la satisfacción para uno, o incluso guardarlo en el armario en caso de cansancio demasiado rápido para el otro. Que quede dicho, el apetito sexual no se mide por la cantidad consumida ni por la calidad consentida; el deseo sexual no se resuelve en adquisición. Desde hace tiempo, si esto hubiera sido posible, gay o no, se habría sabido.
Lo que no quiere decir que no sea un proyecto más o menos subyacente el de extraer el sexo de las angustias de la relación. En efecto, ¿acaso algunos no acarician el dulce sueño de un sexo liberado del sexo mismo, un sexo consumible y sin residuos? ¿Y si la modernidad pudiera ofrecer eso, un sexo sin problemas afectivos, sentimentales o emocionales, un goce sin huellas? Pero, ¿hay una sola sexualidad capaz de realizar esta torsión? Entonces, preguntémonos si el sexo es soluble en el imaginario y lo virtual. ¿Cómo funciona esto en internet, en Grindr?
Si se mira bien, el sexo está lejos de haberse deshecho de los avatares de la vida relacional hasta el punto de llevar su vida por su cuenta. La prueba: si algunos usuarios afirman
«buscar lo real» (subentendido un encuentro verdadero, y no solo un flirteo virtual) como garantía de sus intenciones, ¿cuántos pasan al acto? A la inversa, ¿cuántos se encuentran clasificados como «mitómanos», así tildados de un juicio definitivo por haber cedido a su intención inicial, finalmente abortada? El compromiso en la relación es en Grindr lo que permite evaluar y juzgar la presencia del otro en función de su nivel de participación (rapidez y densidad de las respuestas, cita cumplida o «plantón», por ejemplo). Estamos, por tanto, muy lejos de poder observar una sexualidad etérea.
El sexo, y todo lo que conlleva, son cosas demasiado reales para ser solo imaginadas o representadas; exigen la prueba de la realidad. Y, sin embargo, no hay sexo sin imágenes o representaciones imaginarias, no hay sexo sin fantasmas. Grindr da muy buena cuenta de esta complejidad sexual, mezclando en una aparente virtualidad la realidad y el imaginario que están definitivamente anudados. En efecto, ni siquiera la potencia de la imagen es suficiente para diluir el cuerpo, la pulsión, la sensación, la mirada, la voz, que son todos objetos y obstáculos no negociables de la realidad de la sexualidad.
Pero Grindr demuestra especialmente que lo virtual refuerza y aumenta los efectos del imaginario, cuando captura una parte del sexo, la secuestra. No es de extrañar, entonces, que algunas promesas de encuentro, ofrecidas con la prisa de un diálogo un tanto rápido, se desvanezcan en la irrealidad. No se pierden para todo el mundo, porque Grindr, de paso, cobra su diezmo. Grindr, como monstruo virtual, se nutre de los deseos sexuales no realizados de sus usuarios. Y es quizás ahí, en la no realización, donde
encuentran su culminación más eficaz y feliz para todos, a pesar de las apariencias, como si nunca hubieran tenido otras ambiciones que permanecer en el fantasma, como si Grindr, en el fondo, nunca hubiera prometido nada. Así, decepcionados o satisfechos, todos (usuarios, Grindr) se benefician de la situación con más o menos felicidad, todos gozan de ella de una manera u otra. Es un éxito casi total, equivalente a la satisfacción del juego de azar: la alegría reside en la compra del billete de lotería, en el instante en que todo puede imaginarse de una vida después del «gran premio», no en el resultado del sorteo que siempre es negativo (salvo excepción).
Realidad imaginaria
Esto abre una pregunta importante: ¿la presencia virtual compromete a quien se encuentra en ella realmente a estar allí como realidad? En otras palabras, ¿a qué título está el usuario de Grindr? ¿A título de su avatar, de su fantasma, de su imagen? Es difícil responder, pero al menos podemos decir que está allí como realidad imaginaria. Nada le compromete realmente más que estar conectado. Y si sus palabras, por supuesto, le arrastran siempre un poco más al intercambio, ¿está allí como cuerpo, como imagen de su cuerpo? ¿Es siquiera posible entender algo en este asunto para orientarse? ¿Puede Grindr revelar sus secretos?
Al escuchar a los usuarios de Grindr y otras redes de citas en internet1 (en particular cuando se quejan), es como si la presencia virtual comprometiera necesariamente a quien se encuentra en ella a estar allí realmente. Esto parece un poco complicado. Y es bastante paradójico o incluso francamente incompatible, en el fondo, con el propio enfoque de la red virtual. ¿Cómo ser realmente virtual? Esta es una pregunta que traduce bien lo que enfrentan los usuarios de la aplicación. ¿Basta con mostrar en el perfil de usuario, o en el anuncio, la mención «busco real» para aclarar la propia posición respecto al espacio virtual en el que uno se encuentra comprometido? ¿Es siquiera posible iluminar la propia presencia y el propio deseo, hasta el punto de que todo pueda consignarse en la ficha de información personal? ¿Qué dicen, en el fondo, quienes enarbolan como estandarte esas largas letanías de texto en forma de advertencias donde nada parece faltar? ¿Qué habría que añadir, puesto que todo está ya dicho? ¿Hay todavía lugar para alguien
? Sin contar que muy a menudo la sentencia ya está proclamada: «obligación de leer mi perfil entero, si no, no vale la pena hablarme».
Narciso, inclinado sobre su reflejo, habría adorado Grindr, no cabe duda. Basta con ver cómo muchos usuarios creen necesario escribir, en la cabecera de su banner, este cartel: «sin fotos, sin chat». Que se tranquilicen, nadie duda de la imperiosa necesidad de la imagen del otro que, si faltara, impediría el intercambio, un intercambio de reflejos, el reflejo de uno mismo en la imagen del otro. Pero ¿por qué convertirlo en una condición, un criterio? ¿Es que Grindr halaga el narcisismo de sus usuarios? Sí, evidentemente. Pero no vayamos a creer que el uso de Grindr es solo una reafirmación narcisista autocentrada, es más complejo que eso. Muchas otras cosas se deslizan en la cesta de la compra de los usuarios de Grindr, objetos preciosos, alianzas comunitarias, amuletos también, sin olvidar algunos sueños y algunas decepciones.
Más oferta, menos demanda
¿Qué es, entonces, lo que se ofrece y se demanda en Grindr? ¿Servicios? Esto ocurre a veces, sin duda. Pero la mayoría de los usuarios parecen estar mucho más impulsados por su demanda en forma de oferta, lo cual es lógico ya que Grindr impone empezar por ofrecerse exhibiéndose, incluso antes de haber podido enunciar una demanda personal. La cesta de la compra ya está bastante llena al momento de ir a deambular por los pasillos virtuales, llena de su oferta singular. Incluso puede que ya esté muy llena, desbordante de una oferta individual tan formidable que no puede encontrar ninguna demanda de otro a su altura. Aquí Grindr no evita el callejón sin salida, el que consiste en poner al usuario en cortocircuito de deseo, cuando ninguna demanda puede estar a la altura de su oferta.
Es un error común, perfumado de frustración, y es un callejón sin salida estructural. Nada de Grindr ni de los usuarios podría remediar este estancamiento. Es un poco como los folletos de prevención en el ámbito de la salud. Responden por anticipado a preguntas que la gente aún no ha tenido tiempo de pensar o plantear, ¿cómo podrían alcanzar su objetivo de transmitir un mensaje? El fracaso es conocido de antemano, es lógico. Al igual que los folletos de prevención, la oferta del
usuario de Grindr se adelanta al deseo del otro, lo cual es la mejor manera de no reconocerlo en todos sus matices, y la mejor vía hacia la chatura de un intercambio arrasado, técnico, fuera de tema. Nada dice que nada se consumirá o realizará, pero ¿para qué dosis de subjetividad?
Aprovechar una sobreinversión de la imagen, y por tanto del imaginario, conlleva el riesgo de una inadecuación aún mayor entre lo que se espera y lo que es. Darse a ver, en su mejor momento y con sus rasgos más favorables, condena a quien se presta a ello a compartir con todos los demás esa connivencia con la mascarada: cada uno sabe lo que el otro hace con su imagen, cada uno puede, por tanto, dudar de ella o no dejarse seducir por ella. La mecánica oferta-demanda puede, por tanto, inmovilizarse a veces por estar tan optimizada, porque Grindr es un gran conocedor de esta mecánica que sabe llevar a su punto más elevado, para revelar al mismo tiempo su principal callejón sin salida.
La imagen virtual es, por tanto, siempre al menos una imagen. Se ofrece a quien quiera verla y, en general, a quien también muestra su imagen, a veces una imagen en la que no está. ¿Qué pueden representar unos trozos de pecho o de glúteo de aquel de quien proceden? ¿Una porción un poco escasa, o el todo? Pero el pequeño detalle basta para marcar la diferencia en materia de seducción, como el reflejo en la nariz del discurso amoroso2. Un detalle, por discreto que sea, sabe marcar la diferencia y mostrarse capaz de activar el deseo. Todos los usuarios de Grindr saben esto al menos tanto como los psicoanalistas. No nos enamoramos ni deseamos lo que se ve o lo que es, sino lo que no se ve, aunque esta idea sea difícil de admitir.
Es, por tanto, la imagen la que seduce, o no, a quien la ve, y no quien la ha elegido para ilustrar su perfil. Porque incluso el perfil no es otra cosa que una presentación del usuario, donde la verdad no es obligatoria. Otro desfase opera entonces aquí, porque quien es seducido por una imagen lo es en tanto que él mismo representado por su imagen, la imagen por la que siente un interés del que no sabe gran cosa, y sobre todo del que no quiere saber lo que, de él, se encuentra representado por ella, para el otro. El chat que puede entablarse puede poner de manifiesto esta brecha y puede ahondarla lo suficiente como para que la seducción del principio se hunda en el abismo así abierto. Pero el intercambio de algunas palabras también puede permitir concretar el interés virtual, hasta organizar un encuentro real, puesto que es, a priori, el objetivo declarado por todos. Así, la imagen en Grindr puede engañar a su mundo, al igual que la imagen en general puede hacerlo. Es molesto no darse cuenta o olvidarlo demasiado rápido porque, en el fondo, nadie lo ignora. Y la prueba de la realidad hace el resto, cuando el encuentro real, decepcionante, viene a destruir los trozos de imágenes esperadas, cuando el otro «puede dar gracias a Photoshop».
¿Adicción sexual?
Pero volvamos a nuestros coquetos y a la Galería de los Espejos. Parece que es la adicción sexual lo que les afecta, hasta el punto de que ya no saben cómo dejar de usar Grindr, o dejar de follar. Y que Grindr es un amplificador de su adicción sexual. Es cierto que lo que Grindr y otras aplicaciones virtuales de citas generan aparentemente como comportamientos nos lleva fácilmente a la pista de la adicción. Pero ¿se trata realmente de adicción? Planteemos la pregunta de otra manera. ¿Basta con que los deseos y sus satisfacciones se vivan en la repetición y la compulsión, por parte de quien no puede escapar a ellos, para constituir una adicción? ¿Dónde empieza la adicción y cómo se distingue de la obsesión, de la repetición, de la compulsión?
En los últimos años, la noción de adicción ha tenido un éxito espectacular. Nada sorprendente en ello. En primer lugar, observemos que regularmente aparecen síntomas en la superficie de los discursos y en las portadas de las revistas. La depresión y el estrés en los años 80, pero también la esquizofrenia que desde entonces ha sido eclipsada por la bipolaridad, a la que ya no escapamos. Si lo que está en juego en el fondo no fuera tan grave, daría risa. Porque en el torrente de tendencias patológicas, el éxito otorgado a tal categoría que nunca va sin su tratamiento encubre la realidad de los procesos psíquicos en juego y los sufrimientos que los acompañan. Pero entonces, ¿qué es la adicción sexual?
Antiguamente, no hace tanto, eran las backrooms y las saunas los que pasaban por lugares de posible sobreconsumo sexual, donde la perdición acechaba a algunos. Es cierto que algunos se perdieron allí y que otros todavía se pierden. Pero ¿es la adicción sexual una cuestión de cantidad, de sobredosis? Cuando la vida sexual llega a constituir el pilar central de toda la vida social o afectiva, el objeto de preocupación principal, el proyecto que ocupa la semana en previsión del fin de semana…
¿estamos ante una adicción o una cuestión sexual primordial para el afectado? Digamos que hay una insistencia de la cuestión sexual.
A veces el deseo sexual bloquea todo lo demás, o casi, y toma la forma de una compulsión que exige ser satisfecha para calmar la tensión. En este sentido, es totalmente evidente que la accesibilidad y la proximidad de los lugares y de los posibles compañeros sexuales fomentan que el deseo se satisfaga rápidamente, pero ¿qué hay en ello de más
«adictivo» que la dinámica capitalista mercantil de la gran distribución, por ejemplo? Nadie piensa en tratarse por una adicción al capitalismo, vivimos en él, de buen o mal grado. No es de extrañar que la sexualidad, cuando adquiere aires de objeto de mercadeo (sin lograrlo del todo), pague a su vez los platos rotos. Entonces, ¿qué pensar de esto?
Observemos de paso al menos tres cosas: la obsesión, la insistencia (o la repetición) y la compulsión. Son, efectivamente, tres características significativas de lo que comúnmente llamamos adicciones. Pero son, sobre todo, tres elementos presentes en la sexualidad en general, en diferentes proporciones, y que plantean más o menos dificultades. No son suficientes por sí mismos para hablar de adicción, y esto al menos por una razón simple: si decimos «adicción» demasiado rápido, corremos el riesgo de dejar de pensar en lo que se esconde debajo, demasiado contentos de haber puesto la mano en «el problema». Y es una pena porque hay preguntas muy interesantes en esta dirección, que conviene profundizar antes de ocultarlas bajo la alfombra. ¿Cuáles serían?
Por ejemplo, estar asignado a un lugar recurrente, o no elegido, en la sexualidad o bien ocupar siempre la misma función en el fantasma, sin poder ejercer ninguna otra ni proceder a ninguna maniobra para gozar de otra libertad en el sexo, son efectos de coacción que no se derivan necesariamente de la adicción y que, sin embargo, pueden causar sufrimiento. Pero atención, esto no debe traducirse al lenguaje Grindr, que no parece capaz de pensar los lugares y las funciones en la sexualidad de otra manera que en términos de activo/pasivo, para decir penetrante/penetrado. Tener un lugar u ocupar una función en la sexualidad es más sutil, no se trata de un lugar en el sentido del Kamasutra.
Otro ejemplo, no poder evitar follar, en tal o cual situación para responder a tal o cual tipo de evento, ilustra bien una forma de compulsión, pero esta no es suficiente para constituir una adicción. Sin embargo, es una fuente de posibles dificultades que hay que tomar muy en serio. Se trata de los determinantes más o menos conscientes e inconscientes que presiden para cada uno los posibles e imposibles de la sexualidad. Si a veces hay coacción o compulsión, hay que relacionarlas con el deseo y la experiencia vivida. No son «enfermedades», sino la sexualidad humana.
Todo esto para decir que las preocupaciones encontradas en la vida sexual no necesitan necesariamente ser etiquetadas como adicción para que sea posible interesarse por ellas; de hecho, a menudo es lo contrario. La vida sexual es algo muy complejo, fuente de numerosos avatares que es mejor abordar tal como son, aunque no los entendamos de entrada, sin envolverlos demasiado rápido en certezas o saberes conceptuales demasiado prácticos para ser honestos.
Esta noción de adicción sexual tiene, sin embargo, el mérito de llamar nuestra atención sobre la importancia no de la cantidad, sino de la calidad de la actividad sexual. Es lo que se juega subjetivamente lo que cuenta, al margen de toda cuantificación económica o mercantil. Incluso bajo las promesas o las esperanzas de una bulimia sexual reivindicada identitariamente, los gais no dejan de ser sujetos, sujetos del rey Gay quizás, pero sujetos al fin y al cabo.
Pero la cuestión de la adicción también nos abre a la cuestión del goce. Grindr se dirige a los gais, y la sexualidad de los gais no está exenta de estar ligada, histórica, simbólica, afectiva e inconscientemente, a la epidemia de sida. Esto tiene sus raíces en los años 80, y sigue reforzándose una y otra vez, a medida que la tasa de seropositividad sigue aumentando en la comunidad gay, contra todo pronóstico, contra todas las predicciones que se podían hacer hace quince años. De esta epidemia, el goce sigue siendo el no-dicho más importante y tenaz hoy en día. Secreto, diabólico o político, es tan esperado como temido, cuando no es simplemente relegado a la sombra como si pudiera ser olvidado. Sin embargo, Grindr, con lo que percibimos de este intento de fabricar sexo despojado de sexualidad, es un signo actual de ello. Intentar extraer el sexo de los obstáculos relacionales favorece el aislamiento del goce.
¿Y el goce en todo esto?3
Al devolver al sexo esa supuesta libertad perdida, o al querer ofrecerle ese territorio de libertad moderna adicional, el sexo se encuentra desprovisto de sus galas, que ciertamente pueden estorbar entre mascarada y complejo, pero que organizan y regulan el goce. Cuando no está sostenido o acondicionado por el erotismo, el fantasma, lo relacional de la sexualidad, o cualquier otra trama, el goce vagabundea, agita, fluye, atraviesa y fulmina. Cada uno es libre, como pueda, de arriesgarse con o sin precauciones, con o sin los medios para soportarlo, para responder al deseo o a un imperativo identitario. Nadie puede decir ni juzgar lo que conviene hacer o evitar al respecto. Pero nadie puede evitar considerar que la voluntad no es el deseo, que el goce no es el placer y que, contrariamente a lo que muchos querrían seguir creyendo, la sexualidad está mucho más atravesada por el goce y el deseo que por la voluntad y el placer.
No hace mucho, la comunidad gay tuvo un primer gran y estruendoso encuentro con la cuestión del goce, en el campo de la lucha contra el sida; fue el momento en que florecieron las polémicas en torno al bareback, a principios de los años 2000, para decirlo rápido. Casi todo el mundo está de acuerdo hoy en día en que esta ruptura en la historia de la epidemia entre los gais fue un gran fracaso, y desde todos los puntos de vista en juego. Las consecuencias siguen siendo difíciles de evaluar, aunque algunos movimientos actuales parecen ser ecos o rebotes de aquello. Desde entonces, ni hablar de abordar este tema candente sin arriesgarse al destierro eterno, lo que no facilita la vida de los seronegativos, ni la de los seropositivos. Tampoco facilita que las dimensiones psicológicas o psíquicas se tomen en consideración seriamente. Sin embargo, hay mucho que decir, el trabajo no falta.
Desde el bareback, otros eventos o fenómenos se han producido y se siguen produciendo, que llevan el goce en su corazón. Desafortunadamente, no es pensado por las asociaciones o por el Señor Gay Todo el Mundo, salvo según una u otra de sus figuras más comunes, a saber, bajo los rasgos del riesgo o los de la amenaza, nunca por lo que es: sin forma, indecible, desconcertante, inasible. Es
además en esta línea que la reducción de daños (RDR) aplicada al sexo pierde lo esencial de aquello en lo que se interesa por ignorarlo, a la vez que llena su discurso de semen como la promesa de un placer sexual reconsiderado en su valor, como si el goce tuviera un rostro y jugar con el esperma significara su regreso4. Sin embargo, no se confunde con el orgasmo y sus secreciones. Y como cada vez que es torpemente reprimida, nos vuelve desde otro lugar, con aún más energía. Y no es Grindr quien aportará ni solución ni problemas nuevos en este punto.
Ahora nos enfrentamos a una emergencia violenta, e incluso ultraviolenta, del goce en la comunidad gay a través del consumo de drogas en un contexto sexual. Esto afecta directamente a la epidemia de sida entre los gais, aunque estos «comportamientos» no conciernan a la mayoría de los gais, sobre todo si solo conciernen a una minoría de gais, ya que estos son representativos como testimonio de algo que los supera. Y ahí Grindr, al dar cuerpo a este proyecto de liberación ficticia del goce bajo el pretexto del control de los contactos y los encuentros, participa muy a su pesar en esta delicada actualidad.
Sexo gay, drogas y VIH5
Desde hace algún tiempo, encontramos (en las consultas de «psicólogos», en los servicios hospitalarios) graves dependencias al GHB, consumos de
mefedrona6 con graves consecuencias, el desarrollo de la práctica de inyecciones,
la exploración sin fin de los límites corporales y psíquicos… Estas realidades impactantes se conjugan con un goce excesivo, de esos que no tienen límites, de esos que no se logran expresar con palabras. Sin embargo, debe ser escuchado, a pesar de todo. Porque no es un fin en sí mismo, ni un medio para existir. El goce, aquí, manda, para bien y para mal, sin distinciones, a quien se propone a él o a quien se le impone. Incluso puede ser capaz de ignorar el deseo, arrastrando lejos de los referentes habituales y de los deseos libremente consentidos.
¿Pero qué relación tiene con el sida? ¿Qué relación tiene con Grindr? Es simple, inverificable científicamente hablando, pero esto parece confirmarse: la mayoría de los gais que se han conocido, los que viven estas situaciones de consumo de drogas más dolorosas, son con mayor frecuencia seropositivos al VIH, a veces también al VHC. La mayoría de los gais afectados se contactan, se encuentran a través de las redes sociales, a través de Grindr, etc. Atención, no hay un vínculo de causa y efecto entre el VIH como factor de riesgo y el consumo de drogas y sus posibles excesos. El vínculo reside en las historias, primero subjetivas, que quienes las viven quieren contar. Pero para hacer oír una historia, unos pocos SMS o un perfil en Grindr, es un poco corto. Aquí, la evitación de lo relacional de la sexualidad hace recaer muy directamente sobre los hombros de algunos una responsabilidad que otros no quieren asumir. Una vez más, son los seropositivos tal como son conocidos, imaginados o fantaseados, quienes son señalados como los factores, pruebas y responsables del riesgo de contagio en la sexualidad de los gais en general. ¿A qué juzgar esto? Al lugar que se les hace, se les da y se les asigna en el imaginario comunitario. Cada uno puede apreciar su contenido en cualquier lugar donde se encuentre, gay o no, por cierto.
Sostengamos este punto de vista: nunca ha habido tantos seropositivos (18%-20% entre los gais de París) y la experiencia de la serofobia en la vida sexual y afectiva parece no haber sido nunca tan difícil de soportar. Al mismo tiempo, los miedos irracionales y los comportamientos de rechazo o ignorancia voluntaria se mantienen, a diferencia de los datos científicos actualizados. Más aún, mientras que la oferta en materia de placeres aumentados por medio de los productos psicoactivos nunca ha sido tan fuerte entre los gais, estos nunca han sido tan poco competentes en materia de drogas. Más generalmente, nunca se han tomado tantos riesgos, en una casi igualdad de práctica. Se impone una pregunta: ¿es solo una escalada o cuenta otra cosa?
El imaginario del sida no ha desaparecido, muy al contrario. Es un motor para la liquidación de la violencia, en los confines de los placeres, cuando estos coquetean con el odio y la destrucción. Porque hablar de todo esto es hablar de cosas desagradables que la mayoría no quiere oír. Es, sin duda, hablar del horror de la seropositividad cuando es rechazada. Hablar de todo esto es hablar de las necesidades de algunos de dopar químicamente la sexualidad, para renovar deseos sexuales desvanecidos, para resucitar erotismos trillados. Es también hablar de la identidad gay y de sus relaciones con el goce, que nadie se atreve a afrontar, para no enfadarse con nadie, para no enemistarse con una supuesta comunidad que aún necesita ser identificada para saber dónde y cómo existe.
Grindr y la prevención
Sin sorpresas, continuamos, después del sida, con la «prevención». Porque Grindr, como otros dominios virtuales, está ahora en el ojo del huracán del discurso de prevención que, como una veleta, ha empezado a considerar, con pruebas científicas, que este tipo de aplicación favorece las conductas sexuales de riesgo, que Grindr juega a favor de la sífilis7 o del sida8, por ejemplo. Entonces sí, investigadores estadounidenses han demostrado que Craigslist contribuye9, a través de los encuentros sexuales que permite, al aumento de los contagios de infecciones de transmisión sexual. ¿No es un poco rápido?
Hay una cosa que estas investigaciones subrayan, y es que las modalidades de encuentro que estos medios modernos permiten son más susceptibles que otras de no garantizar un buen nivel de prevención. Encontrarse a través de un smartphone o de internet permite pasar por alto el tejido comunitario o identitario, es un hecho: fuera de los barrios, fuera de los bares, etc. Esto no es a priori un problema si es más libertad subjetiva. Pero si es aprovechar un alejamiento aún mayor del discurso de prevención y sus soportes en el «ambiente» (información, preservativos, gel, etc.), entonces este suplemento de libertad es discutible. Esto cuestiona de paso el interés de las perspectivas comunitarias de los mensajes de prevención, cuando sabemos cuánto han modificado las comunidades su existencia material.
Pero no es algo nuevo constatar que el no-dicho o el silencio se imponen cuando la palabra se acerca demasiado a las cosas del sexo, y esa es toda la dificultad que el discurso de prevención encuentra desde hace más de treinta años: ¿cómo mantener una palabra sobre algo que normalmente debe callarse? Grindr no agrava necesariamente la situación, que no lo ha esperado para agravarse por sí misma. Estas interrogantes surgidas de la salud pública fomentan hoy difusiones de mensajes de prevención o contribuciones un tanto forzadas por parte de la sociedad gestora de Grindr en la lucha contra el sida10. ¿Es esto realmente interesante? ¿Y qué es lo que esconde?
¿Qué puede hacer Grindr? ¿Qué más o mejor puede hacer por el discurso de prevención que ya ha experimentado tantas transformaciones? En treinta años, podemos identificar muy a grandes rasgos los siguientes matices:
- Quiero que vivas11
- Me protejo, te protejo.12
- Si follas sin condón, al menos usa lubricante.13
- Tome sus pastillas que le protegen y sea «indetectable», por favor.14
- Tome sus pastillas que le protegen para asumir riesgos, porque usted lo vale15
Estas modificaciones del lenguaje ilustran bien los desplazamientos y las fracturas que el sida ha provocado, y que sigue provocando al no dejar de dividir, aún hoy. Lo que más cambia, a primera vista, son los lugares de unos y otros, el lugar de los seropositivos y el de los seronegativos. Los primeros fueron amados antes de ser conminados a someterse a las exigencias médicas y comunitarias; los segundos amaron y simplemente querrían seguir follando sin tener que preocuparse demasiado, pero ¿de qué? ¿Del sida o de la sexualidad, tan contrariante, y por extensión de los seropositivos que añaden una capa de vergüenza al asunto?
El discurso de la prevención ha pasado del amor a la obscenidad, en nombre del respeto a la «subjetividad gay», de la que todo el mundo se llena la boca últimamente. Divide a los
«contaminados» y los «aún no contaminados», al tiempo que está convencido de dirigirse a los
«seropositivos» y a los «seronegativos». Sin embargo, sabemos bien lo que esta epidemia nos ha obligado a aprender. Uno: la prevención no es un ejercicio de difusión de información. Dos: la salud sigue sin ser un objeto de comunicación, aunque todos los profesionales del sector se esfuercen por convencerse de ello. Y tres: el sexo sigue sin ser un bien de consumo. Cuatro: la sexualidad no depende de un comportamiento, sino más bien de un acto. Así que, por una vez, releamos a Foucault y la cuestión de los discursos de los que todo el mundo suele llenarse la boca, pero leámoslo de verdad. Y sometamos a examen el discurso de la prevención, que, como discurso, es una estructura que alberga la palabra que constriñe y hace posible al mismo tiempo. Un discurso estatal e industrial, además.
¿A qué se debe esto? Se debe al hecho, en gran medida imperceptible, de que cuando las contaminaciones no disminuyen, entonces la prevención cree en su fracaso. Y eso es precisamente lo que se dice de ella, muy pronto. Con cerca del 20% de seropositividad al VIH entre los gays, la crítica y el juicio pueden ser tan rápidos como incontestables, salvo que… Por el hecho mismo de que el discurso de la prevención apunta a la sexualidad, nada de lo que logra hacer o dejar de hacer puede abordarse como un producto o un resultado evaluable. Salvo que, por supuesto, la salud pública no ha resistido a integrar la eficacia como parámetro; la prevención del sida ha hecho lo mismo sin darse demasiada cuenta, aunque algunos de sus fieles representantes lo han convertido en motivo de pericia y de placer no disimulado. Pero la salud pública, patrona de la prevención, confunde la historia fisiológica y la historia psíquica del virus y de la epidemia.
Del Marais a la plaza de Grève
¿Hay que echar entonces a Grindr del diván para llevarlo al cadalso? Si no cumple las promesas que hace a quienes lo utilizan, si contribuye a la dilución actual de la palabra y a la evitación de los avatares relacionales de la sexualidad, si juega el juego de las epidemias, ¿por qué dejarle actuar con total impunidad? Pues quizá porque es un invento muy humano intentar facilitarnos la tarea y optimizar nuestras ganancias de placer evitando al mismo tiempo ver por qué callejones sin salida intentamos pasar sobrevolándolos, como a menudo, por no decir como de costumbre. Porque siempre hay manera de hablar, de verdad, para decir algo, efectivamente.
¿Hay que llevar entonces a la plaza de Grève al rey Gay para acortarlo? He aquí una tarea más interesante, a fe mía. El rey Gay encarna la soberanía de la identidad sobre quienes se reconocen en ella por estar clavados a ella. Sin embargo, es una fuerza sin precedentes, para muchos homosexuales, poder construirse mediante este vector identitario. Pero la identidad no da cuenta, en toda su verdad, de las identificaciones que la fundamentan. Esta amalgama es molesta si no deja que aquello que la construye siga moviéndose sin demasiadas restricciones, hacia nuevas creaciones. Grindr, desde este punto de vista, es over gay, un espejo que ni siquiera deja reflejarse la imagen de quien se mira en él, para imponerle otra que corre el riesgo de tomar por suya.
Para concluir, ya es el final, ¿qué decimos? Grindr es, en efecto, un asunto moderno, pero no revoluciona el sexo. Mejor aún: esta aplicación revela bajo una nueva luz lo que existe aquí y allá de dificultad en la sexualidad. Querer simplificarla a toda costa es correr el riesgo de perderla por el camino o de extraviarse uno mismo en ella. La sexualidad es complicada, pero eso no impide ni amar ni follar. La sexualidad es una historia de amor en sí misma.