El género en Psicoanálisis, perímetro de una definición (2014)

El género en Psicoanálisis, perímetro de una definición (2014)

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El género en Psicoanálisis, perímetro de una definición

Recherches en Psychanalyse, n.º 17, 2014/1, p. 63-72.

Resumen:

El género cuestiona el Psicoanálisis al obligarlo, entre otras cosas, a debatir algunas de las críticas que se le dirigen. Pero el punto al que han llegado las discusiones en la actualidad no siempre es satisfactorio. Apoyándose en la crítica queer, ¿puede integrarse la emancipación moderna del género en el campo epistemológico del Psicoanálisis? ¿Cuáles son las coordenadas de una posible definición del género en Psicoanálisis? Este artículo traza algunos puntos de articulación de los debates teóricos que el género suscita, para intentar ofrecer una posible definición a partir de lo que cuestiona en el Psicoanálisis.

Abstract:

El género pone en cuestión el Psicoanálisis al obligarlo a debatir algunas de las críticas que se le han dirigido. Pero el punto al que han llegado las discusiones actuales no siempre es satisfactorio. Apoyándose en la crítica queer, ¿puede integrarse la emancipación contemporánea del género en el campo epistemológico del Psicoanálisis? ¿Cuáles son las coordenadas de una posible definición del género en Psicoanálisis? Este artículo traza algunos puntos de articulación del debate teórico que el género suscita, con el fin de intentar ofrecer una posible definición a partir de lo que cuestiona en el Psicoanálisis.

 

Palabras clave: género, Psicoanálisis, queer, epistemología

Keywords: gender, psychoanalysis, epistemology, queer

Para abordar las coordenadas de una posible definición del género en el Psicoanálisis, o, dicho de otro modo, las relaciones de los conceptos del Psicoanálisis con el género, necesitamos encontrar una puerta de entrada para acoger en nuestro campo teórico esta noción que, a priori, le es externa. Podríamos partir del estudio histórico de las relaciones del Psicoanálisis con las cuestiones sexuales emergentes desde las minorías sexuales. Todo ello nos permitiría, sin duda, retomar el hilo de los debates iniciados desde el comienzo del Psicoanálisis, por

el propio Freud y, con Freud, por otros. Podríamos así intentar responder a las preguntas que a veces surgen a partir de las

«cuestiones de género», tales como: ¿es el Psicoanálisis homófobo1 u homofriendly2? ¿Es el Psicoanálisis «una teoría feminista fallida»3? Pero el género no es un concepto psicoanalítico, entonces, ¿cómo proceder? En el pasado, algunos escritos dan testimonio del interés de ciertos analistas por considerar una especie de «fuera» del sexo (Weininger4, Horney5), que hoy podemos reinterpretar como perteneciente, en mayor o menor medida, al género. Las discusiones entre el género y el Psicoanálisis se inician históricamente a partir de las cuestiones vinculadas al transexualismo, la intersexualidad (Stoller) y la homosexualidad. La articulación del interés por el género con las cuestiones transexuales se mantiene actualmente en el campo psicoanalítico.6 Pero, desde Stoller7, el género ha permanecido ligado en el campo «psi» a la noción de «identidad de género», que consideramos estrecha y estática frente a los intereses del género en el plano epistemológico en general, y en el Psicoanálisis en particular. Retomemos entonces algunos hitos para avanzar sobre lo que el género le hace al Psicoanálisis, lo que no dejará de abrirnos a algunas consideraciones actuales e históricas de nuestro campo, para intentar formular una posible definición a partir de consideraciones éticas que la filosofía transmite junto con el Psicoanálisis acerca del sujeto y de la verdad del sexo.

¿Cómo se define actualmente el género, en el Psicoanálisis y en las disciplinas que dialogan con él? Observemos, en primer lugar, que el enfoque psicoanalítico intenta a menudo separar sexo y género cuando se trata de decir qué es el género. La relación sexo/género queda casi deshecha en favor de una recomposición del sexo; esto es lo que podemos leer en Houari Maïdi8, donde el uso habitual del sexo en el Psicoanálisis se revela claramente como un obstáculo para la introducción del género, en la medida en que el sexo parece hacer oír ya algo del orden del género. Señalemos en esta línea la apertura propuesta por Claire Nahon9 a partir de la «transexualidad», que propone posibilidades de abordaje de la relación sexo/género útiles para nuestros intentos de delimitar un objeto muy perturbador. Pero, una vez más, el género sigue siendo un fuera del sexo; no logramos aprehenderlo sin esa escisión. De otro modo, Colette Chiland10 sigue preocupándose por la articulación de las palabras con la realidad, de la que el género parece, en su análisis, plantear cuestiones que la nosografía psiquiátrica debe definir para captar sus contenidos. De nuevo, el género ilustra un malestar del sexo del que sería casi separable al término de su deconstrucción. Esto es tanto más identificable cuanto que el enfoque psicoanalítico tiene dificultades para realizar análisis tan cómodos y eficaces como los sociológicos, en particular cuando se implican más frontalmente en el juego de las demarcaciones.11 Incómodos, pues, por un enfoque necesariamente parcial y difícilmente conceptualizador, el planteamiento teórico psicoanalítico toma a veces un rodeo para interrogar «¿tiene el sujeto un género?».12 Esto no da una definición del género en el Psicoanálisis, pero avanzamos al manejar el género en nuestro campo epistemológico, y encontramos en él un lugar para la clínica. Juliet Mitchel13, en esta línea, nos propone una lectura interesante de Winnicott para detectar en sus reflexiones elementos relativos al género, desde el punto de vista inconsciente, a partir de una consideración de la transferencia en el análisis. Así, poco a poco, se abre en estos últimos años la posibilidad de dar al género un lugar, una función y una definición en el Psicoanálisis.

 

Lo que el género le hace al Psicoanálisis

El género traduce algo del sexo al hacer valer la distancia entre lo anatómico y lo psíquico, lo genital y lo social, la asignación y la afirmación. Cuando Freud retoma la máxima «la anatomía es el destino»14, la supremacía de lo

biológico parece imponerse como única interpretación posible. Y en esta concepción se impone entonces la supremacía del sexo sobre el género, que le sería preexistente y superior en una relación jerárquica. Esta lectura va totalmente a contracorriente de lo que el género plantea y revela: procesos de construcciones sociales y culturales que lo fundamentan, iluminando al mismo tiempo la construcción también social del sexo, despojado de su naturalidad o de su genitalidad, pero no por ello desexualizado. La superación de las categorías que promueve la crítica queer no implica necesariamente la superación de las naturalidades presentes en esas categorías, que pueden entonces circular sin ser siempre cuestionadas. Esta formulación de Freud y otras propuestas del Psicoanálisis en general son criticadas y tachadas de colaboración con el sistema de normas sexuales que la crítica queer tiende a denunciar en la estela de los feminismos.15 El patriarcado y el falocentrismo (como organizaciones sociales y políticas) se ponen a veces en primer plano para decir que el Psicoanálisis promulga —voluntariamente o a pesar de sí— una concepción ideológica conservadora del sexo (supremacía del falo, la angustia de castración, la envidia del pene en la niña, la pasividad masoquista de la mujer). No vamos a realizar aquí un estudio de estas críticas. Pero consideramos que las propuestas de las teorías psicoanalíticas, así como los enfoques de la psicopatología y de la psicología clínica que de ellas se derivan, deben someterse a crítica. Y que, por definición, los movimientos de reivindicación y afirmación vinculados a las «cuestiones de género» son el signo de la emergencia de un saber nuevo sobre lo sexual que interesa al Psicoanálisis. Sin embargo, formulamos un matiz que nos parece importante.

Lo «anatómico» de la máxima no es lo «biológico» que, en Freud, sigue siendo un modelo de inspiración de lo viviente. Lo anatómico no puede pensarse aquí como englobando el cuerpo humano como expresión de la naturaleza; sería malinterpretar el abordaje de lo biológico

en Freud, lo que nos permite avanzar que esta retomada de «la anatomía es el destino» dice mucho más de lo que podemos delimitar, incluso mediante el abordaje crítico que suscita. Se nos invita entonces a releer, con esta luz del género, lo que nos aparece como líneas de tensión principales que dan cuenta de las interacciones del Psicoanálisis con otros discursos.

Si observamos lo que las controversias teóricas suscitan como debate, podemos localizar, en primer lugar, la batalla entre la teoría del Psicoanálisis y la teoría queer, por ejemplo.16 Señalamos la obra de Javier Saez, Théorie Queer et Psychanalyse17, que en su planteamiento nos hace pensar en el artículo de Tim Dean, Lacan et la théorie Queer.18 Ambos recorren el edificio teórico psicoanalítico, en particular desde los años 1950 y los trabajos de Lacan, inscribiendo entonces sus análisis en las redes de la French Theory. Por necesidad, sin duda, sus análisis admiten un continuum explícito o implícito de la historia del movimiento homosexual, traducido en Saez como «Homosexuel, Gay, Queer», como si fuera evidente que este encadenamiento de significantes aparecidos ciertamente en esa cronología pudiera dar cuenta de una historia homosexual universal capaz de abarcar las cuestiones de género. Esto nos interpela, pues la llamada historia de la homosexualidad como movimiento también está siendo, más discretamente pero al mismo tiempo, repensada bajo otras luces que la de sus aparentes formas de existencia en el «Mercado», como señala Michael Warner:

La cultura gay, en sus formas más visibles, está lejos de ser exterior al capitalismo avanzado, particularmente en lo que respecta a sus características más criticadas por la izquierda. Los gays urbanos de la era post-Stonewall apestan a mercancía.19

Es como si la historia de lo queer no pudiera corresponderse con las historias de las homo-sexualidades en sus diversidades presentes o más antiguas20, situadas más atrás en el tiempo.21 Sin duda, esto es el signo de un apego histórico al momento epistemológico de la French Theory que tiende a fijar las correspondencias epistemológicas con los pensamientos que le son contemporáneos. Estas articulaciones epistemológicas e históricas subyacentes deberían desarrollarse y estudiarse en profundidad. Lamentablemente, no podemos exponer este trabajo aquí.

La revista Champ Psy, bajo la dirección de Laurie Laufer y Andréa Linhares, dedicó muy explícitamente un número a esta cuestión bajo el título Ce que le genre fait à la psychanalyse. Restituido en su contexto histórico de aparición en el campo de lo médico y de lo social, el género se contempla allí desde diversos ángulos como abriendo, entre política y clínica, un campo de estudio en el que cruzamos el amor y sus formas de expresión, el deseo, el cuerpo, el vínculo social, la maternidad, las mujeres y la creación.

Se trata, pues, de esclarecer la noción de género, que forma ya parte del paisaje epistemológico contemporáneo. El Psicoanálisis es un hecho de cultura y los estudios de género se lo recuerdan. […], este número tiende a poner en perspectiva lo que el género permite pensar y lo que le hace al Psicoanálisis.22

¿Puede el género esclarecer en la práctica analítica ese vínculo primitivo con lo social? Es la pregunta planteada por Andréa Linhares:

Si, en un primer momento, la noción de género parecía confinada a las clínicas de los trastornos de la identidad sexual, los trabajos políticos, históricos, sociológicos y psicoanalíticos sobre el tema dejan a veces entrever la posibilidad de un campo clínico mucho más amplio. ¿No pertenece también al ámbito del Psicoanálisis este campo que atañe a lo social y a la manera en que el sujeto se apropia de los mensajes que se le dirigen? 23

Jean Laplanche escribió sobre el género específicamente —y es uno de los pocos psicoanalistas que lo ha hecho—, dando un recorte nuevo al género con respecto al sexo, más cercano a las consideraciones psicoanalíticas. Se distingue claramente de lo que aportó Stoller,

al refutar la división entre anatomía y psicología, para preferir:

Conviene designar por sexo el conjunto de determinaciones físicas o psíquicas, comportamientos, fantasías, etc., directamente relacionadas con la función y el placer sexuales. Y por género el conjunto de determinaciones físicas o psíquicas, comportamientos, fantasías, etc., relacionadas con la distinción masculino-femenino.24

Lo anatómico y lo psíquico están, pues, implicados en cada caso, y corresponde a lo femenino y lo masculino poseer las claves históricas de una división o de un reconocimiento del otro. Esto coincide en ciertos aspectos con lo que Jessica Benjamin plantea en su obra Imaginaire et Sexe.25 Representante de la corriente de la intersubjetividad en Estados Unidos, ha dedicado numerosos trabajos a estas cuestiones. Propone, en particular, señalar con cuidado la división femenino-masculino, así como la declinación que el Psicoanálisis (Freud) propuso con la pareja activo-pasivo, cuya crítica Benjamin retoma con Horney para cuestionar esta inversión edípica de lo activo y lo pasivo en la niña, integrando al mismo tiempo lo femenino.26 Encontramos entonces las lecturas y los análisis de los trabajos de Freud por Horney, Rivière, Klein, Abraham y Deutsch.

Abraham, Horney y Deutsch

 

¿Qué dicen los contemporáneos de Freud sobre estas cuestiones, en una época en la que la noción de género no se expone explícitamente, pero quizá ya está un poco en juego en sus aspectos sociales y culturales, en particular? La propuesta freudiana sobre «la envidia del pene» es ampliamente retomada y comentada por mujeres psicoanalistas, en particular con motivo de la publicación del artículo de Freud dedicado a la sexualidad femenina27, en 1931. Si el género no es directamente objeto de estas reflexiones, hoy podemos leer en filigrana algunas resonancias, con la manera en que estas cuestiones se plantean en nuestra época moderna. Mucho antes de la publicación de su artículo de 1925 sobre las

consecuencias de la anatomía, Freud ya es discutido muy directamente en los artículos de Abraham, de Horney o de Deutsch, que produjeron observaciones clínicas y elaboraciones teóricas muy importantes sobre el complejo de castración en la mujer y sus consecuencias para la comprensión del desarrollo sexual. El artículo de Freud solo adquiere todo su sentido cuando se restituye en este contexto de propuestas cruzadas. Pues el abordaje de lo femenino no está ausente de las elaboraciones analíticas de la época; al contrario. Horney y Deutsch discuten punto por punto, a partir de su propia experiencia clínica, las observaciones y las deducciones de Freud, y lo que ellas plantean a su vez no deja de alimentar las reflexiones de Freud. La influencia de un pensamiento analítico femenino merecería desarrollarse especialmente; lamentablemente, no podemos abordarlo aquí. Después de 1931 y De la sexualité féminine, aparecen otros textos y prolongan los debates, como «La féminité» en la Nouvelle suite des leçons d’introduction à la psychanalyse28, en 1933.

Horney, por su parte, publica en 1939 Les voies nouvelles de la psychanalyse29, donde se precisan sus desacuerdos con Freud. Intenta abrir algunas líneas de trabajo a partir de lo que encontró como callejones sin salida terapéuticos y teóricos, exigiendo revisar, según ella, ciertos datos del corpus psicoanalítico. La concepción freudiana de la feminidad merece, a su juicio, ser abordada desde una perspectiva crítica, para señalar la falta de consideración del peso de los determinantes sociales y culturales sobre las mujeres, vistos como complemento de los determinantes biológicos demasiado destacados, a su juicio. Por otra parte, su experiencia clínica como mujer psicoanalista le dio ocasión de constatar que «la envidia del pene» no constituye un universal del desarrollo de la sexualidad y que, además, desde su punto de vista, no puede concebirse principalmente sobre el factor anatómico, en la medida en que su fuerza de sugestión en los pacientes parece responder a otros factores; a partir de lo cual sugiere en conclusión:

Sobre la base de sus primeras concepciones de orientación «biológica», Freud no puede apreciar el alcance de esos otros factores. No puede calibrar su impacto en la formación de los deseos y de las actitudes, ni considerar las interacciones entre el contexto cultural y la psicología femenina. Todo el mundo comparte la opinión de Freud acerca de la influencia en la vida mental de las diferencias sexuales en términos de constitución y de función. Pero parece poco productivo especular sobre la naturaleza exacta de esa influencia. La mujer estadounidense es diferente de la mujer alemana, que a su vez es diferente de la mujer india. El entorno social de la mujer neoyorquina es diferente del de una mujer de campesino en el estado de Idaho. Podemos esperar comprender de qué maneras el entorno cultural influye en el desarrollo de las cualidades de los hombres, diferentes de las de las mujeres.30

 

Deutsch publica en 1945 La psychologie des femmes.31 Esta obra retoma sus primeros avances de 1925 y prolonga sus reflexiones. Sobre la psicología femenina, dedica el último capítulo a la concepción psicoanalítica de esta cuestión en sus relaciones con la condición social.

Desarrolla una lectura y un análisis de la historia de tres generaciones de mujeres rusas inmersas en el impulso revolucionario y la guerra de la época, lo que sitúa muy en primer plano la dimensión política de la cuestión de la psicología femenina durante este periodo de conflicto mundial, en particular a partir de su integración en la vida económica del país.32 Deutsch aboga claramente por el reconocimiento de otra manera de ver y de leer las interacciones sociales y culturales, a fin de delimitar sus repercusiones psíquicas, cuya importancia sugiere reconsiderar. La mirada sociológica se invita a la discusión de un modo aún más marcado. Entonces, nos sentimos tentados a decir que el género le hace al Psicoanálisis lo que el Psicoanálisis les hace a las mujeres, y de lo que dan cuenta los trabajos de algunas psicoanalistas en un diálogo crítico instructivo.

Perímetro del diálogo y cuestiones éticas

Lo hemos visto muy rápidamente: el género cuestiona el Psicoanálisis al obligarlo, entre otras cosas, a debatir algunas de las críticas que se le dirigen. Pero el punto al que han llegado las discusiones en la actualidad no siempre es satisfactorio. Ciertamente, el diálogo continúa con los autores —Butler en particular—, y las preguntas se multiplican para reconsiderar los vínculos entre lo político y lo sexual, tal como lo sexual pertenece al Psicoanálisis en interacción; un coloquio se ocupó de ello en 2010, y algunos artículos se publicaron en la revista Recherches en Psychanalyse33; o también una jornada de estudio, La psychanalyse à l’épreuve du genre34, que contemplaba responder, entre otras cosas, a la cuestión de saber si el Psicoanálisis tiene medios para pensar el género por sí mismo. Es una cuestión importante, pues es cierto que los cruces incesantes de disciplinas sobre estas cuestiones —sociología, filosofía, medicina, política, etc.— hacen pensar que solo mediante la puesta en común de los modos de pensamiento y de análisis puede abordarse el género. En un plano estricto, podemos decir entonces que ninguna definición del género es posible en el Psicoanálisis por sí solo —del mismo modo que ninguna otra disciplina logra poseerlo por cuenta propia—, pero esto no es muy satisfactorio. Permanece una especie de carencia a la hora de poder delimitar mejor el objeto género, puesto que en el Psicoanálisis el objeto interesa, hace pensar y da cuenta de las posibilidades de los procesos psíquicos, de las investiduras, etc. Pero quizá podamos, aun así, intentar arriesgar una definición.

El género compromete la cuestión del sexo y la renueva. Y he aquí que volvemos a pensar lo que el sexo aporta al psiquismo: lugar, función, objeto, etc. En su artículo Le vrai sexe35, Michel Foucault emprende una genealogía del cuerpo sexuado. Nos explica que, hasta el siglo XVIII, existía una tolerancia relativa para quien, hermafrodita, debía determinar su sexo. Después, las cosas cambian: la asignación a un género como sustrato del sexo es impuesta por la medicina y ya no depende de la libertad de la familia o de la persona afectada. El cuerpo peritado hace aparecer que el verdadero sexo es una producción normativa y discursiva, en la medida en que son el derecho y la medicina los que lo fundamentan. El sexo ya no es una elección, sino que es prescrito por los discursos y las prácticas que detentan su verdad —de lo que a veces se acusa al Psicoanálisis de ser el agente, cuando «conmina» al sujeto a avanzar hacia la verdad de su sexo, lo que, desde nuestro punto de vista, es una confusión de las verdades en juego en la medicina y en el Psicoanálisis, que divergen, así como de los sujetos de los que se trata, que no pueden compararse tan rápidamente: el sujeto del inconsciente no es el sujeto del derecho, ni el de la medicina o el de la filosofía. La relación entre sexo y verdad en la medicina y en el Psicoanálisis no es la misma y, sin embargo, a veces se critica al Psicoanálisis por ser su relevo. ¿Cómo comprender esto? Pues es una cuestión importante que el género viene renovando en estos últimos años, quizá de un modo algo diferente al de intelectuales como Foucault en su época. ¿Qué valen las asignaciones del sujeto a su sexo que la filosofía discute a través de los cultural et queer studies, y para qué verdades, que puedan compararse con la asignación al sexo por el lenguaje y la sexuación, o incluso con las consecuencias psíquicas de la diferencia sexual en el plano anatómico? ¿Cómo, de unas a otras, pudo operar un relevo de coacción política que no seríamos capaces de recorrer en sentido inverso —y que, sin embargo, parece muy difícil de realizar si creemos en la verdad de los obstáculos que el género exige superar para hacerlo debatir con el Psicoanálisis? Pensamos que esta cuestión es importante, pues compromete al Psicoanálisis en la cuestión de su política y de su ética, de su política del cuerpo en particular —si es que tiene una. Y que, más allá, se plantea la cuestión de la existencia del sexo en el psiquismo: pues si existe en el cuerpo, en el derecho, en la medicina, ¿existe en la estructura psíquica fuera de los objetos que le son dedicados por mediación de la pulsión? Pues es necesario recorrer aún la distinción que Freud opera entre objeto y pulsión: no están determinados naturalmente, sino inconscientemente, en su relación; los motivos inconscientes priman sobre una supuesta fuente de la excitación en el objeto.36 Siendo la pulsión independiente de su objeto, no podría ser portadora de una verdad subjetiva cuando es de la subjetividad de donde se extraen confesiones. El sujeto del inconsciente, el sujeto del Psicoanálisis, no es un sujeto que confiesa.

Hacia una posible definición del género en el Psicoanálisis

Hemos visto que el género se escapa, en mayor o menor medida, a los intentos de definición, lo que da fe de su utilidad como categoría de análisis crítico, tal como se ha revelado desde hace más de treinta años. En este espíritu, se identifica el riesgo de verlo esclerotizado37 en diversas aplicaciones, tentadas de reducirlo a una función de tratamiento de datos, confinándolo la mayoría de las veces a observaciones de los roles sociales entre hombres y mujeres, lo que es tanto más evidente cuanto que el género se define a veces como un concepto estable. En el campo de lo médico y de la psiquiatría —bajo el efecto de las ciencias humanas y sociales— el género hace valer la existencia social del sujeto, a la que su dimensión identitaria queda ligada como portavoz. Desdibujador de fronteras, el género borra la línea de separación del sexo anatómico o desnaturalizado, así como la que lo delimita a él mismo como un fuera del cuerpo o una extensión identitaria. Al deshacerse, el género deshace el sexo y crea el sexo, en una circulación que interesa a los procesos psíquicos: como un redoblamiento de sus propios efectos, el género, revelador eficaz de lo que los discursos y las relaciones de poder albergan de normas y de coacciones, parece haber producido una cosa y su contraria. El

género toma entonces su fuente en el lugar del sexo cuando este cuestiona la vivencia del cuerpo sexuado, donde lo anatómico no recubre lo biológico. Pues, si la biología sexúa el cuerpo, es la sexuación la que lo sitúa en el paisaje sexual por mediación del lenguaje (se lo conciba performativo o significante). Un género hablado, por tanto, portador de los procesos psíquicos que lo fundamentan, que abre a la consideración de lo social y de lo político en sus repercusiones intrapsíquicas e inconscientes, entre movimientos identitarios y advenimientos subjetivos. Es producido, según nosotros, por la apertura de la subversión de lo sexual que el Psicoanálisis ha iniciado, y cuyo relato prosiguen las producciones teóricas recientes (representadas por la French Theory, los cultural studies, etc.). No absorbible por las teorías psicoanalíticas, del mismo modo que ninguna otra disciplina puede verdaderamente absorberlo, el género se sitúa como un concepto blando, al mismo tiempo dentro y fuera del sexo, para revelar su profundidad de campo. Actúa, como acabamos de recorrer rápidamente, por transgresión de los saberes instituidos bajo la influencia del deseo y de los saberes inconscientes, reavivando la cuestión del vínculo entre lo colectivo y lo individual cuando tenemos que situar en él al sujeto (sujeto del inconsciente), tal como nos lo enseña la experiencia psicoanalítica.

 

El género es útil si nos permite mantener esta tensión hacia la profundización de la diferencia sexual como experiencia, y los saberes que de ella se extraen. No sirve de nada si no es más que una variable adicional en la descripción de las relaciones sociales y de los roles hombre-mujer, en cualquier caso no en psicopatología o en Psicoanálisis. El género nos es útil si nos sirve de operador subversivo, capaz de mantener la perturbación, una experiencia de la perturbación que nos devuelve y nos expone a la experiencia de la diferencia sexual tal como no deja de producirse, aunque lo que fabriquemos de ella como saber, como identidad sexual y otras más, nos permita dejar de verla en acción y no sentirla demasiado. El género es útil si, en esta vía, nos permite dar cuenta de nuevos arreglos de la sexuación y de la diferencia sexual, donde la ambigüedad, en particular, ya no es siempre objeto de un esfuerzo de esclarecimiento hasta su disolución. En consecuencia, podemos proponer una definición del género en el Psicoanálisis: el género designa en Psicoanálisis el límite situado a la vez fuera y dentro del sexo, el litoral o el margen del sexo capaz de revelar su profundidad de campo. El género aparece bajo el efecto de lo sexual, interroga los saberes inconscientes de la diferencia sexual y hace vacilar las identificaciones hasta sus renovaciones. Así, el género crea el sexo en el entre-dos de su perturbación intermitente, en el instante de estabilidad en que se experimenta.