This post is also available in:
Las normas sexuales, el Psicoanálisis y el «matrimonio para todos»
Cahiers de psychologie clinique, n.º 45, 2015, p. 97-109.
Resumen Durante el invierno de 2012-2013, la vida política y social francesa estuvo ampliamente ocupada, e incluso desbordada, por los debates relativos al proyecto de ley denominado “matrimonio para todos”. Situada directamente en primer plano de la escena mediática, la cuestión sexual —homosexual— fue objeto de los debates de expertos y populares más intensos que Francia ha conocido en materia de costumbres y de normas sexuales y sociales. Las sacudidas fueron violentas. Los actos homófobos experimentaron un aumento muy importante (insultos, agresiones físicas). Todas las categorías de la sociedad fueron interpeladas por este proyecto de ley e invitadas a posicionarse. A los psicoanalistas se les interrogó ampliamente, y muchos de ellos se expresaron sobre las normas, sobre la sexualidad, como si el Psicoanálisis fuese el experto. El Psicoanálisis se convirtió en un argumento ineludible de estos debates, en particular durante la primera lectura del proyecto en la Asamblea Nacional. Este artículo pretende estudiar los recursos al Psicoanálisis y a los psicoanalistas en el hemiciclo. Más adelante, se trata de apreciar la función social y política del Psicoanálisis, y sus relaciones con la producción de las normas sexuales, según los usos políticos que puedan hacerse de él. palabras clave matrimonio para todos, Psicoanálisis, homofobia, perversión, función social del Psicoanálisis.
NORMAS SEXUALES, PSICOANÁLISIS Y “MATRIMONIO PARA TODOS”
Resumen Durante el invierno de 2012-2013, la vida política y social francesa estuvo ampliamente ocupada e incluso desbordada por los debates sobre el proyecto de ley denominado “matrimonio para todos”. Situada directamente en primer plano de la escena mediática, la cuestión sexual —homosexual— fue objeto de los debates de expertos y populares más intensos que Francia ha conocido en materia de costumbres y de normas sexuales y sociales. Las sacudidas fueron violentas. Los incidentes homófobos experimentaron un aumento muy importante (insultos, agresiones físicas). Todos los sectores de la sociedad fueron interpelados por este proyecto de ley e invitados a pronunciarse. A los psicoanalistas se les interrogó ampliamente, y muchos de ellos se expresaron sobre las normas de la sexualidad como si el Psicoanálisis fuese el experto. El Psicoanálisis se convirtió en un argumento clave de esos debates, especialmente durante la primera lectura del proyecto en la Asamblea Nacional. Este artículo pretende estudiar el uso del Psicoanálisis y de los psicoanalistas en la Cámara. Además, se trata de apreciar la función social y política del Psicoanálisis y su relación con la producción de normas sexuales, así como los usos políticos que pueden hacerse de él.
Palabras clave matrimonio homosexual, Psicoanálisis, homofobia, perversión, función social del Psicoanálisis.
Si se admite que la perversión no constituye verdaderamente un modelo, dado que su concepción y su clínica parecen siempre cambiantes y divergentes según los enfoques2, se mantiene, no obstante, que su uso perdura3. Fuera de la literatura científica, encontramos ejemplos de su empleo, en particular en el campo social, donde aún hoy figura como representación común de la anormalidad social y sexual, sin necesidad de asumir el sentido de una anormalidad psíquica constatada. A posteriori de los recursos al Psicoanálisis en los debates parlamentarios de la ley Taubira denominada “matrimonio para todos”, podemos explorar la manera en que las figuras del perverso o de la perversión fueron convocadas en apoyo de los argumentos políticos. Los psicoanalistas, el Psicoanálisis, se han destacado o han sido llamados a testificar por la sociedad y sus representantes, aportando los elementos teóricos, clínicos o ideológicos necesarios. Aunque no se trate del Psicoanálisis en tanto experiencia, no deja de ser cierto que estos debates sociales, culturales y políticos interrogan, a la inversa, al Psicoanálisis y a sus practicantes sobre aspectos teóricos y, sobre todo, éticos. Se trata entonces de los retos de la función social del Psicoanálisis, que tomamos en serio en la actualidad de los recientes debates que han brindado ocasiones de apreciar nuevos recursos: por unos, a la perversión como argumento respecto de la sexualidad de los otros, o al Psicoanálisis como editor de normas sociales y sexuales4. Dicho de otro modo, ¿cómo ciertos usos sociales y políticos de los saberes procedentes de la experiencia psicoanalítica libran la batalla pública de las normas sexuales íntimas en el debate colectivo, en detrimento del respeto al individuo social y al sujeto del inconsciente?
Cuando Jean-Pierre Winter, psicoanalista, expone que «legalizar la homoparentalidad es matar al padre y a la madre», en la revista Psychologies5, sus argumentos son retomados por el diputado Marc Le Fur durante los debates en la Asamblea: «Quisiera, por otra parte, evocar un modo de pensamiento que ha marcado mucho, quizá más a la izquierda que a la derecha: el Psicoanálisis. El Psicoanálisis ha marcado a generaciones: los años 1970, 1980, 1990. (Exclamaciones en los escaños del grupo SRC.) Quisiera que midan lo que dice un psicoanalista, el doctor Winter: […] «Desde un punto de vista psicoanalítico, sostengo que hacer desaparecer significantes semejantes equivale al asesinato simbólico del padre y de la madre6.» La palabra de “un” psicoanalista se convierte, en la escena política, en un argumento de “el” Psicoanálisis en su conjunto, remitido incluso a su valor histórico, moral y colectivo. Esta extensión del Psicoanálisis no es rara, y se observa según las opiniones defendidas en el campo del “a favor” y en el del “en contra”. El diputado Le Fur no se equivoca al precisar, como para acentuar su fuerza, «un modo de pensamiento que ha marcado mucho, quizá más a la izquierda que a la derecha […]». El Psicoanálisis es aquí “modo de pensamiento”, opinión y convicción, tanto moral como política, pero ¿es todavía “el” Psicoanálisis, o “algo de” Psicoanálisis de lo que se da cuenta aquí?
Esta retórica se multiplicó a lo largo de los debates. El Psicoanálisis o los psicoanalistas fueron invocados cerca de dieciséis veces, con ocasión de siete sesiones de discusión, de las veintiuna en total7. El Psicoanálisis o los psicoanalistas se citan principalmente en el campo del “en contra”. En el campo del “a favor” no se invoca el Psicoanálisis o a los psicoanalistas, sino el hecho de que tal o cual psicoanalista haya adoptado una posición favorable sobre el proyecto de ley. Estas referencias quedan ampliamente limitadas a argumentos no conceptuales en el campo de los “a favor”, mientras que el campo del “en contra” se apoya claramente en el saber teórico analítico. Así, el campo del “a favor” dice «Élisabeth Roudinesco está a favor», mientras que el campo del “en contra” dice «Padre, Orden Simbólico, Perversión, Generación, Prohibición del incesto, etc.»
Si juzgamos por estos debates, el Psicoanálisis, o más bien lo que de él se utiliza en política, ¿sería entonces más fácilmente patrimonio de un conservadurismo que de un liberalismo? ¿Sería especialmente eficaz para sostener la producción de normas o su mantenimiento más que su cuestionamiento y su puesta en entredicho? Algunos diputados se apropiaron de Freud para afirmar la necesidad del Padre con una gran “P”, por ejemplo, apoyando aquí argumentos a favor del mantenimiento de lo existente y del temor ante la novedad. Ninguno se apropió de Freud para hablar de la bisexualidad psíquica y de sus consecuencias sobre las consecuencias psicológicas de la diferencia de sexos en el plano anatómico, por ejemplo, lo cual no deja de ser interesante para abordar la cuestión de las funciones y los roles parentales. Pero hay que reconocer, en cualquier caso, que fragmentos de teorías despachados de este modo no pueden hacer gran cosa, salvo comprometer al Psicoanálisis, en un sentido u otro, en esa vía tan delicada que lo condena a ocupar una posición de superioridad, o de superyó, muy alejada, por tanto, de la cura y de toda consideración ética.
En otros momentos, se cita el Psicoanálisis para afirmar la necesidad de la distinción entre lo femenino y lo masculino, que algunos argumentos parecen asociar a padre y madre, es decir, hombre y mujer, sin que ello se establezca nunca del todo y como si fuera evidente. Hay en este sentido un trasfondo, una especie de equivalencia, de correspondencia o de relación entre binomios como hombre/mujer, padre/madre, masculino/femenino, activo/pasivo, macho/hembra, que podrían alinearse en dos columnas, y a los que nos veríamos tentados a añadir, para interrogarlo, el binomio sexo/género, para saber si lo que se dice ahí no equivale a poner el sexo del lado del hombre y el género del lado de la mujer.
Pero el Psicoanálisis no es solo teórico: es, ante todo, experiencia, la de la cura psicoanalítica, la de la práctica. Como conjunto teórico, las formulaciones psicoanalíticas producen efectos de norma, como toda teoría. Acabamos de ver, a través de estas referencias, que esos efectos de norma pueden, a veces, ir en una dirección y, luego, en la otra. Se enfrentan verdades. Por ejemplo, ciertas lecturas del complejo de Edipo divergen, en particular, entre necesidad estructural o localización cultural, como si hubiera que separar ambas. Volvamos un instante a los debates de la Asamblea Nacional: « Sr. Marc Le Fur : La alteridad sexual de los padres es una necesidad para los niños; es lo que reafirmamos a través de estas enmiendas. No somos los únicos en decirlo; los psicoanalistas también lo afirman. Una vez más, me sorprende que la izquierda, tan marcada por el movimiento psicoanalítico, olvide totalmente las reglas elementales que este contribuyó a establecer. Quisiera citar a una señora que consagró su vida a la infancia trabajando en la Ayuda Social a la Infancia. Evoca «al pequeño niño que, alrededor de los tres años, se enamora perdidamente de su madre y aspira a mantener a buena distancia a su padre. Debe constatar que no podría desalojar a ese rival. Entonces intentará parecerse a ese hombre, apropiarse de su saber, sus gustos, sus competencias, su comportamiento. Al hacerlo, desarrollará sus conocimientos, los más diversos, se apropiará de su identidad sexuada y sexual: ser como papá para acercarse a mamá. He aquí que, a través de la epopeya libidinal edípica, se sientan las bases del ser del niño y del futuro adulto». (Exclamaciones en los escaños del grupo SRC.) Vuelvan, pues, a esas teorías que fueron sus fundamentos hace aún algunos años; no las olviden. Este texto debería permitirles recordarlas. Sr. Bernard Roman: ¡Túmbese en el diván!8».
¿Es suficiente para considerar que el Psicoanálisis es normativo? Si se evoca la existencia de «reglas elementales» que el «movimiento analítico […] ha contribuido a establecer», ¿de qué se trata? No lo sabemos, aunque solo sea para considerar el interés por las normas y sus construcciones que la cura expresa cuando pretende iluminarlas, deconstruirlas, por cuenta del sujeto, del analizante. El Psicoanálisis es normativo a la altura de la normatividad subjetiva, en la experiencia de la cura. Las teorías psicoanalíticas, cuando modelizan por necesidad conceptual o retórica, se dirigen a conceptos, no a sujetos. La(s) teoría(s) psicoanalítica(s), como toda teoría, producen efectos de norma, pero no se trata del Psicoanálisis en tanto cura. La historia del movimiento psicoanalítico está jalonada de ricas críticas9 dirigidas a sus conceptos más célebres y normativizantes. Finalmente, estos diputados del “a favor” y del
“en contra”, ¿han aportado la prueba de que el Psicoanálisis produce normas? Podemos preguntarnos si lo que se ha esgrimido ahí no remite más bien a normas sexuales individuales, en el sentido de las normas familiares de cada cual. Lo que aparece aquí como normas sexuales ligadas al Psicoanálisis también puede considerarse como «normas singulares» elaboradas por cada uno en respuesta al trastorno de lo sexual. El Psicoanálisis, en tanto que cada cual mantiene con él una cierta relación, sea cual sea, viene a hacer presente esta producción de normatividad. Estas supuestas normas podrían pensarse igualmente como normas que reflejan la creación de las teorías sexuales infantiles, por ejemplo.
Así pensadas, estas normas serían, sin duda, una figura de lo que el género, en particular, parece poder ofrecer de más interesante en el campo analítico: a saber, una puesta en forma de un impensado y de un impensable del sexo, de lo real del sexo, que se despliega ante nuestros ojos a través de la supuesta realidad, de la que no olvidamos que procede del imaginario, aunque se sostenga parcialmente en lo simbólico para bordear lo real.
Stéphane Nadaud, pedopsiquiatra escuchado por el Senado durante la 2.ª etapa de discusión del texto, inicia su intervención así: «Cuando uno se dirige a una asamblea política, primero hay que situar en qué nivel de discurso se sitúa, hay que situar desde dónde se habla. […] Es una de las cosas más complicadas de considerar: saber a qué nivel de discurso se refiere lo que se va a decir […] Me considero invitado aquí en tanto que filósofo, psiquiatra y experto […] voy a intentar recusar este tercer título, el de experto, mostrando que, según yo, no puedo sostener un discurso que pueda serles útil con ese estatus […]10.» Esta toma de palabra y de posición hace eco a las palabras de Freud, quien en dos ocasiones declaró que el Psicoanálisis, la política y la pedagogía son profesiones imposibles11.
Freud privilegia esta renovación perpetua de la experiencia docente, de la acogida de lo desconocido, a riesgo de las conmociones, de las desubjetivaciones, tal como él mismo hizo de ello un uso metódico, científicamente, para descubrir algunas dificultades de la exploración del inconsciente. Entonces, cuando la política se encuentra con el Psicoanálisis en el hemiciclo de la Asamblea Nacional y los diputados intentan hacer obra de pedagogía, o bien cuando se invita a psicoanalistas como expertos ante los diputados de la comisión de leyes, ¿a qué asistimos sino a un congreso de imposibilidades reunidas? Sin embargo, hay que considerar que la experiencia de unos y otros, en sus imposibilidades, pueda trabajar para extraer algunos saberes útiles para la reflexión común. Pero ya cruzamos de nuevo la frontera imposible, la línea de incomunicabilidad entre experiencia y saber, allí donde no todo de la experiencia se constituye como saber, allí donde lo imposible de saber, lo fuera de sentido, insiste.
El género no es un concepto psicoanalítico12. Y, sin embargo, el género no deja de interrogar al Psicoanálisis en su experiencia y su teoría. Sin duda, hoy es la mejor herramienta para el Psicoanálisis cuando se interroga sobre las normas, indispensable al menos para la puesta en marcha escrupulosa que el Psicoanálisis como saber puede emprender sobre sí mismo. Cuestiona, en un movimiento de retorno, al Psicoanálisis en lugar del saber sobre lo sexual que él mismo inauguró. Este eco atraviesa diversos campos disciplinares y se ha ilustrado, en particular, en el retorno hacia Europa de la French Theory, a la que debemos los cultural studies, gender stu- dies, gay and lesbian studies, ilustraciones todas ellas promotoras de lo que el género ocasiona como trastorno desde hace más de treinta años. De este modo, el saber sobre lo sexual en circulación, que observamos en las disciplinas sociales o políticas, inflige al saber teórico psicoanalítico toda clase de invectivas e invitaciones a reconsiderar aquí posiciones, allá maneras de hacer. Pero los debates son difíciles de sostener, las tensiones son grandes. ¿Cómo apreciar y acoger estos movimientos sin omitir que los saberes que interesan al Psicoanálisis, los saberes inconscientes, son aún de otro orden que los saberes mencionados? Sin duda, hay que apreciar la función social del Psicoanálisis, pues con ella podemos considerar con cuidado la manera en que los efectos teóricos infligen al ámbito social efectos patentes que, a su vez, iluminan los postulados teóricos en sus carencias e impases. Veamos en esta vía la cuestión de la perversión, que se esclarece parcialmente de este modo.
Michel Tort lo señala con acierto: «¿Qué constituye la originalidad de la guerra declarada contra el Psicoanálisis desde los años 1990 y cuál es su apuesta? Puede considerarse que el aspecto principal reside en la puesta en cuestión de la función social del Psicoanálisis […]13». La lectura de las revistas de gran público o los debates de los especialistas nos aportan regularmente mil pruebas. Ya se trate de las críticas teóricas procedentes de los gender o queer studies14, del empleo del Psicoanálisis por los parlamentarios franceses con ocasión de los debates sobre la «Ley Taubira», o incluso del uso parcial y poco escrupuloso de las teorías freudianas por parte de ciertos psicoanalistas debidamente titulados, la función social del Psicoanálisis —entendida como experiencia y no como una suma de saberes— es cuestionada, puesta a prueba con la mayor fuerza posible, sin que se conozca respuesta alguna, ni siquiera balbuceante. Entonces debemos interrogar el devenir de los límites que la subversión analítica encuentra actualmente en sí misma, y plantear, en consecuencia, qué ocurre en su seno con la comprensión de la perversión en el campo social —paradigma de los límites y de la subversión.
Decimos que el Psicoanálisis es una experiencia antes que cualquier otra cosa, mucho antes de constituir un conjunto de saberes teóricos, de los que sabemos —por la experiencia del Psicoanálisis— que no son nada frente a los saberes inconscientes que cada sujeto emprende a esclarecer por su propia cuenta. Por un lado, los saberes teóricos sirven de referencia. Por otro, los saberes inconscientes son determinantes. ¿Cuáles privilegiar? ¿En cuáles confiar en materia de normas sexuales: en lo que la clínica informa o en lo que el saber común reconocido sentencia? En este punto se aprecia la observación de Lacan en France Culture, en 1973: «Hay normas sociales por falta de toda norma sexual, eso es lo que dice Freud. La manera de captar la ambigüedad, el deslizamiento de todo enfoque de la sexualidad favorece que, para rellenar, uno se lance a toda clase de anotaciones que se pretenden científicas y se crea que eso esclarece la cuestión; es muy notable ese doble juego de la publicación analítica entre lo que pueden, en los animales, detectar los biólogos y, por otra parte, esto, que es totalmente tangible en la vida de cada uno, a saber, que cada cual se las arregla muy mal con su vida sexual15.»
¿La anormalidad sexual o la imposible normatividad sexual estarían, pues, en fricción, hasta el punto de remitir a cada cual a su propio embrollo sexual, hoy como en tiempos de Freud? ¿Qué sugiere Lacan, sino que ningún discurso erudito está en condiciones de reducir el enredo sexual del ser hablante, puesto en falta, en comparación con los animales, por no poder contentarse ni con la biología ni con la medicina para tratar el embarazo que su vida sexual le crea? Elegir creer en la anormalidad sexual o remitirse a la imposible normatividad sexual se mantienen como las dos opciones que trazan la frontera de lo normal y lo patológico, al tiempo que definen las posibilidades de desplazamiento del sujeto a uno y otro lado de esa frontera, e incluso a través de ella.
El «perverso polimorfo16» con el que Freud designa al niño en su exploración de la vida sexual —en el momento en que, paso a paso, desarrolla y dispone las condiciones de una adecuación futura, más o menos bien regulada, entre lo que la pulsión exige y lo que encuentra para presentarle como objetos en el fantasma— ya no es patrimonio exclusivo del niño del siglo pasado. El desajuste general de los usos sexuales ordinarios e históricos ha liberado lo posible para abrirnos a la farmacopornografía17, tierra de expresión de las perversiones sexuales de este siglo XXI entre liberalismo económico y químico. Los modos de satisfacción, tanto materiales como fisiológicos o imaginarios, nunca han estado tan bien ajustados a las necesidades pulsionales, reduciendo el perímetro de las contingencias habituales, relegadas a banales criterios sin consecuencias. El hombre ha perdido incluso su gravedad, según el análisis de Charles Melman18, expresando aquí una opinión compartida por otros además de él. ¿Los progresos médicos, junto con los avances técnicos y el aumento efectivo del campo de lo posible, mantendrían de un modo nuevo el polimorfismo de los sujetos de hoy, dejando así que la perversión se mantenga y se extienda en lugar de ser regulada como pudo observarse antaño? Es el temor compartido también por las tendencias políticas conservadoras, a las que se suman asimismo psicoanalistas, que se expresan preocupados por el futuro incierto e inestable al que la sociedad se expondría por esta vía19. Aquí las perspectivas inconscientes del Psicoanálisis se cruzan, en lo social, con la expresión y la representación social de lo sexual freudiano. La mezcla y la confusión operan a favor de una consideración de apariencia evidente, entre lo que los procesos psíquicos detectados por la experiencia freudiana y los movimientos sociales, culturales y políticos activan durante la marcha del progreso, de modo que el temor a lo peor —siempre por venir— bastaría por sí solo para agitar como un trapo rojo. Pero ¿qué sabemos realmente de en qué se han convertido las perversiones —figuras privilegiadas del estudio de las normas sexuales?
Atrevámonos con una pregunta, y luego con otra. Hoy en día, los «ho-
mosexuales» ¿siguen siendo perversos20 o, más bien, es que la perversión los ha abandonado? ¿El alcance social y simbólico del «Just Maried», permitido por la reciente ley que abre el matrimonio a todas las parejas, no responde a esta pregunta? Sin duda, la normalización inherente a la igualdad de derechos aplana radicalmente aquello que, hasta hace poco, parecía salirse de las filas de un modo perjudicial. Las familias se recomponen y desarrollan sus alianzas21. El matrimonio ya no es la garantía de la supuesta estabilidad de la familia y se convierte, por ello mismo, en un derecho ampliado22: paradoja. Incluso un alcalde opuesto al matrimonio para todos acabó aceptando oficiar el de su propio hijo con su compañero23, otra paradoja. ¿Qué engendra la respetabilidad adquirida de unos sobre los otros? Si los anormales de ayer son los normalizados de hoy, ¿qué nuevo arreglo de la anormalidad se realiza? ¿Quiénes son los nuevos parias o los nuevos perversos? Percibimos aquí de qué manera la perversión se mantiene mucho más allá de una coherencia nosográfica siempre fluctuante24, como figura socialmente eficaz, incluso cuando los argumentos psicológicos vienen a sostener sus fundamentos. ¿Cuáles de ellos, entre los anormales del momento, pueden cargar ahora con este pesado fardo diagnóstico: ser aquellos que recurren al desvío y a la disimulación con fines de ignorancia forzada de la evidencia, angustiante, de la castración? ¿Quiénes son aquellos hacia quienes, a fortiori, hay que dirigir esta queja social por el desorden reprochado, por la inconveniencia de las palabras, por los comportamientos inadecuados? ¿Los recién casados de un nuevo género besándose con avidez en los pórticos de los ayuntamientos o los manifestantes antiigualdad incitando al odio? ¿Quién desvía hoy la norma social para hacer pesar sobre otros el peso de sus heridas narcisistas erigidas en argumentos de reforma contra toda posibilidad de diálogo social? ¿Quién se anormaliza hoy, y qué puede decir o no el Psicoanálisis de hoy al respecto?
- entre los anormales del momento — ¿quién puede cargar a partir de ahora con este pesado fardo diagnóstico de ser quienes recurren al desvío y al disimulo con el fin de ignorar de forma forzada la evidencia, angustiante, de la castración? ¿A quiénes hay que dirigir, a fortiori, esta queja social por el desorden reprochado, la inconveniencia de las palabras, los comportamientos inadaptados? ¿A los recién casados de un nuevo género que se besan ávidamente en las escalinatas de los ayuntamientos o a los manifestantes anti-igualdad que incitan al odio? ¿Quién pervierte hoy la norma social para hacer recaer sobre otros el peso de sus heridas narcisistas, erigidas en argumentos de reforma contra todas las posibilidades del diálogo social? ¿Quién se vuelve anormal hoy en día, y qué puede decir o no el psicoanálisis actual al respecto?
Si decimos «el Psicoanálisis de hoy» y no solo el que podría tomar la palabra en el tiempo presente, es para subrayar que, a falta de ser el que puede decir, el Psicoanálisis no deja de ser uno que causa como todos los demás, pues no hay otro Psicoanálisis que el de uno que lo hace, o que lo ha hecho. En 1905 o en 2014, el asunto es idéntico: quienes hablan en su nombre, con o sin conocimientos, con o sin experiencias, no hablan más que de su propio Psicoanálisis: el por venir, el que fracasó, el temido o el esperado.
- De hoy es, por tanto, en todo tiempo, la única posibilidad de decir, a propósito del Psicoanálisis, una palabra de analizante —tumbado o no—, tanto se impone desde estos últimos cincuenta años que la experiencia freudiana ha generado toda una serie de efectos de transferencia fuera de la cura que aún no hemos terminado de apreciar.
El Psicoanálisis es de todas y todos; es de todo el mundo y de nadie, en todo tiempo. Los parlamentarios se equivocaron al querer apropiárselo, pues cualquiera puede saber fácilmente que toda palabra actual sobre la sexualidad es una palabra atravesada por el Psicoanálisis, se sea Michel Onfray o Élisabeth Roudinesco; esta condición es común y sin gloria. Desde este punto de vista, el Psicoanálisis se impone como atemporal, aunque no opuesto a la historia. Así, al hablar de perversión e interrogar su actualidad, discutimos en las mismas condiciones que Freud en 1905. No hay historia de la perversión —salvo quizá para la psiquiatría o la nosografía—, solo su actualidad. Del mismo modo que la regresión en la cura nos permite acceder, en lo actual, al pasado presente, los conocimientos teóricos de los síntomas y de las estructuras solo valen en el lugar de su actualización en la cura de aquellos a quienes interesan: el analizante y su analista. ¿Qué dijeron esos parlamentarios y esos comparecientes de la investigación previa al debate sobre la ley Taubira denominada “matrimonio para todos”? Dijeron, en sustancia, ante todo, que la ley no es la norma, e incluso una ley que abre el matrimonio a las personas denominadas “del mismo sexo” no reducirá la insistencia sintomática de la ley simbólica. Denunciaron el orden simbólico, al tiempo que lo reificaban, como si se tratara de una instancia previa a toda operación psíquica subjetiva, evitando así considerar el orden simbólico como una operación psíquica princeps, aquella por la cual el sujeto llega a lo simbólico y al lenguaje, sin necesidad de que el orden esté establecido antes que él, pero con la necesidad de que otro lo invite a ello y de que él mismo se lo proponga finalmente. Freud nos lo enseña con facilidad: lo que se erige como orden necesario no es más que el resultado parcial de una adaptación parcial del psiquismo humano frente a la experiencia sexual que no puede asumir más allá de sus posibilidades. Así, el orden psíquico adoptado —y simbólico por ese solo hecho, y no por las gracias de la Naturaleza o de la Cultura— es un work in progress permanente. No nacemos con nuestro aparato psíquico; se constituye bajo el efecto de la experiencia. Lo que en él se organiza como normas e instancias —por no citar más— solo encuentra su lugar y su función en la perspectiva de esta adaptación, que sabemos mínima y vigilada: al psiquismo no le gusta el cambio y, peor aún, lucha contra el cambio incluso si ello es perjudicial para la persona. Tanto es así que Freud lo lamenta y lo denuncia al mismo tiempo: el orden tan necesario para asegurar y tranquilizar solo encuentra expresión en la resistencia, aquella hacia la que Freud dirige todos sus esfuerzos para disminuirla, interpretarla o desplazarla, a fin de que el tratamiento psíquico pueda realizarse. Al discutir la ley, oponerse a ella o defenderla, los actores de este debate parlamentario pusieron en escena a plena luz los procesos de edificación del aparato psíquico, aquellos que vivimos todas y todos sin saberlo. Más que una denuncia rigurosa de un punto de vista u otro, asistimos a una lección forzada de sociología del Psicoanálisis por la cual debemos apreciar los efectos en forma de ecos que el Psicoanálisis suscita, y que los psicoanalistas no pueden ignorar.
Bibliografía
Bonnet Gérard (2008). La perversión, vengarse para sobrevivir. París: PUF, 2008. BourSeul Vincent (2015). «Anatomía y destino del «género» en Freud y algunos contemporáneos». L’Évolution Psychiatrique, n.º 80, p. 239-250.
BynG-hall John (2007). Aliviar la carga de los niños parentificados en familias que presentan modos de apego inseguros. Devenir, 3/2007, vol. 19, p. 201-222.
D’aMore Salvatore et al. (2010). Las alianzas familiares en el contexto de la homoparentalidad. Thérapie Familiale, 4/2010, vol. 31, p. 465-472.
DaviD-MénarD Monique (2010). 1974. En torno al anti-Edipo. Recherches en psychanalyse, 2/2010, 10, p. 202-212.
freuD Sigmund (1905), Tres ensayos sobre la teoría sexual, París: Gallimard (Folio), 1989.
freuD Sigmund (1937). El análisis finito y el análisis infinito. Œuvres Com- plètes, vol. 20. p. 13-55.
Gutton Philippe (2006). Adolescencia desenmascarada. Adolescence, 3/2006, p. 573-591.
lacan Jacques (1973). Declaración en France Culture en 1973. Le Coq-Héron, 46/47, p. 3-8.
laufer Laurie (2010). Psicoanálisis fuera de casillas: un ejercicio político.
Cliniques méditerranéennes, 1/2010, 81, p. 95-110.
Martin-Mattera Patrick et al. (2014). El fetiche como condición de la perversión. ¿Todo sujeto perverso es fetichista? Ejemplos clínicos. Cliniques méditerranéennes, 1/2014, p. 227-241.
MelMan Charles (2002). El hombre sin gravedad, Gozar a cualquier precio: entrevistas con Jean-Pierre Lebrun. Denoël.
rouDineSco Élisabeth (2002). Psicoanálisis y homosexualidad: reflexiones sobre el deseo perverso, el insulto y la función paterna. Cliniques méditer- ranéennes, 1/2002, 65, p. 7-34.
tort Michel (2013). División de los psicoanalistas por las políticas sexuales. Cités, 2013/2, p. 23-32.