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Si «no hay relación sexual», ¿no la habría entre los géneros?
Cuadernos de la Escuela de Psicoanálisis Sigmund Freud, n.º 96, 2014, p. 107-114.
Habiéndose desarrollado la discusión en torno al libro en otras direcciones, el tiempo acabó faltando para plantear a Guy Le Gaufey estas preguntas, que ahora se harán por escrito. No importa, incluso sin el intercambio que puedan suscitar, apostemos a que también sirven como comentarios de esta obra interesante por más de un motivo.
El primer punto que me gustaría destacar concierne al capítulo sobre la sodomía y lo contranatural…
Su obra recorre por varias vías, varios enfoques, lo que podríamos llamar adaptaciones a lo que del sexo produce una brecha, un hiato, un desfase… Nos interesa en los efectos de la no-relación sexual y en las consecuencias de estos efectos, en particular los que se ilustran en la voluntad de control de ciertos actos sexuales por parte de ciertos saberes y poderes. En el capítulo titulado «Sodomía y contranatura», nos propone comprender este desafío donde convergen los intereses de la teología moral de la reforma gregoriana y los de la psiquiatría moralizante del siglo XIX.
En efecto, la invención de la sodomía en la época medieval por la teología y su clasificación en los crímenes de lesa majestad precede, histórica y conceptualmente, a la psiquiatría del siglo XIX en su tratamiento de las cosas llamadas «contranatura». Ambas, en épocas muy diferentes, trabajan en la edificación, en el establecimiento de un límite, de un punto más allá del cual ya no se permitirá mantenerse en el orden humano. Esta fabricación de la exclusión y, para ello, de una discriminación por diferenciación, se construye paso a paso desde las teorías sobre el instinto genésico, a favor de los crímenes pensados contra la naturaleza, luego los pensados contra el espíritu hasta, por la audacia literaria y
espiritual de algunos, la invención de una práctica de lo que hasta entonces se consideraba, como mucho, un acto.
El juicio moral y divino que designa la intención y la voluntad de los practicantes, a diferencia del acto, sirve para advertir a aquellos que, igualmente practicantes pero de otro oficio, deben ahora mantenerse al margen, gracias a la brecha así introducida, de ciertas cosas del sexo consideradas inconvenientes y desde entonces agrupadas bajo el vocablo «sodomia» (usted nos recuerda con razón cómo sodomia pudo designar tantos actos tan diferentes antes de ser fijada a su concepción reducida moderna de la que usted precisa «que con ella se alcanza tal máximo en el orden del pecado que ya no es necesario dar una descripción sutil y detallada3»).
En ambos casos, teológico y psiquiátrico, usted dice: «Se trata de instalar una solución de continuidad dentro del sexo, una ruptura que permite reducir estrictamente el encuentro sexual y la necesidad reproductiva el uno al otro4». Intento que busca, si entiendo bien, inventar lo discontinuo para dar forma a la ausencia de continuidad en las cosas del sexo.
Usted detalla todos estos esfuerzos de clasificación, de evaluación, de construcción de un enfoque casi enciclopédico que recuerda al de Foucault, por ejemplo en La voluntad de saber5, que han encontrado recientemente un eco en los esfuerzos de clasificación, de inventario, de designación, de asignación, de invención de lo discontinuo a propósito de lo que debería ser así y nunca llegar a ser de otra manera, en las iniciativas de La Manif Pour Tous (LMPT).
Hemos visto diversas tentativas, espiritualmente motivadas, de extraer de la complejidad de las vidas modernas argumentos naturales, culturales, divinos, históricos y otros más, susceptibles de actuar como pruebas y apoyos favorables a la propuesta de mantener, de preservar lo existente pasatista contra la deriva contemporánea que nos arrastraría fatalmente más allá del orden humano. Pienso tanto en los argumentos de fondo como en la forma que toman ciertas afirmaciones y reivindicaciones, escritas en ecuaciones, donde se ha podido leer: «un niño = un papá + una mamá», a veces escritas con todas las letras, papá y mamá con mayúsculas, o bien simbolizadas por el trazado de siluetas de niño, de papá azul y de mamá
rosa, o también «papá + mamá: no hay nada mejor para un niño», «todos nacidos de un hombre y una mujer», etc.
Así, tanto la teología medieval inventando la sodomía en su tiempo como la LMPT reinventando en el siglo XXI una teoría sobre la fabricación de los hijos (a partir de un papá y una mamá y no solo de un macho y una hembra) trabajan ambas en la clasificación y la fabricación de límites a partir de simples fronteras percibidas en el corazón de prácticas ya existentes, con el fin de distinguir lo admisible y lo inadmisible del sexo.
Mi pregunta: ¿es esto comprender por qué vías se constituyen los intentos de luchar contra la ausencia de continuidad dentro del sexo, inscribiendo en él con fuerza y convicción lo discontinuo para aprovechar el privilegio así creado de poder designarlo, combatirlo y legítimamente intentar reducirlo o anularlo? ¿Es esto comprender una versión del interés que hay en formular que no hay relación sexual?
Por otra parte, después de recordarnos, con razón, la introducción del goce por Lacan bajo nuevos sentidos distintos a los que ordinariamente se atribuyen a este término, usted retoma el hilo de la heterogeneidad radical de los goces masculinos y femeninos. El goce sexual haciendo «barrera a la relación [sexual]6» —usted cita aquí a Lacan—, las fórmulas de la sexuación se imponen para escribir «esta diferencia en el abordaje de la función fálica7», bajo los auspicios de esta concepción renovada del goce.
Esta brecha entre los goces hace pensar, puesto que se trata de fórmulas, en la brecha entre lo anatómico y las modalidades de abordaje de la función fálica, es decir, del goce, que el sujeto llega a asumir con más o menos felicidad. La brecha anatómica causa, en parte, la brecha de los goces, y sabemos por extensión y experiencia clínica que en este juego todas las anatomías singulares compiten, sin necesidad de corresponder demasiado a las expectativas anatómicas ordinarias de lo que se considera ser un hombre o ser una mujer, tenerlo o no, serlo pero no todo el tiempo, etc. Esta constatación de la brecha de los goces ilustra otra razón que justifica formular que no hay relación sexual.
Pero a veces, sí, la hay, parece que la hay. A veces los goces parecen unidos por no estar aún separados, o por no estarlo
más, hasta el punto de que hay un simulacro de relación sexual, hasta el punto de que el goce ya no haría barrera. Algunas drogas recientes, muy apreciadas en el contexto de las prácticas sexuales, son hoy la ocasión de vivir experiencias físicas y mentales dignas, para los consumidores, de lo que quizás convenga calificar como una relación sexual, para bien y para mal (quedémonos en el matrimonio sagrado). Los efectos entactógenos, empatógenos, alucinógenos de las drogas de la familia de las catinonas son indescriptibles, según los practicantes. La molécula más conocida de estas da nombre a muchas de sus derivadas: la mefedrona. La comunión física y de goce sexual ya no conoce, bajo el efecto de estos productos, las barreras de antaño. El goce sexual ya no parece hacer barrera a la relación.
Pero si se mira bien, hay que considerar, contrariamente a las apariencias, cómo el goce sexual es literalmente deportado por los efectos de la droga en cuestión, deportado y proyectado sobre la pantalla de los fenómenos alucinatorios compartidos por los protagonistas reunidos, hasta el punto de que a veces es posible vivir una alucinación a dos. La misma alucinación para dos. Mientras que el LSD ofrece a los comensales la posibilidad de compartir su alucinación singular, la mefedrona, en algunos casos no sistemáticos, permite ver a dos la misma alucinación, donde las producciones visuales parecen sufrir la influencia simultánea de los dos psiquismos implicados en la aventura, al mismo tiempo que cada uno disfruta de ser el espectador acompañado del otro espectador. Sin necesidad de retener los detalles de estos casos, bastante raros pero espectaculares en sus efectos a posteriori, estas nuevas moléculas ocasionan experiencias de un nivel muy elevado de puesta en común, de intercambio sensacional y de dilución de las barreras clásicamente erigidas por el goce sexual (que marcan la no-relación). Erecciones y orgasmos se disuelven en otras posibilidades de sensación y otros goces, o se abandonan (pérdida de la erección, imposibilidad de alcanzar la eyaculación) ni más ni menos hasta el punto de que se permite pensar que el goce sexual se mantiene especialmente al margen gracias a la molécula; sin impedir —todo lo contrario— la práctica de otras prácticas sexuales y de otros tipos de goces, finalmente disponible para dejar que se juegue la relación, para darle una forma en la realidad (entre imaginario y alucinación) y así hacerla existir en algún lugar, por un tiempo.
Mi pregunta: la sustancia-droga viene a ocupar el lugar de —se sustituye a— la sustancia-goce y reabre, suspendiéndola, la posibilidad temporal de la relación sexual. ¿Cree usted que el goce sexual se mantiene como barrera a la relación, aunque los avances técnicos actuales a veces parecen dar lugar a la abolición de la barrera con un aparente mantenimiento del goce, o incluso su multiplicación?
Finalmente, de una manera que podríamos calificar de general, usted expone muy bien —esto me ha aclarado mucho— el interés que hay en identificar el matiz fundamental entre contrario y contradictorio en sus diferentes matices, para abordar de una manera productiva la no-relación sexual. Los sexos no son contrarios sino contradictorios, así lo entiendo al leerle, aunque usted no lo formule tan literalmente como yo lo hago.
Usted aborda contrario/contradictorio hacia el final del libro, sin duda porque cada uno de nosotros posee esta dialéctica para pensar la no-relación sexual; sin embargo, cuando me topé con ello, me hizo reflexionar. En las primeras páginas del libro, es evidente, en mi opinión, que usted despliega, sin explicitarlo en estos términos, que los sexos mantienen una relación que podríamos calificar de antitética, en el sentido de la antítesis. Esto me saltó a la vista desde la introducción porque en ese momento yo estaba trabajando por mi cuenta en la explicitación teórica de una relación entre los géneros que califico de protética —puesto que resuena directamente con antitética.
La figura retórica de la antítesis se define como la que ilustra una oposición de puntos de vista en diferentes momentos de una argumentación contradictoria completa, a la que el sentido común le hace jugar el juego de la oposición de contrarios, minimizando así la cualidad de contradictorio. Antitético no es una estricta oposición de dos mitades, sino que también alcanza la figura de estilo por contraposición: se dice, en un sistema de fracturas conjugadas, de las fallas cuyo juego se efectúa en sentido contrario al accidente principal (Littré). Ir en sentidos contrarios no impide ser simplemente contradictorio. Que los sexos sean antitéticos pone de manifiesto lo que la no-relación sexual designa en parte, a saber, que no son complementarios ni necesarios, sino contingentes y puestos en relación el uno con el otro por algo distinto de una relación sexual (por medio del falo).
El género, si no se piensa como el sexo social que habría que reducir a lo anatómico, puede pensarse como uno de esos momentos del sexo donde, a favor de una intermitencia en la certeza que le concedemos, emerge el espacio de un latido favorable a la consideración de un más allá de la dialéctica de los sexos antitéticos, desde el cual podemos pensar la parte de lo que los fundamenta en común a falta de estar comúnmente fundamentados.
De ahí mi pregunta: si no hay entre los sexos una relación que se pueda calificar de sexual, ¿cree usted que la hay entre los géneros? ¿Sería de tal naturaleza que expresaría la relación protética que los géneros mantienen entre sí, en el sentido de que esta vez los elementos de la contradicción avanzan aquí en el mismo sentido y ya no en los sentidos contrarios del accidente principal —lo que no les impide seguir siendo contradictorios por lo demás, como podemos constatar cada día?
Vincent Bourseul