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Anatomía y destino del “género” en Freud y algunos contemporáneos
L’Évolution Psychiatrique, n.º 80, 2015, p. 239-250.
Resumen
Objetivos. – Este artículo tiene como objetivo esclarecer la presencia del “género” en las propuestas freudianas y en algunos de sus contemporáneos.
Método. – Proponemos, en este sentido, reconsiderar el pensamiento de Freud sobre la “anatomía” y las consecuencias psíquicas de la diferencia de sexos, a partir de las críticas y divergencias formuladas en su momento por Horney, Weininger, pero también por Abraham, Ferenczi o Deutsch.
Resultados. – Parece que el género ya estaba presente, aunque solo apareció más tarde como noción conceptual y teórica.
Discusión. – Aunque hubo que esperar a los trabajos de Stoller en los años sesenta para desarrollar ciertas dimensiones del sexo, la sexuación o la identidad sexual, a lo largo del siglo hemos elaborado una retrospectiva que nos permite volver a las propuestas freudianas y medir sus efectos y su pertinencia para la clínica contemporánea. Podemos, en particular, apoyar nuestra apreciación del “factor” de la diferencia sexual que Freud nos legó para pensar más allá de la “roca” de la castración encontrada en la cura psicoanalítica. Entonces, nos sentimos animados a renovar parte de nuestro pensamiento sobre el desarrollo de la diferencia de sexos a partir de la experiencia de la diferencia sexual y a revisar con Freud el destino del género articulado a sus determinantes biológicos.
Conclusiones. – El género aparece entonces como un agente de perturbación, capaz de interrogar al psicoanálisis y, lo que es más interesante, de definirse a su vez como un concepto límite entre lo sexual y lo social, y no solo entre el sexo y lo social.
Abstract
Objectives. – This article aims at enlightening the presence of gender in Freud’s and some of his contempo- raries’ proposals.
Method. – We propose to reconsider Freud’s reflections on the “anatomy” and the mental consequences of the difference in gender, from the criticisms and differences formulated at the time by Horney, Weininger but also by Abraham, Ferenczi or Deutsch.
Results. – It appears that gender was already at work although it only appeared later on as an abstract and theoretical notion.
Discussion. – Although it was necessary to wait for the works of Stoller in the 1960s before developing certain dimensions of sex, sexuation or sexual identity, we have drawn up over the century a retrospective which allows us to return to the Freudian proposals and to measure their effects and their relevance with regards to the contemporary private hospital. Notably, we can support our appreciation of the “factor” of the sexual difference, which Freud bequeaths us to think beyond the “rock” of castration encountered in the psychoanalytical cure. We are hence encouraged to renew a part of our thoughts on the development of the difference of the sexes from the experiment of sexual difference and, to revise with Freud, the fate of the gender articulated in its biological determinants.
Conclusions. – Gender thus appears as an agent of disorder, capable of questioning the psychoanalysis and, more interestingly, of defining itself in turn as a limit concept between the sexual and the social, and not only between the sex and the social.
© 2013 Elsevier Masson SAS. Todos los derechos reservados.
El género parece ser una noción reciente, o al menos posterior a Freud y a sus contemporáneos. De hecho, en los últimos 30 años el género ha experimentado su desarrollo más importante en el discurso ambiental, atravesando todos los campos epistemológicos. Pero, ¿qué había de lo que concernía al género en la época de Freud? ¿Y qué decían sus contemporáneos? Estas son nuestras preguntas iniciales. Porque si bien muchas de las propuestas de Freud son criticadas a partir de las “cuestiones de género”, quizás podamos examinar de cerca la forma en que la dimensión del género ya estaba presente y tratada en esa época, aunque no fuera objeto de un discurso específico. El género traduce algo del sexo al hacer valer la brecha entre lo anatómico y lo psíquico, lo genital y lo social, la asignación y la afirmación. Cuando Freud retoma la máxima de Bonaparte “el destino es la política” para deformarla en “el destino es la anatomía” [1] (Freud 1924), la supremacía de lo biológico parece imponerse como única interpretación posible. Y en esta concepción se impone entonces la supremacía del sexo sobre el género, que le sería preexistente y superior en una relación jerárquica. Esta lectura va completamente en contra de lo que el género plantea y revela de los procesos de construcciones sociales y culturales que lo fundamentan, iluminando al mismo tiempo la construcción también social del sexo, despojado de su naturalidad o de su genitalidad, pero no por ello desexualizado. Esto se lo debemos a los desarrollos de las teorías críticas, de los gender studies, cultural studies, gay and lesbian studies, entre otros. Esta célebre formulación de Freud y otras propuestas del psicoanálisis en general son criticadas y tachadas de colaboración con el sistema de normas sexuales que la crítica queer tiende a denunciar en la prolongación de los feminismos. Sin embargo, lo “anatómico” de la máxima no es lo “biológico”, que en Freud sigue siendo un modelo de inspiración de lo vivo. Lo anatómico no puede pensarse aquí como englobando el cuerpo humano como expresión de la naturaleza, sería malinterpretar el enfoque de lo biológico en Freud, lo que nos permite avanzar que esta recuperación de “la anatomía es el destino” dice mucho más de lo que podemos circunscribir, incluso por el enfoque crítico que suscita. Estamos entonces invitados a releer, con esta luz del género y en detalle, lo que Freud propone como consecuencias psíquicas de la diferencia de sexos a nivel anatómico (Freud, 1925) [2]. Porque si el género hoy se presenta como una herramienta de análisis crítico de ciertas propuestas freudianas, también debemos considerar las críticas que le eran contemporáneas, y en particular las de algunas mujeres psicoanalistas de la época. Esto se aprecia en particular a partir de los intercambios y las propuestas de Abraham, Horney y Deutsch que podemos retomar parcialmente, sobre la cuestión de la “envidia del pene” y la del “femenino-masculino”. Luego, podemos examinar las formulaciones de Weininger, que no era psicoanalista, pero cuya obra principal publicada comprende algunas formulaciones que nos interesan porque el género está presente en ellas, y discute con las posiciones de Freud, de Stoller1 y también de Lacan.
1. El destino de la anatomía
¿Puede concebirse el destino en boca de Freud como en la de Napoleón Bonaparte? Lo asociamos espontáneamente a “destino” y a “neurosis de destino”. Freud utiliza esta designación de neurosis para traducir el carácter profético de ciertas disposiciones o construcciones neuróticas. El futuro se decide menos de lo que se sufre. ¿Es aplicable a la anatomía? La anatomía evoca el “organismo”, los órganos, el aparato genital entre otros. Y de eso habla Freud cuando retoma la frase de Napoleón Bonaparte. No se trata del “cuerpo”, otra noción de la que podemos decir que es un producto y no un dato, sino más bien un resultado de la investidura de la anatomía, de la investidura libidinal. Nunca es reducible a la materialidad del cuerpo fisiológico y orgánico, sino que está determinado por la intervención psíquica del sujeto.
¿Puede la anatomía llevar en sí el destino en el sentido de lo que se impondría al sujeto, y de lo que este último se convertiría subjetivamente en actor en el camino? Esta versión lleva a decir que si uno nace con una anatomía percibida como esto, el destino no es a priori reconocerse en aquello. Esto funciona a condición de inscribir como previo que la no conformidad con las expectativas no entra como destino posible, sino como no destino, porque si de esto podemos pasar a aquello de reconocerse o de ser invitado por el destino mismo, ¿qué queda de la anatomía portadora de este futuro? Nada. Freud propondría entonces en esta fórmula una perspectiva incapaz de realizarse, el destino imponiéndose a la anatomía y no al revés, lo que por otra parte es más conforme a la noción de “neurosis de destino” y a la hipótesis del inconsciente también.
Cuando Freud escribe su artículo “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia de sexos a nivel anatómico” (1925) [2], lo introduce con la reserva de un hombre que cree que le falta tiempo para completar su obra y, sin embargo, decide publicar algunos elementos de su investigación por anticipado, a riesgo de cierta precipitación, sobre un punto que considera de “alcance universal”, debido, en particular, a que se centra en el destino de la niña y no solo en el del niño:
«Cuando examinamos las primeras configuraciones psíquicas de la vida sexual en el niño, tomamos regularmente como objeto al niño varón, al pequeño. En la niña, estimábamos, debía ocurrir de manera similar, pero sin embargo, de alguna manera, de otra forma. En qué punto del recorrido del desarrollo se encuentra esta distinción, no lograba revelarse claramente» ([2], p. 193).
El niño sirvió de primer apoyo clínico para construir la teoría, pero ahora la experiencia invita a Freud a reconsiderar el destino de la niña como diferente, y por lo tanto le exige una nueva propuesta teórica en relación con esta experiencia.
Observamos que el ejemplo del niño sirve de punto de partida, Freud no retoma aquí un camino totalmente nuevo, sino que pretende basar su nueva reflexión en sus primeros logros. El complejo de Edipo es:
«la primera estación que reconocemos en el niño. [. . .] Que la posición edípica del niño pertenece a la fase fálica y que perece por la angustia de castración, es decir, por el interés narcisista en el órgano genital, lo he expuesto en otro lugar. La comprensión se dificulta por esta complicación de que el propio complejo de Edipo, en el niño, está predispuesto en un doble sentido, activo y pasivo, lo que corresponde a la predisposición bisexual. El niño también quiere reemplazar a la madre como objeto de amor del padre, lo que designamos como posición femenina.» ([1], p. 193).
Este resumen es muy instructivo, porque en él encontramos la prioridad histórica del niño en las construcciones teóricas de Freud, pero también algunos elementos importantes que deben ser subrayados para leer las propuestas que conciernen a la niña. En primer lugar, destacamos la ambivalencia psíquica de las posiciones identificadas. En segundo lugar, la presencia de los momentos cruciales identificados y probados por la experiencia que Freud pretende reencontrar en el modelo de la niña, aunque sea forzando quizás su adhesión, a saber, el complejo de Edipo (que sigue siendo un modelo masculino), la angustia de castración como evento de resolución de una fase de desarrollo, la bisexualidad psíquica ilustrada por la ambivalencia de los posicionamientos. Podemos preguntarnos si Freud, habiendo elaborado estos elementos con respecto al niño, no intentó hacerlos valer en la niña, para hacer complementarias las propuestas teóricas sobre la vida sexual, cuya coherencia siempre necesitaba ser fortalecida ante sus discípulos o sus detractores. Esto puede apreciarse como una especie de superposición del modelo del niño sobre la niña. Pero, ¿es realmente eso lo que Freud realiza aquí? Karen Horney escribe lo siguiente:
«En algunos de sus últimos trabajos, Freud ha llamado la atención con creciente insistencia sobre cierta parcialidad de nuestras investigaciones analíticas. Me refiero al hecho de que hasta hace muy poco tiempo, solo la mente de los niños y los hombres era objeto de investigación. La razón es obvia. El psicoanálisis es la creación de un genio masculino y casi todos los que han desarrollado sus ideas han sido hombres.», ([3], p. 48).
Donde Freud aplica sin explicitar la distinción niño-niña que podemos leer como distinción de género, Horney, ella, la expone como motivo.
Apoyándose en el modelo del complejo de Edipo (modelo inicialmente masculino), Freud llega a identificar problemas importantes en su intento de dar cuenta de las especificidades femeninas, problemas que son principalmente de orden cultural y en los que detectamos una dimensión del género que no se nombra así en esa época. En efecto, al esforzarse por desentrañar las similitudes de recorrido en los desarrollos de niños y niñas, busca restituir los elementos principales conocidos en el niño en la niña, lo que resulta complicado: «El complejo de Edipo de la niña encierra un problema más que el del niño» ([2], p. 194). Freud no logra establecer la lógica capaz de sustentar el desarrollo psíquico que explica que la niña abandone a la madre para adoptar al padre como objeto, a pesar de que la madre constituye el primer objeto de la niña, al igual que para el niño. Esta es una cuestión inmensa, y que también debemos releer a la luz de las preguntas que nos interesan aquí, porque Freud testimonia muy explícitamente su duda metódica cuando se niega a dar por sentado, ni siquiera por lógico, el movimiento afectivo del que la niña parece presa. Podríamos decir aquí que la heterosexualidad (que es una mala forma de traducir su elección de objeto de la madre hacia el padre) de la niña no es evidente para Freud, contrariamente a lo que a veces se lee en su propuesta. La perspectiva edípica parece carecer de un elemento propio de la niña, que devolvería a su aplicación el interés que Freud supo justificar en el niño. Se vuelve entonces hacia lo que cree que tiene una importancia mayor en esta etapa que ya ha calificado de
«fálica» o etapa del descubrimiento y la investidura narcisista de las zonas genitales: la influencia de lo genital, en un cierto momento del desarrollo. Sin embargo, no aborda la dimensión genital como fuente de una verdad psíquica, lo que nos invita a interrogar muy claramente el apego a lo innato del sexo, que en Freud habría comprometido su elaboración teórica, así como algunas críticas han creído poder señalar: «En resumen, la zona genital se descubre tarde o temprano y parece injustificado atribuir un contenido psíquico a las primeras actividades relacionadas con ella.» ([2], p. 195). Aquí Freud comete lo que podría llamarse una distinción de género.
De manera diferente, imagina una historia del descubrimiento de las zonas genitales del niño por la niña, y recíprocamente: «Ella nota el pene, visible de manera llamativa y bien dimensionado, de un hermano o de un compañero de juego, lo reconoce enseguida como la contrapartida superior de su propio órgano, pequeño y oculto, y desde entonces ha sucumbido a la envidia del pene.» ([2], p. 195). Paradójicamente, el escenario de la misma etapa no se escribe de forma idéntica en el niño, para quien el efecto de castración solo interviene con ocasión de un a posteriori favorable a su desencadenamiento, mientras que para la niña, «En el instante, su juicio y su decisión están tomados. Lo ha visto, sabe que no lo tiene y quiere tenerlo.» ([2], p. 196).
Freud avanza paso a paso en un montaje que tiende a describir especificidades de desarrollos, manteniendo al mismo tiempo un lugar importante para los elementos descubiertos previamente, percibidos como cruciales y que se han vuelto ineludibles de la vida sexual en general. Así, el recorrido de la niña se distingue claramente del del niño, por el hecho mismo de identificar la manera en que estos elementos comunes se ilustran de una cierta forma en el niño, y de otra en la niña: el desencadenamiento y la resolución del complejo de Edipo difieren entre el niño y la niña. Esta realización intelectual es muy interesante, porque aquí Freud no se contenta con proponer un modelo que sería el anverso de un reverso. Si persisten los puntos de referencia fundamentales, la experiencia clínica le obliga a formular propuestas teóricas para dar cuenta de lo que la experiencia le enseña, aunque confiese su desconcierto. Por ejemplo, en la continuidad de la “envidia del pene”, Freud explora la diferencia de relación con el onanismo de la niña y del niño:
«No puedo explicarme esta rebelión de la niña contra el onanismo fálico de otra manera que por la hipótesis de que esta actividad portadora de placer le es duramente estropeada por un factor que actúa paralelamente. Este factor, no habría que buscarlo muy lejos: no podría ser más que el daño narcisista conectado a la envidia del pene, la advertencia de que en este punto realmente no se puede enfrentar al niño y que lo mejor es, por lo tanto, abstenerse de toda competencia con él. De esta manera, el conocimiento que la niña adquiere de la diferencia de sexos a nivel anatómico la aleja de la masculinidad y del onanismo masculino, y la empuja hacia nuevas vías, que conducen al florecimiento de la feminidad.» ([1], p. 199).
Esto le lleva a distinguir una diferencia fundamental del complejo de Edipo en el niño y en la niña, con respecto a la angustia de castración, que en el niño marca el peligro del complejo de Edipo, mientras que en la niña lo hace posible y lo inaugura. Es interesante observar que en esta concepción, Freud consolida un enfoque de la diferencia de sexos —desde los efectos anatómicos hasta las investiduras psíquicas libidinales— que impide absolutamente considerar al niño y a la niña en una relación de complementariedad de recorridos, o de resolución en espejo del desarrollo psíquico afectivo y sexual. Al señalar estos matices a partir de una búsqueda de la efectividad de procesos pensados como comunes, la vía de “florecimiento de la feminidad” se abre aquí hacia un horizonte que queda por construir, hacia investiduras e identificaciones que quedan por describir. El “modelo niño” ya no parece tan pertinente para describir el desarrollo sexual femenino que parece adquirir su independencia. Otro género aparece de hecho, como necesidad empírica y clínica en el camino freudiano.
2. Niños y niñas son diferentes
El complejo de Edipo que termina (en el niño) o que se abre (en la niña) con la amenaza de castración, marca un tiempo que concierne a las investiduras libidinales y las identificaciones del niño. Freud señala que la manera en que el complejo de Edipo es experimentado, atravesado por el niño —y por lo tanto hay una diferencia entre el niño y la niña que las consecuencias de la anatomía podrían explicar— define radicalmente lo que sucede con las investiduras libidinales:
«[. . .] el complejo de Edipo es algo tan significativo que la forma en que uno se involucró en él y la forma en que se deshizo de él no pueden quedar sin consecuencias. En el niño [. . .], el complejo no es simplemente reprimido, literalmente se desintegra bajo el impacto de la amenaza de castración. Sus investiduras libidinales son abandonadas, desexualizadas y en parte sublimadas, sus objetos incorporados al yo [. . .].[. . .]. En la niña, falta el motivo para la ruina del complejo de Edipo. La castración ya ha producido su efecto [. . .]. Por eso este último [el complejo de Edipo] escapa al destino que le está reservado en el niño, puede ser abandonado lentamente, ser liquidado por represión, y desplazar sus efectos lejos en lo que es la vida anímica normal de la mujer.» ([2], p. 200–201)
Para Freud, el superyó nunca se constituye con tanta dureza en la mujer como en el hombre en términos de exigencias, que se erigen sobre las incorporaciones de los objetos antaño investidos, y cuyos desafíos imponen defenderse de ellos prohibiéndolos. La diferencia de carácter que subraya en este pasaje del artículo a propósito del mayor sentimiento de justicia en el hombre que en la mujer se presenta como una hipótesis. Puede ser juzgada sexista, pero también puede leerse al revés y burlarse del hombre por no ser tan capaz como la mujer de desprenderse de sus deseos cuando se obliga a prohibírselos por miedo a perder lo que considera lo más precioso entre sus objetos. Esto es lo que sugiere por su parte Ferenczi, cuyas apreciaciones entre hombres y mujeres se distinguen de las de Freud:
«Por supuesto, surgirá allí, en la mente de muchos, esta vieja cuestión de la superioridad o inferioridad de uno de los dos sexos. Creo que un psicoanalista no puede resolver sin ambigüedad este problema. Ya he dicho que consideraba el organismo femenino más finamente diferenciado; se podría añadir: más altamente evolucionado. La mujer es, de forma innata, más sensata y mejor que el hombre; este debe contener su brutalidad mediante un desarrollo más vigoroso de la inteligencia y del Superyó moral. La mujer tiene más delicadeza en sus sentimientos (morales) y sensibilidad (estética) [ ].» ([4], p. 74).
Pero, ¿cómo no leer también en Ferenczi una galantería hacia las mujeres que hoy podría ser tachada de sexismo pulido? Freud, por su parte, responde anticipadamente:
«En estos juicios, no nos dejaremos desviar por la objeción de las feministas, que quieren imponernos una completa paridad de posición de apreciación entre los sexos, pero en cambio les concederemos de buen grado que la mayoría de los hombres también se quedan muy atrás del ideal masculino, y que todos los individuos humanos, debido a su predisposición bisexual y a la herencia cruzada, reúnen en sí caracteres masculinos y femeninos, de modo que la masculinidad y la feminidad puras siguen siendo construcciones teóricas de contenido incierto.» ([1] p. 201).
Freud concluye su artículo apoyando sus propuestas en su experiencia clínica, y relativizando el alcance de estas por la necesidad de una confirmación tanto clínica como teórica, que, según él, no está del todo adquirida, refiriéndose a los trabajos de sus contemporáneos: Karl Abraham (1921) [5], Karen Horney (1969) [3] y Hélène Deutsch (1925) [6].
En resumen, la anatomía no es ajena —pero no lo preside todo— a la configuración de los recorridos de desarrollo de la sexualidad y al reconocimiento de la diferencia sexual de niños y niñas a nivel psíquico, esto es lo que dice Freud. Y añade que las consecuencias (carácter) de estos recorridos no son automáticas —solo detectables o no en la clínica— debido a una indiferencia inicial entre niños y niñas: la bisexualidad psíquica común a todos (que no es la bisexualidad como elección de objeto), y la herencia cruzada (por los padres) de la que cada uno se beneficia de una manera singular. El resultado reservado y no predecible del complejo de Edipo del que hay que “deshacerse” determina en estos recorridos la extensión y la fuerza de las investiduras libidinales del niño (identificación, elección de objeto, incorporación). Estamos, sin duda, muy lejos de una lectura posible al pie de la letra de “La anatomía es el destino”, que definitivamente no puede ser considerada representativa de las elaboraciones de Freud sobre la diferencia sexual, y el lugar de lo genital en la determinación del sexo más allá de lo genital, de acuerdo con la psicosexualidad freudiana, que sigue siendo un desafío psíquico ante todo. Sin necesidad de añadir que el complejo de Edipo así expuesto se refiere muy explícitamente a un momento eminentemente social y cultural, relacional, donde no podemos reconocer un supuesto todo biológico freudiano. El alcance cultural más que corporal de esta anatomía recorrida por el momento edípico podría leerse hoy como la consideración, como acabamos de ver en detalle, por parte de Freud, de una dimensión no designada por género, pero que evidentemente se le acerca. Un género, no solo opuesto a lo genital del sexo, sino un género vector de sexuación, de identificación sexual. Un género que no se contenta con explorar las relaciones de sexo, sino que se revela como un prisma muy útil para la exploración de la diferencia de sexos como consecuencia de la experiencia de la diferencia sexual. Dicho esto, lo que leemos como posibilidad del género con Freud no corresponde con las acepciones actuales sobre el género (Scott, 2012) [7], incluso en el campo de los estudios de género, donde a menudo se limita a una lectura discriminatoria de la naturaleza y lo social, allí donde la experiencia psíquica nos insta a afinar el delicado bordado que los une.
3. Horney, Deutsch y Abraham
¿Qué dicen, en particular, las mujeres psicoanalistas de la época? La propuesta freudiana sobre la “envidia del pene” es ampliamente retomada y comentada por mujeres psicoanalistas, especialmente con motivo de la publicación del artículo de Freud dedicado a la sexualidad femenina (Freud, 1931) [8]. Sin embargo, mucho antes de la aparición de su artículo de 1925 sobre las consecuencias de la anatomía, Freud ya era discutido muy directamente en los artículos de Abraham, Horney o Deutsch, quienes habían producido observaciones clínicas y elaboraciones teóricas muy importantes sobre el complejo de castración en la mujer, y sus consecuencias en la comprensión del desarrollo sexual. El artículo de Freud solo adquiere pleno sentido si se restituye en este contexto de propuestas cruzadas. Porque el enfoque femenino no está ausente de las elaboraciones analíticas de la época, todo lo contrario. Horney y Deutsch discuten punto por punto, a partir de su propia experiencia clínica, las observaciones y las deducciones de Freud, y lo que ellas proponen a su vez no deja de nutrir las reflexiones de Freud. La influencia de un pensamiento analítico femenino merecería ser desarrollada especialmente, lamentablemente no podemos abordarla aquí. Después de 1931 y “De la sexualidad femenina”, aparecen otros textos que prolongan los debates, como “La feminidad” en la “Nueva serie de lecciones introductorias al psicoanálisis” (Freud, 1933) [9].
Horney, por su parte, publica en 1939 Nuevos caminos en el psicoanálisis [10], donde sus desacuerdos con Freud se precisan. Intenta abrir algunas vías de trabajo a partir de los impases terapéuticos y teóricos que ha encontrado, exigiendo revisar, según ella, ciertos datos del corpus psicoanalítico. La concepción freudiana de la feminidad merece, a su juicio, ser abordada desde una perspectiva crítica, para señalar la falta de consideración del peso de los determinantes sociales y culturales en las mujeres, vistos como complemento de los determinantes biológicos demasiado enfatizados a sus ojos. Además, su experiencia clínica como mujer psicoanalista le ha dado la oportunidad de constatar que la “envidia del pene” no constituye un universal del desarrollo de la sexualidad, y que, por lo demás, desde su punto de vista, no puede concebirse principalmente sobre el factor anatómico, ya que su fuerza de sugestión en los pacientes parece responder a otros factores, a partir de lo cual sugiere en conclusión:
«Pero como tiene una orientación principalmente biológica, Freud no puede, basándose en sus primeras propuestas, ver todo el significado de estos factores. No ve en qué medida influyen en los deseos y actitudes, y no puede evaluar la complejidad de las interacciones entre las condiciones culturales y la psicología femenina. Supongo que todos están de acuerdo con Freud en que las diferencias de constitución sexual y funciones influyen en la vida mental. Pero parece poco constructivo especular sobre la naturaleza exacta de esta influencia. La mujer americana es diferente de la mujer alemana, ambas son diferentes de algunas mujeres indias Pueblo. La sociedad de Nueva York hace que la mujer de Nueva York sea diferente de la mujer del granjero de Idaho. Las condiciones culturales engendran cualidades específicas y facultades, diferentes en las mujeres así como en los hombres – esto es lo que podemos esperar comprender.» [10].
Deutsch publica en 1945 La psicología de la mujer [11]. Esta obra retoma sus primeros avances de 1925 y prolonga sus reflexiones. Sobre la psicología femenina, dedica el último
capítulo a la concepción psicoanalítica de esta cuestión en sus relaciones con la condición social. Desarrolla una lectura y un análisis de la historia de tres generaciones de mujeres rusas inmersas en el impulso revolucionario y la guerra de la época, lo que pone muy de manifiesto la dimensión política de la cuestión de la psicología femenina durante este período de conflicto mundial, en particular a partir de su integración en la vida económica del país [11]. Deutsch aboga claramente por el reconocimiento de otra forma de ver y leer las interacciones sociales y culturales, con el fin de delimitar sus repercusiones psíquicas, cuya importancia sugiere que debe reconsiderarse. La mirada sociológica se invita a la discusión de una manera aún más acentuada.
Pero no todas las mujeres psicoanalistas han apoyado necesariamente esta posible controversia de la “envidia del pene” de la niña, tan fácilmente refutable, para poner de manifiesto también lo que del desarrollo psíquico y de los motivos inconscientes constituye en la “envidia del pene” una creación psíquica de primer orden, sin contradecir necesariamente las consideraciones sociales y ambientales o feministas. Así, la obra de Marie-Christine Hamon, por sus desarrollos y su título, nos remite con acierto a esta interrogación sobre las relaciones de la necesidad y la contingencia cuando titula su libro ¿Por qué las mujeres aman a los hombres? ¿Y no más bien a su madre? [12].
Así pues, a principios de la segunda mitad del siglo XX, lo social, lo cultural y lo económico se hacen oír de repente como elementos ineludibles de la elaboración teórica y de las propuestas conceptuales en psicología general. El desarrollo psíquico, la personalidad, los trastornos mentales se ponen en discusión con factores que hay que distinguir entre los que podemos designar como “ambientales” y otros que llamamos “sociológicos”, “económicos”, “políticos” o “culturales”. No es que los factores ambientales o culturales hayan sido desconsiderados por Freud anteriormente. Podemos sostener muy bien que el complejo de Edipo es un momento sociocultural por excelencia (relaciones con los padres, confrontación con las reglas sociales y las prohibiciones fundamentales, toma de posición individual en el paisaje colectivo), y no solo un evento intrapsíquico. Pero ahora, en el momento de la posguerra, que también corresponde a la desaparición de Freud, la metodología de l’élaboration conceptual, discursive y reflexiva experimenta importantes mutaciones. Nuevos paradigmas en los enfoques intelectuales surgen en Europa y en todo el mundo. Los factores a veces descuidados (social, cultural) anteriormente son ahora objeto de toda la atención. Esto trastorna las formas y los contenidos, y también los efectos. La dimensión del género solo puede aparecer en este paisaje conceptual, teniendo en cuenta los desafíos sociales y culturales que acabamos de evocar.
4. Weininger
En 1923, Otto Weininger publica Sexo y carácter [13]. Su enfoque de la diferencia de sexos está impregnado del naturalismo de la época y de un cierto darwinismo en su método reflexivo. Sin embargo, a lo largo de su imponente texto, presenta algunos matices que nos interesan, ya que el género se detecta en ellos sin ser nombrado del todo:
«Hay entre el “hombre” y la “mujer” [… ] una infinidad de gradaciones, una infinidad de “formas sexuales intermedias”. Así como la física razona sobre gases ideales, es decir, que obedecen rigurosamente a la ley de Boyle [ ], así hay que postular aquí un hombre ideal H y una mujer ideal F sin atribuirles ni a uno ni a otro una existencia real que no tienen, sino como tipos sexuales» ([13], p. 26).
«Así, el hombre y la mujer son como dos sustancias repartidas entre los individuos en proporciones variables, sin que el coeficiente de ninguna sea nunca igual a cero. La experiencia no nos muestra, en otras palabras, ni hombres ni mujeres, sino únicamente lo masculino y lo femenino» ([13], p. 27).
«En cuanto al ser humano, puede decirse que es psicológicamente, al menos al mismo tiempo, o bien hombre o bien mujer. Tal unisexualidad no solo se confirma por el hecho de que todo individuo que se considera a sí mismo o bien como hombre o bien como mujer considerará también, de manera absoluta, a su complemento como representante del tipo mismo o bien de la mujer o bien del hombre.[. . .] Así, las parejas homosexuales o de lesbianas reúnen siempre a dos personas, de las cuales una hace las veces de elemento masculino y la otra de elemento femenino, y esto es capital. Se desprende de ello que la relación hombre-mujer es, en el momento decisivo, fundamental, que no se puede superar» ([13], p. 80).
Estas formulaciones son inquietantes. Dan testimonio de una categorización naturalizante y, al mismo tiempo, de su superación mediante la emergencia de una nueva apreciación orientada hacia el sentimiento interior del individuo. Esta distinción remite a los roles y a los tipos. Aquí, Weininger no está lejos de las propuestas de Stoller sobre la identidad de género, o de Freud sobre la diferencia de los sexos, o incluso de Lacan sobre la sexuación. Veamos más bien qué nos dicen respectivamente Stoller, Freud y Lacan.
Stoller: «[El género] tiene connotaciones psicológicas y culturales, más que biológicas. Si los términos apropiados para el sexo son “macho” y “hembra”, los términos correspondientes para el género son “masculino” y “femenino”; estos últimos pueden ser totalmente independientes del sexo. [. . .] El género es la cantidad de masculinidad o de feminidad que se encuentra en una persona y, aunque en muchos seres humanos hay mezclas de ambas, el macho normal tiene evidentemente una preponderancia de masculinidad y la hembra normal una preponderancia de feminidad.» ([14], p. 28)
Freud: «Todos los individuos humanos, como consecuencia de su constitución bisexual y de su herencia cruzada, poseen a la vez rasgos masculinos y rasgos femeninos, de modo que el contenido de las construcciones teóricas de la masculinidad pura y de la feminidad pura sigue siendo incierto.» [2].
Lacan: «No hay nada más difuso que la pertenencia a uno de estos dos lados [. . .]. Aun así, tengo que despegarme de algo que es una [. . .] suposición, la suposición de que haya un sujeto macho o hembra. Es una suposición que la experiencia vuelve muy evidentemente insostenible. . . »2
Así, las tres dimensiones —la del género de Stoller, la de la bisexualidad psíquica de Freud o la de la sexuación del sujeto de Lacan— están presentes en filigrana en las propuestas de Weininger, bajo términos diferentes, por supuesto, pero orientadas hacia perspectivas que nos parecen bastante próximas. Esto es, además, lo que hace que sus enunciados sean a veces contradictorios o confusos cuando el lector puede perder las fuentes o los puntos de apoyo, unas veces naturalistas, otras espirituales o incluso morales, que Weininger hace danzar. Al releer estos textos, a posteriori de su publicación, y gracias a la muy reciente aparición en francés del texto de Weininger, podemos apreciar mejor el interés que hubo en avanzar de manera distinta y específica, a la estela de estas tres vías posibles de exploración del sexo y del género en sus implicaciones psíquicas. Tendremos ocasión de volver sobre este punto más adelante.
5. Psicoanálisis y género
Si el psicoanálisis puede no tener ninguna gana de ocuparse del género, el género, por su parte, no deja tranquilo al psicoanálisis, y esto no es de ayer. Lo que acabamos de recorrer ilustra cómo eran las cosas en el pasado, pero la actualidad sigue inundándonos, y quizá más aún, de elementos de debate. El año 2013 quedará durante mucho tiempo como aquel en el que se desplegaron las discusiones sobre la llamada ley del “matrimonio para todos”. Con esta ocasión, el psicoanálisis no ha dejado de ser tomado como referencia o interpelado para defender o contrarrestar —la mayoría de las veces para contrarrestar— los argumentos a favor de la igualdad entre los ciudadanos en nombre del derecho al matrimonio.
El género se manifestó en estos movimientos y controversias, en particular bajo los rasgos de la dialéctica femenino-masculino, para revelar que ni siquiera el psicoanálisis puede detentar un saber supuesto capaz de acotar este asunto hasta el punto en que algunos querrían verlo mantenido, estático, allí donde lo sexual dejaría de gesticular. Pero no es así. El análisis o la simple lectura de los intercambios entre los parlamentarios cuando se apoyan en el psicoanálisis o en psicoanálisis demuestra, una vez más, que las teorías incluso psicoanalíticas producen efectos de norma y, por tanto, efectos de normas de género, y que esto es un efecto de la teorización, no de la cura. Pues el psicoanálisis merece —y expresamos aquí nuestro punto de vista— ser reafirmado como una experiencia normativa a la altura de la normatividad del sujeto cuando la cura apunta a esclarecer sus procesos, al margen de prescripciones o sugerencias moralizantes.
Entonces el género despliega toda su obra de perturbación, cuando no deja tranquilo al sexo y, al mismo tiempo, relanza lo sexual que tanto nos interesa. Al inclinarnos sobre el género, como otros se inclinaron sobre algo de este orden que aún no llevaba ese nombre, confirmamos el inmenso privilegio que tenemos de remitirnos a lo sexual, aunque a veces roce la política, una política de lo sexual sin duda, a falta de poder politizar el sexo, que siempre se escapa de no ser más que un instante de lo sexual, al igual que el género.
Además, estos debates públicos revelan con eficacia que, al hablar en nombre del psicoanálisis en la sociedad, lo que queda expuesto, en el mejor de los casos, es su propio análisis y su propio diván, y no líneas de conducta o valores morales, ni tampoco algunas reglas que el psicoanálisis habría erigido cuando las fue descubriendo al avanzar hacia el inconsciente. Los saberes inconscientes a los que la cura da acceso no regresan de la sombra para ser grabados en piedra, mientras que nos esforzamos, mediante la cura, precisamente por aligerar su huella en el texto inconsciente.
El psicoanálisis confirma, de algún modo, el interés del género y su límite, que en nada invalida su utilidad como herramienta crítica de análisis y agente de perturbación capaz de provocar incesantes prospecciones e investigaciones susceptibles de sostener a veces el deseo de análisis, y muy a menudo la creatividad subjetiva.
Una cierta dimensión del género estaba, pues, bien presente en las reflexiones de Freud y de sus contemporáneos, en particular en torno a las cuestiones ligadas a la diferencia sexual y a la anatomía y a sus destinos culturales. Gracias a la lectura de estos elementos antiguos, podemos entablar de otro modo nuestro diálogo con las “cuestiones de género” y avanzar en el intercambio y la interacción del psicoanálisis con la sociedad. Pues si el género como tal no es un concepto psicoanalítico, no deja de ser un objeto de interés directo o indirecto que no es de ayer, y que debemos considerar con seriedad.
Declaración de intereses
El autor declara no tener conflictos de intereses en relación con este artículo.
Referencias
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- Horney New ways in psychoanalysis (1939). New York: W.W. Norton & Company; 1966.
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