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Lo que el chemsex nos dice del sida, del amor y de la muerte
Publicado en Huffington Post, 21 de agosto de 2017.
Recordar Act Up-París y comenzar a escribir la historia del sida
Chemsex. ¿Para qué consumir drogas para practicar sexo? No hay nada nuevo en el hecho de utilizar productos psicoactivos para eliminar inhibiciones, aumentar el rendimiento, mejorar el placer o simplemente hacerlo posible. Beber alcohol, fumar hierba, tomar Viagra, comer afrodisíacos son conocidos por formar parte de los hábitos sexuales de numerosas personas; no necesita ser mayoritario para ser significativo, conocemos estas posibilidades históricas y actuales.
El chemsex entre los gays, en cambio, no responde exactamente a estos mismos criterios, ni se explica con estas razones demasiado superficiales. El consumo de ciertos productos en el contexto sexual, a veces por vía intravenosa (slam), no traduce únicamente la conquista de un nuevo territorio sexual y sus placeres innovadores. Ni siquiera la búsqueda de un rendimiento sexual individual o comunitario de los gays, invitados por su identidad a traspasar cada vez más los límites de las prácticas sexuales conocidas, para no faltar a su reputación de «sexualmente liberados». Estas «razones» serían muy ligeras e insuficientes, malintencionadas también. Según la experiencia clínica actual, y aunque todavía parezca difícil hacer aceptar ciertos elementos explicativos e interpretativos útiles para la discusión, el chemsex entre los gays nos habla de dos cosas al menos: un intento de subversión del goce, y la persistencia del legado traumático del sida. Comencemos por la más visible y veamos cómo la segunda (y más antigua) la sostiene.
Bajo el efecto de las drogas, las cualidades ordinarias del coito sexual se redefinen en el fondo y en la forma. El goce que atraviesa habitualmente el cuerpo ya no está circunscrito a los límites subjetivos conocidos; se emancipa, se extiende y se reforma, abriendo así temporalmente a una vivencia subjetiva de una novedad radical. La experiencia sexual es mayor, definitiva, sobrenatural. Pero a todo éxtasis corresponde un campo de posibilidades que siempre encuentra el límite de lo viviente; esto era cierto para Santa Teresa de Ávila y sigue siendo cierto para cualquiera: si los riesgos asumidos son demasiado grandes, la experiencia puede truncarse, herir, dañar o matar.
Este goce reformado, durante el tiempo de un efecto psicotrópico, se libera de los límites del orgasmo y sus efectos se redefinen, relegados la mayoría de las veces ante la dificultad de alcanzar lo que habitualmente viene a concluir los encuentros sexuales. Esto abre el intercambio sexual a un nuevo espacio, a nuevos horizontes que se benefician muy a menudo de una dilatación del tiempo igualmente. Gozar cambia de lugar y de momento, la desestabilización que resulta atrae, hace tambalear, perturba para bien y para mal. Es a este coste y por esta potencia que el desvío del goce opera parcialmente. No sin sostenerse de un traspaso determinante aplicado a través de las paredes imaginarias que distinguen la vida de la muerte. Jugar con el gozar es un juego sobre el límite de lo que vive, por tanto de lo que muere. De una «pequeña muerte» evitada es con la otra, la inevitable, con la que emerge un no-diálogo acerca de lo inaccesible. El sexo, aquí, no está lejos de alcanzar lo absoluto. Tal es el goce, tal es el sexo que siempre llevan a explorar nuestros puntos de origen y nuestros puntos de fuga. Cuando se piensa: ¡qué proyecto!
¿Por qué esta iniciativa por parte de los gays, hoy? ¿Por qué razones intentar subvertir el goce en lo que tiene de más límite? Porque ellos más que nadie saben, incluso sin saberlo, lo que la muerte de unos funda para todos los demás, lo que la comunidad para los supervivientes y los siguientes debe a los muertos y a los ausentes reprimidos, que todos no pueden evitar, ni desmentir demasiado tiempo salvo que sus cuerpos terminen por portar el saber, la expresión. Esta iniciativa responde a la necesidad sexual, identitaria, subjetiva para tratar, con el cuerpo y los afectos, lo que el sida ha hecho.
El sida es un nombre para una experiencia aún poco pensada, todavía impensable, que comienza a entregarnos sus saberes (el próximo estreno de la película 120 pulsaciones por minuto, de Robin Campillo es una etapa importante, como el libro de Elisabeth Lebovici Ce que le sida m’a fait), pero a menudo relegada al olvido por todos y por los propios gays, porque el horror de la epidemia es todavía actual, en las memorias, en el inconsciente, los deseos y las fantasías, en el presente. Lo Real del sida, aquello sobre lo que ninguna palabra muerde, no ha comenzado a día de hoy a ser delimitado, esto no era todavía posible. Solo el homenaje es posible, pero no produce nada más que el consenso memorial a superar. Porque Act Up-París, en su tiempo, se fundó de este Real: lo imposible de decir, lo más inaccesible de la experiencia humana, el terror más insondable. (Así, el término asociación no conviene del todo, ni siquiera el de grupo, y seguramente no el de movimiento). Act Up-París ha sido ante todo, y para siempre, una experiencia de lo imposible, según lo que allí encontré y viví. Lo imposible que hace lo común de los cuerpos proletarios. Y es hoy un aporte de la Historia ineludible para pensar el chemsex, una actualidad sexual.
No hace falta ser experto en los argumentos de Lacan sobre lo Real, o los cuerpos proletarios, para captar en sí, cada uno para sí, lo que corresponde o depende de este límite más allá del cual nadie osa aventurarse salvo guiado por una necesidad absoluta, cuando ni siquiera la supervivencia es ya un objetivo tangible o suficiente. La fuerza colosal extraída de este errar sin rostro ni forma se une a la del grito, en la juntura de la palabra y la cosa. Act Up-París ha sido una experiencia límite del lenguaje, una experiencia interior. Cuando ni siquiera la muerte de Dios sirve ya de soporte, queda a sus pies la necesidad de la escritura, la escritura de sí, la de las palabras lanzadas sobre las pancartas en grande, gritadas hacia la Ausencia.
Luego la urgencia de la epidemia se atenuó, se pudo esquivar. El desafío social se impuso (igualdad de derechos, representación, poder, supervivencia) sobre los imperativos pasados ya olvidados que reaparecen, más tarde, golpeando los cuerpos de las generaciones siguientes. El tiempo pasa, queda el recuerdo representado y las expresiones violentas del saber desmentido que viven los gays hoy en manifestaciones sin audiencia.
¿Quién puede intentar leer lo que el chemsex escribe, en 2017, sobre los cuerpos de los gays acerca del sida, del amor, de la muerte? Si Act Up-París vio la luz en un día de gran desgracia, los gays sabrán bien ponerse a conocer la riqueza que portan en ellos, aquella que hace la vida más vivible, aunque mortal. Es hora. Es hora de que una nueva experiencia de palabra aparezca que pueda transformar en palabras la urgencia muda que ruge en estos cuerpos que ignoran sus tesoros, una palabra que tome la medida de su decir.
Vincent Bourseul