Sobre la forma de la nominación (2018)

Sobre la forma de la nominación (2018)

This post is also available in: English (Inglés) Français (Francés) Italiano Português (Portugués, Brasil)

Télécharger le PDF

Sobre la forma de la nominación (2018)

Cuadernos de la Escuela de Psicoanálisis Sigmund Freud, n.º 111, 2018, p. 47-60.

ANTES DE LA CORRECCIÓN PARA LOS CUADERNOS

 

Hacer la experiencia de el pase en el dispositivo de la escuela es encontrarse con un procedimiento vivo.

Hacer el pase no es un fin en sí mismo. Presentarse a ello encierra el desafío esencial; salir de ello depara sorpresas. Cada uno se compromete bajo su propio riesgo y ventura.

El pase en la cura no es poca cosa, pero se sostiene del lazo transferencial. El pase en el dispositivo de la escuela pone a prueba el lazo de la escuela, ese eco sin equivalente de la transferencia en lo colectivo. Ponerlo en juego implica la apuesta de la inscripción, la existente o la futura.

A la entrada y a la salida de este procedimiento, he encontrado, en nuestro dispositivo, «problemas»; poco después del sorteo de los pasadores y al término del trabajo del cartel. Me detendré, hoy, en el término del procedimiento, en el anuncio hecho al pasante, apostando a que los «problemas» encontrados son producciones auténticas de lo que el pase intenta desde 1967 no resolver, ni siquiera siempre esclarecer, sino mantener no cubierto, para que aún aparezca lo que hay que hacer saber sobre el irreductible paso del analista.

Este texto es el que más me ha costado escribir hasta la fecha. Sin embargo, he llenado páginas, lo he dado a leer y a escuchar. Aquí, es otro asunto. Hay en esta exposición formulaciones que siguen siendo delicadas, a pesar de mis esfuerzos por formularlas lo mejor posible; ojalá esta advertencia las enmarque. Mi propósito no es cuestionar el trabajo del Colegio; le he hecho saber mis sentimientos sobre lo ocurrido por correo. No quiero incriminar más el trabajo del cartel que hizo lo que pudo, ni a la persona en particular que fue encargada por el cartel de darme el resultado de su trabajo. Preciso esto, por una parte, porque en ningún caso me dirijo a los miembros del Colegio, sino a la estructura general de nuestro dispositivo que es el Colegio para la Escuela, así como al cartel de pase como instancia y no a un cartel de pase en particular. Y por otra parte, porque después de una reflexión bastante larga he elegido retener los significantes que constituyeron este anuncio, para asentar mi elaboración a partir de ellos. Porque lo que ocurrió nos superó, al portavoz del cartel y a mí mismo, de forma bastante dura, sin que fuera del todo posible, finalmente, definir a quién reúne este «nosotros». Apuesto a que este «nosotros» acoge un poco de la escuela; un poco de la escuela y más allá de ella.

En el Colegio, pedí poder tomar la palabra, pero no pudo acceder a mi petición en mi tiempo, remitiéndome al «tiempo para comprender», sin aceptar ni rechazar mi petición, como si del tiempo del pasante el Colegio pudiera saber algo o incluso tener la pretensión de responder a ello. Tomo, pues, la palabra hoy, con motivo de esta jornada, a la vez para responder al tema de estos 50 años de pase, y porque simplemente es posible hablar aquí, sin reservas ni apreciación «pseudoanalítica» del deseo que motiva esta palabra, palabra posible y necesaria.

Al hacerlo, cuestiono el dispositivo de pase, distintamente del procedimiento, así como el cartel de pase en tanto que es una instancia, a diferencia del Colegio, del que me gustaría sugerir, de paso, que debería preservarse de tomarse demasiado por una instancia (cuya etimología remite a la noción de demanda) y ser dejado tranquilo como estructura del dispositivo (cuya etimología remite a la noción de ensamblar) — algo que nuestras recientes modificaciones en su constitución quizás ya no le ofrecen suficientemente por parte de la escuela.

Todo lo que digo está dirigido a una esperanza de trabajo, la compartida por analistas lidiando con lo real, cuya empresa a menudo se vuelve inútilmente penosa por lo imposible del grupo analítico, con el que hay que hacer algo. Y puesto que la humanidad no ha hecho necesariamente otros progresos que los técnicos, que del des-ser no hay filosofía, digo lo que me obliga. Seguro que las propuestas que siguen encontrarán un eco.

Voy a examinar diferentes puntos: la evolución del tríptico materia-vida-espíritu, el anuncio hecho al pasante, la nominación y sus aporías, tres de mis elucubraciones personales sobre el pase que me puse a inventar a pesar mío, tres preguntas y una pequeña actualidad.

Sin transición — pequeño desvío

Por invitación de Pierre Boulez, en 1978, Gilles Deleuze, en compañía de Barthes y Foucault, entre otros, intervino sobre el tiempo musical. Reflexionó, en esa ocasión, sobre el tiempo no pulsado de la música devenida contemporánea, sobre el tiempo a priori liberado de las medidas clásicas, de la pulsación y de las trayectorias esperadas por las convenciones, y de los formateos del sonido cuando es conceptualizado, en particular por el arte moderno, en lugar de ser pensado musicalmente. Trató, para ello, la evolución de la relación de la jerarquía materia-vida-espíritu y su trastorno desde principios del siglo XX.

Lo cito: «Puede ser [al contrario] que la materia sea más compleja que la vida, y que la vida sea una simplificación de la materia […] En filosofía también hemos abandonado el acoplamiento tradicional entre una materia pensable indiferenciada y formas de pensamiento del tipo categorías o grandes conceptos. Intentamos trabajar con materiales de pensamiento muy elaborados, para hacer pensables fuerzas que no son pensables por sí mismas.»

Retengo la propuesta implícita de considerar un cambio de magnitud, en la historia del pensamiento, entre lo que se concebía bajo el prisma de la forma que informa la materia, de la forma espiritual que acoge una materia informable capaz luego de informar sobre la vida y, sobre lo que Deleuze esboza subrepticiamente aquí, no un cambio de paradigma, sino más bien una inversión, gracias a la cual la forma es acogida (¿se puede decir tratada?) por la materia que la informa y da forma a la vida.

Esta conferencia me sugirió varias ideas. La primera es un acercamiento entre la alternativa indisociable de una perspectiva del psicoanálisis que opera un tratamiento de lo real por lo simbólico, y la que puede ser formulada por el tratamiento de lo simbólico a partir de lo real. Esta concepción a la vez doble, contradictoria sin ser absolutamente contraria, podría ser aproximada a una concepción psicoanalítica que yo digo ser de la forma a priori contra, muy cerca, la de la forma por venir.

Las propuestas de Deleuze que invocan esta evolución, determinada por la entrada en el siglo XX y sus mutaciones sin precedentes, también me sensibilizaron al advenimiento del psicoanálisis en ese mismo período, cuando las fuerzas impensables por sí mismas del inconsciente invitaron a que se elaboraran materiales complejos, sin forma a priori, para trabajar no en la diferenciación de estas fuerzas impensables, sino en su elaboración.

Es, creo, el camino tomado por Freud, no sucumbiendo al objetivo solitario de la categorización o de la conceptualización, que siempre arrasa la experiencia, prefiriéndole, contra todo, los matices de una elaboración dinámica-tópica-económica.

Sueño — No imaginaba que mi experiencia de pase transcurriría como finalmente transcurrió. Sin embargo, había tenido un sueño, literal, cuatro días antes de recibir el anuncio por parte del cartel. En este sueño, el cartel de pase está en sesión de trabajo. Sus miembros, alrededor de una mesa, discuten la construcción de una especie de escultura, erigida en altura, de contornos poco reconocibles. El debate es vivo sobre la naturaleza de la construcción a realizar, entre los partidarios de la forma a priori y los defensores de la forma por venir. Forma a priori y forma por venir como dos fórmulas de dos tendencias, dos saberes extraídos de experiencias analíticas distintas, opuestas, completamente contradictorias. El sueño termina con esta disputa inacabada, pero problematizada con bastante claridad. Al despertar, me dije que la respuesta del cartel no solo sería «negativa», sino también «problemática».

El anuncio — El anuncio del cartel fue efectivamente «negativo» y «problemático». El anuncio que se me hizo, y cuyos significantes retomo para nuestro conocimiento, se constituyó así: «Su nominación no ha sido unánime»… Me dije que el cartel debió de acordar esta manera de dar su respuesta, y que las «explicaciones», que me habían sido anunciadas por teléfono, eran sin duda necesarias, en el sentido de que iban a significar la respuesta a asociar a este anuncio. En el momento, me quedé atónito e inhibido.

De las «explicaciones», esperaba poder precisar si se trataba de un desmentido —de un turbio rechazo—, o bien de otra cosa. Escuché esto: «No todos podían estar de acuerdo en aceptar su nominación»; «alguno(s) no podía(n) aceptar su nominación»; «Usted no ha sido unánime»; «La nominación, aunque a menudo se diga lo contrario, es también un título».

Un turbio rechazo, pues, sobre lo analítico, un desmentido acompañado de una confesión política sobre la persona y, por tanto, sobre la institución, sobre la escuela. Un desmentido, pero ¿quién/qué sería el fetiche? Personalmente, me sería demasiado honor y demasiado título encarnar esta representación fálica: les confieso que no es mucho mi estilo. Creo más bien que la nominación es el fetiche, precisemos incluso que es el nombre de A.E., e incluso las letras «A», «E», que son a la vez elevadas al aparecer y rebajadas del mismo trazo. Si mi apreciación de dicho desmentido es acertada al encontrarlo un tanto perverso. Tengo, no como pruebas, sino como signos las cuestiones no verdaderamente tratadas en torno a las modificaciones de las formulaciones del nombre de A.E., de lo que esto encubre. En cuanto a la confesión política, síntoma imaginario, sobre la nominación como título, volveré sobre ello más adelante.

Aporías — Ante esto, en lugar de dar un portazo a la escuela, no queda otra opción que apoyarse en las aporías de el pase, en la escuela, en cuanto a la nominación, en cuanto al nombre de A.E. La nominación que la experiencia del psicoanálisis había, sin embargo, bastante liberado de sus sombras, pensaba yo, desde 1967 y desde 1994, por el alejamiento del sentido y el desacuerdo fundamental con el espejismo de la coherencia institucional por parte de los analistas y no analistas comprometidos en la práctica y formados por esta experiencia.

Era sin contar con que aquello con lo que contaba, en la escuela, no era necesariamente el caso para otros, no para todos, que no tenía ni que suponerlo ni temerlo, la confianza no es una cuestión en el pase.

El rechazo de lo imposible del nombre con el que hay que arriesgarse en este asunto puede perderse en los espejismos de lo innombrable, cuando lo que es imposible se confunde o encubre lo imposible que no es. Innombrable que la voz del cartel también me recomendó leer ese día, bajo la pluma de Beckett.

Para mí era el colmo, sin embargo, que la experiencia analítica pudiera extraviarse hasta el punto de creer que cualquier cosa pudiera permanecer innombrable, cuando de lo imposible de decir esta experiencia del psicoanálisis ha, a mi parecer, tomado el camino de un tratamiento de lo simbólico a partir de lo real, el camino de una acogida de la materia impensable que modifica la forma para informar la vida, el camino abierto por la Escuela de Lacan al identificar en las curas, en el paso del analista, esa amnesia portadora de olvido que el procedimiento ofrece para la escuela, para la comunidad analítica y no para el analista o el pasante.

¿Qué permite el pase instituido por Lacan en su Escuela, desde hace 50 años, no dejar pasar de esta confusión por permisividad, «molecular» diría Deleuze, entre lo imposible y lo que lo es, imposible, confusión hecha posible por la dilación repetida de los analistas ante la necesidad de un tratamiento de lo conocido y lo pensable por el porvenir de un pensamiento de lo imposible? Dilación ampliamente alentada, me parece, por la fascinación imaginaria de un más allá del lenguaje insuficientemente sometido a la cuestión de la prueba de lo real. En otras palabras, ¿nos permite aún el pase, en 2017, no ceder en la forma donde sucumben nuestras pretensiones, y recoger en cada una de sus manifestaciones la información que la materia nos ofrece acoger sobre la vida? En otras palabras, ¿qué nos revela, de nuestras pretensiones sobre la forma, lo que hacemos de el pase en 2017? ¿Qué acogemos de la materia que se presenta a el pase? ¿Qué nos atrevemos a pensar sobre la vida a partir de el pase informada por esta materia que nos informa?

La nominación — En lugar de un cartel, una nominación ha estado en cuestión, ha sido dicha sin unanimidad. Algo del orden de la apreciación de un no sé qué ha obstaculizado hasta el punto de hacerla imposible, inaceptable, sin acuerdo, contraria manifiestamente a las expectativas imaginarias previas sobre el título, por lo tanto, sobre lo que es una nominación y lo que no es. Una nominación a la vez dicha «y al mismo tiempo» —según la expresión política corriente del momento— negativizada, desmentida, macronizada.

Hay tres tipos de nominaciones: nominación de lo real a lo que se adhiere, me parece, una gran parte de los trabajos de la EpSF sobre el pase; nominación de lo simbólico —contra lo que una parte de la reformulación de nuestro dispositivo se posicionó cuando La Lettre Lacanienne lo abandonó— y; yo no lo había considerado antes, nominación de lo imaginario, cuya cuestión de la forma quizás nos señala el retorno, puesto que ya es esto lo que de la IPA se denuncia como callejón sin salida, en 1967, y sobre lo que Lacan se basa para retomar el significante ipéista no-analista para llevarlo más lejos, más lejos de lo que Valabrega hace en su carta de noviembre de 1967. Una nominación imaginaria de la que hay que decir que sigue siendo la mejor situada para acoger la reaparición del saber rechazado por un desmentido.

Una de las sesiones de RSI es bastante clara sobre la nominación imaginaria. Remito al texto de Brigitte Lemerer, que me ha ayudado mucho en este punto. Reteniendo su conclusión, que retomo con mis palabras: si la cura ofrece algo es precisamente superar el síntoma como única salida analítica que el analista en el espejo se contentaría con ser, para preferir la forma más allá de la imagen donde el desmentido de lo real se convierte en soporte para el reconocimiento del paso dado. Siempre y cuando la cura haya sido llevada lo suficientemente lejos.

Del cartel de pase — No había imaginado, antes, que un cartel de pase pudiera terminar su trabajo con un equivalente de voto. Un voto como conclusión, con mayoría o unanimidad, a propósito de un trabajo analítico, me parece sospechoso. Pensaba que solo me había encontrado con esto en mi tribunal de tesis en la Universidad, poco antes de que esta institución del conocimiento terminara por nombrarme atribuyéndome el título de profesor titular al término de otro voto, el de un concurso —un concurso donde, por supuesto, la política institucional había deslizado su papeleta en la urna. Nominación de un discurso, el universitario, del que terminé por desprenderme dimitiendo para salvar mi pellejo, constatando a mi pesar la perfecta inconciliabilidad —no incompatibilidad— del discurso psicoanalítico con el discurso universitario.

Elucubración n.º 1 — Supongo que cuando se produce una nominación, que emerge a los significantes del cartel expulsando el saber que le llega desde lo real causa del testimonio, que por la garganta de los cartelistas nuevos saberes sobre el psicoanálisis les fuerzan la voz a tener que decirlos de repente para deshacerse de ellos y del mismo trazo hacer acto de nominación, es cierto que cuando esto ocurre, uno debe sentirse conmovido. Pero ¿por qué, o qué es entonces lo que no se sostendría lo suficiente para que los miembros del cartel soporten la experiencia del cartel? Porque supongo que una conclusión por el desmentido traduce posiblemente una transgresión, un pasaje al acto por escape. ¿Por qué lo analítico a veces fallaría a un cartel al dejarlo replegarse sobre las ficciones de los grupos donde el voto, donde el ser en común bajo los rasgos de la fantasmática unanimidad, tendrían que venir a socorrer a cartelistas sin deriva? ¿Acaso lo analítico, ese resto de lo que la insondable dependencia de la transferencia ha podido dejar constituirse, tendría que ser rechazado como saber, allí donde la persona del analista pretendería la autodeterminación de su acto reflejado sobre sí misma para vestirlo de una nueva representación en el lugar donde nada puede sostenerse?

Elucubración n.º 2 — Me parece, en esta vía, que un cartel de pase obra menos en la interpretación que en la construcción. El advenimiento de esta construcción en el lugar que es el cartel devenido, que puede reconocerse como tal, por la presencia de lo construido, le quita toda necesidad de todas las lecturas de la materia que le ha llegado, puesto que al atestiguar esta construcción, nombra. No esperamos del cartel que haga un inventario de los materiales del análisis del pasante, o bien esto vendría finalmente a decir que el pase tiene que ver con la cura, y de una manera extraña.

Elucubración n.º 3 — Un cartel de pase no es una forma de la que se espera una información sobre la materia que los pasadores le aportan, solo puede apreciar la materia en la que se convierte. La escultura no tiene forma a priori, ni a posteriori. El nombre de A.E. es siempre original, inédito cada vez que se enuncia, y su originalidad reside menos en la invención de un pasante que en la reinvención perpetua de la escuela a la que el pasante viene a responder. La nominación, la escultura, que puede producirse no es una forma que responda a la materia apreciada. La nominación me parece que puede pensarse mucho mejor de forma desfasada, es el eco de un sonido sin ruido, un crepitar de la voz pasada al cartel desde el pasante por los pasadores. Este evento de voz, silencioso, es detectable en el instante del larsen producido en el lugar real que es el cartel durante un tiempo. Solo puede apreciar esta retroalimentación acústica del receptor al emisor, por su trabajo de construcción retroespeculativa y no especulativa, sobre la materia de el pase escuchada. Así es como la llamada de la escuela encuentra algunas resonancias que le llegan de los pasantes, de los cuales puede hacer que algunos lleven un poco de su nombre.

No imagino que un cartel de pase pueda adentrarse en el callejón sin salida de lo innombrable, evitando afrontar lo imposible, salvo que se haga valer una concepción inédita, a mi parecer, de el pase en esta Escuela, y una lectura errónea, me parece, de la propuesta de 1967. No lo imagino, y mis experiencias como pasador, mi experiencia como miembro de la escuela, como analista, como pasante, lo rechazan todas. Porque ¿quién/qué sería innombrable? Navegaríamos, aquí, en meandros donde lo imaginario se disfraza, se traveste en un simbólico que reconocemos falsificado, cuando el sigla se toma por el símbolo. A.E. es un símbolo, no es un sigla, y todavía tenemos que escribir su teoría, para dar a conocer lo que esta era simbólica restringida que es realiza de lo real. A.E. no es un sigla, pero sus pequeñas letras fascinantes, reificadas en lugar del nombre, sin duda nos juegan malas pasadas, sin que nos demos cuenta.

Lo real de la nominación puede dar lugar a un desmentido, haciendo de la nominación aparecida, por ejemplo en un cartel, el objeto de un trueque con su gemelo imaginario que es la ilusión de la nominación imposible. Convocar lo innombrable y reificar la nominación imposible, en el marco del desmentido, para evitar lo imposible de la nominación sería un giro bastante claro, un pasaje al acto, opuesto al trabajo realizado en los últimos veinticuatro años en la EpSF sobre el pase.

Pregunta 1 — ¿Dónde estamos, después de más de un siglo de experiencia, con lo que volvería de la forma espiritual que tendría que informar la materia, o bien seguimos uniéndonos a la subjetividad de nuestra época, para sostener un pensamiento contemporáneo, definitivamente orientado hacia otro horizonte que el que confiaba a las formas, un espíritu para preferirle una ausencia de forma a priori? Este horizonte, en más de un sentido, me parece corresponder a la oferta de Lacan cuando da el paso de esta propuesta de octubre de 1967.

Pregunta 2 — ¿Designa la nominación el movimiento del saber causado por lo real que llega al cartel impulsado a decirlo y a constatar la nominación como producción de este saber sin otra apreciación? En otras palabras, ¿es la nominación ese impulso de voz que toma el cartel como lugar de enunciado de una enunciación confiada por el pasante a los pasadores? ¿O bien la nominación tendría que convertirse en la conclusión de una apreciación de los efectos producidos por el relato de un testimonio sobre el que cada uno del cartel tendría que pronunciarse? Efectos tomados, erróneamente, por saberes. Lo que, en mi opinión, nos devolvería a los callejones sin salida de la IPA que obligaron a Lacan a formalizar este asunto, y también desplazaría el pase con lo real como horizonte hacia las resonancias de las subjetividades —aunque fueran analizadas— como detector de una forma en todo punto imaginaria, a la que cada uno es muy libre, después de todo, de confiar el contenido que le supone, pero cuya persistencia o retorno en el pase son un síntoma.

Pregunta 3 — ¿Es la nominación todavía esa expresión simbólica de la forma imaginaria constituida por el cartel como lugar de lo real, tal como atestiguan los trabajos de la EpSF entre 1994 y 2000? ¿O bien la nominación es, finalmente, definida a partir de sus efectos singulares y colectivos, tal como han sido tan ampliamente comentados entre 2000 y 2012, de los cuales cualquiera puede leer cómo pudieron alentar la apreciación de la nominación a la luz de la causa subjetiva, por la cual el acto debía ser tan considerado, mucho más que como causa de lo colectivo? Producciones subjetivas ilustradas por todos esos efectos de cuerpo y de realidad tomados como pruebas o consistencias del borde de un agujero del que nada dice, a priori, si es verdadero o falso. Un agujero de la realidad es primero solo un agujero de lo imaginario, eso no da acceso a lo real ni siquiera a la forma que puede venir de él. Peor aún, la existencia previa, a priori, de este agujero, estructuralmente hablando, impide toda manifestación posible de un real cuya forma futura podría llevarnos un poco más allá de este punto de contemplación donde nos percibimos ingenuamente. Que lo imaginario, en la empalme R-I, pueda prolongar lo real por la forma que hace advenir es una cosa, un movimiento detectable como movimiento analítico. Eso no hace de lo imaginario la vía automática de una detección de lo real. Lo imaginario no especular no es una ausencia de imagen, real o virtual. No basta con no percibirse para escapar al espejismo de uno mismo. Del otro lado del espejo, incluso para Alicia, es una prueba no de paso, sino de desrealización, eso puede señalar la posibilidad de una apertura a lo real, eso no señala la apertura a lo real. Así, la nominación como forma no es un evento de la realidad detectado en un cuerpo o en los balbuceos del espacio-tiempo, o bien es una ilusión, ilusión de la que se deleitan las instituciones, una escuela de psicoanálisis incluida. Podríamos extraer muchas enseñanzas, a este respecto, de los encuentros recientemente surgidos con las ondas gravitacionales, que no se ven y que no actúan en la realidad sin por ello escapar a su detección en la oscuridad.

Nominación y actualidad de la Escuela — El evento de creencia en el título de A.E., al que he aludido, no es únicamente una falta de experiencia que desprecia los logros de el pase desde hace 50 años, es también la expresión de una deficiencia actual de nuestras teorizaciones sobre el pase. Una deficiencia de principio, cuando la nominación sigue siendo considerada, o creída, como un acto complementario a el pase mismo, peor aún, al análisis. La historia, sin embargo, ha respondido a esto: ¿qué no ha hecho la cantidad de A.E. nombrados de su nominación al simplemente abandonar la experiencia? Además, ¿no se detecta en nuestros trabajos una mayoría de «qué se siente al ser nombrado en la escuela» y mucho menos de «qué hacen los nombrados a la escuela»? ¿No señala esto un deslizamiento de un nombre de escuela hacia un título de miembro, que daría cuenta de la dimensión subjetiva de la nominación en detrimento de su alcance analítico para la escuela? Esto se sostiene de otro deslizamiento, el de la nominación de escuela en favor de una nominación/etiquetado de miembro por las pequeñas letras, aunque mayúsculas, que quizás suplantan el nombre.

Esto me hace pensar en ese proceso que llamamos radicalización. Considero que la radicalización es ese intento de reducción del significante a su radical cuando este último se espera que realice el falo que viene a fallar. Si algunos individuos encuentran la posibilidad de comprometerse en la presentificación, en carne y hueso, del significante fálico, en los recientes actos terroristas, es porque hemos sufrido recientemente una modificación de la relación significante performativa, antes distinguida por lo que del sujeto del enunciado no se confundía con el de la enunciación. El radical, antes mantenido en secreto, o en la sombra, ahora ocupa la función de lo performativo, reificando los YO impulsados a su propia expresión más allá de la falla fálica, que las agitaciones significantes en sus lugares señalan indirectamente. Agitaciones todas dispuestas en torno a la lengua balbuceada bajo el peso de los sermones, legalizadas por algunas inscripciones de algunas letras trazadas en la arena que un viento de Oriente dispersa y santifica. Sin dejar lugar a todo lo posible de hacer algo con lo que podemos prescindir. Tendremos que, a la luz de estas terribles noticias, examinar nuestra costumbre un tanto rápida de calificar de performance el pase, su «éxito», donde encuentra su justificación esta pseudoteoría edificante según la cual, cuando ocurre una no-nominación, esto significaría que «no ha pasado». Siempre pasa; queda por saber qué, eso es diferente, eso indica que un saber se impondrá o no al conocimiento de todos, que haya o no una nominación o una no-nominación. Significante y performativo ya no mantienen hoy las mismas relaciones que antes.

¿Qué pensar de la reciente desaparición del artículo indefinido «una», delante del término «nominación», en los anuncios de las nominaciones difundidas por la Escuela —la desaparición del artículo indefinido «de» delante de AE ya estaba refrendada en los anuncios anteriores? El reglamento del dispositivo, modificado en 2015, conserva la mención «una nominación de AE» (sin los «.») y no «ha dado lugar a nominación AE» como lo hemos recibido recientemente.

Sin posibilidad de enumerar las nominaciones, una por una, ¿a qué infinito/no-definido de la nominación nos exponemos, con el riesgo de constituir imaginariamente una nebulosa pronto encargada de añadir al mito una función alter a el pase en esta escuela? ¿Esta Nominación con N mayúscula no correría el riesgo de ser tomada por un dios ideativo al que rendir gracias cuando se eleva por encima de la articulación significante ordinaria de manera similar a las Santas Escrituras? Esto podría alimentarse de un pensamiento imaginario de la nominación, una unanimidad de la totalidad nominal tan simplificadora como el fascismo. La Escuela necesita A.E., no el analista, él necesita la Escuela, la diferencia no es insignificante. Es que el nombre de A.E., en particular en su versión histórica de A.E.-Analista de la Escuela es un nombre de Escuela y no un nombre de analista, y mucho menos el de un miembro.

Las pequeñas letras, aunque mayúsculas, quizás suplantan el nombre. Nominación y letrado no son equivalentes. Habrá que volver sobre esto, porque el estrechamiento a las letras, solo las letras, que vivimos no deja de hacer pensar en un intento de representación de la instancia de la letra en el inconsciente, una forma de escalpelo del inconsciente que el A.E. tendría que figurar.

Conclusión — Las preguntas que el pase planteó, o reveló, en 1967 están intactas. Los efectos de haber confiado al no-analista el control del acto siguen siendo tan vivos y divisivos. Esto no es un fracaso —en el sentido común—, no hay nada que reducir, sino todo que recoger allí donde cae, justo detrás de la caída del sujeto y su destitución en eco la una de la otra —del analizante, del analista.

El fracaso es el nombre de ese paso en el que el analista se funda cuando fracasa en transmitir —porque solo le queda la perpetuación—, cuando deja caer lo que no puede, lo que no puede ser conservado, ni por el analizante que pasa al psicoanalista, ni por el analista de ahora —lo que no significa que no tengan que encontrarlo, que levantarlo de donde se diluiría el peso del vacío del que se sostienen en favor de una seguridad muy dudosa, rechazando al no-analista que son el uno y el otro por turnos y para siempre sin semejanza. El fracaso es una nominación por Lacan, de ese paso que lo había interrogado hasta el punto de proponer el pase. Le gustara o no, no pudo hacer otra cosa que nombrar lo que se le había revelado a él, y a otros, en su experiencia de el pase. El significante que salió es «fracaso», está muy bien. Etimológicamente, el fracaso significa el botín, y nos viene del antiguo alto alemán schâh («saco») que impide, según la literatura, relacionar esta palabra de fracaso con caducar. Lo relaciono, pues, con caer, porque ya no hay, en efecto, sujeto susceptible de pretender que le corresponda, solo queda del analista sobre quien recae. Del analista que el pase no puede atestiguar, ni su presencia ni su formación, lo que constituye la base de su fracaso por parte del cartel. Señalemos de paso que de esta misma raíz han surgido al menos tres series de significados, las relacionadas con caer, caducar y decaer, a las que debemos la caída, el vencimiento y la decadencia.

Todo esto se dice, y será la última palabra, en un célebre verso de Angelus Silesius al que se ha hecho referencia muchas veces este año: La rosa es sin porqué. Añadiré: el analista comparte la misma lucha.

Vincent Bourseul

París, noviembre de 2017.

Nota adicional

A las preguntas y comentarios que siguieron a mi exposición de noviembre, pude formular esto que se añade:

¿Puede el dispositivo de la pase protegernos de aquello a lo que el procedimiento nos expone? Ese es el reto de todas las tribulaciones, los accidentes y las dificultades encontradas desde el inicio de esta experiencia. Tras algunos intentos de pensar esto, siempre vuelvo a Por qué la guerra, entre Einstein y Freud. La muerte y la agresividad siguen siendo, por la actividad pulsional que da testimonio de ello, fuentes inagotables de reducción de nuestras libertades. Por iniciativa individual o colectiva, devueltos como estamos al borde de lo real por la experiencia de la pase, conducidos a lo imposible que no cesa de no escribirse, cada cual puede verse atravesado por su propia supervivencia, que a menudo compromete al otro en sentido contrario. Y nos separamos, temporalmente, en ese intervalo de espacio y de tiempo en el que lo colectivo lleva la marca de no ser más que el sujeto de lo individual. Convocado en el punto de su supervivencia, el sujeto puede hacer prevalecer la suya, o su sacrificio individual, sobre lo colectivo. Tal vez podríamos ver en ello el indicio de una regresión colectiva, forjada sobre las individuales que las curas permiten, hacia ese punto en el que lo pulsional se desengancha subrepticiamente de lo orgánico —a veces localizable en los movimientos de destitución subjetiva—, haciendo este último valer su exigencia de persistir —en la vida o en la muerte— sin mediación mental, y menos aún de derecho. Ahí se impone la intimidad de experiencia forjada por la ética, entre la pase y los campos. En La pequeña pradera de los abedules, Marceline Loridan-Sivens pone en boca de su personaje principal esta pregunta a las chicas de Birkenau: ¿fueron las peores de entre nosotras, las más duras, las que sobrevivieron en detrimento de las demás?

Vincent Bourseul

21 de marzo de 2018