Caballeros, estas mujeres que hablan no son histéricas (2017)

Caballeros, estas mujeres que hablan no son histéricas (2017)

This post is also available in: English (Inglés) Français (Francés) Italiano Português (Portugués, Brasil)

Voir l'article sur Huffington Post

Caballeros, estas mujeres que hablan no son histéricas

Huffington Post, 17 de octubre de 2017.

La increíble apertura que acaba de producirse con el caso Weinstein invita a pensar de otro modo los términos que estas agresiones sexuales revelan. Para subrayar, entre otras cosas, que no se trata solo de un sistema de opresión cuyos engranajes deban, por lo demás, deshacerse y denunciarse. Se trata también, no lo ignoremos una vez más, si es posible, de lo que lo sexual representa en la vida de los seres humanos, de los trastornos que crea y cuyas numerosas manifestaciones dolorosas persisten hoy como en el pasado. Lo sexual causa traumas y a menudo los fomenta, ya que lleva en sí esa capacidad de irrupción. Constatarlo no es algo moral ni político. Tenerlo en cuenta puede contribuir a realizar una labor de civilización.

En el origen del psicoanálisis se encuentra el intento de tomar en serio la denuncia, por parte de las denominadas histéricas, del trauma sexual del que parecían estar afectadas de una manera específica a través de sus síntomas. Antes de descubrir que el trauma sexual, en las agresiones y en la seducción, se convertía en una norma cultural de organización hasta llegar al inconsciente. Y que otras mujeres podían también expresar verdades sexuales fuera de las limitaciones del poder fálico.

Desde Freud, algunos psicoanalistas han podido asumir el reto de tomar muy en serio lo que significa hablar, más allá de la palabra imposible sobre cosas imposibles. Hablar no es decir. Pero lo uno no va sin lo otro. Tal es el dilema que pudimos percibir en el conflicto entre Christine Angot y Sandrine Rousseau. Quien acude al analista realiza ese esfuerzo inaudito de intentar decir, mediante la palabra, y al hacerlo, modificar los efectos y las consecuencias de sus experiencias vividas. Las buenas y las otras: las agresiones, el acoso, los malos tratos, las violaciones.

Pero los tiempos también han cambiado un poco desde Freud. Las que hablan hoy no son pacientes ni necesariamente víctimas; son mujeres que dicen lo que no nos gusta oír sobre aquello que ya sabemos. Hoy en día, que estas voces se alcen no es un síntoma, o bien es el del sistema que impide la toma de la palabra. Estas voces no son estigmas, ni quejas exageradas como lo eran las teatralizaciones fomentadas de las pacientes de la época; son verdades. Las cicatrices, por su parte, están en otro lugar, y todas las denuncias posibles hablan de cosas distintas al sufrimiento acumulado. Nada puede darlo a conocer, cada una se las arregla con ello, pero puede apoyarse en esta solidaridad repentina.

Porque, en definitiva, decir abre el camino para liberarse del poder que asigna y subyuga a través de lo sexual, y para lo cual la palabra sigue siendo el mejor medio de aprovechar la oportunidad de un cambio. No sin que la sociedad pueda también, paralelamente, modificar sus formas de inscribir estos delitos y crímenes en vías no solo legales, sino también culturales y políticas. No sin el inconsciente, pues este sistema de opresión se erige al ignorarlo, y se refuerza al rechazarlo.

Lo que se ha abierto quizá se cierre pronto por efecto del discurso ambiental. No importa. Si no olvidamos seguir acogiendo lo que se dice, otros acabarán por escuchar. Y quién sabe, las solidaridades nefastas de los comisarios de la sexualidad disminuirán un poco bajo la presión de aquello de lo que estamos seguros y de lo que no cabe duda. Porque lo sintomático reside precisamente en las reacciones de algunos, y de algunas, que se ofenden por la violencia falsamente descubierta y reclaman el silencio para aplastar los hechos. La verdad puede hacer llorar, pero no mata; el silencio, sí.