Una jornada de pensamientos, confinado (2020)

Una jornada de pensamientos, confinado (2020)

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A dos Jacques, que nos han dejado recientemente. Jacques Le Brun, de pensamiento generoso, y Jacques Leibowitch, que no tenía miedo de hablar con los virus.

Una jornada de pensamientos, confinado

Publicación en internet, abril de 2020.

Al despuntar el día, los pensamientos más claros parecen lejanos, quizá demasiado. Escondidos tras la línea del horizonte, escapan primero a la vista, permanecen inaudibles al despertar. Un deseo furioso de reducir la distancia con ellos aguijonea el instante, pues este intenso retorno a la realidad asusta, entre angustias residuales de la noche y malas noticias que se suceden: su inflación inexorable, su duración. El despertar no es un buen momento estos días. Al amanecer están, escapadas de la noche, las memorias de las catástrofes pasadas, aquellas en las que los humanos ya se han encontrado con el horror de su condición, sobre las cuales tienen mil cosas que pensar en términos de causas, efectos y consecuencias. Esos puntos negros que sirven a algunos y algunas de pensamientos, incluso de argumentos para las reflexiones y los debates. Flujo continuo. Ahora bien, nada cabe esperar de este empleo grosero de la Historia que, por lo demás, no fija el contorno de lo que vivimos en el presente. El pasado ilumina, según dicen, el porvenir, pero solo en el instante es donde se encuentra, por muy fechado que esté. De esto, la experiencia analítica puede compartir con las demás algunos descubrimientos, entre ellos este: que el tiempo resulta del espacio experimentado corporalmente; no hemos terminado de extraer saberes de ese resultado, sobre todo en estos días delicados. Lo que vivimos actualmente es inédito en muchos aspectos; inaudito también, puesto que tenemos que decirlo aún, escribirlo, pensarlo, dejarnos pensar también por lo que nos sucede. Esta epidemia, como todas las que la precedieron, nos obliga a cambiar de punto de vista, nos desplaza. Ahí está la apertura que falta en las mañanas tristes, esa misma que hace las veces, en tiempos ordinarios, de antro maléfico de donde solo el horror parece poder salir, visto desde aquí. La epidemia del VIH-sida nos enseñó esto, aunque todavía no hayamos empezado realmente a escribir su historia y a extraer saberes para experimentar: en lo más cercano a lo que parece constituir el horror total se descubre la vía de un pensamiento de la experiencia capaz de diferir de los campos de la comprensión, de la crítica o de la especulación. Otros tiempos atroces de la Historia también nos han confrontado con este saber.

Dejarnos pensar por lo que nos sucede, por lo que ocurre sin presagiar lo que habría que pensar al respecto, tal como los expertos pueden ser invitados a hacer en los medios, con o sin razón, constituye aquí una vía practicable, tal vez no tan alejada de nuestros hábitos o de nuestras experiencias vividas. Abrirnos a los pensamientos nos vincula con más verdad al mundo, puede modificar el parón que sufrimos hoy, cuando nuestras palabras y nuestros imaginarios son empujados a los límites de su eficacia, congelados por el suspenso traumático. De lo que no podemos prever construimos ideas, para responder a la necesidad de captar lo que ocurre. Los que pasan son primero los pensamientos, que adoptamos y transformamos en ideas. Porque los pensamientos no se deciden, lo que hacemos con ellos sí, para alimentar las ideologías o las reflexiones que los comprometen. Nuestra voluntad de saber no es respetuosa con los pensamientos cuando persigue un efecto, ya sea de comprensión, de reafirmación o de resolución de problemas. Una situación como esta nos devuelve al cruce de caminos donde se distinguen reflexión y pensamiento, y quizás un poco más allá filosofar y psicoanalizar. No para oponerlos, sino más bien para devolverlos a las articulaciones que los distinguen, más allá de la perspectiva transversal de la imbricación de lo biológico y lo político, para retomar la originalidad pulsional de las mociones libidinales sin miramiento estructural o compasión con los modelos ya reflexionados.

¿Qué sabemos a esta hora? 1 – Que los modelos conocidos pueden fallar, mientras que el sistema en sí, digamos su estructura, no se modifica o ya está salvaguardada. 2

¿Qué sabemos a esta hora? 1 – Que la supervivencia financiera (que no es la economía) de dicho sistema, decidida sin cuestionamientos, se llevará la vida de cientos de miles de seres humanos que morirán por el Covid-19. Así, lo que hemos acumulado, vivido y lo que hemos retenido merece quizás, esta vez, no ser invertido o comprometido demasiado rápido en la gesticulación con fines resolutorios de las tomas de posición, de las opiniones, de los análisis elaborados demasiado deprisa, eyaculaciones precoces. El abordaje lento del agujero por donde se fuga la realidad motiva a la suspensión; ir demasiado rápido nos privaría del vértigo y del cambio de punto de vista. Así que sí, tenemos náuseas; ¡gran cosa! No vamos a intentar aliviarnos por tan poco.

Pero todas las mañanas de este mundo no son todas las mañanas del mundo. ¿Qué sabíamos, poco antes de esta actualidad, de lo que la experiencia del psicoanálisis nos ha, como mínimo, asegurado o, al menos, iniciado? Principalmente, que lo real trata lo simbólico (y no a la inversa), aunque sea necesario, no obstante, pensar ese real y emplearlo como significante. Como prueba reciente, pronto será necesario, o digamos de forma menos dramática, recomendable ser «seropositivo» para circular disfrutando de su «inmunidad». Un consejo: ¡cuéntele esto a un buen amigo seropositivo al VIH y escuchará cómo le promete unos buenos bad-trips!

Tal vez llevada a gran escala, esta experiencia significante y sujetadora de un nuevo género permitirá abordar una revisión necesaria de nuestras exploraciones teóricas: la no-relación sexual y sus excepciones. Porque, evidentemente, en caso de contagio, con o sin intercambio genital, hay relación sexual, una relación sexual se escribe y, por supuesto, sin orientación reconocible, ya que esta vez es el virus el que ocupa el lugar biológico de los representantes del objeto a.

Un virus puede ser una versión del objeto a por permutación del destino en causa. De la epidemia de sida habíamos aprendido esto hace ya cuarenta años, pero solo ahora la cosa puede ser formulada, con este otro virus, este virus otro. El contagio a través de los intercambios sexuales puede producir una relación entre los sexos implicados en el intercambio, pero esto también puede producirse sin el intercambio sexual —en sentido genital—, puesto que la equivalencia de los cuerpos, al dar o recibir el virus, se decide y encuentra su garantía en lo real.

La sexualidad no es el sexo. No está definida por el psicoanálisis, que tampoco ha definido el sexo. Lo sexual, que llamamos gustosamente sexual freudiano, en referencia a la psicosexualidad, no se resume al sexo ni a la sexualidad, sino que da cuenta del real del sexo, otra noción. Si la filosofía puede trabajar en profundidad lo que puede articularse aquí a partir de las entradas sexualidad o sexo, e incluso lo sexual, tal como Freud lo desprendió y la filosofía lo puso a trabajar en su ejercicio, no puede dar cuenta de las articulaciones que no sean diacrónicas que la experiencia del psicoanálisis —en situación— expone a propósito del real del sexo tal como los registros (o dimensiones) simbólico, imaginario y real conforman para nuestra comprensión. Así puede entenderse lo que separa el cogito cartesiano, Pienso, luego existo, de Soy pensado/a, luego —tal como percibo el ángulo del psicoanálisis, según mi experiencia—, donde verdades y saberes se ponen al índice del inconsciente admitido no como concepto, sino como efecto de lengua en movimiento que solo puede ser reflexionado desde el interior de la lengua misma, sin exterioridad a los objetos que la vectorizan, a diferencia de la filosofía, que no excluye ser también una hermenéutica, con razón, mientras que el psicoanálisis se extrae siempre de la metafísica.

A mitad del día, esperado desde la mañana para separar el tiempo que pasa, las ideas descienden hacia el hambre que el estómago alberga. Del exceso ideativo, este hueco goloso viene a dar la ocasión natural de saciar una necesidad y cambia por unos instantes el paradigma: comer, esta vez, para llenar por dentro lo que ya no está lleno por las necesidades del exterior (aunque tambaleantes ahora), cambiar de forma y responder al acontecimiento. Despojado/a del hueco, saciado/a, hay que digerir entonces. Y las ideas vuelven; comer no basta.

Una siesta fallida después, precisamente a causa de la digestión, es la ocasión de divisar los libros de la biblioteca, numerosos, ordenados desde hace años unos junto a otros. ¿Qué contienen a partir de ahora? ¿Siguen estando llenos del saber disponible capaz de ayudar a la reflexión? ¿No habrán caído algunos de ellos de su estante con el hecho epidémico, vaciados de su sustancia, vueltos caducos por el acontecimiento viral planetario? ¿Qué esperar de ellos hoy, mañana? ¿Qué escribir y qué leer ahora?

Más tarde, intentar pensar más allá de uno mismo, con otro/a. E interrogarse sobre los límites de lo mismo en cuestión. No localizarlo, dejarlo caer y recordar que ese mismo se extrae del otro, de los otros, tras el encuentro. Conservar el sí mismo e intentar ubicarlo en este espacio modificado. Entonces, interrogar la Amistad.

¿Qué esperar de las discusiones con los amigos y amigas, con el entorno, en estos días, que no sea una demostración suplementaria del imposible diálogo entre los seres hablantes? ¿Qué esperar sino una serie de ajustes de opinión, todos inútiles para la causa, todos al servicio del equilibrio de la boca (nada más) de donde son expulsados? Es delicado aprehender durante una crisis el estado de crisis perpetua que conocemos por esencia. Que se aborde por la identidad, el ser o la sustancia no cambia nada en el caso; más allá del decorado imaginario de los destinos tal como los piensa cada uno/a, la cita genérica sigue siendo la misma: nos encontraremos en el montón de arena, a veces pasando por Rungis. Y es precisamente él cuyo espectro se ilumina por la noche, espesando el aire con las gotitas de angustia infestadas de las preguntas de los demás: la meta, más allá del objeto.

Luego suena el teléfono, es la hora de las sesiones. El teléfono no es un teléfono; distingamos la invención del teléfono y el terminal telefónico, del cual debemos servirnos para telefonear una llamada o una palabra. Y ya aparece que habría que separar lo que es una llamada telefoneada, dada o recibida, de una palabra telefoneada, dada o recibida distintamente del hecho de que recibir o dar un telefonazo no es siempre llamar a alguien o recibir esa llamada del otro, sino, de forma diferente, acoger su palabra, por ejemplo. Una llamada es una palabra, la recíproca no se sostiene. Añadamos a esto que se necesitan al menos dos terminales de teléfono para telefonear, haya o no respuesta, ya sea hablada vivamente o automatizada en el contestador. ¿Es el teléfono, por tanto, una invención, una herramienta o más bien un espacio?

Aunque está claro que la videoconferencia corre el riesgo de hacer pasar el cuerpo por algo visto, y que de ello depende gran parte del fracaso analítico del dispositivo, nada dice que lo impida, ni cuánto ni cómo, aunque está claro que de esos cuerpos que cuentan tenemos ahora más que de costumbre que decir. Y los analizantes junto con los analistas, sin duda. Todos y todas en el mismo barco. Privada de la presencia corporal, anclaje terrestre del ser hablante, la vida del Planeta parece muy agitada para una sola palabra individual. La lengua es llamada al rescate, y por tanto el cuerpo que la hizo también. El cuerpo hace la lengua, la palabra hace el cuerpo: este asunto se mantiene; ni la globalización ni la cibernética lo han afectado, he aquí una pista que explorar.

Sin la imagen, el dispositivo parece corresponder mejor a nuestras expectativas, aunque sea agotador por la concentración, como cada uno/a ha podido notar. Más interesante aún, es a la palabra libre y no ya solo asociada (por la asociación libre) a la que debemos dar un lugar. E interrogar de nuevo el parloteo, la conversación… Pero ¿hacer salón, en el tocador, en el coche, en la habitación donde de ordinario nada se dirige tanto hacia el exterior, con auriculares, o bien con el altavoz? ¿Cómo se da a escuchar la voz del analizante por este teléfono? Aquí (en mi consulta), he tendido a aprovechar el lugar libre del diván, más espacioso que mi sillón, con el altavoz encendido. La gata no lo ha visto con buenos ojos. El diván es para los visitantes y las visitantes, no para el papá-humano. Así que me muerde si ocupo demasiado el diván y se va corriendo a sentarse en mi sillón, allí donde, ella bien lo ha captado, alguien, y más precisamente algo, debe estar presente, ¡cueste lo que cueste! Echa de menos el cese del paso de nuestros invitados e invitadas cada día: menos presencias, menos caricias. Esta gatita recién llegada es una apasionada del inconsciente. Y mordido, lo estoy de nuevo por su vigilancia animal. Personalmente, si tuviera que captar lo que tiene sentido, habría que disertar sobre el nombre con el que la he apodado: Circe, la primera ninfa de la mitología.

El teléfono sigue siendo, pues, una invención que pensar bajo una nueva luz. Históricamente, la idea del teléfono fue desarrollada en 1854 por un tal Charles Bourseul, autor de una memoria conceptual, Un aparato para conversar a distancia, antes de que la cosa fuera inventada oficialmente por Graham Bell en 1876 (pero también en 1857 por Antonio Meucci, quien realizó lo que Bourseul abandonó unos años antes), donde teléfono designa la transmisión de la palabra por la electricidad mediante discos metálicos y una corriente que imanta y desimanta el hilo de su transmisión para hacer jugar las ondas vibratorias de la voz de un aparato a otro. El «teléfono imaginario de C. Bourseul» acabó, pues, encontrando otros desarrollos de la mano de algunos otros, y aquí estamos unos cuantos desarrollos después, con smartphones: ¿que sin duda ya no son teléfonos?

Detengámonos un poco en esto: un aparato para conversar a distancia. Conversación no es sesión de análisis, pero conviene muy bien a lo que el teléfono permite. Y más aún, el teléfono invita a la conversación. ¿Cuántos pacientes han sido, de improviso, interpelados con un tuteo accidental desde el inicio del confinamiento del analista que habla con este aparato?

La erótica de la sesión se ve trastocada, el campo del a/Otro también lo está, pero igualmente lo está la técnica que sostiene la posibilidad de la sesión. Así, nos vemos afectados en las dimensiones que conocemos: simbólico, real, imaginario. Queda por describir qué desanudamiento sufre la sesión que sería compensado o asumido en tal o cual lugar del anudamiento ordinario. El teléfono parece, a primera vista, interponerse, pero ¿es realmente el efecto más eficaz de su empleo actual? ¿Es sustitución, compensación, permutación, desplazamiento? ¿Es realmente un elemento suplementario tal que pueda interponerse? No es seguro, en absoluto, que se trate de un elemento suplementario. Supletorio tal vez, y eso queda por demostrar, como recluta temporal para reforzar «las fuerzas regulares», tal como nuestros diccionarios pueden definir el término situándolo en tiempos de «guerra».

Pero los teléfonos de hoy son más que teléfonos, y quizás ya no lo sean. Decimos smartphone, teléfono móvil, terminal… La voz, la imagen y los datos personales están en el aparato y pueden ser transmitidos instantáneamente a otro aparato telefónico, pero también a cualquier aparato conectado, a todos los terminales conectados a la red de Internet. Estamos muy lejos de la sola transmisión de la palabra por la electricidad; incluso podemos decir que la situación actual no tiene nada que ver con la de las telecomunicaciones de antaño. Así, las sesiones conducidas, realizadas, llevadas a cabo hoy están impropiamente calificadas como «sesiones al/por teléfono», lo mismo para el empleo de la imagen transmitida en directo a través de las cámaras y las pantallas, a menos que se subraye que el significante teléfono se ha vuelto diferente de sí mismo: entonces se abre una pista fecunda para los analistas… Al notar este hábito reciente en las formulaciones de uso: «Bien, entonces volvemos a hablar el lunes a las dieciocho horas…»; «¿Me oye bien?… Sí, le oigo», etc.

Oír y hablar parecen imponerse, con no lejos de ellos, y favorecida por la situación sanitaria, un lugar otorgado al cuerpo ausente de las sesiones: «¿Está usted bien?»; «¿Ha estado enfermo/a?»; «¿Se encuentra mejor?», donde el cuerpo del analista existe, donde el cuerpo de aquel o aquella que llama existe también, como sostenido en su dimensión real eclipsada por un refuerzo imaginario (especular o no, según haya imagen o no). Algunos analizantes resolvieron inmediatamente este punto diciendo la primera vez «Me he tumbado»; «Estoy tranquilo/a, solo/a», mientras que otros se quedaron ante la pantalla del ordenador o con la televisión encendida en el salón y descubren, todos y todas, a qué se aferra y de qué depende la posibilidad de decir y de ser oído/a realmente, y no solo digitalmente: el encuentro. La sesión analítica se ilumina aún más al ser un encuentro repetido entre una palabra, un sujeto y un saber. Que para ello hagan falta dos seres es un detalle concreto, ineludible, característico de la especie humana. Que esos dos seres estén equipados con un aparato queda por describir y situar exactamente.

Pero cae la tarde, por fin. Hay que acostarse, cada noche, sobre la vacuidad del mundo. En estos días, es decir poco… Dudar de que el sueño venga es recurrente, inquietante, un poco más en estos tiempos que de costumbre. Recordar a Freud: “Al principio de los tiempos, las palabras y la magia eran una sola y misma cosa”, y a Omar Khayyam: “No hay nadie que conozca el secreto del futuro. Lo que hace falta es vino, amor y reposo a discreción”. A la espera de que alguien responda a estas pocas palabras, a estos pensamientos del día que pasa. ¡Todos y todas pensadores, el post-modern is over!

«Buenas noches… hasta mañana»

Vincent Bourseul