No somos Barbapapás (2020)

No somos Barbapapás (2020)

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No somos Barbapapás

Publicación en internet, marzo de 2020.

La palabra está lanzada, aquella que caracterizará para la Historia bajo qué significante se habrán alineado los esfuerzos de «guerra» del pueblo y sus guardianes: «resiliencia». El término no es desagradable, incluso es portador de esperanza, pero lo que cuenta aquí es la cadena de palabras en la que se inscribe, así como su lugar de enunciación.

Cuando Boris Cyrulnik emplea este término de resiliencia, mucho antes de la carrera fabulosa que conoce este concepto ahora asociado a su nombre, designa una capacidad de reparación por el movimiento, de recuperación por la acción, de curación en cierto modo donde una materia recupera su forma inicial tras haber sufrido una deformación, etc. Se entiende como la capacidad de recuperar la forma a pesar del acontecimiento deformante. Todo esto parece afortunado, positivo. ¿Quién se opondría a ello, quién no querría que salgamos adelante?

Resiliencia y resiliar no comparten la misma raíz latina (resilire) por nada. Precisamente, salir adelante no es resiliar, no necesariamente, pues ciertos rebotes son también rupturas, necesarias. También se rebota rompiendo un contrato, un compromiso, por ejemplo, o cuando uno se extrae de un mal camino. De modo que el empleo de la palabra resiliencia para describir o interpretar un proceso psíquico fatalmente individual no es fácil por una parte, y mucho menos aún para expresar un movimiento colectivo donde las fuerzas estatales están comprometidas en la acción por cuenta de una población invitada, y convencida, de observar su inmovilidad.

Del mismo modo que era completamente inútil, e idiota, querer no tener miedo después de los atentados de 2015, impulsado por una reivindicación narcisista feroz y vengativa, teñida de justificaciones ideológicas e históricas dudosas (nuestros mantras habituales de las «Luces», de los «Derechos del Hombre», etc.), sería inconsecuente querer que todo vuelva a ser como antes, después. Por supuesto que había que, en 2015, apreciar el propio miedo y el de los demás después de las matanzas de Charlie Hebdo y del Bataclan y de otros lugares, todos legítimos, para pensarlos, para expresarlos.

Del mismo modo sería afortunado, en 2020, no recuperar la misma forma que antes de la deformación sufrida por la epidemia del Covid-19. ¿Cómo lo que vivimos podría no tener ningún efecto? ¿no dejar ninguna huella útil? Y no solamente para proteger mejor aún el sistema y el discurso en los que estamos atrapados, y conducidos por ellos, en nuestra situación actual.

Forma y materia mantienen relaciones complejas, y muy interesantes también. Los artistas plásticos saben bastante, los psicoanalistas también, y muchos otros. Todo el mundo puede saber algo. Después de un arañazo, nuestras células reparan los tejidos, y muy rápido todo parece haber vuelto a ser como antes, a veces sin siquiera una cicatriz para testimoniar lo que ha ocurrido. ¿Creen que sus células, su cuerpo, su inconsciente no llevan la marca, las marcas de lo que se ha producido? Pues todo lo que se vive, y más aún para los acontecimientos que inauguran traumatismos —como será el caso de nuestra actualidad presente— deja una huella, una escritura, una marca que leer, que pensar y que expresar que podrá entonces servir de soporte a la obra de curación, de reparación… que podemos llamar de diversas maneras con la condición de examinar sus efectos. Pues dejarse creer, por el empleo azaroso de significantes demasiado pesados, demasiado grandes, excesivamente portadores de una misión que no les corresponde, que tenemos la fuerza de volver a poner todo como estaba, como si casi nada hubiera ocurrido prometiendo al mismo tiempo una memoria, unos recuerdos para la Historia futura que se está escribiendo, es un insulto a los esfuerzos y a las pérdidas consentidas.

No saldremos indemnes, ¡y menos mal! Estaremos marcados, quizás incluso asustados durante un largo periodo. La materia impalpable de lo que vivimos hoy nos invita a abandonar las formas conocidas, habituales, formateadas, todas listas para recibir la materia para circunscribirla, formarla, aplastar sus asperezas enseñantes. El virus invisible pone a prueba nuestro imaginario: ninguna representación, ninguna imagen (aparte de la imagenología médica). Solo los efectos del virus permiten ver su existencia atestiguando su progreso, por los síntomas y los fallecimientos. Él permanecerá invisible, mucho después de este momento delicado de la historia de la humanidad. Nosotros habremos cambiado, con la condición de no forzar demasiado rápido y demasiado fuerte la escritura de la Historia de Francia y del Mundo con arabescos ideológicos impropios para considerar la dimensión de sujeto que nos caracteriza y nos vincula a todos. Un poco de aire y de espacio en este tiempo dilatado. Un poco de pensamiento, urgentemente, pues pensar nunca es algo que deba posponerse para mañana. Sin lo cual, después de la resiliencia y el cuidado tendremos que componer con la empatía, la confianza y la autoestima, etc., tantos representantes significantes de este discurso liberalista propio de la globalización, en menosprecio del inconsciente.

Iremos a ver hacia otro camino, si otros soles pueden acoger nuestras vidas portadoras de estos fragmentos de pensamientos, trozos de dibujos, notas tomadas al vuelo, fotografías, teletrabajo, escuelas digitales, todo este material, todos estos materiales acumulados durante el confinamiento, que haremos hablar en el después. Tal será nuestro trabajo psíquico en el futuro, tal será el vínculo social de mañana (quizás menos degradado que el de ayer).

Podemos resiliar a nuestra manera, aún desconocida, por inventar; rebotar ciertamente, pero también separarnos de lo que ya no conviene, que queda por expresar. Podemos romper la cadena de palabras del discurso que nos ha conducido hacia esta experiencia desoladora y aterradora. Podemos, aturdidos y estupefactos como estamos, prestar atención a las palabras que preferimos para expresar lo que vivimos, nunca es solo una cuestión de vocabulario sino siempre una confesión sobre nuestras intenciones invisibles también ellas, inconscientes. Resiliencia no es el encubrimiento de lo que ya está des-encadenado, que va a ponerse a moverse, a hacer hablar. Resiliencia no será la invitación a desmentir la experiencia vivida enmarcándola con este truco reconociéndole lo verdadero y privándola de ello, «al mismo tiempo». Resilire será más seguramente que resiliencia un punto de paso para nuestro esfuerzo de pensar, un gozne donde se articularán las justas separaciones que tenemos primero que elaborar, que imaginar y luego que elegir. Pues no somos Barbapapás (entiéndalo como le plazca). Somos seres hablantes, conminados a renunciar para inscribir nuestras elecciones futuras, necesariamente en ruptura con el verdadero mundo antiguo. Asunto de consumo de bienes, pero también de palabras y de ideas.

Vincent Bourseul

París, 26 de marzo de 2020.