Prevención del discurso: virus del inconsciente (2020)

Prevención del discurso: virus del inconsciente (2020)

This post is also available in: English (Inglés) Français (Francés) Italiano Português (Portugués, Brasil)

Télécharger l'article en PDF

Prevención del discurso: virus del inconsciente

Publicación en internet, mayo de 2020.

Por haber esperado el momento de dar forma a ciertos textos, escritos desde 2002, para intentar contribuir a esta inmensa obra de la Historia de la pandemia del VIH-Sida, textos que tratan, en particular, sobre el discurso de prevención y los saberes inconscientes, ha sido otra epidemia (la del Covid-19) la que ha decidido su reanudación, para interrogar su interés, saber si pueden apoyar la elaboración actualmente en curso. No es que la experiencia del VIH-Sida nos muestre el camino para la del Covid-19, sino que lo que nos hace la experiencia del VIH-Sida desde hace cuarenta años, a nosotros, seres hablantes, revela y se relaciona con saberes inconscientes —que se escriben y que no se escriben— con los movilizados por esta nueva pandemia.

De ahí a vincular lo que ocurre en una cama donde se aloja un riesgo con los pasillos de un supermercado donde se aloja otro, hay un paso fantasioso que dar, para aislar, en particular, lo que del acto sexual —que se escribe más a menudo en lo real de lo que nuestras teorías piensan en este momento— nos convoca a la tarea del tratamiento analítico, del que podríamos esperar algunas novedades sobre el real del sexo. A la tarea, y no al acto, por lo que nos puede reunir aquí, todos y todas invitados e invitadas en lugar de analizandos y analizandas ante todo.

Las cualidades del tratamiento psíquico, de la elaboración teórica, del pensamiento determinan la aportación de una epidemia a escala colectiva del mismo modo que la fuerza de despertar de la enfermedad puede elevarse a escala individual. De la epidemia del VIH-Sida, ciertas cuestiones delicadas, difíciles de abordar frontalmente, han sido dejadas de lado y continúan siendo desmentidas. Sin embargo, han alimentado el despliegue de fenómenos mórbidos que operan para salvaguardar a sujetos del inconsciente desatendidos de un saldo del que no se desprenden, fenómenos que condicionan las posibilidades de sus determinaciones subjetivas en beneficio de normas identitarias extremas. Porque no olvidemos que la existencia de tratamientos, o incluso la igualdad de derechos, nunca han resuelto las cuestiones reales planteadas por una epidemia a una sociedad humana.

De qué interesarse más allá de las minorías, de las comunidades y, a través de una pandemia, apuntar a la humanidad que afronta una nueva (desconocida).

De qué interpelar a los psicoanalistas sobre el malestar —otra epidemia, otra obra humana— que arriesga la escalada incivil sobre un fondo de accidentes psíquicos y de graves colapsos subjetivos.

De qué quizás evitar que el psicoanálisis y algunos de sus servidores caigan en las obras sociales frente a los peligros, donde las ofertas de servicios florecen como los panes se multiplican. Cuidado con los lobos, cuidado con los pregoneros de bondad que a veces somos, apresuradamente determinados a serlo a falta de saber. Donde la empatía, el voluntariado, el care y la resiliencia forman el caldo nutritivo de bacilos capaces de transformar el malestar en fortaleza.

Minorías acorraladas por la enfermedad han tenido en la historia reciente que arreglárselas con esto, que vivir con ello (expresiones muy comunes de los años 90): ¿Cómo hacer el amor con alguien que podría ser portador del virus? ¿Trabajar con esa persona? ¿Vivir bajo el mismo techo? Preguntas que rebotan de una época a otra. ¿Tendremos que abstenernos, renunciar a nuestros deseos? ¿Será esto vivible, o incluso humanamente tolerable?

Un gran número de estas interrogantes, dejadas en suspenso con el VIH-Sida, cubiertas tan pronto como fue posible ignorarlas, posponerlas un poco (a veces reprimidas, la mayoría de las veces desmentidas), encontrarán trozos de respuestas por las necesidades que plantea el Covid-19. E, inversamente, surgirán otras preguntas inéditas con esta actualidad.

A falta de poder ofrecer de inmediato los desarrollos de un trabajo que aún debe proseguirse, esperado desde hace muchos años, he aquí algunos elementos de referencia y de cuestionamiento que podrían, en el futuro, constituir un programa de trabajo capaz de reunir a quienes, desde dondequiera que se encuentren en su experiencia, quieran dedicar su tiempo y su atención a dejarse pensar por estas incógnitas que pretendemos abordar.

Aceptemos, para ello, la distorsión temporal a la que nos acostumbramos estos días, aplicable a los años 1980-1990-2000…-2020, que parecen bien separadas y a la vez unidas, sin posible confusión, aquí, para pensar en ello y dejarnos pensar por lo que nos sucede. Aceptemos también la confusión de objetos entre estas épocas y las incomparables actualidades que las separan, pero de las que queremos señalar ciertos ecos.

Esta deambulación nos lleva a los siguientes puntos, a los que se añadirán otras preguntas no formuladas en este momento:

 

  1. El discurso de prevención es un discurso de Estado.
  2. El fantasma del goce robado.
  3. El riesgo (revelador de alteridad) y la amenaza (soporte del deseo): figuras del Otro.
  4. El precio de la prevención: el otro.

 

Referencias

A principios de marzo de 2020, pensé inicialmente que la experiencia adquirida con la pandemia del VIH-Sida podría informarnos para la del Covid-19, aún virgen. Dije, un poco rápido: «¡El Covid-19 es un poco El sida para todos!». No hizo reír a mucha gente; era un mal juego de palabras, un witz fallido. Y sobre todo, es falso: un virus no esconde a otro, una epidemia menos aún. Veamos esto más de cerca.

Jacques Leibowitch me habría reprendido amablemente, respondiéndome: 1 – los virus son diferentes, inútil compararlos para compensar en vano nuestra falta de conocimiento sobre ellos; 2 – las epidemias no son obra de los virus, sino una creación de los humanos donde se ilustra su relación con lo real. Habría añadido una pulla bien sentida hacia el psicoanálisis, en particular del lado de Lacan (aunque Leibowitch pudo romper con los lacanianos el siglo pasado, no dejaba de ser realmente sabio y significante, el hombre); y acercándose para murmurar, habría preguntado: «Dime, para decir tus tonterías, ¿le preguntaste al comandante, primero?». El comandante, así llamaba al virus, no para elevarlo al rango de gran Otro, sino para subrayar la función que ocupa en el imaginario, más allá de las «líneas-imaginotas», como calificaba no sin malicia lo que del imaginario esperamos de absorción de lo real.

¿Uno de sus credos? No machacar al intruso-virus, por un lado, ni inflar en exceso las defensas inmunitarias sospechosas de obrar en la inflamación general del organismo puesto en jaque, por otro; la rapidez e intensidad de la respuesta inmunitaria e inflamatoria siendo los problemas mayores a tener a raya, no el nuevo cohabitante. Sin inconsciente, el virus no necesita historia ni lenguaje para operar, a diferencia de nosotros que entramos en pánico illico ante él, o digamos más bien ante el intruso que estamos tentados de hacer objeto demasiado rápido.

Ahora sabemos mejor que la pandemia de Sida comenzó alrededor de 1921 en el sur de Camerún, en las colonias francesas y belgas (la fecha oficial de la epidemia es 1981-1983, según se considere el descubrimiento del síndrome o el del agente infeccioso), cuando un virus, originalmente pasivo, presente en animales de la selva, pudo colonizar la especie humana donde se activó, gracias a las desigualdades sociales (trabajadores precarios), a las medidas sanitarias de la época (el cuidado de los indígenas), a la ceguera del imperialismo político mundial de algunas naciones, para convertirla en una de las epidemias más eficaces, todavía activa en 2020, habiendo causado más de cuarenta millones de víctimas hasta la fecha, la misma cantidad de personas que viven con el VIH actualmente, por solo veinticinco millones de seropositivos/as al VIH tratados/as en todo el mundo (solo la mitad, por lo tanto), a pesar de los avances terapéuticos y los supuestos esfuerzos políticos.

En cuanto al futuro, ya que es lo que nos preocupa mucho hoy, Leibowitch decía que un virus como el VIH, antes pasivo, ahora muy activo, podría volver al camino de un sueño propicio para su cohabitación con los seres humanos. Dentro de trescientos o quinientos años, le gustaba decir, el VIH podría recuperar su calma, a condición de no querer reducirlo a la nada, de «no excitarlo», ni de intentar en exceso ser más fuerte que él: nada de napalm ni de superinmunidad, sobre todo no. ¡Todo menos la guerra! Son la ideología y la política inmunitaria y terapéutica guerreras las que son el objetivo de sus tomas de posición. En su lugar, un just enough que nos puede hacer pensar en el good enough de Winnicott.

Así fue como perfiló la primera estrategia de disminución del esfuerzo terapéutico a principios de los años 2000, donde el virus solo se expone a la dosis justa de medicamento que asegura su reposo (y, en particular, una carga viral indetectable, por lo tanto no contaminante y menos activa). Respondiendo a sus detractores, ya que su discurso siguió siendo difícil de admitir para muchos en la comunidad científica, también solía firmar sus mensajes con un «Venceremos porque éramos los menos fuertes», resumiendo bien su postura lejos de los partidos, lejos de la ideología liberal centrada en el rendimiento, la superación perpetua, el goce garantizado, que desde hace mucho tiempo han infiltrado las ideologías médicas, terapéuticas y sanitarias a nivel global.

 

Solo un discurso

A falta de ser suficientemente dotados/as en inmunología para acercarnos de frente a la cosa infecciosa, sin embargo, tenemos acceso a una producción significativa de la relación que mantenemos con ella: el discurso de prevención, donde el acto y la palabra están comprometidos en una torsión determinada inconscientemente que puede interesar a los psicoanalistas – aunque la mayoría de ellos/as no se han inclinado en absoluto sobre la epidemia de Sida sino por interés patologizante por los particularismos homosexuales, y para verter viejas interpretaciones sobre la muerte y la ordalía salpicadas de goces (muy lejos de lo que el Sida nos hace saber).

En cuarenta años de pandemia de VIH-Sida, los desafíos psíquicos e inconscientes nunca han sido tenidos en cuenta por el discurso de prevención, por sus actores (los preventores), por los poderes públicos. Sin embargo, muchos clínicos/as han dedicado sus trabajos a ello (en todo el mundo), sin encontrar la audiencia merecida: no es la primera vez que el saber inconsciente disponible para conocer es rechazado.

La prevención, muy desarrollada en Francia, que sigue siendo, sin duda, el país que ha editado la mayor variedad de folletos y trípticos informativos del mundo, solo se ha concebido desde el ángulo de una información a transmitir mediante una comunicación adaptada (sencilla, dirigida), apoyada por soportes informativos y encuentros con los preventores, con el objetivo de modificar un comportamiento. El inconsciente no tiene realmente cabida, a priori.

Es también el efecto del éxito de la comunicación, la publicidad y la gestión neoliberal que, desde Propaganda (escrito por Edward Bernays, sobrino de Freud), saben utilizar algunos de los procesos psíquicos conocidos gracias a la exploración del inconsciente, al tiempo que rechazan lo que exige el reconocimiento ético de estos procesos – salvo si se esperan ciertas regresiones pulsionales perversas polimorfas propicias a la compra, la destrucción, la agresión, la posesión, la dominación, todas vividas en modo activo y pasivo.

No vayamos a creer, sin embargo, que el discurso de prevención es de orden privado porque se nutre del liberalismo que tan bien se entiende con las reivindicaciones individuales. Hay que distinguir varias cosas: 1 – el discurso de prevención es, siempre y ante todo, un discurso de Estado; 2 – la prevención es una palabra estructurada por el discurso de prevención que la hace posible.

¿Cómo sabemos esto? Prosaicamente, el Estado encarga y subvenciona los mensajes de prevención, asegura su difusión y controla sus contenidos, este es el primer elemento. Recordemos que nunca ha sido evidente hablar abiertamente, por ejemplo, de preservativos en televisión, o incluso de acto sexual, que han permanecido y aún son tabúes, que ni siquiera la crisis sanitaria de la época ha disuelto. ¿Por qué esta reticencia? ¿Es en nombre de la moral? No lo creo, al menos no fundamentalmente, aunque la moralina se extienda al menos tan bien como la mermelada. En el fondo, es una cuestión estructural, ligada al lenguaje como organización, modelización, articulación determinadas.

El mensaje de prevención articula riesgo y amenaza como dos figuras del Otro. ¿Cómo se desvincularía sin saldo de tal adecuación a las necesidades del lenguaje? Lugar del Otro, la fuente de la prevención en extensión es indiscutible, pero habría que decirla, y luego disputarle la especificidad de la amenaza como precursora de la excitación – pensada como producto, siendo el riesgo inducido.

¿No hemos observado esas cabezas enmascaradas, agachadas, demasiado silenciosas, cruzadas en la acera? Donde unos y otros, unos frente a otros, circulan, con aire avergonzado, la nariz en la barbilla, como si de la prevención de la que se han convertido en autores, no pudieran asumir la parte que corresponde al otro que ha visto al otro que ha visto el virus, y que se abruman por haberse convertido ellos mismos en riesgos encarnados. Ser un riesgo es difícil.

Al protegerse de algo, uno siempre termina protegiéndose de alguien, del otro: el precio de la prevención.

 

Quien dice, quien es

La toma de palabra de los actores de prevención —ya sean autoridades o profesionales— es una toma de poder con valor simbólico, en el sentido de que su iniciativa de decir viene a romper algo de un no-dicho íntimamente compartido. Decir, y más de lo razonable, puesto que se trata de decir más que los demás y para ellos, constituye un acto sospechoso rápidamente juzgado —ciertamente inconscientemente, pero como siempre, se encuentra su rastro en lo dicho.

La iniciativa del agente de prevención juega directamente contra la cuestión del Otro. Esto no deja de hacer temer lo peor a quienes están ahí para escuchar —los otros.

Según una hipótesis, atreverse a ascender a ese lugar constituiría un crimen del que habría que responder. En esta vía, el público, al que se dirige el actor de prevención, le entabla un proceso por goce, por el goce robado en ese fantasma. Porque nada es más sospechoso que permitirse decir tanto sin que esto sea sospechado, de cerca o de lejos, de ser el resultado de hechos vergonzosos o culpables: teoría inconsciente, posibilidad de complotismo.

Que se autorice a decir tanto cuando todos los demás solo observan su reserva sumisa y la experiencia así confesada no tarda en confundir al sospechoso. Es por querer hacerlo caer del lugar que así ambiciona que cada uno se esfuerza por disminuir el alcance de sus palabras y recomendaciones, y por atacar hasta la autenticidad del enfoque individual, incluso privado, de quien trabaja para el discurso de prevención. Porque al sobresalir de esta manera, la fraternidad es traicionada, el goce es robado. No temamos captar toda la violencia que se lee en este movimiento: la relación que los actores de la prevención en materia de salud mantienen con el público al que se dirigen es perfectamente insostenible. ¿Se tiene esto suficientemente en cuenta para pensar la acción pública?

Frustrado, el éxito de estas prácticas de prevención ya no es un objetivo a alcanzar, porque este último ha caído. Contradecir o transgredir los comportamientos preconizados se convierte incluso en un objetivo donde lo identitario, como materia, se hace causa del deseo donde puede confundirse en el inconsciente con el virus (el VIH, y quizás mañana el Covid-19). Entendido que incluso aquellos que hablan —desde el lugar de un saber supuesto— no son ejemplares —se sabe que lo hacen mal y su proyecto es dudoso—, entonces todos pueden conformarse con poco.

Al no ser la ejemplaridad ya una opción, cada uno se afana en su pequeño goce y se conforma con un casi-acuerdo tácito.

 

Desafío

En cuarenta años, la prevención de las transmisiones del VIH-Sida ha visto cómo el discurso que subyace a su estructura se ha adaptado a diversos desafíos, a veces colectivos, a veces individualistas. Donde las nociones de sociedad, comunidades, amor, deseo y goce han sido replanteadas más de lo que ha sido posible constatar y extraer conocimientos.

Esto ha ocurrido porque las limitaciones relacionadas con la prevención de las contaminaciones se han vuelto más o menos insoportables para las personas que, sin embargo, tienen la necesidad de protegerse. Porque las medidas eficaces contra los virus son restrictivas, limitan las libertades, hieren las vidas al mismo tiempo que las aseguran, garantizan una supervivencia a estas vidas: tratar a las personas infectadas, tratar a las que aún no lo están, reducir los tratamientos, medir las cargas virales, intentar influir en la carga viral comunitaria, conceptualizar la precariedad viral de algunos, etc., todas estas son cuestiones que pronto afectarán a toda la población mundial, y ya no solo a minorías pensadas en sus supuestas especificidades.

En este pasado reciente, hay sin duda dos o tres cosas útiles para pensar la situación presente del año 2020 y los siguientes. Y responder, un poco, a inmensas cuestiones éticas, morales, técnicas. Para tratar los riesgos, las amenazas, la desigualdad viral, el deseo, el care, los goces, la desconfianza contra la prevención, el A/otro, las escalas de riesgos, el fantasma, la geolocalización (tracking), la exhibición pública del estado serológico, el discurso de prevención/discurso de Estado, el coste subjetivo de protegerse, los imaginarios, las comunicaciones dirigidas a poblaciones objetivo, la imposible comprensión entre el preventor y su público, el estatus imaginario de las personas seropositivas, la jerarquización de los comportamientos confundidos con los riesgos en nombre de principios morales, sin olvidar las discriminaciones y la puesta en peligro de las minorías y los precarios, o también, por supuesto, el desafío principal del acceso a las pruebas y al material de prevención, etc.

 

El vengador enmascarado

¿Una mascarilla para las sesiones con los pacientes, los analizandos?

En los últimos días, la cuestión agita, saca a la superficie a la vez algunos argumentos y algunos trozos de fantasma, de miedos, de principios morales, etc. Muchas cosas se dicen: «Jamás llevaré mascarilla para hablar con otro, la palabra exige»; «Un niño tendrá miedo»; «Tal especificidad de tal persona no permite observar esta medida». O, a la inversa, que no es más que el mismo contenido en la otra vertiente, o casi: «Sin mascarilla el paciente no podrá entrar en la consulta, me protejo». La cuestión no es saber si una u otra de estas argucias es válida o justificada. Todas solo sirven para concluir una transacción cuya negociación se lleva a cabo en otro lugar, en otro plano.

Sin matices, intento una pregunta: ¿era faltar al respeto al otro consentir, o insistir, o hacer pasar al otro la posibilidad material de protegerse, de cuidarse, cuando era (y/o es todavía) posible, incluso indispensable o deseable, tener relaciones sexuales con un preservativo?

O, otra pregunta, sin matices. ¿No era ya afrontar una dificultad de un nuevo género? La tentación de la relación que existe en una cierta dimensión autoriza a discutir las conveniencias de la realidad (otra dimensión), que a veces es más que urgente para el sujeto que habla afirmar, apoyar su discurso para atar simbólicamente justificaciones que se han convertido en los hilos blancos de un diámetro demasiado grande.

La relación sexual que existe en el umbral de la posible contaminación causa la confusión del sentido, un tanto fluctuante en estos tiempos, que las decisiones tendrían que estabilizar en nombre de pequeñas certezas temporales, armas de un discurso, el discurso de prevención, que, a escala individual, oscurece la posibilidad de mantener abierto el acceso al inconsciente: previene el discurso psicoanalítico como las fuerzas del orden interpelan al futuro imputado para la Justicia.

El goce robado, es primero el goce que podría ser robado, es primero un fantasma, aunque el goce efectivamente no se produzca, no se sienta: faltante por negatividad, no por retirada. Fundador, este fantasma encierra los argumentos invisibles de un atraco a la Casa de papel, donde la resistencia al orden público figura el heroísmo de un deseo presentado como liberador, allí donde lo íntimo más extremo se nutre de deseos incestuosos inconscientes, por ejemplo. La piratería no es solo romántica, o justificada, es realmente heroica. Como la pulsión, se libera de los obstáculos.

Que el Otro, por medio de un virus que se convierte en causa, pueda relanzar tan eficazmente el Falo, es una condición que la epidemia cumple. Y aquí volvemos a ese tiempo en que otros expresaron la imperiosidad de una intimidad extrema capaz de organizar las representaciones, las articulaciones lógicas, la realidad donde el amor se dispensa (en todos los sentidos de la expresión).

El discurso de prevención, gubernamental o individual, cuando es asumido por un sujeto, libera al inconsciente, como un Zorro, los restos de frustraciones, de privaciones causadas por la justa distancia entre las generaciones que protegen del incesto, del deseo incestuoso. La prevención del discurso —efecto del discurso de prevención que se instala y se extiende dentro de uno mismo cuando es absorbido— es un virus para el inconsciente freudiano, un pequeño caballo de Troya que angustia, enloquece, atiza todos los contenciosos preedípicos disponibles, para constituir el centro de las dudas, de las contradicciones perpetuas que no tenemos más que resolver hoy que ayer, sino más bien conducir hacia otras articulaciones discursivas: ¿hacia el discurso psicoanalítico, de nuevo? Aquel del que no podemos prevenirnos, ni a nosotros mismos, ni al A/otro.

 

Todo esto para esto, me dirán. Sí, esperar todo este tiempo, casi veinticinco años, para ver unirse dos minúsculos trozos de pensamientos dispares, es largo en apariencia. Ni siquiera es una distancia al inconsciente, es el efecto de la ausencia de un principio de continuidad. En lugar de ello, la extensión y sus aires de separación. «Puede que la espacialidad sea la proyección de la extensión del aparato psíquico. Probablemente ninguna otra derivación. En lugar de las condiciones a priori del aparato psíquico según Kant. La psique es extensa, no sabe nada

Soy pensado, entonces.

 

Recursos

Estas diversas cuestiones que he encontrado desde 1994, apenas introducidas aquí, han sido objeto de algunas publicaciones desde 2012, a partir de las cuestiones de género planteadas por la sexualidad gay, llegando hasta las consecuencias identitarias, para interrogar el discurso de prevención y los saberes inconscientes, y describir los procesos de exclusión, elección, radicalización, reificación asociados. A continuación, se presentan tres de ellas, con los enlaces de descarga.

 

  • 2012 – H. I. y V. o las cartas de amor (revista Cahiers de psychologie clinique). La epidemia de Sida pone a prueba duramente las leyes del amor y del deseo. Contaminados o no, quienes se aman no escapan al efecto de perturbación imaginaria que el virus H.I.V. comete. La experiencia clínica nos enseña que el riesgo sexual da testimonio más de la adaptación psíquica del sujeto en beneficio del deseo que de su capitulación ante las fuerzas de la pulsión de muerte. Con Lacan y Freud, podemos desentrañar algunos elementos de los procesos psíquicos de la angustia, capaces de iluminar el curso del fantasma y del amor en un esfuerzo siempre renovado por trabajar en la trama que los soporta.
  • 2014 – género gay y sufrimiento identitario: el fenómeno slam (revista Nouvelle revue de psychosociologie). El slam –consumo de drogas por vía intravenosa en un contexto sexual– ha aparecido en la comunidad gay. Los manifiestos desafíos identitarios asociados a esta nueva práctica sexual y de consumo de drogas invitan a pensar la experiencia clínica desde un enfoque de género. El artículo propone observar e interrogar el sufrimiento identitario y sus determinantes sociales, inconscientes, políticos e históricos gracias a lo que el autor define como «género gay». Al límite de las necesidades individuales de la construcción de la identidad se oponen los desafíos colectivos de la comunidad, haciendo que a veces el individuo pague el alto precio de una conquista identitaria.
  • 2015 – Cuidarse, contra viento y marea: versión del care (revista Raison-Publique). Sobre los efectos deletéreos e inesperados de los discursos de prevención y médicos que buscan que una población se cuide. En una comunidad donde la atención al riesgo de contaminación ha sido llevada al máximo –la comunidad gay frente al Sida–, han surgido contradicciones a lo largo de la historia de la epidemia, tanto en los discursos como en las consecuencias de estos.

 

Vincent Bourseul

Editor: Vincent Simon (simonvincent006@gmail.com)