Actualidad del “roc” freudiano: el primer hombre embarazado (2014)

Actualidad del “roc” freudiano: el primer hombre embarazado (2014)

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Actualidad del «roc» freudiano: el «primer hombre embarazado»

Vincent Bourseul, Laurie Laufer

Ágora, 2016, p. 9-20.

FRANCÉS

A partir de la recepción, por parte del público y los medios, de la aventura de Thomas Beatie, el «primer hombre embarazado1», se nos invita a revisar algunas interrogaciones freudianas sobre el «factor2» de la diferencia sexual, y las dificultades encontradas por el análisis en el punto de tope del «roc» (roca) identificado por Freud. Detectamos en la manera en que se acoge el caso de Thomas Beatie un posible eco con el «rechazo de lo femenino», en particular en la fabricación de la expresión «hombre embarazado», escrita en francés sin la «e» final femenina. Conjuntamente, el «roc» se revela en su función de bisagra entre la reactualización de los conflictos psíquicos pasados y sus tratamientos, y la apertura ética promovida por Freud de un posicionamiento del sujeto frente a esta experiencia de la diferencia sexual, hecha accesible por el análisis en el lugar mismo de este impase en forma de apertura.

PORTUGUÉS

A partir de la recepción, por el público y los medios, de la aventura de Thomas Beatie, el «primer hombre incluido», se nos insta a revisar ciertos cuestionamientos freudianos sobre el «factor» de la diferencia sexual y las dificultades encontradas por el análisis en el punto de tropiezo de la «piedra» identificada por Freud. La originalidad de la situación de Thomas Beatie impulsa (envía un recuerdo) el interrogatorio sobre las posibilidades de arreglos psíquicos (desarrollos) de la diferencia sexual y el modo en que el proceso analítico viene a ponerlos a prueba como resistencias. Revelamos en el modo en que el caso de Thomas Beatie es acogido un posible eco con el «rechazo de lo femenino», en particular en la fabricación de la expresión «el hombre incluso», escrita sin «e». Conjuntamente, la «piedra» se muestra a sí misma en su función de bisagra entre la actualización de los conflictos psíquicos pasados y sus tratamientos (procesos) y la apertura ética promovida por Freud de un posicionamiento del sujeto frente a esta experiencia de la diferencia sexual, hecha accesible por el análisis en el lugar de este callejón sin salida en forma de apertura. El «primer hombre incluido» muestra eventos actuales de las potencialidades de la «piedra» freudiana que podemos, con él, releer (revisar) como ningún límite del análisis, así como punto de apoyo del análisis.

El «hombre embarazado» de ayer y de hoy

En 2008, el periódico estadounidense The Advocate1, al igual que numerosos medios de comunicación en todo el mundo, nos informaba en su edición del 14 de marzo sobre el próximo nacimiento de un niño cuya madre era un hombre. El «primer hombre embarazado», se dijo a propósito de Thomas Beatie, este transexual estadounidense que entonces tenía 34 años. Sin embargo, no era el primer hombre en haber dado a luz, en haber engendrado o procreado como hombre; otros se encontraron en esa situación antes que él. Otros hombres transexuales que dan cuerpo a lo que hasta entonces solo existía como mito. El mito más célebre de ellos es, sin duda, el de Adán, a quien Dios comienza por retirarle una costilla para transformarla en Eva; así es, al menos, hasta el siglo XVI, cuando se hará salir a Eva del cuerpo de Adán sin pasar por la extracción de una costilla. Pero Adán no es el único en este caso; Roberto Zaperri, escritor e historiador que dedicó en 1979 un estudio muy interesante a esta cuestión, señala la presencia del mito de El hombre embarazado (Zaperri, 1979) en la tradición cristiana, en las Mil y una noches y en la Antigüedad, para detenerse también en los dos matrimonios del emperador Nerón, quien habría quedado embarazado de uno de sus amantes. Su análisis es especialmente instructivo cuando pone de manifiesto el carácter político de estas variaciones en torno al «hombre embarazado», que desde su punto de vista se dividen en dos grandes categorías de oposición: la primera es la de la superioridad del hombre sobre la mujer; la segunda corresponde a la autoridad del señor o del hombre de iglesia sobre su campesino o su fiel. Una de las cosas que hay que dominar aparece bajo la oposición entre horizontalidad y verticalidad. En efecto, en la mayoría de estas leyendas, la amenaza de un embarazo del hombre habría tenido como objetivo hacer respetar la necesaria superioridad del hombre sobre la mujer con ocasión del coito, especialmente.

Esta verticalidad resuena, por lo demás, con lo que Thomas Laqueur nos enseña en La construcción del sexo (Laqueur, 1992) a propósito de esa época no tan lejana en la que solo había un sexo, un sexo que no se designaba más por ser macho, puesto que era el único y no tenía necesidad de tal distinción. Esto se organizaba también en una relación vertical donde los órganos observados en la mujer, versión disminuida o complementaria del sexo del hombre según las épocas, se situaban por debajo. Hubo que esperar al siglo XVIII para que apareciera el sexo femenino, aparición que Laqueur nos insta a comprender como una operación de reafirmación masculina. Pues al dar una existencia específica a los órganos de las mujeres, son precisamente los de los hombres los que continúan, desde entonces, asegurando su superioridad, en una época en la que se temía que el conocimiento sexual fuera capaz de cuestionar la hegemonía masculina. Desde entonces, se dice que hay dos sexos, pero ¿por cuánto tiempo más?

Pero entonces, ¿por qué dijimos que era el primero, refiriéndonos a Thomas Beatie? ¿Y por qué dijimos «embarazado» (en masculino) y no «embarazada»? ¿Qué puede enseñarnos esta formulación sobre lo que la historia de Thomas Beatie produce o revela en términos de saberes sexuales y sus efectos? ¿Lleva el cuerpo-trans la marca del «rechazo de lo femenino», o no es más bien en los efectos del cuerpo-trans, tal como es recibido y vivido por los otros cuerpos, donde se manifiesta este «rechazo»? Es posible que la historia de Thomas Beatie haga resonar en cada uno de nosotros los recuerdos enterrados de la experiencia de la diferencia sexual, de la cual el «rechazo de lo femenino» testimonia una forma de resolución, y sobre la cual Thomas Beatie cuestionaría en cada uno de nosotros la posibilidad de otra «solución», otra vía posible a la experiencia del «roc».

Thomas Beatie, «embarazado» sin «e»

Thomas Beatie es un hombre (FtM) estadounidense nacido en 1974 en Hawái, bajo el nombre de Tracy (Beatie, 2008). Se convirtió en hombre tras un tratamiento hormonal y una mastectomía. Sin embargo, no recurrió a una «reasignación sexual quirúrgica», como una faloplastia o una metoidioplastia; por consiguiente, conservó sus órganos reproductores: su útero y sus ovarios. Casado con su esposa Nancy, Thomas se embarcó en un procedimiento de procreación médicamente asistida. La pareja deseaba tener hijos desde el inicio de su historia, pero Nancy es estéril. Thomas Beatie dio a luz por «vía natural» a un primer hijo el 29 de junio de 2008, seguido de otros dos hijos, el 9 de junio de 2009 y el último nacido el 25 de julio de 2010. Su historia y la de su familia fueron ampliamente difundidas por los medios de comunicación de todo el mundo, especialmente por iniciativa de Thomas, que deseaba dar a conocer su aventura. Se publicó un libro donde relata su trayectoria (Beatie, 2008), y decenas de reportajes y documentales han retratado a esta familia, en principio atípica, pero que se revela poco a poco como muy ordinaria. En efecto, es interesante notar en estos archivos audiovisuales hasta qué punto el imaginario propuesto por Thomas y su familia es el de una familia estadounidense corriente. Todos los observadores coinciden en que la voluntad de dar una imagen de normalidad está, con motivo de la mediatización de su historia, en el centro de las preocupaciones de Thomas.

«El primer hombre embarazado», se ha dicho a propósito del Sr. Thomas Beatie y de otros que lo fueron antes que él, y desde entonces, olvidando un poco rápido que Thomas Beatie propuso otra formulación ni escuchada ni retenida, al presentarse como

«marido embarazado». Y esto es algo que debemos tener presente para lo que sigue. Observemos esto: «hombre» se escribe con minúscula, «embarazado» concuerda con el género gramatical masculino del sustantivo «hombre» al que califica. Al leerlo y decirlo, este enunciado parece dar cuerpo y sentido a una realidad poco habitual, considerada incluso imposible.

Al formular, sin duda demasiado rápido, «el primer hombre embarazado», el enunciado aplasta y camufla lo que salía a la luz en un desvelamiento brutal, un desvelamiento de lo sexual; es un auxilio de fortuna, pero no por ello menos eficaz. Trata mediante una formalización simbólica lo que del Real, del real del sexo, se encuentra al mismo tiempo recubierto, o tal vez desmentido. Porque, después de todo, ¿por qué no diríamos

«el primer hombre embarazada»? ¿Por qué esta concordancia gramatical, al género masculino, tan rápida, tan fácilmente consentida? ¿Celebra el enunciado un punto de verdad de la historia de Thomas Beatie, respetando lo que allí se consideraría su identidad sexual, a saber, que es un hombre y que, por consiguiente, conviene masculinizar o desfeminizar el recinto del cuerpo desde donde habla? ¿Se articula la supresión de la «e» (femenina en francés) a la forma correcta de decir según las conveniencias, para ir en el sentido de su proceso personal? ¿O bien esta operación de concordancia realiza algo más?

Planteamos la hipótesis de que esta reescritura del embarazo sin la «e» —en relación con su uso corriente en francés— es una desfeminización del término que tiende a mantener al hombre con minúscula en su justo lugar en el discurso, y lo que parece sobrevivir de un

«orden simbólico». Al renovar la ortografía, se piensa en el hombre que precede en el enunciado; es a él a quien uno se ajusta al concordar el calificativo con el nombre al que se refiere. No es seguro en absoluto que en esta formulación se dé cuenta, por una parte, de la verdad que Thomas Beatie encarna, y que merece ser señalada por una gramática menos normativa y ortografías más floridas. Una verdad que nos llega, nos re-llega y que nos enseña, nos devuelve bajo una forma, bajo una nueva figura del parentesco, algo previamente perdido o abandonado. Una verdad-retoño que no es solo una represión, que tal vez marca la exclusión desde fuera de un saber insoportable por dentro, inquietante o loco. ¿No se diría que un «hombre embarazada, ¡es alucinante!»?

Pero, ¿escuchamos esa «e» que retorna, o que se nos aparece, cuando

«el embarazado» concuerda con el hombre como si fuera asunto suyo desde siempre, como si fuera evidente de repente que el hombre gesta al niño y lo alumbra, ¿como si nada? Es sorprendente, y existe el riesgo de tirar al niño con el agua del baño al ajustarse demasiado rápido al hombre de la gramática y a sus reglas. Este hombre capaz de embarazo se parece engañosamente a una construcción teórica infantil capaz de garantizar un estado de indistinción sexual, que la experiencia de la diferencia sexual viene a demoler, dejando aparecer los efectos de la bisexualidad psíquica. Y bien mirado, estar «embarazada» no es tan sencillo etimológicamente hablando. Viene del verbo «embarazar», que se relaciona con impedir o rodear. Estar «encinta» (enceinte en francés) significaría estar rodeada por algo. Por tanto, es más bien el feto el que merece ser llamado «rodeado», pues él está rodeado por la placenta, el vientre de la madre, etc. Pero también decimos «quedarse embarazada» —como enamorarse o enfermar—, lo cual se aproxima más al hecho de haberse convertido en «un recinto» (enceinte) por el embarazo, un recinto que acoge al feto.

La expresión corriente ha rechazado literalmente el artículo definido «una» para dar

«estar embarazada» a secas. Este puede ser el retoño de la verdad que acabamos de mencionar anteriormente. «Estar embarazada» o «ser un recinto» debido al estado fisiológico de la gestación parece depender de la posibilidad del embarazo en primer lugar, y menos directamente de lo que la expresión corriente y su concordancia gramatical dejan entender: a saber, que sería un asunto de mujeres, cuando es un asunto de embarazo. Si el uso corriente ha realizado esta concordancia, no es sin fundamentos ni intereses. Es que, sin duda, hubo que hacer encajar el embarazo con la mujer, hacer encajar a la mujer con la posibilidad del embarazo, hacer encajar a la mujer frente al hombre, aunque fuera engañando a la gramática, ella misma convertida en cómplice de un sutil juego de manos con fines inconscientes. Es que un orden debe mantenerse, podríamos decir, un orden simbólico, aunque pueda ser imaginario. Ajustarse al hombre demasiado rápido puede hacernos perder de vista que el recinto es primero un lugar, un lugar del cuerpo, mucho antes y mucho después de ser un calificativo o un estado.

El lenguaje nos permite, pues, reducir la cosa, el lugar del recinto a un estado, una calidad, intentando acallar al mismo tiempo lo impensable del embarazo para hacerlo pasar por algo pasajero, que no dura —como el amor o la enfermedad, por lo demás—. Con un hombre embarazado se prolonga el arreglo estructural y lingüístico de la mujer en el discurso, y es el cuerpo en hueco, lo imposible e impensable de la mujer, el real del sexo lo que continúa siendo rechazado sin que sea posible deshacerse de ello del todo, puesto que nos retorna o persiste hasta en las letras pequeñas. El embarazo es una ocasión para hacer encajar un lugar impensable con un enigma que no lo es menos, y proporcionar sin duda un pequeño confort mediante la ilusión de un dominio, de una organización.

El subterfugio lingüístico del «recinto» que acabamos de recorrer se presenta bajo esta luz como un vestigio, un lugar de celebración paralelo al lugar del cuerpo de la mujer santificado. El enunciado «el primer hombre embarazado» lleva entonces la marca de esta operación inconsciente de marginación, de ocultación de una verdad molesta, un «rechazo de lo femenino». Testimonia en su corazón esa sutura dejada por la verdad rechazada. Pero, ¿cuál es? Planteemos otra hipótesis. La «e» deshecha lleva en sí el rastro de un deseo contrariado que se puede considerar en la siguiente traducción: «Ser una madre como un Hombre», con un hombre con mayúscula, como ilustración posible de una fantasía articulada al «rechazo de lo femenino». Lo cual corresponde bien al proyecto de hijo de Thomas Beatie, que es un proyecto de padre, hombre y marido. Su objetivo parece ser construir una familia totalmente diferente a la suya. Sin duda, no habría podido conocer este desarrollo si no hubiera conocido a Nancy, de quien se enamoró y a quien hizo «donación de gestación», a ella y a su familia.

«Ser una madre como un Hombre» es, entre otras cosas, ser una madre como «buen padre de familia», según la expresión consagrada.

En la mediatización de esta historia, la cuestión del género se revela socialmente encarnada; se trata de los roles parentales tradicionales que finalmente se ponen en valor, lejos del sexo, que queda relegado al cuerpo o a lo que se considera de la anatomía y sus funciones naturales; se evita un cierto trastorno. Y el deseo de normalidad del proyecto de Thomas y Nancy ha alentado perfectamente esta lectura de los acontecimientos, pues en el fondo, si el conjunto de los medios1 cubrió con gran benevolencia su situación, es sin duda porque los valores familiares y el escenario, como hemos dicho, de una América serena consigo misma se preservaron, y a través de estos elementos, una paz relativa sobre las cuestiones sexuales de fondo que pudieron permanecer no dichas e inconscientes. Nancy amamantó a los niños, Thomas «dio a luz como

marido» y no como hombre, sino como hombre responsable de familia. ¿No es acaso lo que Thomas dice de sí mismo cuando se expresa diciendo: «marido embarazado», «Mi nombre es Thomas Beatie y tengo una familia», «Dar a luz como marido»,

«my own surrogate»… He aquí lo que normaliza a la familia, a los padres y a los hijos. Thomas Beatie, como transexual, representa un trastorno en el género, pero como hombre embarazado sin «e», parece mucho menos perturbador con la ayuda de la lengua, de nuestras concordancias gramaticales y del auxilio del derecho y de la Ley. Sin esa «e», lo «femenino» problemático es dominado para asegurar la calma necesaria al aparato psíquico.

¿El «rechazo de lo femenino»?

Retomemos las cuestiones planteadas a partir del caso Thomas Beatie, y especialmente esta muy representativa: ¿es el cuerpo-trans la marca del «rechazo de lo femenino»? ¿O es, como hemos sugerido, el efecto del cuerpo-trans en su recepción lo que puede suscitar una reacción en relación con este «rechazo de lo femenino», dando lugar, por ejemplo, a la ablación de la «e» como forma de protección?

¿Qué es el «rechazo de lo femenino»? Freud formuló el «rechazo de lo femenino» en 1937, al final de su vida, en el artículo Análisis terminable e interminable (Freud, 1937). Freud traduce aquí lo que también denomina el «roc de origen» contra el cual encallan todos los esfuerzos terapéuticos. Observemos que esta propuesta constituye un efecto a posteriori teórico, como señala Jacqueline Schaeffer (Schaeffer, 1997), efecto a posteriori donde Freud posiciona la fuerza de la pulsión —en su dimensión cuantitativa— como problema «originario» responsable de este combate con el yo. Al hacerlo, precisa y articula después su reflexión para trasladar, en cierto modo, esta dualidad combativa a la histórica bisexualidad psíquica de los seres, bisexualidad que es sede de tensiones internas originarias también allí. De esta reflexión, Freud traduce el «rechazo de lo femenino» como ejemplar de la reacción de los seres sexuados ante un cierto «factor», y Schaeffer tiene razón al señalar que no es tanto el «rechazo de lo femenino» lo que plantea el problema, sino lo «femenino» mismo. Este artículo es, pues, la ocasión para Freud de volver sobre una consideración renovada de su enfoque, a partir de la bisexualidad psíquica de los dos sexos y del rechazo de lo femenino en ambos sexos, para avanzar sobre los obstáculos encontrados en la prosecución del análisis.

Veamos el texto en algunos detalles. Freud nos remite, según nuestra lectura, a un punto ligado a los efectos de la pulsion sobre la edificación del cuerpo como producción psíquica. Cuando escribe: «La fuerza pulsional constitucional y la modificación desfavorable del yo adquirida en la lucha defensiva, en el sentido de una dislocación y de una restricción, son los factores que son desfavorables a la acción del análisis y pueden prolongar su duración en una imposible conclusión. […] la pregunta que debería plantearse es: qué obstáculos se encuentran en el camino de la curación analítica.» (Freud, 1937). Sitúa la posibilidad de una dificultad del proceso terapéutico en el lugar mismo de la constitución del psiquismo. Es, pues, de origen, que los elementos que constituyen obstáculos son conocidos, aunque la represión originaria diluya su rastro, aunque reaparezcan bajo los rasgos de un «roc» encontrado en el curso de la cura, cuando en el fondo es redescubierto. Lo que nos anima a señalar en el texto freudiano cómo este «roc» que el análisis reactiva a su manera, se edifica sobre los vestigios de una construcción psíquica sin equivalente. Esto nos permite subrayar que, si bien el Psicoanálisis no persigue un objetivo predeterminado a alcanzar, no deja de perseguir ciertos fines.

Más adelante considera la transferencia negativa, el domamiento necesario de la reivindicación pulsional… Y de paso interroga el fin, no del término sino del objetivo, del análisis: «¿No reivindica nuestra teoría precisamente la instauración de un estado que nunca está presente espontáneamente en el yo y cuya creación original constituye la diferencia esencial entre el hombre analizado y el que no lo está?» (Freud, 1937). Es que el análisis, en esta vía, apunta al establecimiento de «nuevos diques», de nuevas represiones capaces de reducir la influencia pulsional mediante la «corrección a posteriori del proceso de represión originaria, la cual pone fin a la potencia excesiva del factor cuantitativo […]» (Freud, 1937). Desgraciadamente, los resultados parecen a menudo parciales a ojos de Freud, y poco a poco emerge la idea de otros motivos que serían responsables de estas faltas o de estos inaccesibles éxitos terapéuticos. Desarrolla después el dualismo pulsional donde la tensión, el combate y la rivalidad aparecen como cualidades que emergen desde el factor cuantitativo. Freud postula de nuevo, y a imagen de la pulsión de muerte acoplada a la pulsión de vida, la posibilidad de un conflicto de orientación de la fuerza pulsional según vías de liquidación concurrentes. Se apoya entonces en la cuestión de la bisexualidad constitutiva y de la heterosexualidad vivida —como elección de objeto— que no pueden cohabitar en un mismo individuo sin crear una tensión interna. Alentado por la conferencia de Ferenczi de 1928 sobre El fin de los análisis (Ferenczi, 1928), Freud escribe: «Es incuestionable que los analistas no han alcanzado completamente, en su propia personalidad, el grado de normalidad psíquica al que quieren hacer acceder a sus pacientes.» (Freud, 1937). Al afirmar esto, Freud deja entender que los obstáculos al análisis son inherentes al Psicoanálisis y que los propios psicoanalistas son uno de los lugares de esta resistencia. Se anuncian aquí, a nuestro juicio, las primicias del futuro desarrollo sobre el roc.

En la última parte del desarrollo del artículo, Freud avanza sobre la bisexualidad psíquica y el «rechazo de lo femenino» en ambos sexos, y concluye: «No puede ser de otra manera, pues para lo psíquico lo biológico desempeña verdaderamente el papel del roc de origen subyacente. El rechazo de la feminidad no puede ser evidentemente otra cosa que un hecho biológico, una parte de ese gran enigma de la sexualidad. Decir si y cuándo hemos logrado en una cura analítica dominar este factor será difícil. Nos consolamos con la certeza de que hemos proporcionado al analizado todo incentivo posible para revisar y modificar su posición respecto a este factor.» (Freud, 1937). Este pasaje atrae toda nuestra atención, y es a partir de su lectura e interpretación que intentamos proponer una visión de este «rechazo de lo femenino» a la luz del caso de Thomas Beatie, que representa tal vez una

«solución» al «roc». La conclusión del artículo es sorprendente, pues es a la vez el reconocimiento de una imposibilidad del trabajo analítico para conducir al analizado más allá de un cierto punto, y al mismo tiempo la recomendación de que el análisis esté en condiciones de ofrecer al analizado la posibilidad de lograrlo y de situarse allí en su propio nombre. ¿Encarna Thomas Beatie, mediante sus arreglos singulares, una superación en acto del «roc»? ¿O confirma, por los efectos suscitados en los demás, el punto de tope?

¿Puede entonces este «roc» ser considerado como un callejón sin salida que otorga al análisis su infinitud? ¿No debemos considerar que el «roc» es, a la vez, ciertamente insuperable y sin embargo sobrepasable? Es, en efecto, la marca de un inaccesible del sujeto, cuyas coordenadas de su agenciamiento histórico pueden escucharse mediante el análisis, hasta el punto de permitir al propio paciente considerar un posible cambio de posición respecto a este factor y disponer de un nuevo grado de libertad relativo por sí mismo y, en cierto modo, disponer de ello relativamente.

¿No es esta una definición posible de los fines de un Psicoanálisis? El «roc» puede igualmente ser percibido aquí como el retoño último de lo inanalizable del sujeto —el ombligo final—, en torno al cual o a partir del cual se activa su deseo de verdad, su deseo y la capacidad de reapertura del proceso de elaboración. ¿No es acaso, al término del trabajo analítico tal como lo piensa Freud aquí, el retorno al rastro del primer apoyo sobre ese movimiento primero que, instaurando la represión originaria, permitió, a partir del cuerpo y mediante el lenguaje, la emergencia del sujeto? ¿No es el «roc» en esta vía el afloramiento de ese imposible retorno, perceptible solo por una u otra de sus concreciones, o por uno de sus bordes? ¿No es a esto a lo que Thomas Beatie hace eco en lo que representa, como una suerte de compilación de lo que antaño fue distinguido y separado? ¿No viene el «cuerpo-trans» a dar una forma y una representación «real» a estas cuestiones ordinariamente más oscuras y sin cuerpo? Estimamos que este «cuerpo-trans» es una nueva presencia de cuestiones mantenidas habitualmente en reserva, sin formas y sin figuras, que nuestra modernidad hace visibles.

Pero entonces, ¿por qué hablar de lo «femenino»? ¿Por qué este retorno toma forma aquí bajo el sello de la diferencia sexual en particular, con lo femenino por bandera? ¿De qué femenino habla Freud aquí? ¿Tal vez se trate aquí de identificar la necesidad primera para el sujeto en ciernes de elevarse desde el cuerpo hospitalario que acoge su emergencia (el suyo propio y confundido con la madre en función), en su interior mediante la pulsión y los órganos, y en su superficie mediante el lenguaje y la imagen del cuerpo?

¿No remitiría lo femenino aquí al hecho de que, en los albores de la vida, todo ser está marcado por la bisexualidad psíquica originaria, pero que, además, ocupa esa posición fundamentalmente femenina que le permite asumir una pasividad que es la condición de la constitución del sujeto? El femenino del que hablamos no podría, evidentemente, restringirse a la «feminidad» genital. Podemos pensar aquí en el trabajo realizado por el yo naciente, «de introyección de los movimientos pulsionales intensos pero hechos tolerables por el lugar que ocupan en la relación primitiva.» (Roussillon, Schaeffer, 1997). Es un femenino matricial, el del cuerpo de los órganos donde la pulsión se despierta, el que sería rechazado en virtud del periodo originario que representa para cada ser, rechazado por los efectos del análisis cuando el análisis remite al analizado a este punto de su historia personal psíquica, y que no puede sino suscitar en él el rechazo de no poder ser reconocido por él, sin invitarle a desprenderse de ello, a desviar la mirada y a rechazar lo que ya en el pasado se constituyó por negación: Verdrangung, Verneinung, Verleugnung… (Rabinovitch, 2000). ¿No es a su manera lo que Thomas Beatie encarna bajo la forma de un retorno casi alucinatorio, obligando a reaccionar para circunscribir el conflicto psíquico que suscita, para situar la posibilidad del embarazo fuera del hombre o constreñirlo a ello «por la fuerza» y hacerlo pasar por una «actualidad del pasado»? El «rechazo de lo femenino» provocado —y parcialmente encarnado— por Thomas Beatie sería entonces una repetición, o un eco de un movimiento de rechazo-negación fundador. Thomas Beatie representa esta «feminidad» en la paradoja de ser madre como un Hombre. Es aquí donde se activa el «rechazo», en el punto del «roc» sublimado, superado y renovado por Thomas Beatie, como si conocer su historia hiciera vivir una experiencia cuyos efectos se aproximan a los del «roc» como efecto del análisis.

Distinguimos, pues, el «roc» biológico y la «feminidad» que se le refiere bajo la pluma de Freud. No es la totalidad de lo «femenino», aunque haga resonar sus huellas psíquicas en una actualización que interesa a la cura, pero que se manifiesta también fuera de ella. La recuperación por parte de Freud de la bisexualidad psíquica constituyente como argumento se acompaña de la constatación de que no puede ser de otra manera. Así puede pensarse que lo «femenino» rechazado se deja oír fundamentalmente en la letra

«e» muda (en francés), símbolo del silencio arrojado sobre esta bisexualidad psíquica problemática e insistente.

Más que un punto de tope que impide avanzar para ir más lejos en el análisis, el «roc» es aquí una suerte de punto de llegada, o un punto decisivo del análisis, revelador en todo caso de una cierta progresión del trabajo realizado. Cuando el análisis se lleva hasta allí, ¿no entramos en esos territorios donde las palabras se pierden a veces por no poder ya salir de un cuerpo ante el cual desfallecen? ¿No nos vemos entonces obligados a un trabajo de rememoración que, acogiendo el retorno de movimientos que datan de un tiempo anterior al lenguaje, pregenital, les daría figuras humanas? ¿No tiene entonces el psiquismo la tarea de hacer, en la medida de lo posible, que acceda al lenguaje ese fuero interno donde toca el cuerpo del que se origina? ¿No es el «rechazo de lo femenino» el testigo de una historia sin palabras que, al ser convocada en el presente analítico, atrapa al analizado y lo condena a rechazar lo que, sin embargo, originariamente se realizó para hacerlo existir, pero cuya posibilidad de retorno hace estremecer? Es que su «originaria» cualidad obliga al sujeto a repetir su rechazo sin siquiera poder recordarlo, puesto que de esa represión (originaria), no se espera ningún retorno habitual. ¿No es esto lo que se produce en

la ablación de la «e» de «l’enceinte» (embarazada), maniobra eficaz pero ni definitiva ni completa, tal como Thomas Beatie viene a recordarnos? Thomas Beatie se encuentra realizando el

«roc», desviándolo parcialmente, haciéndolo superable en su efectividad biológica y reactualizando su carácter insuperable, puesto que genera arreglos lingüísticos que tienden a circunscribirlo de nuevo. Demuestra de paso que nada de las transformaciones técnicas y corporales exonera a nadie de los procesos psíquicos inconscientes necesarios para su integración psíquica. Si sus leyes no se transforman tanto como se actualizan, esto nos ofrece, a pesar de todo, nuevas perspectivas terapéuticas en el presente de sus actualidades psíquicas.

 

Para concluir

Freud escribe al final de su conclusión: «modificar su posición respecto a este factor». Ciertamente no hay esperanza de eliminar el factor, pero las producciones psíquicas que han resultado de él pueden hoy, al final del análisis, ser reconsideradas; un espacio se abre. Este factor que pone de manifiesto que la diferencia sexual sostiene y permite la emergencia del sujeto mismo mediante el reconocimiento de la diferencia sexual por cuenta propia y la de los demás, ha desempeñado un papel esencial para esta obra necesaria y divisoria. Puede ahora, con ocasión del análisis, ser mirado de otra manera por el analizado. Entendemos aquí que emerge la posibilidad de un nuevo posicionamiento ético del sujeto frente a este factor —entendido como la diferencia sexual originaria donde el sujeto se diferencia sexualmente por existir como uno—; surge entonces la posibilidad de reintegrarlo en una elaboración analítica capaz de dar una versión diferente de aquella de la que se había encontrado rastro en el análisis como generadora de más división que unión. Mediante el análisis se devuelve al ser sexuado la posibilidad de pensar su constitución personal histórica desde y en la diferencia sexual y de nutrir a través de ella su ética personal. El «género», que los pacientes emplean a veces, ¿no puede en la clínica ponerse a trabajar bajo esta perspectiva terapéutica y ética psicoanalítica? La historia de Thomas Beatie nos hace vivir la experiencia de una operación de «rechazo de lo femenino» a gran escala, que situamos en particular, a la vista de los elementos que acabamos de recorrer, en la recepción de su historia por parte del público y de los medios. La corrección ortográfica de «l’enceinte» sin «e» es una suerte de rectificación sexual a nivel del lenguaje. La historia de Thomas Beatie nos remite a ese «factor» identificado por Freud y al interés del «roc» cuando hace posible que el sujeto revise su posición, lo que el análisis permite interrogar y renovar como esperaba Freud. Para que, desde su «rechazo», lo «femenino» pueda ser escuchado como el soporte de una creación moderna de un nuevo género que se sitúa en la continuidad psíquica de aquella que la experiencia hizo necesaria para el sujeto.

Bibliografía:

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LACAN, Jacques (1974-1975), Real, Simbólico e Imaginario, El Seminario, Libro XXII, Mecanografiado, Association Freudienne Internationale, Inédito.

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RABINOVITCH, Solal, «Las negaciones constitutivas del sujeto», La forclusión, Ramonville: 2000, p. 37-54.

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