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¿Cómo los niños transgénero cambiarán el lenguaje de los adultos?
Publicado en Huffington Post, 20 de febrero de 2017.
¿Y si dejáramos que el lenguaje siguiera apoyándonos sin impedirle traducir la experiencia que vivimos?
Varios eventos mediáticos recientes han puesto de manifiesto a niños transgénero, transexuales o de género fluido. Estas jóvenes personas, cuyas realidades aún son poco conocidas y casi siempre discriminadas, nos anuncian el futuro de nuestras «identidades sexuales» y de nuestras «identidades de género». ¿Estamos los adultos preparados para dejarnos sorprender? ¿A qué principios, precauciones o defensas nos aferramos como a boyas de salvamento? Porque la tempestad ruge… en nuestras mentes y en nuestro lenguaje.
Avery Jackson, de 9 años, residente en Estados Unidos, transgénero desde los 5 años, acaba de ser portada del National Geographic dedicado a Gender Revolution. La revista, conocida por sus fotografías históricas, ha realizado con ella un número especial ejemplar que no ha pasado desapercibido. Por muy moderno que sea, el dossier temático que cubre una multitud de temas no se libra, sin embargo, de los estereotipos de género, ni de un enfoque binario tan divisorio como tranquilizador, al parecer, para los lectores/as o para los redactores/as. Así, convertirse en una niña se asocia a los «riesgos» de serlo, y convertirse en un niño como una «construcción», sin duda más interesante socialmente hablando si creemos a la revista. Si bien estos ángulos de aproximación hacen resonar elementos de una importancia indiscutible, la predeterminación del devenir «de los dos sexos» es bastante molesta, incluso anticuada.
Otra situación. El canal France 5 emitió el pasado 10 de enero una película titulada Convertirse en él o ella, seguida de un debate. Además de las intervenciones de los niños y adolescentes (y también de sus padres), cuya inteligencia iguala su madurez, los equipos médicos también se expresan sobre su labor de acompañamiento. Muchos espectadores/as han destacado el estilo de los equipos holandeses, que puede desconcertar al espectador/a francés/a, poco acostumbrado/a a resoluciones tan pragmáticas, apoyadas por un discurso muy acogedor. Sin constituir una panacea, la comparación que se impone en la película pone de manifiesto, en los equipos franceses, algunas desafortunadas costumbres lingüísticas donde «orientación sexual», «mutilación» y otras siguen traicionando nuestros bloqueos culturales. Tantos usos discursivos un tanto rígidos que contrastan con la libertad de lenguaje de estos niños.
La semana pasada, Ameko Eks Mass Carroll, de 11 años, de género fluido, fue nominado/a a un premio otorgado en los Leo Awards (Premios de Cine – Canadá). Y esto en dos «categorías» como escribe la prensa: a la vez «femenina» y «masculina». Si bien se trata de recompensar el talento y de apreciar la diversidad, no hay forma de escapar a la categorización, como si esta fuera necesaria o ineludible. Como en las competiciones deportivas, la división anatómica prima sobre la posición subjetiva; la institución es interpelada directamente, pero no sabe cómo responder.
Todos y todas estos niños y niñas muestran, reivindican y crean horizontes tan vastos que la normatividad de los adultos no puede evitar reducirlos, simplificarlos: mediante concursos, legibilidad editorial o el discurso. Sin embargo, hay muchas preguntas muy importantes que los adultos deben tratar con responsabilidad, por ejemplo, la cuestión de los tratamientos retardadores de la pubertad, la de la prescripción de hormonas. Hay muchos aspectos de la vida de los niños de los que los adultos deben ocuparse particularmente, como la escolarización, la vida social o familiar. Pero, ¿debemos los adultos cargarnos con ciertas construcciones culturales y sociales que estos niños nos dicen que ya no son tan necesarias? No es que nunca lo hayan sido, sino que podemos empezar a pensar de otra manera, tal como ellos y ellas nos lo demuestran, tal como ellos y ellas nos anuncian que las cosas han cambiado.
¿Soportaremos la invitación que se nos hace? Quizás. Pero, ¿bajo qué condiciones? Primero, dejar evolucionar la noción de «bisexualidad psíquica» sostenida por Freud y, en el mismo movimiento que él, constatar que nuestra potencialidad psíquica sexual, si debe ser calificada, merece serlo ahora por «transexualidad psíquica». No es que todos y todas seamos transexuales, pues tampoco éramos todos y todas bisexuales en 1905, sino para elevar más alto que la diversidad sexual en el corazón de la vida psíquica de los seres humanos no ha terminado de hacer evolucionar nuestra cultura. Segundo, abandonando de una vez por todas la lectura de las elecciones amorosas como «orientaciones sexuales» identificables e interpretables. No hay necesidad de asegurarse del sentido del viento, se acabó encontrar direcciones donde hay ante todo impulsos, sentimientos. Tercero, proseguir tras Lacan esta interrogación histórica que hace del «femenino» y del «masculino» dos enigmas que ni la verdad científica ni los hechos culturales pueden resolver, ni siquiera el «hombre» y la «mujer» a los que nos aferramos. Cuarto, si es necesario, recordar que el famoso «orden simbólico» solo tiene de simbólico el responder a nuestras necesidades imaginarias en nuestro esfuerzo por comprender lo vivo, cuando buscamos estabilizar lo que nos hace vacilar. A buen entendedor…
Una cosa es segura, somos interpelados/as e interrogados/as, yo lo soy tanto como cualquiera. ¿Y si dejáramos que el lenguaje siguiera apoyándonos sin impedirle traducir la experiencia que vivimos? Porque es a nuevas poéticas, a ortografías más floridas y a gramáticas menos normativas a lo que estos niños nos invitan, con estas vidas de hoy que forjan el pensamiento y el lenguaje del mañana.
Vincent Bourseul