Conversación con el lugar vacío (2024)

Conversación con el lugar vacío (2024)

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Conversación con el lugar vacío

 

Publicado en internet, septiembre de 2024.

 

Extracto del capítulo 7 — «La noche de la amante», Habla a mi cuerpo

1 — El género… ¡¿otra vez?!

2 — Actualidad del género en el psicoanálisis

3 — ¿Noción o concepto?

4 — Mi grado cero del género

5 — La conversación como método

6 — ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

7 — En la Goutte d’or

 

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Buenos días a todas y a todos,

Sean bienvenidos y bienvenidas a esta primera sesión, que lleva por título «Conversación con el lugar vacío».

Para esta sesión introductoria, asumo la tarea de presentarles, si no el proyecto, al menos su inicio, comenzando de entrada por el esclarecimiento de sus coordenadas históricas recientes, así como una revisión parcial de elementos abordados anteriormente que deben, no obstante, considerarse a la luz de los últimos quince años transcurridos desde que empecé a exponer algunas propuestas sobre la actualidad sexual y el psicoanálisis.

Les pido disculpas de antemano por tener que iniciar este ciclo con una presentación un tanto densa. Pero es necesaria tal como están las cosas; hay que cebar la bomba, partir de una declaración de intenciones que les entrego hoy. Vamos a debatirla. Es un comienzo y, como ocurre con el extremo del jamón o del pan, cada cual tiene, en este punto, sus propias fijaciones libidinales: se ame o se deteste, uno tiene que lidiar con ello de todos modos.

 

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Extracto del capítulo 7 — «La noche de la amante», Habla a mi cuerpo.

 

«Nada se sostiene ya, pues, en este instante y para siempre, pero ¿se sostenía algo, se sostenía algo antes?

¿Qué queda que pueda decir lo que soy a partir de ahora?

Yo, Marc, no lo sé, con tanta fuerza como quizá no lo supe nunca, sin saberlo.

Lo que me ocurre es inédito. La gran transformación, un vuelco. El derecho por el revés. Solo queda dejar que este trozo de cuerpo se recupere también. Reanudar el interior, volver a tejer el dentro.

Qué duro es. Nada ha sido nunca tan difícil como esto en mi vida, o bien no puedo recordarlo. Me vuelvo loco, loco de amor enfermo de sexo.

Amar en todos los matices del amor, sobre todo en aquellos aligerados del imperio genital al estilo liberal. ¿Es una pista seria o un deseo puritano sospechoso? No, qué hermoso programa: curar el amor del sexo.

Sin raíces, sin sexo estable, sin identidad aplastante, sin caricatura erótica, sin patriarcado…»

 

1 — El género… ¡¿otra vez?!

Tomar la palabra bajo el título Psicoanálisis y actualidad sexual debería, como mínimo, parecer un tanto anticuado o, al menos, anacrónico. Pero no es el caso. Este título, extrañamente, produce el efecto de una apertura, suscita nuestro interés. Esta constatación es extraña, sobre todo para el psicoanálisis: ¿de qué otra cosa podría hablar, si no es de la actualidad sexual? ¿Cómo es posible que nos interpele la actualidad sexual como una cuestión específica cuando constituye lo cotidiano inevitable de la experiencia psicoanalítica en curso?

Sin embargo, esto es precisamente lo que nos reúne hoy. Y es esto mismo lo que ha motivado, poco a poco, la puesta en marcha de este proyecto. Tratar el hecho de que la actualidad sexual parece insuficientemente considerada por el psicoanálisis desde el siglo pasado. Intentar saber hasta qué punto esto es cierto y, sobre todo, de qué maneras lo es. Debemos extraer de esta constatación un buen número de interrogantes. Al menos uno, que los reúne casi todos… ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Es la cuestión de fondo, una doble pregunta epistemológica y crítica que nos invita a esta doble exigencia, fundamental para la experiencia psicoanalítica: la experiencia del saber, con y contra el saber de la experiencia. Porque no es concebible avanzar en este campo sin confirmar, ante todo, una suerte de principio para todos los intentos sinceros de elaboración en el ámbito psicoanalítico, incluido el nuestro hoy y más adelante: pensar lo que el psicoanálisis nos hace y lo que podemos hacer con él solo es posible asumiendo muy en serio el riesgo y la necesidad de inventar el saber contra el saber —de reinventar—. Lo que creemos saber solo tiene valor aquí con la única condición de suponerlo como saber hasta que se demuestre lo contrario o se confirme, de someterlo a interrogatorio, es decir, de llevar a cabo una inquisición teniendo como guía y referencia, no a Dios, sino lo que significa hablar y lo que provoca el hecho de hablar.

 

Para avanzar por esta vía, ya que es un hecho consolidado que lo estamos logrando poco a poco, podemos aprovechar aún una oportunidad inaudita que, por no ser ya muy reciente, no deja de ser original a su manera, lo suficientemente perturbadora como para ser fecunda, moderna si eso protege del clasicismo o, sencillamente, conectada con los efectos de la palabra en este inicio del siglo XXI. Designémosla con un primer significante, «género», cuya irresistible ascensión no deja de escribirse desde hace más de cuarenta años. El género y sus cuestiones, las cuestiones de género, como dice la expresión corriente, de las que hay que cuidar y desconfiar, para no dejarnos contaminar tan fácilmente por ese tópico tan nefasto en este campo de investigación y de prácticas que convierte, torpemente, al género en un complemento del sexo; así como todos y todas podemos constatar la debilidad de las propuestas y de los modos de tratamiento de estas cuestiones en el campo del psicoanálisis (y más allá de él) desde hace unos veinte años, casi todas ellas ancladas en un enfoque supeditado a ciertos discursos sociológicos, políticos y también filosóficos teñidos de una concepción binaria sintomática de la naturaleza y la cultura.

Porque existen líneas de fractura entre los discursos, debemos tenerlas en cuenta sin limitarnos a simples divisiones entre ellos. Sus propiedades son más complejas que eso. Lo que conocemos muy bien, por ejemplo, entre el Discurso psicoanalítico y el Discurso de la Universidad, definitivamente compatibles, por lo tanto, inconciliables.

He planteado, de entrada, el significante «género». Quizá sea ya el más antiguo en nuestra actualidad sexual, empieza a quedar atrás. Es una paradoja: para quien quiere captar la actualidad, esto envejece de entrada nuestra iniciativa. Ya es vieja, más allá de la retórica que permite esta yuxtaposición, en el discurso, de significantes nuevos, algunos de los cuales se erigen en lugar de amo mucho antes de que hayamos tenido la oportunidad de darnos cuenta. Así pues, recuperemos este retraso evocando, sin demora, otros dos significantes que hace poco han pasado a ocupar también el lugar de amos, en mi opinión: «trans» e «iel» (elle) que, a diferencia del significante «género», son también significantes nuevos a su manera.

Una primera perspectiva conceptual se abre aquí por el solo hecho de ajustar estos tres significantes en un mismo párrafo. Aprovechémoslo desde esta introducción, y ya tendremos tiempo de volver sobre ello en detalle. El género será la forma, en lo imaginario, que puede enseñarnos por fin lo que aún no sabemos del sexo; lo trans será la perspectiva que da acceso a lo simbólico tratado por lo real, lo real del inconsciente bisexual rechazado, significado y salvado por el iel. Y ya estamos haciendo un poco de topología: género, trans, iel/imaginario, simbólico, real. Pequeña observación: cuando digo el inconsciente bisexual, cometo voluntariamente un error; el inconsciente no es bisexual, iel es la bisexualidad; tendremos ocasión de volver sobre ello detallando qué es la binariedad, se entiende que sexual, lamentablemente convertida en una religión de lo doble allí donde se impone, sin embargo, como una práctica de la relatividad (a condición de desprenderla del fantasma).

 

Si esto parece oscuro o complejo, no tengamos miedo. No es tan complicado como parece. Es solo el efecto que nos produce avanzar por la pista de saberes pendientes. No hay nada excesivamente difícil en lo que sigue, solo complexiones que invitan a nuestra exigencia, que podemos desenredar a condición de asumir y soportar el cuestionamiento de lo que creemos saber para limitarnos a pensarlo. Lo cual ya es mucho, y a menudo imposible. Es también la única manera de progresar y seguir la letra en lo que se dice y se oye, sin seguir al pie de la letra lo que creemos saber.

Así, y solo así, abordaremos territorios fértiles, en las franjas de la invención y de la reinvención donde lo finito y lo infinito del psicoanálisis en experiencia mantienen, a condición de realizar el esfuerzo, las aperturas provechosas para el examen minucioso de nuestros estados de ánimo a propósito de lo que llamamos genéricamente sexualidades.

 

2 — Actualidad del género en el psicoanálisis

No se tratará de amar el psicoanálisis, ni siquiera la actualidad sexual. Sino de amar la oportunidad de pensar de una manera eficaz para desestabilizarnos en beneficio de algunas invenciones provechosas para nuestra progresión en estos continentes negros del psicoanálisis, el primero de los cuales fue enunciado por Freud —«La vida sexual de la mujer adulta es todavía un continente negro para la psicología» en «La cuestión del análisis profano», en 1926—, al que pronto se unieron, aunque todavía no sean suficientemente considerados en el campo psicoanalítico: 1 — los ecos socioculturales del género, 2 — luego el trastorno simbólico de trans, completados con 3 — lo imposible de penetrar histórico de la bisexualidad psíquica constitutiva (significado de iel).

 

En términos generales, hasta ahora, las contribuciones a la clínica del género en psicoanálisiscomo denomino a este campo— han sido a veces calificadas de propuestas «oscuras» o «incomprensibles», la mayoría de las veces relegadas al rango de fenómenos «insignificantes» o «wokistas»; lo colmo es que estos fenómenos son el lugar mismo, actual, de la aparición de nuevos significantes y que, por este motivo, su marginación se vuelve sintomática para esta práctica de la escucha.

Yo, que trabajo en esto, como suele decirse. Digamos, que intento seguir este hilo que vislumbré, por mi cuenta, hace mucho tiempo en mi lectura de La causa de los adolescentes, de Françoise Dolto, puedo dar fe y calificar de otro modo esta supuesta complejidad insuperable para unos, y perentoria para otros. Quiero calificarla de otro modo, poniéndola en perspectiva directa con el destino reservado a las cuestiones de género y a quienes las sostienen, o han intentado sostenerlas en las instituciones de psicoanálisis en particular, ya sean sociedades, asociaciones o escuelas —lo cual es igualmente cierto en la Universidad—. Porque el tratamiento institucional de estas cuestiones y de los clínicos y clínicas que se han dedicado a ellas, un tratamiento simplificador y por tanto fascista, ya ha dado lugar a un buen número de acontecimientos que nos permiten formular desde ahora una constatación. En las instituciones de psicoanálisis, donde estas cuestiones de actualidad sexual han sido planteadas, puestas a trabajar o combatidas, en cada ocasión han sido muy rápidamente aplastadas por una concepción sociológica y filosófica del individuo y del sujeto. Lo que, en todas las ocasiones, ha permitido convertir su objeto en algo accesorio y apartar, directa e indirectamente, a quienes asumían el riesgo de su palabra al respecto. Al tomar el género como una expresión cultural y social (o pública) del sexo íntimo y privado, no había otras posibilidades que insistir en estos callejones sin salida. Es más, esto es el resultado de un vuelco manifiesto, en su contrario, de una confusión latente entre lo íntimo y lo público, confusión situada en el origen del totalitarismo sexual por no poder afrontar el horror del saber sobre la verdad sexual y sus límites.

 

Se encontraron varios nudos muy pronto, cuando se abordaron, bajo la presión de la actualidad, las llamadas cuestiones de género en el campo psicoanalítico. Nudos en los cerebros primero, luego nudos en las teorías para finalmente descuidar el terreno donde esto ocurre y del cual conocemos el poder de desenlace, se quiera o no: la práctica clínica.

Así, las dificultades de comprensión o de adecuación ideológica y política, inherentes a toda voluntad de aproximarse a estas cuestiones, deben identificarse como nutridas principalmente por los efectos institucionales, mucho más que imputables a la naturaleza misma de dichas cuestiones. Si sentimos que no entendemos nada, no es tanto por la dificultad del objeto como por la deformación instituida de nuestra escucha y de nuestro pensamiento, ambos demasiado alineados con la ortodoxia conceptual y las posturas intelectuales actuales en el campo del psicoanálisis.

Siempre, y esto aún dura, no se ha tratado más que de aproximar la actualidad sexual a cosas ya conocidas, supuestamente, de las sexualidades anteriores a ella, para compararlas, evaluarlas. Cada vez se ha tratado de reducir lo desconocido a lo supuestamente conocido. En cada ocasión, se ha intentado subrayar la infecundidad de estas cuestiones confirmando no solo el valor de las teorizaciones adquiridas, sino también su empleo reificado por parte de quienes denomino los porta-falos del psicoanálisis: en ellos se encuentran auténticos reaccionarios, secuaces burocráticos, pero también figuras posmodernas igualmente problemáticas cuando maquillan el oportunismo intelectual como apertura de espíritu. Tienen, sin embargo, un punto común indiscutible, y es por ello que se les reconoce: no han propuesto nada nuevo, ni en la lectura ni en la escritura de la teoría psicoanalítica; ni una crítica seria ni una propuesta original han visto la luz en esta línea, con el recurso frecuente a eslóganes como «nada nuevo bajo el sol» frente a «lo que cuenta es solo desempolvar a Freud». El entorno psicoanalítico sufre un retraso considerable respecto a la vida, mientras se debate entre la herencia, la transmisión imposible y las carreras profesionales.

 

Reinventar no es, ciertamente, empezar de cero. Pero requiere, no obstante, partir de nada, lo cual no es nada, lo cual no es cero. Una nada como grado cero para no perdernos en un vacío sin bordes, para inscribir un punto de partida que tenga alguna posibilidad de tener continuidad. El grado cero del género es su estatus de objeto en lo imaginario, tal como se encuentra en el primer tiempo de su eficacia, para cada cual, analizantes o analistas o quien sea.

 

Para esclarecer este encuentro con el género que todos y todas vivimos, con la noción de género y no con el concepto de género que debemos mantener a raya, debo contarles el camino que ha sido el mío al respecto. ¿Cuál ha sido mi grado cero del género, mucho antes de haberlo elegido como objeto de trabajo? Pero antes de responder, una precisión…

 

3 — ¿Noción o concepto?

Digo noción y no concepto; es un matiz importante. Porque nada permite ni debe justificar, a día de hoy, pretender o creer que sobre el género se haya dicho algo que valga como conclusión por parte de nadie. En primer lugar, por una razón temporal, y por eso podemos designar como actualidad estas cuestiones sexuales, y por otra parte por precaución ética y política orientada a mantener el esfuerzo crítico que no debe faltar en nuestros intentos de pensar estas cuestiones. Nadie sabe cuál sería o podría ser el perímetro cerrado de aquello a lo que el género nos da acceso respecto al sexo y lo sexual. Salvo si se consiente un enfoque, una concepción reducida del género tal como ciertas perspectivas psicológicas, sociológicas, políticas o filosóficas, e incluso psicoanalíticas, utilizan e ilustran en demasiadas propuestas recientes problemáticas. A este respecto, tendremos la oportunidad de explorar diferentes sintomatologías reaccionarias, desde sus expresiones en ciertos discursos o tomas de posición a menudo poco exigentes, casi sistemáticamente orientadas actualmente contra el significante «trans» y sus afluentes, cuyo ejemplo más sensible es la cuestión de los «niños trans». Psicoanalistas (a menudo con presencia en medios y publicaciones ), pero también, por ejemplo, hembristas, llevan a cabo auténticos combates ideológicos, guerras en nombre del feminismo o de la ética clínica que nos servirán para captar el nivel de compromiso contemporáneo con la tentación totalitaria, enfermos por querer defender necesidades políticas contra las del Sujeto. Me refiero con ello a un cierto número de militantes, analistas, profesionales de la profesión, «especialistas en la solución de problemas », para retomar la expresión de Neil Sheehan, el periodista estadounidense que estuvo en el origen de la publicación de los Pentagon Papers en 1971, expresión retomada y ampliada por Hannah Arendt a continuación.

¿Por qué este puente directo con esta teórica de la política? Por una razón tan sencilla como el enemigo al que se trata de combatir, a saber, el fantasma travestido de reivindicaciones políticas al servicio de un totalitarismo. Aquí, el del patriarcado sacralizado en lugar de los efectos insoportables de la relación sexual que no existe. Fantasma patriarcal que da voz a la pericia de los expertos en el Padre y otras triangulaciones edípicas, o bien en la diferencia de los sexos apoyados en su idea muy personal de lo que es necesario, aunque sea a costa de desmentir los hechos, de desmentir violentamente la contingencia viva de las realidades psíquicas por una parte, y de corromper por otra la necesaria consideración minuciosa del lugar del otro, del a/Otro de lo sexual. Estos especialistas, tan seguros de saber lo que es necesario, alimentan una política de lo sexual que olvida un hecho sacado a la luz por Freud y reformulado por Lacan en la expresión ya bien conocida del seminario La lógica del fantasma «El inconsciente es la política» (1966-1967). Como si les resultara insoportable o imposible reconocer el inconsciente real y la fuerza de convocatoria del Goce —digamos, quizá, la economía pulsional en sentido amplio—, estos especialistas en la solución de problemas adeptos a la teoría de los dominós nos permiten, no obstante, precisar el territorio y la naturaleza de este enemigo totalitario que debe ser combatido, y cuyo nombre hay que lograr precisar poco a poco. Puesto que se da a conocer muy especialmente hoy, en el campo social transformado en campo de batalla, no solo como expresión de la guerra de los sexos, en las violencias sexuales y sexistas, sino más ciertamente aún en la ilustración sintomática de las tensiones insostenibles entre el individuo y el sujeto. He dicho fantasma patriarcal. Hay que detallar esto…

A título personal, durante mucho tiempo consideré y pensé que el patriarcado era el problema. El significante mismo de «patriarcado» es muy cómodo para designarlo como enemigo. Un exceso de Padre se deja oír entre esas consonantes, y sus vocales hacen resonar gritos ahogados. El sospechoso resulta ser un muy buen culpable. Pero es un poco limitado quedarse en esta facilidad. Hay que ir más lejos, hay que detallar, porque el patriarcado es también el nombre de una Cultura, nos guste o no, y por ello merece ser analizado como un auténtico Malestar en la Cultura, y no solo un malestar de la cultura. Esto para extraer con interés lo que de este patriarcado nos informa sobre elementos estructurales que merecen, tras examen, ser separados de él. Tendremos la oportunidad de trabajar una paradójica defensa del patriarcado para reducirlo a la mínima expresión : su verdadera naturaleza y su auténtica función. Entonces, se tratará una de las preguntas de Marc: «El patriarcado no conviene, ¿qué otra cosa hay?».

Por lo tanto, el patriarcado puede ser el nombre del enemigo, del problema, pero es un poco limitado. Así que propuse fantasma patriarcal, para no designar simplemente, por ejemplo, a la heterosexualidad blanca cisgénero como el nombre del problema, aunque esta noción sea fecunda para extraer, desde las intersecciones categoriales, matices esenciales en los procesos de discriminación y violencia. Debe proponerse otro nombre para este enemigo, para al mismo tiempo tomar conciencia de que la palabra enemigo ya se ha pronunciado varias veces —semántica guerrera—. ¿De qué guerra se trata? ¿De la guerra de los sexos, tal como podemos justificar y comprender la emergencia necesaria de los feminismos? Tendremos que responder a estas preguntas. Porque sí hay una guerra. Hay víctimas, heridos, heridas y muertos que escuchar, reparar, honrar. También hay culpables y responsables que llevar ante la Justicia.

Otro nombre, pues, pero ¿cuál? ¿Cómo expresar que, más allá del enemigo, debemos interesarnos por su objeto psíquico, por el proceso subjetivo en cuestión, por las formaciones del inconsciente lejos de los tribunales y de las opiniones? Me gustaría proponer esto, para acotar este resorte psíquico central, el fantasma patriarcal heterosexual donde fantasma puede entenderse en su definición psicoanalítica, patriarcal como referencia a la Cultura, y heterosexual en tanto que testigo social donde la heterosexualidad no es aquí una orientación sexual, sino un régimen político. En inglés, la formulación parece más sencilla, podríamos decir The Straight Fantasy of Patriarchy, lo que nos permite reformular esta expresión en español como El fantasma hetero del patriarcado. Puesto que no es el enemigo —el fantasma no es un enemigo—, es el objeto central de nuestra atención, nuestro punto de partida y perspectiva, para avanzar en nuestras cuestiones de actualidad sexual más allá de todos los matices de orientaciones sexuales, de identidades de sexo o de género, todas ellas concernidas por este fantasma hetero del patriarcado, tal como viene a sostener la marcha del deseo para todos los sujetos, en respuesta a las consecuencias irreductibles de lo que hemos evocado antes como los efectos de la relación sexual que no existe en su expresión lacaniana, o bien los efectos del Complejo de Edipo en su expresión freudiana. Cuando podamos profundizar en esto, tendremos la oportunidad de tratar este hecho clínico de que la orientación sexual no tiene sentido, aunque signifique algo por otra parte, social, política o incluso cultural y sexualmente. También doy otro nombre a este fantasma: el fantasma heteros-patriarca; nos interesará posteriormente para abordar otro fantasma que lo descompleta, el fantasma a-pátrida, que abre a su vez la comprensión de otra sexuación distinta a la sexuación lacaniana (una sexuación del tercero excluido, la llamada de la exclusiva necesaria), la a-sexuación (una sexuación del tercero incluido, la llamada de la inclusiva necesaria), que abre a su vez nuevos discursos que completan a su vez los discursos extraídos por Lacan (discursos). Lacan extrajo los discursos de la histeria, el discurso de la universidad, el discurso del amo y el discurso psicoanalítico. Veremos poco a poco cómo la a-sexuación abre el acceso a otros cuatro discursos: el discurso identitario, el discurso trans, el discurso feminista y el discurso ecologista.

 

4 — Mi grado cero del género

Vuelvo a mi grado cero del género. ¿Cómo encontré el género?

Como todo el mundo, primero sin darme cuenta. Y esto duró varios años. Nací en 1976; si bien el feminismo estaba muy activo en ese periodo, las cuestiones de identidades sexuales o de identidad de género no tenían el lugar en el discurso ambiental que les conocemos ahora. En ese periodo, la palabra de ciertos psicoanalistas se difundía en los medios, especialmente la de Françoise Dolto en las ondas de Europe 1 en 1969 (¡SOS psicoanalista!, donde intervenía en directo bajo el seudónimo de Doctor X), y sobre todo en France Inter entre 1976 y 1978 (un programa diario presentado por Jacques Pradel, Cuando el niño aparece, donde esta vez respondía a las cartas de los oyentes). También podemos citar el programa de televisión Psy Show en 1984-1985 en el que participaba Serge Leclaire.

Cito a Françoise Dolto porque marca mi entrada en el psicoanálisis. No durante mis dos primeros años de vida, aunque mi madre escuchaba el programa en la radio, sino sobre todo en la adolescencia, cuando nuestra suscripción familiar a France-Loisirs nos hizo recibir una selección de obras, entre ellas La causa de los adolescentes. Tenía doce años, era mi primer libro de psicoanálisis y mi primer pensamiento consciente sobre el inconsciente por invitación de mi querida Françoise D. Después, durante un largo tiempo de mi vida de joven adulto, este libro desapareció de mis cajas. Nunca logré encontrarlo ni en el sótano ni en el desván, hasta el punto de dudar de haberlo tenido alguna vez en mis manos, como pensaban mis padres por otra parte. Treinta años después, con motivo de mi experiencia del pase como pasante, y por una serie de casualidades de las que la vida tiene el secreto, el libro llegó una mañana, cuando iba a reunirme con una de mis pasadoras para una de nuestras últimas entrevistas. De camino al café donde habíamos quedado, desembalé el paquete y me detuve en seco en la acera al hojear el libro. Era mi ejemplar del libro de Françoise Dolto, mi causa de adolescente me había sido devuelta por invitación del pase. Lo tenía en mis manos y leía en los márgenes de las páginas mis anotaciones de la época que, de repente, habían vuelto a mi memoria. Recordaba haber escrito cosas precisas sobre la palabra, la importancia de la palabra, y haber subrayado frases capitales que reencontraba al hojearlo, entre ellas esta que nunca olvidaré: «A los que han empezado mal, el psicoanálisis puede salvarlos».

¿Qué relación tiene esto con el género, me dirán? No lo descubrí hasta hace poco, al hojear de nuevo este libro y mis anotaciones. Una de ellas iluminó mi grado cero del género. En el capítulo dedicado a las identidades adolescentes, Dolto habla de la elección de la ropa, del estilo adoptado para dar forma a una identidad en construcción. En el margen, yo había escrito « look sexual» y «género»; era mi traducción de los párrafos correspondientes. Al releerlo, hace unas semanas, mientras intento teorizar estas cuestiones desde hace tiempo habiendo olvidado este encuentro histórico personal, comprendí que el género me había atrapado precisamente en ese momento. Una concepción del género que no me convence hoy, demasiado lastrada por las cuestiones de apariencia y realidad, demasiado ciega a los procesos psíquicos inconscientes que me han interesado desde entonces respecto al género. Pero es mi grado cero del género, allí donde se me apareció primero como objeto en lo imaginario, por tanto, en la realidad y en el cuerpo.

Pero he precisado, en la introducción, que ninguna pericia personal sobre el género merece ser considerada de entrada como válida para otros. Lo cual no significa que ninguna experiencia del género sea verdadera; todas lo son y es esta inconmensurable experiencia la que hay que tener en cuenta y cuidar. Es de esta manera como me puse a trabajar sobre estas cuestiones en una perspectiva de investigación, a partir del género como objeto en lo imaginario —y no como objeto imaginario—. En lo imaginario, es decir, allí donde el género objeto activa un trastorno al aparecer, en la realidad y en el cuerpo, a propósito del sexo así despertado de su sueño engañoso que hace pasar el sexo por un dato, para estar seguro. La aparición del género, su encuentro, es una experiencia turbadora, inquietante, instantánea o duradera, que podemos calificar de experiencia queer, o de experiencia de lo siniestro (Unheimliche). Allí donde el género aparece en una dimensión, el sexo vacila en otra dimensión. Allí donde el género trastorna, en lo imaginario cuando se presenta, el sexo tiembla en lo simbólico; es la primera etapa para captarlo, reconocerlo. En una segunda etapa, cuando el género como proceso simbólico recoge el guante del trastorno del sexo en lo simbólico, permite la recreación del sexo en lo imaginario donde es instancia, instancia de creencia sostenida por las representaciones que le están ligadas y que pueden alcanzar una suerte de confirmación, de unidad o de coherencia.

Lo repito. Por ejemplo, me encuentro con un·a ser humano·a que no sé leer ni situar en el paisaje sexual: es una experiencia queer : no sé quién es iel, ni qué es iel, ni qué hace iel. Entonces, mi intranquilidad inconsciente, respecto a mi lugar y a mi función en el paisaje sexual (de mi sexo, digamos), demasiado inseguros, exige que algo venga a responder a esa turbación que puede resultarme insoportable; exige que el aparato psíquico trabaje para circunscribirla, para reducirla. Pues, a partir del género encontrado en el otro, que reactiva la incertidumbre de mi sexo, se abre una interrogación/interpelación inconsciente, que reabre a la creación/recreación del sexo que seguirá, en diferentes etapas. Resumamos estas dos primeras etapas: el género se presenta (objeto en lo imaginario), el sexo se ve turbado (proceso en lo simbólico), el género se dota de sentido (proceso en lo simbólico), lo que restablece la representación del sexo (instancia en lo imaginario). En este punto, puede aparecer una reafirmación y bastar, o no: en el instante de aislar un punto del espacio, el sexo, por ejemplo, recobra vida en la lógica ordinaria de la realidad fenomenal, liberado por un momento de los avatares que lo estructuran entre bastidores. He propuesto, en una posible definición del género y del sexo en psicoanálisis: «el género es el límite situado a la vez fuera y dentro del sexo, el litoral o el margen del sexo capaz de revelar su profundidad de campo. El género aparece bajo el efecto de lo sexual; interroga los saberes inconscientes de la diferencia sexual y hace vacilar las identificaciones hasta su renovación. Así, el género deshace el sexo y crea el sexo en el entre-dos de su turbación intermitente, en el instante de estabilidad en que se experimenta». Nada más: tal es el Gheschlescht (término empleado por Freud, que puede traducirse por género-de-sexo). Esto es accesible a condición de aprehender el sexo y el género como dos incógnitas de una ecuación irreductible, como dos semblantes de un real que desde hace demasiado tiempo hemos designado, erróneamente, con la sola palabra «sexo» (el sexo, los dos sexos), demasiado satisfechos de haber encontrado ahí el medio a priori incontestable para clasificar a la masa humana, hasta darle un lugar en algunos coloquios que a veces se titulan con una de las variaciones posibles del tipo «el sexo y sus semblantes», salvo que sexo es un semblante. Se oye de inmediato el error común que hace de sexo un dato. Eso es precisamente lo que la clínica del género nos enseña: desde la turbación del género, que revela ese sexo por lo que no es —en lo que, sin embargo, seguimos creyendo por cuenta del individuo—, y abre a la posibilidad de crear el sexo nuevo que conviene mejor al sujeto del inconsciente. Por hoy, no iremos más lejos en la exploración de las otras etapas ni del background que es la sexuación en este asunto.

¿Cómo me las arreglé para montar esto? A partir del género como objeto en lo imaginario, para avanzar en mis trabajos preparatorios para la elaboración de una tesis doctoral, tiré de ese hilo para conocer las cualidades del género en los otros registros, que son lo real y lo simbólico. Necesitaba un método, una receta no demasiado alejada de la experiencia psicoanalítica y de su práctica. Sin saber en absoluto cómo hacerlo, muy desanimado por los textos disponibles sobre las lecturas de la sexuación lacaniana o el primado del falo, el penisneid, etc., me fabriqué mi propio instrumental, que esperaba que fuera psicoanalítico. Organicé un doble tridente, freudiano y lacaniano, esperando así obtener resultados susceptibles de ser sometidos a la cuestión, pasados por el tamiz de los hechos y de los pensamientos, susceptibles de ser verificados por otros·as practicantes del análisis. Partiendo de un estado del género, el de el objeto, en un registro, lo imaginario, me propuse extrapolar para los otros dos registros, real y simbólico, otros dos estados: los del proceso y de la instancia. Tenía, pues, mis dos tridentes: objeto, proceso, instancia y lo imaginario, lo simbólico, lo real. Herramienta más improvisada que inventada, pues es un gloubiboulga a mi manera de lo que creí haber entendido del psicoanálisis en aquel momento. Lo encontrará en un primer pequeño cuadro en el anexo. No obstante, fue muy pronto eficaz y bastante sólido desde un punto de vista metodológico. Esto llevó a uno de los miembros del tribunal de la tesis en cuestión, más que conservador, tras haber leído finalmente este trabajo, a regañadientes, a pronunciar esta declaración de amor en forma de amenaza al llegar al lugar de la defensa: «Al final he leído su cosa; lo peor es que funciona y, además, es freudiano».

 

5 — La conversación como método

Le cuento este momento de trabajo no para decirle que creo haber logrado atrapar algo —eso queda por demostrar y no me corresponde a mí hacerlo—, sino para poner en práctica uno de los objetivos de estas conversaciones, a saber, el de la expresión de la práctica clínica psicoanalítica. Y ello sin necesidad de recurrir a casos clínicos o viñetas, que he decidido proscribir totalmente, para mí y para el conjunto de los·as invitados·as. Tengo la convicción de que decir la práctica clínica psicoanalítica no puede pasar por ilustraciones, sino únicamente por expresiones directas de la experiencia, producciones literarias o puestas en escena matemáticas. Aunque esto sea muy delicado y exija esfuerzos muy considerables que no solemos tener ocasión de realizar. Nos concentraremos en ese riesgo de tomar la palabra, por parte de quienes tomarán la palabra en las conversaciones o en los debates: el riesgo de la palabra, con todas las precauciones necesarias, sin olvidar la parte de quienes callarán. Estas conversaciones serán la ocasión de presentaciones de practicantes del psicoanálisis, es decir, analistas y/o analizantes que todes practican el psicoanálisis —también habrá escritores y escritoras, y cantantes o matemáticos·as que comparten la experiencia de la palabra dirigida.

De momento, la conversación será la que mantengo con el lugar vacío, que no es una ausencia ni una desaparición, sino que finalmente se revela como aquel con quien, con lo que todes los·as practicantes del psicoanálisis, en un sillón o en un diván, se encuentran experimentando el lugar y el vínculo de lo que conviene afrontar para iluminar ese a/Otro de lo sexual que el analista y el·la analizante resultan ser alternativamente. Entonces, el lugar vacío es una multitud. Conversaciones que servirán de soporte a nuestros debates para desmenuzar, escuchar, interrogar una serie de propuestas, hallazgos y cuestionamientos. Esto, para deshacerlos, prolongarlos, mantenerlos abiertos.

Lo que evoco ahora coincide, sin que lo parezca, con la cuestión de la formación del analista. Esta cuestión ocupó ampliamente todos los intercambios previos al inicio de este proyecto. Es una cuestión central, a la que las conversaciones deseadas no escapan. Yo mismo frecuenté durante una docena de años una escuela de psicoanálisis, la École de psychanalyse Sigmund Freud (EpSF), en la que me inscribí tras haber intentado penosamente acercarme a otros lugares donde una plaza fuera posible sin estar condenado a permanecer para siempre como alumno o antiguo estudiante frente a supuestos maestros o supuestos profesores. En esa escuela hice la parte más importante de mi formación: aquella en la que pude —en la que tuve que—, no sin dificultades, experimentar y desenredar lo imposible del grupo en su dimensión más cruda, pero también la tentación totalitaria inherente a toda institución que nada viene a tratar, solo a regular lo suficiente para que el trabajo de unos·as y otros·as continúe. Puedo dar testimonio de que, aun así, uno lleva su barca, de un mar por inventar con la barca, como escribe Nazim Hikmet: una barca que puede inventar otros mares y recorrer los archipiélagos del Todo-Mundo. Esto no impide los accidentes, no evita las salidas, las dimisiones, los conflictos a veces muy violentos y las graves afectaciones subjetivas. Esto refuerza y confirma, si hiciera falta, que la única formación del analista existente son las formaciones del inconsciente , las que se dejan conocer en la cura, nada más que la cura, en intensión y en extensión. Así, habiendo empezado a recibir analizantes desde hace unos dieciséis años, me veo ahora obligado por las curas a abrir algo, un brazo de mar. No estoy seguro en absoluto de lograrlo, ni de que eso tenga alguna posibilidad de salir bien. Pero eso no es lo importante para empezar. Lo que cuenta es lo que lo ha decidido: mi experiencia del psicoanálisis hoy, que me invita a responder, desde las curas, al más allá de las curas. Todo ello apoyado y determinado por un reto principal: elaborar poco a poco un complemento a la Teoría sexual, reinventar un fragmento de psicoanálisis a partir de un objeto que lo perturba más que ningún otro desde hace mucho tiempo, que podemos designar como «género», pero que también puede y debe designarse como «trans» e «iel» ahora; tendremos ocasión de explorar estas variaciones significantes.

 

6 — ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Vuelvo, para avanzar hacia una conclusión provisional de esta introducción, a la pregunta inicial. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿A ser interpelados·as por la posibilidad de considerar el Psicoanálisis y las Actualidades sexuales, esta paradoja?

 

Esta pregunta expresa la ineludible dimensión política inscrita en el corazón del cuestionamiento en psicoanálisis —a propósito del inconsciente, del hecho sexual y del deseo—, que nunca deja de mantener un diálogo con el mundo en el que se ejerce.

Se distinguen varios elementos (2):

1 — Cualquier parecido con nuestra situación política nacional (y mundial) no podría ser fortuito, sino, muy al contrario, la expresión de un síntoma que nos interesará intensamente: el de la contaminación del campo social por los saberes sobre lo sexual surgidos de la experiencia psicoanalítica, cuyos efectos fuera de la cura —pero no sin transferencia— confirman su incidencia directa e indirecta sobre el vínculo social, sobre la posibilidad de hacer sociedad o colectivo, y sobre la economía libidinal en general.

2 — La agonía lacerante e incontestable del patriarcado, agonía sin embargo combatida por algunos hombres y mujeres mal castrados·as, asesta a todas y todos golpes cada vez más violentos a medida que la palabra y sus efectos ganan el terreno que se les negaba. Hasta el punto de que la batalla emprendida, batalla por la vida y por el saber, parece perdida desde siempre. Lo cual no tiene nada de sorprendente, para un sistema fundado en la exclusión necesaria, en el asesinato del padre y el banquete totémico que impone su recurrencia, y su mantenimiento cueste lo que cueste aunque sea mórbido.

 

Esto nos invita a apreciar nuestra situación presente —la de nuestra cultura, la del psicoanálisis en experiencia— a la luz de las actualidades sexuales. Insisto en esta perspectiva: son las actualidades sexuales las que pueden enseñar al psicoanálisis y no al revés, salvo que nos mantengamos aún, deliberada y ciegamente, en un movimiento diagnóstico, académico e ideológico. Pues lo que se presenta en la experiencia merece ser acogido, escuchado a la altura de sus cualidades inauditas, aún desconocidas, cuyos contornos, dinámicas, capacidades creativas y potencia crítica contra lo simbólico hay que iluminar: allí donde lo real viene a tratar lo que toma forma en nuestras realidades, allí donde juegan los semblantes: entre lo real y lo imaginario.

En el sillón, en el diván, escuchamos, decimos lo que aún no ha sido pensado hasta el punto de haber producido ya elaboraciones nuevas. Es un hecho analítico; es la esencia misma del psicoanálisis. Sin embargo, se lo cuestiona por la insistencia de la actitud dominante de los conocimientos teóricos de nuestras bibliotecas bien surtidas, aplastando sin descanso los saberes en vías de aparecer. Lo que condena, desde hace ya cuarenta años, al psicoanálisis al entumecimiento burgués del que sufre en su centro, allí donde su dimensión institucional (la de las sociedades eruditas, las escuelas de psicoanálisis o las universidades) lo anima a rechazar un saber aún inconsciente, cuya puesta al margen —por las gracias del desmentido principalmente— obstruye, como un fecaloma, las vías de evacuación necesarias para nuestros humores contemporáneos.

 

Nuestra situación presente es violentamente paradójica. Durante todo este tiempo en que el psicoanálisis ha hecho, y sigue haciendo, oídos sordos a lo que se le dirige, en la intimidad de la cura o en la plaza pública, se han producido construcciones y elaboraciones ineludibles fuera de él en lo esencial, hasta el punto de que hoy puede seguir acogiendo lo que no sabe acoger de otro modo que como particularismos, fenómenos menores o minoritarios. Su colaboración histórica con el Universal mayor le cuesta su capacidad de despertar y de asombro ante las metamorfosis infinitas de la libido. Se ha hecho culpable de un conservadurismo patógeno que permite a quienes califico de Porta-Falos mantener particularmente alejadas de su obra las cuestiones llamadas de género, los aportes fecundos de la transpectiva (perspectiva trans) y la apertura grandiosa de la escritura epicena, donde la lengua sigue creándose.

En otras palabras, unirse en su horizonte a la subjetividad de su época, esa invitación de Lacan a los analistas de toda laya, que no ha surtido efecto tanto como se esperaba. Pretendía, sin embargo, evitar que los·as candidatos·as a la función de analista quedaran atrapados·as en la de simples «intérpretes en la discordia de los lenguajes». Desde entonces, las nuevas expresiones identitarias han podido fomentar una reificación engañosa de las subjetividades, por no poder mantener abierto el campo del sujeto del inconsciente en este inicio del siglo XXI. Esto ha dado a luz, con fórceps, a perspectivas filosóficas y existenciales poco útiles para el proceso analítico, desde entonces fantaseado como queer, o feminista, o interseccional, hasta el punto de confundir su fuera y su dentro, de abandonar la hipótesis del inconsciente y la ley del significante. El inconsciente es políticamente incorrecto; intentar bruñirlo con purpurina de moda no tiene otro sentido que el de la evitación o el del amalgama contraproducente, fundado en la confusión entre lo identitario y la identidad principalmente. Esta crítica, que formulo aquí, encarna esa paradoja que hay que sufrir lo suficiente para aprender algo de ella y, al mismo tiempo, extraer de ella los manejos en la cura de los efectos de significantes de las actualidades sexuales: si el discurso ambiente exige precisar al extremo las cualidades identitarias de todes quienes se expresan, así como sus propios enunciados, debemos permanecer más que vigilantes ante los particularismos así fomentados, sin temer afiliarnos al Universal mayor que totaliza lo diverso. Y si debemos, evidentemente, combatir al psicoanálisis como una campaña allí donde rechaza los efectos de los feminismos, del queer o de la interseccionalidad, debemos hacerlo sin concesiones. Lo identitario es una materia, una materia negra. La identidad no sabe nada de ello, no puede saberlo, pero puede creerse una estrella cuando más bien es una supernova.

Otro elemento de la paradoja en cuestión se agrega irremediablemente a la cuestión de la transmisión del psicoanálisis. Transmisión imposible, que exige la exigencia de la reinvención perpetua, merecedora de mantenerse al margen de los retos de herencia y filiación en el medio psicoanalítico. Pues la formación del psicoanalista se ve privada de poder apreciar las deformaciones del psicoanalista, ampliamente abandonadas a las curas individuales sin eco suficiente en la elaboración común de los síntomas compartidos que los practicantes, analizantes y/o analistas, pueden, no obstante, poner a trabajar, someter a la cuestión para no retroceder ante lo que se presenta, puesto que esas deformaciones, esas transformaciones, esas transexuaciones son las vías de formación del analista donde la transmisión se mantiene imposible, por tanto practicable.

 

La calle, la juventud, las diversas comunidades que constituyen nuestra sociedad han tomado, sobre el medio psicoanalítico, una ventaja muy importante, difícil de reducir. Iels saben más que nosotros y, sin embargo, de una manera que merece ser ampliada por la perspectiva analítica. Esto será muy visible en las conversaciones venideras cuando haya que retomar argumentos y elaboraciones, sin embargo disponibles desde hace varias décadas, de las cuales todas o casi todas siguen produciendo aún hoy un sorprendente efecto de sorpresa en un discurso —el discurso psicoanalítico— y en los analistas, de quienes, sin embargo, teníamos derecho a esperar, habida cuenta de las curas que no han dejado de avanzar con su tiempo, un poco más de modernidad sin necesidad de que se señale como un valor añadido o un rasgo específico, sino simplemente la marca de su tiempo.

 

Retomaremos, pues, punto por punto, el estudio de numerosos elementos y de no menos numerosas nociones que ya no tienen secreto para el relevo de nuestra época, para una gran parte de los analizantes que vienen a decir en sesión. Allí donde, muy a menudo, se nos interpela por lo que ya no es cuestión para muchos·as de nuestros·as contemporáneos·as.

Esta constatación no es desalentadora, pues recoger todo decir de lo que se le escapa en lo dicho prepara el terreno de la escucha analítica y de su acto. Si para muchos analizantes las cuestiones llamadas de género, lo trans y el iel ya no son un misterio, es, por un lado, una buena ocasión para que el analista se una en su horizonte a la subjetividad que se presenta a su escucha; lo que, por otro lado, abre la posibilidad de que ciel que dice pueda oír su decir por el eco inconsciente que su analista quiera bien asumir y sostener para apoyar la promesa y el proceso de la cura.

 

7 — En la Goutte d’Or

¿Por qué conversar en un lavadero, en la Goutte d’Or?…

Estamos en el Lavoir Moderne Parisien, lugar histórico de palabras intercambiadas en torno a una tarea doméstica: lavar la ropa. Un asunto de mujeres, como el de las conversaciones que solo fueron identificadas como tales gracias a su ejercicio mundano en los salones de antaño, dejados a la autonomía relativa de las mujeres consideradas aptas para discutir cosas no estatales, no primordiales para la realeza y otros regímenes políticos: a saber, el sentimiento, el porte, la música o las artes de alcance menor, el decoro y la formación de las mujeres de la sociedad.

Durante varios años, escribí en mi rincón y difundí marginalmente textos en internet; también produje algunos libros de manera autónoma en el plano editorial. Pero el ejercicio del artículo solitario, como la masturbación, invita a la apertura, al compartir, para arriesgar su puesta erótica en otras actividades sexuales. Me informé sobre los usos del mundo. Redescubrí lo que eran las conversaciones de antaño.

Como mi salón es demasiado pequeño para invitar a una pequeña multitud, y como no domino los códigos de la buena sociedad, el barrio de La Goutte d’Or se impuso como mi dirección. Vivo y trabajo aquí ahora. Así que es aquí donde nos encontraremos, esperando que estas ocasiones sean tan agradables como la degustación de una conversación, esa pequeña tarta hecha célebre, en el siglo XVIII, por Mme d’Epinay, que sabía recibir, cuya receta fue difundida por ella en un texto titulado Las conversaciones de Émilie. Azúcar, polvo de almendras, huevos y un poco de técnica. Ya no hay muchos lugares en París donde sea posible degustarla; las direcciones siguen siendo confidenciales. No le daré esas direcciones, porque intentaremos reinventar la receta.

 

Aquí las conversaciones no serán utopías políticas, ni mondanidades trasnochadas que hacen los guiones manidos de las ficciones cinematográficas y los simulacros de pensamiento a los que nos enfrentamos allí donde el intelectualismo preside todo.

Habrá, pues, en estas conversaciones, cosas muy complicadas, porque la vida psíquica es muy complicada. Exige estar en trabajo, como se dice todo el tiempo. No pasa nada. No es necesario comprender para disfrutar del sentido, y mejor aún de los desplazamientos que la escucha atenta de una propuesta puede generar en el cuerpo, en la cabeza de todas y todos reunidos provisionalmente para este ejercicio, para este trabajo, pues es un trabajo colectivo. Que se escuche, que se diga o que se calle, es un trabajo que vamos a hacer aquí. Nos apoyaremos en la lógica y sus callejones sin salida o sus superaciones, en la intuición a favor de algunos extravíos. Retorceremos la lengua, escucharemos el espacio, intentaremos escrituras a propósito de cosas que obligan a transgredir las reglas gramaticales y hacen reflorecer nuestras ortografías adormecidas.

 

Entonces, ¿cómo hacerlo, tanto si ya se está iniciado·a en estas cuestiones como si se es completamente ingenuo·a? Para sostener este esfuerzo de apertura y profundización de las cuestiones llamadas «de género», que prefiero enunciar como una Clínica del género psicoanálisis, he cometido un pequeño libro con el título Háblale a mi cuerpo, que es, de cerca y de lejos, una versión más literaria de mi primera obra titulada El sexo reinventado por el género, cuyo texto es un poco complejo, me han dicho. Así, Háblale a mi cuerpo, que no es una novela propiamente dicha, ni siquiera literatura según los cánones vigentes, puede ayudar a entrar y avanzar en una serie, bastante amplia, de cuestionamientos que el personaje principal, Marc, nos permite seguir con iel. De ese texto proceden las trece preguntas que servirán de pretextos para las conversaciones, para intentar responderlas. Digo bien: intentar.

 

Concluyo con estas trece preguntas, que no se irán desgranando como un rosario, sino tratándose a la buena de Dios, unas con otras, al hilo de nuestros extravíos:

  1. ¿Y por qué yo tengo que sexuar como usted?
  2. ¿Cómo llega el sexo a lo mental?
  3. ¿Qué sexualidad para quien sabe de lo sexual?
  4. ¿Tiene sentido la orientación sexual?
  5. El patriarcado no sirve, ¿qué otra cosa?
  6. ¿Ser una madre como un hombre?
  7. ¿Un·a psicoanalista trans?
  8. ¿A qué responde la excitación sexual?
  9. ¿Qué definición psicoanalítica del género, del sexo?
  10. ¿Una sexuación fuera del Falo?
  11. ¿Metoo & Psicoanálisis?
  12. No hay relación sexual, ¿qué hay de una relación de género?
  13. ¿Qué nueva perversión?

 

La próxima vez hablaré bajo el título «Mi diván tembló», en referencia y homenaje a James Baldwin, para hablar un poco de amor. Para caminar entre dos eróticas: Del sexo curar el amor, Hacer el amor del sexo. Abandonaremos la lección inaugural de hoy por otro formato, más poético, espero.

 

Hasta entonces, cuando haya podido volver a escuchar esta primera sesión, podrá, más allá de la discusión que vamos a tener ahora, dirigir (por correo electrónico) sus preguntas y comentarios. Nuestras próximas reuniones quizá respondan, de una manera u otra. Gracias por haberme escuchado.

 

Vincent Bourseul

 

Fin

Anexos

 

Definición psicoanalítica del género (2013) : el género es el límite situado a la vez fuera y dentro del sexo, el litoral o el margen del sexo capaz de revelar su profundidad de campo. El género aparece bajo el efecto de lo sexual; interroga los saberes inconscientes de la diferencia sexual y hace vacilar las identificaciones hasta su renovación. Así, el género deshace el sexo y crea el sexo en el entre-dos de su turbación intermitente, en el instante de estabilidad en que se experimenta.

Construcción del cuadro:

Imaginario (1) Simbólico (2) Real (5)
Género (1) objeto (1) proceso (3) instancia imposible (7)
Sexo (2) instancia (4) objeto (2) proceso imposible (5)
Sexuación (6) proceso (7) instancia (7) objeto imposible (6)