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Cuidar de sí mismo, a pesar de todo: versión del care
Raison publique, n.º 20, 2015.
Intentaremos estudiar los efectos deletéreos e inesperados de los discursos preventivos y médicos destinados a que una población cuide de sí misma. En una comunidad donde la atención al riesgo de contagio se ha llevado al nivel más alto —la comunidad gay frente al sida—, han aparecido contradicciones a lo largo de la historia de l’epidemia, tanto en los discursos como en las consecuencias de estos: barebacking, slam, Ipergay. Testigos, según nuestra apreciación, de un verdadero «cuidar de sí mismo», estos fenómenos característicos de la evolución de esta epidemia en dicha comunidad nos brindan la oportunidad de abordar configuraciones particulares del riesgo, de sus mutaciones y de sus consecuencias en nuestra interpretación de las reacciones inducidas por el riesgo cuando este se asume o se señala como algo que debe evitarse. Aunque aparentemente opuestos, el barebacking, el slam e Ipergay nos permiten vislumbrar, con la actualidad clínica, una versión del care como subversión de lo ineludible en situaciones de desastre sanitario y vulnerabilidad viral.
DESIGUALDAD VIRAL Y PRAGMATISMO
Treinta años después del inicio de la epidemia de sida, ¿sigue siendo válido el concepto de catástrofe sanitaria para describir la situación epidemiológica actual? Es imposible abordar esta cuestión sin definir, y por tanto restringir, el campo de la epidemia de sida del que hablamos, ya que desde 1983 es evidente que coexisten varias epidemias, cada una con sus características propias y sus poblaciones: toxicómanos, gais, mujeres, mujeres del África subsahariana, heterosexuales blancos, trans, etc. Ciertamente, en Francia ya no existe una situación epidémica comparable a los años 1983-1996, durante los cuales se produjo una hecatombe. Pero, ¿hemos salido del desastre? ¿Y quién es ese «nosotros»? 5
Porque si bien es evidente que la situación parece haber mejorado enormemente en general, ¿podemos decir lo mismo de las situaciones más específicas de las personas trans, por ejemplo, de los usuarios de drogas por vía intravenosa, de los jóvenes heterosexuales o de los gais? El Boletín Epidemiológico Semanal (BEH) elaborado por el InVS lo anuncia detalladamente cada 1.º de diciembre, con motivo del Día Mun6dial de la Lucha contra el Sida. Así, todo el mundo puede saber que la población toxicómana, tan duramente afectada al principio de la epidemia de sida, ha experimentado una clara mejora en su situación e incluso ha visto cómo se realizaban en su seno los progresos más importantes en comparación con otras poblaciones. Estas mejoras continúan existiendo para el VIH, pero no para la hepatitis C. Con el VHC, los usuarios de inyectables siguen encontrando grandes dificultades y el nivel de contagio sigue siendo muy elevado. Al ser el virus de la hepatitis C mil veces más contagioso que el del sida, las medidas de reducción de riesgos asociados a la inyección han resultado 7 parcialmente insuficientes. Este dato fisiológico constituye una verdadera desigualdad entre los virus y los huéspedes que pueden colonizar para multiplicarse. Esto repercute en las prácticas. La inyección por
vía intravenosa es mucho más arriesgada que la penetración vaginal, por ejemplo: existe una desigualdad viral 8 entre los usuarios de inyectables y los heterosexuales no usuarios frente al virus de la hepatitis C. Ante el riesgo de la hepatitis C, los usuarios de inyectables se encuentran en una situación de vulnerabilidad especial en comparación con los heterosexuales no usuarios. Existen otras vulnerabilidades de este tipo, en particular frente al VIH. Es el caso de los gais, en comparación con otras poblaciones como los heterosexuales en general, cuya tasa de prevalencia del VIH alcanza, en 2015, casi el 18 % en París; la tasa de incidencia del VIH alcanza casi el 50 % de los nuevos contagios. ¿Se trata de nuevo de una desigualdad que la fisiología puede explicar? No. 9 Aunque la práctica de la penetración anal presenta, cuando se es receptivo, un riesgo más elevado de contagio que una penetración vaginal, la no exclusividad de las prácticas y la imposibilidad de conocer las prácticas de las personas o grupos de población no permiten, evidentemente, concluir con certeza la existencia de una vulnerabilidad fisiológica que los gais sufrirían específicamente. Sin embargo, fueron precisamente las prácticas las que se señalaron a principios de este siglo ante el mantenimiento de un nivel muy elevado de contagio entre los gais, con la adaptación, a principios de la década de 2000, de los discursos de reducción de riesgos asociados al consumo de drogas hacia la esfera sexual.
Basándose en los alentadores resultados observados en la población toxicómana gracias a las estrategias de reducción de riesgos en la práctica de la inyección, el discurso preventivo sobre los riesgos sexuales intentó iniciar una inflexión en su contenido y forma. La asociación AIDES, principalmente, inició este trabajo en 2002, con una campaña de prevención dirigida a los gais que asumían riesgos en sus relaciones sexuales; el enfoque se llevó a cabo primero en el sur de Francia antes de generalizarse. Los riesgos fisiológicos se indexaron y compararon en escalas que los asociaban a prácticas sexuales. El discurso preventivo se determinó entonces esencialmente a partir de las prácticas y no de los riesgos en sí mismos, con el fin de llegar con la mayor claridad posible al público objetivo. Así, se pudo leer «tu ¿follas sin condón? al menos ponte gel» o «sin condón, es aún más arriesgado que te follen», 11 etc. El objetivo manifiesto de este enfoque era tomar acta de los riesgos asumidos, admitirlos dentro del discurso preventivo y proponer que estos riesgos se minimicen en cuanto a su incidencia, que se limiten los daños a partir de una acción sobre las prácticas. Al hacerlo, la RDR (Reducción de riesgos) sexual modificó en 12 profundidad la lógica de la RDR de drogas, dándole un giro más cercano a una «política del mal menor», allí donde la RDR histórica se había comprometido claramente con una «política de lo mejor».
BAREBACK Y PODER MÉDICO
Que una población hasta entonces movilizada haya relajado hasta tal punto su atención sigue siendo un enigma que, por el momento, solo ha suscitado explicaciones insatisfactorias. ¿Cómo podrían explicarse válidamente fenómenos tan complejos como los relacionados con la prevención en la sexualidad a partir del cansancio ligado al paso del tiempo, o bien por la disminución de la inquietud gracias a los progresos terapéuticos?
Todavía no se ha planteado la lectura de estos fenómenos de asunción de riesgos como respuestas o reacciones al discurso preventivo, ya que este último nunca ha sido objeto de un pensamiento crítico por parte de sus promotores o de sus públicos: no se cuestionan sus fundamentos, ni tampoco sus coordenadas simbólicas. Sin embargo, esta nueva estrategia del discurso preventivo, que exporta a las prácticas sexuales la experiencia de la estrategia de reducción de riesgos aplicada inicialmente a los
consumos de drogas, apareció en un momento muy significativo: en 2002, es decir, exactamente a continuación de un periodo en el que el discurso bareback tuvo audiencia en Francia. Esta ideología, breve en la historia epidémica (alrededor de los años 2000), dio lugar a un discurso que hacía apología de la asunción de riesgos voluntarios, de relajaciones de la prevención consentidas con mayor o menor clarividencia, sin estar siempre acompañadas de reivindicaciones favorables a un «gozar sin trabas» reinventado. El barebacking y 13 su discurso dieron forma y marcaron un tiempo caracterizado por el agotamiento de los defensores del discurso preventivo y de aquellos a quienes se dirigía dicha prevención. Los poderes públicos, pero sobre todo los agentes de 14 prevención que actuaban como portavoces de este discurso, tuvieron que reaccionar ante el debilitamiento de los hábitos preventivos. Fue entonces cuando surgió un enfoque más pragmático, inspirado en el pragmatismo adoptado previamente con las poblaciones toxicómanas. No es que el discurso preventivo hubiera estado hasta entonces teñido de una ideología demasiado abstracta con la que hubiera que romper, sino que, a falta de comprender lo que estaba sucediendo, había que reaccionar al menos, priorizando medidas de aplicación concreta o de apariencia tangible. Casi nadie consideró que este relajamiento de la prevención entre los gais, ilustrado particularmente en el bareback, pero no solo en él, podía significar y materializar una liberación, un distanciamiento o una emancipación respecto al discurso preventivo, que sigue siendo un discurso público —financiado por el Estado, además.
El polémico autor Guillaume Dustan, que reivindicaba su asunción de riesgos voluntarios en 15 un proyecto de liberación de la sexualidad coaccionada por el discurso preventivo, dio mucho que hablar, pero nunca fue leído como intérprete indirecto de los discursos preventivos de la época y de los fenómenos conductuales y sociales visibles entre los gais en ese periodo. Lo que dijo y escribió es, sin embargo, bastante sencillo. Tras dos décadas de discurso oficial de protección colectiva e individual, un movimiento de independencia —por peligroso que fuera— se impuso a él y a otros. No por amor a la provocación, que por otra parte apreciaba, sino, según él, para recuperar la elección: la elección de protegerse o de no protegerse frente a la obligación de la protección. Cómo decir mejor que se trataba de una necesidad individual, subjetiva, finalmente recobrada tras un periodo demasiado largo de dolores, de restricciones concedidas a la colectividad, a la comunidad, al discurso preventivo, al Estado —que, recordemos, solo reconocía la legalidad de las relaciones homosexuales desde hacía poco tiempo, y ya pretendía inmiscuirse en la sexualidad de los gais con buenas intenciones en materia de salud. La libertad recién adquirida, tan rápida16mente malograda por la epidemia, fue reconquistada, especialmente a través del bareback, a la primera oportunidad: alrededor del año 1998, con el giro que representó la aparición de las multiterapias.
Esto no impidió que Dustan y otros murieran muy jóvenes, ya que la historia fisiológica del virus no se coordina con la historia subjetiva y sus necesidades. Los psicoanalistas —entre otros— lo saben, pero el Estado y sus portavoces no lo entendieron así, acentuando los esfuerzos a favor de un enfoque pragmático no subjetivo, aunque individualista, de los comportamientos 17 sexuales y de la asunción de riesgos. Hay aquí un matiz sensible y decisivo sobre el que volveremos, ya que el discurso preventivo se hundió aún más en su sordera congénita, rechazando la paternidad de estos fenómenos de escape.
Los años siguientes vieron el desarrollo de enfoques biomédicos de la prevención, hasta la integración de herramientas terapéuticas curativas en el arsenal preventivo. Las moléculas que tratan el VIH adquirido por un organismo se plantean para impedir su instalación en un sujeto seronegativo durante
una asunción de riesgo. Esto se llama PrEP: profilaxis preexposición; en Francia, el ensayo terapéutico se denomina «Ipergay» y ofrece acceso al medicamento Truvada®, tomado antes de la asunción de riesgos y 18 después de estos según un protocolo preciso. Las herramientas científico-médicas han acudido en ayuda de la prevención, cuyo discurso se ha transformado, evidentemente, una vez más a lo largo de estas evoluciones de paradigmas. Nuestro proyecto no consiste en evaluar la validez de estas estrategias, sería una empresa vana: estas estrategias se están implementando y se constatan, eso es todo. Lo que resulta más interesante se encuentra a la sombra de estas novedades que ilustran una epidemia de sida 2.0, tal como la han calificado Lestrade y Pialoux. Durante la puesta en marcha de estas revoluciones en la prevención, primero en Estados Unidos y luego en 19 Europa poco después, aparecieron nuevas formas de desistimiento y de marginalización de los comportamientos, prolongando y suplantando al bareback.
Al otro lado del Atlántico, a finales de la década de 2000, exactamente en 1998, Paul Morris funda en California la sociedad Treasure Island Media (TIM). Es una productora de cine porno gay 20 bareback. Con su logotipo de piratas del mar que muestra una calavera y dos espadas, la empresa expone claramente su ideología y propone a actores jóvenes, especialmente principiantes, unirse a la isla del tesoro de los piratas del sexo: aquellos que hacen cosas transgresoras, moralmente prohibidas, contrarias al discurso oficial de prevención. La asunción de riesgos se plantea aquí, de nuevo, como un escape, una liberación, tal como Dustan expone en su literatura —sin relaciones de influencia—. Aparecen nuevas identificaciones: al igual que muchos partidarios del bareback se reconocieron en la obra de Dustan, los actores de TIM lucen el logotipo de la empresa tatuado. Con el soporte de internet, se facilitan las producciones y difusiones de las películas: los chicos jóvenes pueden convertirse en estrellas del porno en la web, donde los visitantes pueden seguir sus historias, sus desventuras y, a veces, sus dramáticas caídas personales. Al mismo tiempo que la prevención se ha tecnificado fuertemente y su discurso se ha reforzado, hasta el 21 punto de resultar de difícil acceso para los no especialistas, las innovaciones en materia de escape a la prevención también han adoptado formas ciertamente más complejas y equipadas.
SLAM Y SUBJETIVIDAD
En Francia ha aparecido, especialmente entre los gais seropositivos, el fenómeno denominado slam, que 22 consiste en el consumo de drogas por vía intravenosa durante las relaciones sexuales. Este fenómeno no ilustra tanto una nueva forma de apartarse de la prevención del contagio por el VIH, ya que empíricamente se admite que esta práctica afecta inicialmente a personas seropositivas en su gran mayoría. Sin embargo, el slam atestigua y relata algo de la historia de la epidemia y del discurso preventivo. Nos explica, a través de la prueba que representa de hecho, de qué manera los intentos de escape al discurso preventivo de la época del bareback se han transformado en formas de resistencia a los discursos de salud promovidos por la prevención, así como en una suerte de reacciones a los discursos sobre el sexo, promovidos también por el discurso preventivo. Más aún que una multiplicación de los riesgos de contagio de diversos virus, infecciones o gérmenes, la práctica del slam se ha impuesto como una práctica sexual de pleno derecho, una práctica capaz de transformar con ella la imagen de la sexualidad gay previamente definida, indirecta y directamente, por el discurso preventivo, hacia nuevos horizontes creativos, transgresores, libres del discurso-estatal-de-prevención-discurso-sobre-el-sexo. En cada etapa del florecimiento de estas marginalizaciones en forma de asunción de riesgos, se reconquistan las fronteras de un mundo percibido como libre. Todos estos piratas, slammers y barebackers han rechazado o superado manifiestamente, han cruzado límites, líneas y reglas. Ninguna de estas iniciativas debe excluirse de un análisis que explore estas propuestas espectaculares como auténticas respuestas y reacciones al discurso preventivo, del cual decimos genéricamente que es un discurso sobre el sexo, y un discurso de Estado que se inmiscuye en los asuntos del sexo financiándolo: un discurso al servicio de un biopoder manifiesto. 23
Más allá de la valoración que pueda hacerse de las diferentes estrategias de prevención, resulta sorprendente que estos elementos nunca hayan sido, ni sigan siendo, considerados como indicadores valiosos de lo que podría extraerse de un límite intrínseco al discurso preventivo, un defecto fundamental de este discurso, sobre el cual convendría informarse finalmente para garantizar que las nuevas estrategias de prevención sean capaces de trabajar por el bienestar y la mejora de las situaciones, sin fomentar repetitivamente y de forma mórbida estos fenómenos percibidos hasta ahora como simples defectos a resolver cuando son símbolos a interpretar.
La mayor vulnerabilidad viral de los gais, causa de desigualdad en la comunidad gay, constituye una situación sanitaria amenazante, como señala Jacques Leibowitch: las posibilidades de encontrar a un 24 compañero seropositivo y de estar expuesto al virus no tienen comparación con los riesgos epidémicos en los que incurren los heterosexuales. Sin necesidad de integrar otras variables relativas al número de parejas o a las prácticas sexuales, las probabilidades son elevadas. La vulnerabilidad inducida por esta desigualdad viral es incontestable.
Además de este argumento de peso, cabe señalar que las asociaciones de personas seropositivas 25 informan de que la discriminación hacia los portadores del virus nunca ha sido tan importante como hoy. Esto se debe a que nunca ha habido tantos seropositivos con buena salud, susceptibles de encontrarse con situaciones de discriminación en su vida, pero también debido al mantenimiento paradójico de una desconfianza hacia la seropositividad —especialmente en el trabajo o en las relaciones afectivas y sexuales— sin relación con la realidad médica de los riesgos de contagio actuales: a saber, que una persona seropositiva tratada y con carga viral indetectable ya no se considera contagiosa y, por tanto, ya no debería suscitar temor.
La mayor vulnerabilidad viral de los gais, causa de desigualdad en la comunidad gay, constituye una situación sanitaria amenazante, como señala Jacques Leibowitch: las posibilidades de encontrar a un 24 compañero seropositivo y de estar expuesto al virus no tienen comparación con los riesgos epidémicos en los que incurren los heterosexuales. Sin necesidad de integrar otras variables relativas al número de parejas o a las prácticas sexuales, las probabilidades son elevadas. La vulnerabilidad inducida por esta desigualdad viral es incontestable.
Hemos demostrado, en el artículo mencionado anteriormente, que, desde el inicio de la epidemia, los 26 seropositivos han constituido poco a poco una comunidad en la sombra dentro de su propia comunidad, y siguen sufriendo una suerte de represión intracomunitaria, a pesar de que la constitución de este subgrupo ha participado claramente en los cimientos de la emancipación comunitaria gay de los años 1990-2010. Como todo legado desdichado o portador de sufrimientos pasados, este es rechazado en un movimiento defensivo. La persistencia de la seropositividad en el seno de la comunidad gay no hace sino recordar la historia de la identidad gay, la erosiona tanto como la refuerza debido a la intensidad y la violencia de esta historia colectiva que pesa sobre las libertades individuales. Las expresiones subjetivas se ven limitadas por este peso imaginario y simbólico. Se ejerce una autoridad sobre la existencia misma de los cuerpos por la presencia o ausencia del virus, sus consecuencias, los tratamientos o la falta de ellos, el rechazo en el amor o en el sexo.
Según Blanchot y Nancy, el auge de una comunidad procede de la erradicación del individuo. 27 28 En el caso de la comunidad, este proceso se duplica por la presencia del virus, que impone su dictado.
Asistimos hoy a los efectos de estas redundancias y repeticiones de las exclusiones de las individualidades en un contexto de desencadenamiento de los biopoderes: el de la propia enfermedad, pero también el de la terapéutica contra la enfermedad, y el del entorno donde la enfermedad evoluciona: por tanto, de los seropositivos, de sus entornos, de la sociedad, de la comunidad gay, de los médicos, de los agentes de prevención.
BIOSUBJETIVIDAD
¿Es posible mirar de otro modo los escapes y las piraterías de las que hemos hablado, que se han ilustrado y siguen apareciendo en lo que denominamos nuevas etnicidades sexuales? «Etnia» para decir que no estamos ante un simple grupo, ni una comunidad, ni un clan. Pero para decir, a pesar de todo, que opera un reconocimiento a partir de un denominador común que proponemos considerar que es el virus como marcador de exclusión, y no solo como agente de contagio y condición de la seropositividad. Estas dos últimas cualidades son también las formas más antiguas bajo las cuales encontramos el virus. La exclusión, por su parte, está presente desde el inicio de la epidemia, pero hasta ahora no había estado activa en el contexto de una población que potencialmente ha recuperado los medios para levantarse. Entre los gais, estos medios —terapéuticos y aumento progresivo de derechos— no han dado lugar a la producción ni a la organización de una respuesta colectiva duradera orientada hacia el resurgimiento o el progreso.
Así se invita a la posibilidad misma de considerar la biosubjetividad presente, que aún no se ha producido o que ha tardado en emerger. Foucault, desde la hermenéutica hasta la biosubjetividad pasando por el biopoder, traza la perspectiva del propósito del individuo reapropiado por sí mismo, consciente de sus pertenencias y sus determinantes. Es quizás lo que puede generar el proyecto Ipergay más allá de sus objetivos de ensayo terapéutico, cuando compromete al individuo hacia un nuevo posicionamiento respecto a su comunidad, al colectivo. La posibilidad de una prevención reforzada por la ayuda medicamentosa y unas tasas de protección así elevadas no pueden sino renovar la relación entre una persona y su 29 grupo de pertenencia, entre un gay y su comunidad. La sexualidad se ve cuestionada y modificada en términos de identidad y de prácticas. Esto ya es detectable a nivel clínico para quienes participan actualmente en el ensayo. Pero, ¿permite esto, más profundamente, fomentar el surgimiento de una subjetividad capaz de apoyarse en el saber adquirido por ella sobre los poderes que la asaltan, de las realidades biológicas y corporales que la fundamentan, de los determinantes culturales, sociales o políticos que la atraviesan, sin olvidar las influencias simbólicas e imaginarias de las que es rehén? En la actualidad, es aún demasiado pronto para responder a esta pregunta. Se necesita tiempo para ver aparecer o no signos que anuncien cambios de paradigmas identitarios y subjetivos entre los gais, en la comunidad gay. Suponiendo que esto sea posible, ya que se nos permite anticipar positivamente, esta evolución marcaría claramente una etapa adicional de las reacciones identitarias gais en situación de catástrofe sanitaria. Pero, ¿serán fruto de la oferta realizada por Ipergay o el resultado de su desvío por parte de sus beneficiarios?
Aunque los objetivos perseguidos no soporten la comparación en apariencia, ya es posible pensar en estas novedades venideras en la línea directa de las piraterías y los excesos pasados que habrán sido el bareback y el slam. Los gais-Ipergays, aquellos que van a acceder a esta opción de incluir, como seronegativos, tratamientos con fines preventivos en sus prácticas sexuales, están ciertamente comprometidos en la exploración de una subjetividad en acción y en creación, a partir de un mismo punto de apoyo común al bareback y al slam: cuidar de sí mismo, donde el sí mismo determina la urgencia subjetiva incluso cuando esta es contradictoria con las necesidades sanitarias o la salud en sentido amplio. Veremos si esta subjetividad puede calificarse de biosubjetividad.
Según esta vía, solo habría hecho falta dejar que el biopoder de la medicina se uniera y se mezclara con el del virus para que se concretara una nueva forma de subjetivación de la epidemia y de la identidad gay. Es sin duda el caso de muchas personas afectadas. Pero, ¿qué podemos imaginar de los futuros traspasos, de las piraterías por venir que desviarán a su vez las propuestas del discurso preventivo sobre las sexualidades complementadas con terapéuticas profilácticas? ¿Se reducirá o se frenará la catástrofe sanitaria transformada en desastre sanitario? ¿O no será más bien la identidad comunitaria la que se verá reforzada en detrimento de las individualidades? Por último, ¿habrían encontrado los objetivos de control de la prevención las condiciones para su civilización y su desarrollo en los tratamientos preexposición?
Para responder a estas preguntas, hay que describir en qué se ha convertido el riesgo durante todo este periodo. Porque tanto en el plano fisiológico como en el imaginario, inconsciente o político, el virus del sida y sus efectos han experimentado tantas transformaciones que ya no siempre son tan localizables como se desearía. Y en esta rápida prospección, interrogar el lugar otorgado al care como preocupación cotidiana por el prójimo, por parte de las personas afectadas entre sí —los gais, en nuestro ejemplo—, pero también por parte de quienes se dirigen a estas personas —Estado, personal sanitario, agentes de prevención.
VERSIÓN DEL CARE
Con los tratamientos, la carga viral puede llegar a ser indetectable. En la práctica, las propias personas seropositivas dicen que son indetectables. Esto subraya, irónicamente, dos aspectos muy distintos de la evolución de la epidemia. La cantidad de virus puede ser lo suficientemente baja como para no representar ya un riesgo de contagio. Tener relaciones sexuales no protegidas ya no es una asunción de riesgo absoluta: todo depende de la carga viral, por tanto, del conocimiento de la posible seropositividad de uno de los dos miembros de la pareja, de su posible tratamiento y del buen funcionamiento de este. Así, el riesgo ya no es localizable como lo era antes, asociado a parámetros estables —relación protegida/no protegida, seropositividad/seronegatividad—. Esta fluctuación del riesgo, que se ha desarrollado a medida que avanzaban las terapias y el seguimiento de los tratamientos por parte de las personas afectadas, ha contribuido a una verdadera mutación de las posibilidades de respuesta, de reanudación subjetiva por parte de los gais del destino que les ha tocado. Asociada a la desigualdad viral, que constituye un carácter de vulnerabilidad ejemplar, la inestabilidad del riesgo refuerza y activa las respuestas y reacciones accesibles y posiblemente creadas. En medio de los riesgos, la iniciativa tomada, debido a sus esperanzas, se ha desvinculado manifiestamente de sus consecuencias cada vez que se han llevado a cabo formas de piratería y transgresión, como hemos mencionado en los ejemplos. Contra toda apariencia, siempre ha tomado la vía de un «cuidar de sí mismo» paradójico que, si bien no se centraba en un criterio sanitario stricto sensu, apuntaba claramente a una necesidad subjetiva, ya fuera en el caso del bareback o como lo es todavía en el slam o en la adhesión a Ipergay. Este «cuidar de sí mismo» no es una forma de care; no es directamente portador del cuidado brindado al prójimo, sino a uno mismo. No obstante, el destinatario secundario de este cuidado autoadministrado no es otro que la pareja o las parejas, también expuestas a las mismas dificultades. Esta dimensión del reconocimiento de las necesidades, aún más fuerte en el proyecto Ipergay donde la acción de un individuo influye en todos los demás, y viceversa, sugiere una forma de benevolencia reconfigurada, que puede verse como una versión del care. En efecto, se trata de care debido a la interpelación activa al otro: la de una interpelación al otro en el movimiento del care que no podría dejar de ser portadora de una cierta dimensión de uno mismo, sin la cual la interpelación no podría realizarse.
Si la dimensión del cuidado tomado o considerado para uno mismo o para el otro parece menos evidente en el caso del bareback o del slam, pensemos que la creación de un espacio donde la inquietud que lastra el desarrollo sexual es sustituida por una forma de liberación capaz de garantizar —aunque sea temporalmente— un goce compartido procede, sin duda alguna, de un intercambio no solo esperado, sino también puesto en marcha y creado. Que se extienda hasta el intercambio de enfermedades acentúa su alcance paradójico. Decir que la benevolencia está en el corazón de las prácticas de bareback o de slam no es una evidencia a primera vista. Sin embargo, la experiencia clínica y psicoanalítica refuerza esta formulación. Esta versión ambivalente de un cuidado aportado para responder y satisfacer las necesidades subjetivas de subversión del control ejercido por los discursos de salud y prevención como biopoder, procede de una adaptación y una resistencia que, si bien ha encontrado en Ipergay una forma respetable, no deja de ser una fuente potencial de inversión, transgresión y sorpresa. El futuro lo dirá. Lo que es evidente por ahora es que las motivaciones subjetivas son las mismas o responden a la misma necesidad de liberación frente a la presión del poder llamado «bio» que la epidemia encarna, que el virus sigue haciendo presente, en las tres situaciones y fenómenos que analizamos aquí.
Ya es seguro, a la vista de las prácticas relatadas en nuestra experiencia clínica, que los participantes en Ipergay hacen de él una práctica que se aleja de los objetivos declarados del ensayo, aunque no por ello se vea privado de ellos. Es un punto interesante de la recepción de esta propuesta médica que los pacientes se la apropien. Es un biopoder que entra en diálogo con el poder imaginario atribuido al virus, 30 del cual surge una producción nueva, inesperada, cada vez singular. Su intención respecto al virus se cruza en el individuo con la posibilidad de un progreso adicional en su liberación respecto al virus, en la regulación de su posición frente al colectivo y su comunidad, en su emancipación de los antiguos discursos preventivos; en una palabra, sus necesidades subjetivas. La alianza, la articulación, se realizan aquí. Cuando Ipergay anuncia que su objetivo es la prevención, el individuo tiene la libertad de aspirar a una sexualidad liberada de ciertas trabas —lo que no la hace mecánicamente libre por ello—. Asume la oferta médica por su cuenta sin necesidad de aspirar a los mismos objetivos que dicha oferta. Así, la emancipación puede continuar estando enmarcada por un biopoder deseado o aceptado, ya que proporciona una satisfacción subjetiva suficiente para adherirse a esta oferta. Algunos lo llaman alianza terapéutica; nosotros preferimos sujeción consentida para subrayar el proceso que preside la elección, más que el éxito sanitario aparente del que las autoridades deben alegrarse.
Entonces, ¿se trata de una biosubjetividad en el sentido de Foucault? Si nos atenemos al uso que él hace de ella, faltaría en nuestro ejemplo la claridad por parte del individuo en su análisis y aceptación de los poderes que lo sujetan —los de la medicina, por supuesto, y los de la prevención, pero también los ligados a su sexualidad como necesidad—. Esta clarividencia no exige que el individuo pueda llevar su subjetividad hasta liberarla de toda traba, ya que ese proyecto se considera imposible por definición. Sin embargo, a falta de una acción completa, el apoyo en el análisis de los poderes sufridos compromete, al parecer para Foucault, la producción de principios éticos de dimensión personal que sugieren el examen de los poderes hasta las necesidades individuales, y no solo de las coacciones venidas del exterior. Sobre este punto, no es seguro que la sexualidad y sus necesidades se cuestionen verdaderamente en lo que Ipergay puede proponer, aunque estas se discutan. ¿Para decir qué? ¿Que las necesidades individuales animan al individuo a adherirse al enfoque médico y preventivo asociados en uno solo? La respuesta está escrita hasta en el nombre —Ipergay, hay que escucharlo—, lo que equivale a decir que el debate está cerrado y las cuestiones de fondo pospuestas en cuanto se anuncia una oferta de sexualidad-Ipergay. El pragmatismo fisiológico no es amigo de la crítica, aunque no la impida en absoluto, ciertamente no la fomenta. Dicho esto, habrá gais que muy probablemente se protejan de un contagio gracias a los medicamentos. Ya es el caso. Pero, ¿qué será de esas cuestiones pendientes que se han dejado de lado en las discusiones desde el inicio de la epidemia? ¿Serán problemáticas cuando surjan por rebotes o a través de otras adaptaciones colectivas mediante los medios técnicos adicionales por venir y otras creaciones individuales que aportarán sus formas de respuesta, de reacciones guiadas por otras preocupaciones?
CONCLUSIÓN
Cuidar de sí mismo ya es una forma de cuidado, pero esto puede realizarse a contrario del sí mismo que interesa a la filosofía o al psicoanálisis, cuando el inconsciente y la existencia quedan al margen de los determinantes de la decisión individual bajo la presión colectiva. Las necesidades subjetivas fomentan, en todos los sentidos, adaptaciones portadoras de emancipación, liberación y autonomía más que notables, que deben analizarse aún más. La técnica y su discurso les otorgan plusvalías y soportes eficaces, aunque sin alcanzar el principio del fondo que las guía de forma subyacente. Ahí reside una brecha que constituye un enigma. Pues materializa una zona de reverso y de inversión propicia para los movimientos individuales, que las situaciones de vulnerabilidad —la desigualdad viral, por ejemplo— estimulan y hacen emerger. Es posible cuidar de sí mismo, y por tanto de los demás, sin que ello sea ni la fuente ni el resultado de una toma en consideración o una impugnación de la dimensión política del gesto realizado. Cuidar de sí mismo puede ser también parcialmente contra uno mismo, en contra o en el desconocimiento de ciertos intereses del sí mismo, pero no sin que estos sean, indirectamente o por defecto, abandonados por la importancia de las necesidades subjetivas que prevalecen. Estas emergencias, espectaculares en cada ocasión —ya sea el bareback, el slam o Ipergay—, traducen versiones del care y recomposiciones del estatus del prójimo con respecto a un sí mismo trastocado por la inversión que opera para asegurar su respuesta individual ante sus necesidades subjetivas.