De punto en paso (2017)

De punto en paso (2017)

De punto en paso

Carnets de l’EpSF, n°105, 2017, p.29-30.

Los recientes trabajos del colegio del pase me han puesto a trabajar, desde la primera sesión de este colegio, singularmente por la interpelación que ha resultado de ello. Recuerdo que una metáfora de la travesía había encontrado forma, en esa ocasión, bajo los rasgos estructurados de un gigante pasador de río. Siento aún mi irritación de entonces, bastante prodigiosa, al escuchar esa referencia y proposición. Me hará falta tiempo para decodificar algunos fragmentos. Primer punto. En vivo, había partido de esa sesión pensando que el pasador podría muy bien ser un enano, y no un gigante, para pensar, en vano, mi reacción ante esa perspectiva que hacía del pasador una superficie tan grande para llevar bastante alto, y bastante fuerte, el testimonio del pasante de una orilla a la otra. Un gigante hace muy grande superficie, me había propuesto, para reír un poco sin poder relajarme. Al pasador lo veía más bien como un enano que el pasante vería como un gigante, al investirlo tanto de su testimonio a él confiado. Es que había aceptado ser aquel que recoge el testimonio de un pasante. Esta experiencia, reconducida, terminada entonces no lo estaba tanto.

Rechazando el gigantismo del asunto, que menos que la grandeza traduce bien la consecuente consistencia y las consecuencias consistentes, estaba prefiriendo el achicamiento. Pero ninguna Alicia en mi camino con sus galletas reductoras de tamaño. Ningún Conejo Blanco para guiarme. La caída, nada más que la caída aventurera, en el tiempo dilatado, desde la entrada de la madriguera hasta la pequeña sala y su pequeña puerta. ¡No, y no! El pasador no podía ser un asunto tan grande, aunque pretexto de numerosos asuntos institucionales en la historia del movimiento psicoanalítico. Ninguna Reina de Corazones tampoco, sino el analista y nada más, luego el análisis y algunos otros. Comenzaba a saber qué había sido para mí haber hecho el pasador, y me esforzaba en adjuntarle un «…pero de todas maneras», para alejar la prueba de salir, por la puerta pequeña o la grande, de tener o no que saber algunas cosas al respecto. Organizar la denegación pide energía, y fuerza. Hacer los gastos, y reponerse, invita al uso de una fuerza colosal experimentada pequeñamente, desde la miniatura del pasador eclipsado por el pase y su extraña consistencia, invitado a experimentar la materia de la ausencia, la de los relatos de los pasantes, luego la suya propia puesta al día en el después-golpe de los procedimientos llevados a su término.

Me hará falta conocer eso para salir del sombrero dejando la puerta entreabierta. Su imposible cierre impide o vuelve caduco todo golpe teatral de la pesada. Ningún bulevar en esa escena, sino el ligero parpadeo de una nueva mirada llevada poco después donde el gozne del pase comparte los pasos de aquel/aquella que se avanza, en el pequeño sendero. Un paso que hace punto a lo que insiste. Una orilla que no se distingue de aquella que la miraría de frente. Primer paso. La travesía no hace más que trazar la vía fugaz desde la brecha donde se ilumina en un tiempo la extensión de un espacio. La travesía fomenta con el mismo trazo el repique del punto que hace paso, doblando allí la malla para que nada se escape. Que la malla no se escape en ese punto asegura del paso en cuya huella un punzón se dejará ver, leer por otros. Esto parece tan seguro que es casi tonto escribirlo. ¿Me aventuraré más adelante por ello? Queda por ver. Nunca me gustaron los carruseles de la feria, nunca. Demasiados giros y vértigos… si hubiera sabido. La Montaña Rusa se sabe cuándo se detiene, aunque se piense que no se verá el fin. Del pase, por algunos bordes y trozos que se aborde se revela ser más bien 1 — un giro: de ver, de percibir que se detiene, se piensa en el propio fin; 2 — un desvío: de no ver ya nada, se termina por detenerse para ubicar ese nuevo lugar. ¿Está enfrente? No. La travesía no compromete la rectitud, sino suplica que de través se conduzcan pasos en ese nuevo espacio. Atravesar impone que un ir hacia se deje ver para que aparezca la travesía que habrá sido, si se ofrece a la observación, necesaria para que la caída se experimente. El vértigo indica que la perspectiva ha cambiado, que una dimensión llena de vacío y de algunas nadas se presenta para ser gustada por cada «grano» que la hace, por cada «poro», hasta el apaciguamiento del cuerpo y del alma, para salir del latido estridente de la oscilación surgiendo entre la muerte y la locura.

Vincent Bourseul

París, 7 de febrero de 2017.