¿Deshacer el género para decir qué? (2009)

¿Deshacer el género para decir qué? (2009)

This post is also available in: English (Inglés) Français (Francés) Italiano Português (Portugués, Brasil)

Télécharger l'article en PDF

¿Deshacer el género para decir qué?

Le journal des psychologues, n.º 272, París: noviembre de 2009, p. 60-64.

Si bien las cuestiones relativas a la sexualidad tienden a banalizarse en los discursos social y político, existen pocos escritos sobre el género como tal, y menos aún sobre lo «transgénero». Vincent Bourseul se ha interesado por esta problemática singular tratando de poner de relieve lo que el hecho de deshacer el propio género deja entrever de la identidad de aquellas y aquellos que reivindican estas nuevas figuras sexuales.

Desde principios de la década de 1990, nuevas figuras sexuales emergen en el paisaje contemporáneo. Las sexualidades queer y transgénero, tal como se han autodenominado, se inscriben en un movimiento general de cuestionamiento de la identidad sexual a partir de una interrogación sobre el género. En 1990, Judith Butler publicó su obra más célebre, El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad. Este primer opus de una larga serie dinamizó la reflexión de la comunidad homosexual, particularmente de las mujeres lesbianas feministas, a propósito de las relaciones de normas y de poder entre los sexos. Las condiciones de emergencia y de existencia de las identidades sexuales han sido, desde entonces, repensadas a partir de la categoría de género, categoría normativa que el movimiento queer se propone deconstruir para trascender el género.

En una determinada comunidad, con las elaboraciones teóricas de Judith Butler, el movimiento queer designa la afirmación y la declaración de sí mismo como necesidades vitales para la existencia de ciertas minorías sexuales: su objetivo es crear nuevos modos de expresión identitaria, nuevas denominaciones, para asegurar la supervivencia de ciertas identidades sexuales invisibilizadas por el efecto de la normatividad. Los gender-crossers, comprometidos en travesías del género o en intentos de deconstrucción del género, se presentan entonces como nuevas categorías identitarias, nuevos géneros hasta entonces inciertos o desconocidos: los transboys, las fem, las butch, los middle-half, las transgirls, etc.

En el plano sociopolítico, estas iniciativas parecen dar testimonio de la necesidad de cuestionar y poner en duda ciertas relaciones de fuerza y de poder que parecen operar como coacciones sobre determinadas comunidades. Pero, en el plano individual, ¿cuáles son los retos psíquicos de una travesía del género? ¿Para qué proyectos, conscientes e inconscientes, se compromete un sujeto en un intento de deconstrucción de su género, apoyándose en los elementos teóricos de un movimiento de pensamiento? De todas las variantes posibles dentro de las sexualidades queer, nos detendremos más concretamente en las situaciones de transgénero (en transición de género, pero no necesariamente de sexo). La pregunta que nos guiará es saber para qué producción, para qué creación psíquica y subjetiva, se emprenden estos intentos de deconstrucción del género y para qué sirven.

¿Qué podemos explorar de lo que se desprende de los procesos manifiestos para identificar los retos psíquicos subyacentes? Porque, si bien las ambiciones teóricas de las deconstrucciones del género nos han parecido claras, aunque arduas, las trayectorias singulares presentan divergencias inherentes al solo hecho de que entre deshacer el género y deshacer el propio género residen dos intrusos: el sujeto y su deseo. Este paso entre los objetivos teóricos y la realidad clínica nos permite detenernos en lo que se dice con ocasión de los intentos de deconstrucción del género, sobre las modalidades del discurso de las declaraciones de sí mismo y de afirmación de sí mismo.

El estudio de este dispositivo discursivo puede proseguirse después iluminándolo con lo que nos enseña el estadio del espejo de Jacques Lacan a propósito de la fundación del Yo. La analogía de estos dos dispositivos imaginarios y simbólicos nos permitirá concentrarnos en la relación del sujeto con la imagen. Esto nos permite elaborar algunos elementos de respuesta a la pregunta inicial: «¿Deshacer el género para hacer qué?» y escuchar más sobre la cuestión esencial que se desprende de ello: «¿Deshacer el género para decir qué?»

¿Quién dice qué?

Existen mil y una formas de definirse y de habitar las categorías a las que pertenecemos: hombre, mujer, heterosexual, homosexual. Sin embargo, los queer-crossers se identifican con la ayuda de unas veinte o treinta terminologías diferentes: butch, fem, hyperfemale, genderqueer, transgender, transsexuals, middle-half, drag-kings, performers, etc.

Entre la teoría de la deconstrucción del género y las realidades clínicas que podemos observar, existe una brecha, una transformación. Digamos, en cierto modo, que entre las perspectivas hegelianas de Judith Butler y la calle aparecen detalles y singularidades que a menudo cuentan algo distinto de lo que podríamos esperar si se tratara de una simple aplicación de las teorías de género, algo que, a veces, algunas personas parecen querer atribuirles como efectos teórico-prácticos, allí mismo donde los diferentes autores definen su límite. No podemos ignorar el desfase de motivación y de realización que se opera entre deshacer el género y deshacer el propio género. Deconstruir el género como norma no es deconstruir el género como tal, como producción psíquica del sujeto.

Cuando las teorías queer y las gender theory deconstruyen el género, la empresa intelectual y conceptual conlleva reivindicaciones militantes sociales, filosóficas y políticas. Cuando una persona emprende una travesía del género —lo que designa literalmente el gender-crossing —, se trata más bien de sus reivindicaciones personales, que pueden designarse por sus retos psíquicos individuales. Aunque el discurso de los gender-crossers esté fuertemente teñido de las teorías por las que es producido en una postura militante, no ignoramos el interés de ir más allá de los retos manifiestos tal como se enuncian. Aunque los gender-crossers motiven sus trayectorias en perfecta adecuación aparente con ambiciones teóricas generales, sostenemos que una motivación más personal, y más inconsciente en parte, difiere en muchos aspectos de las ambiciones literarias aparentes.

Si bien el conjunto de lo queer puede englobar la totalidad de las identidades citadas hace un momento, no todas son comparables. Algunas se basan en transformaciones temporales, otras en transformaciones más permanentes, especialmente mediante el recurso a las hormonas y a la cirugía. Habría que distinguir, por tanto, escrupulosamente los diferentes casos entre la diversidad de las identidades queer. Sin embargo, al elegir estudiar más particularmente las modalidades del discurso de las declaraciones de sí mismo y de la relación con la imagen del sujeto con la ayuda del estadio del espejo y de la clínica de lo informe, he optado por fundamentar mi discurso únicamente a partir de trayectorias denominadas «transgénero».

 

El discurso performativo, dispositivo discursivo

Si seguimos las reflexiones de Judith Butler a propósito de lo que constituye el proceso de afirmación identitaria, comprendemos que la creación del espacio queer con sus mitologías y sus creencias no es cuestión de ciencia ficción, sino de una condición de supervivencia. Las condiciones de existencia del sujeto y de su supervivencia residen en la posibilidad de su afirmación y de su enunciación; esto es lo que demuestra a lo largo de sus primeras obras.

El género solo se adquiere a través del intercambio y la aceptación que el otro hace de él en la fantasía. Sobre esta concepción se han desarrollado ampliamente los trabajos de Judith Butler hasta hoy a propósito de la subjetivación, especialmente en una de sus últimas obras, Dar cuenta de sí mismo (2007).

En este intercambio entre el discurso y la fantasía se produce una acción directa que, de uno a otro y recíprocamente, determina las condiciones mismas de existencia de los sujetos presentes. El poder de actuar del discurso en tanto que realiza, determina, define y sujeta al individuo, ya sea por la palabra misma o por su retorno en la fantasía del otro, conforma al individuo. Es la ilustración de la performatividad del discurso a la que Judith Butler se dedica, especialmente en Cuerpos que importan a partir de los trabajos de John Langshaw Austin. El discurso en tanto que palabra está dotado de un poder de actuar que realiza algo sobre el sujeto como podría hacerlo un acto. Así, el poder de las palabras se entiende como capaz de hacer nacer, construir o destruir al sujeto. De ahí la importancia otorgada en los movimientos queer a la afirmación de sí mismo.

Cuando una persona se compromete y se afirma declarándose como «transgénero», por ejemplo, hay que estudiar las condiciones de éxito de esta declaración. Las condiciones de su éxito en su intento performativo están ligadas a las características del espacio en el que interviene. Porque no basta con declararme como tal para que me convierta en tal.

Declararse «transgénero» a los ojos de los demás y realizarse como tal constituye un acto de discurso ilocucionario. Está sometido a una cierta ritualidad y condicionado por su «dimensión convencional» o «ceremonial». Si no existe ya, en el lugar al que se dirige el discurso, algo con lo que oír y comprender lo que se declara, el poder de actuar del discurso se ve comprometido. Incluso recurriendo a la performatividad del acto discursivo, nada ocurre por el solo hecho del autor de la declaración, o bien este abandona la idea de realizar lo que enuncia. No hay que olvidar que, como enunciados, estas declaraciones de sí mismo solo son eficaces si su efectividad supera el momento mismo de su enunciación. Tomemos el ejemplo del matrimonio: fuera de las condiciones legales habituales, ninguna declaración de candidatos al matrimonio tiene valor a los ojos del Estado si no se realiza ante uno de sus dignos representantes y según ciertas reglas. No basta con enunciarse como mujer o drag-king para serlo o llegar a serlo; es necesario además que el entorno pueda ser puesto a contribución según ciertas condiciones de inteligibilidad y responda al enunciado mediante el reconocimiento del otro.

La proliferación de las terminologías posibles da testimonio de la multiplicidad de las identidades y de las singularidades. Ilustra y subraya también la indispensable complacencia entre las identidades que se proponen al reconocimiento y el entorno solicitado. Existiría entonces la posibilidad de producir al infinito tantas categorías como identidades, lo que garantizaría el reconocimiento de la singularidad de cada una de ellas. Pero, ¿podría garantizarse realmente el reconocimiento del otro universal, en un paisaje comprensible para todos?

Comprendemos así que la declaración de sí mismo, como transgénero por ejemplo, solo tiene posibilidades de éxito y de realización efectiva bajo las condiciones previstas por John Langshaw Austin, a saber, que debe producirse según la ritualidad que se le impone, y que debe dirigirse al entorno capaz de recibirla, de reaccionar y, por tanto, de hacer suyos los efectos de la realización. Se llega entonces a la idea de Judith Butler según la cual el género solo se adquiere en la fantasía del otro cuando este está dispuesto a concedernos tal estatus de género o tal identidad.

Si bien existe la necesidad de la afirmación identitaria, de la declaración de sí mismo para asegurar la supervivencia de las personas perjudicadas por una normatividad excesiva, percibimos también el límite inherente al recurso a la performatividad del discurso: el reconocimiento del otro. Puede haber miles de identidades y otras tantas palabras para decirlas. Pero si nadie entiende nada, ¿cómo se validan?

Al mismo tiempo, las iniciativas performativas de afirmación de una identidad tienen por efecto, probablemente, animar al entorno a moverse: tender hacia una mayor capacidad de reconocimiento y de validación de las identidades variadas. He aquí el reto que sigue al momento del recurso a la performatividad del discurso: prolongar el movimiento que este inicia para hacer valer y reconocer las identidades, dándoles la oportunidad de desarrollar el contenido y la materia propios para dotar a los territorios identitarios así obtenidos, de desarrollar una ética de sí mismas.

En el caso inverso, donde la sola declaración de sí mismo intentara bastarse para garantizar las condiciones de una existencia, hay que interrogar lo que parece ser un callejón sin salida y los efectos de una fantasía de autogeneración.

La afirmación o la declaración de sí mismo en el Yo que se expresa parece ser una necesidad vital. Sin embargo, el derecho a la autodeterminación, es decir, el privilegio personal de reconocerse como tal o cual, no debe ocultar el inevitable reconocimiento de uno mismo por el otro. En las situaciones clínicas que nos interesan, los sujetos cuestionan sus determinaciones por defecto: la de ser un hombre cuando se es un niño genético, la de ser una mujer cuando se es una niña genética, la de tener tal o cual posición en el paisaje sexual y, por defecto, también una elección de objeto predefinida (un hombre cuando se es una mujer, una mujer cuando se es un hombre, si se tiene en cuenta un principio de heterosexualidad por defecto). Partiendo de esta contestación, los gender- crossers tienen que hacer aceptar, a la inversa de sus estatus por defecto, la identidad que sienten tener y que quieren reivindicar. No obstante, esta situación particular y marginal nos habla de un proceso en marcha para todo el mundo. Aun cuando tal sujeto estuviera definido por defecto en función de tal identidad y tal estatus social, y esto le conviniera, no escapará a la necesidad de tener que tomar y mantener su lugar de Yo en el mundo. Es que estas situaciones extraordinarias ponen de relieve etapas y trayectorias bastante comunes para el conjunto de los sujetos que tienen que decirse y existir en el mundo de los vivos, con palabras para decirse y hacerse reconocer.

Si consideramos que la mayoría de estas afirmaciones de sí mismo se efectúan probablemente de forma preferente allí donde tienen una oportunidad de éxito —es decir, en un contexto definido (sensibilizado sobre la cuestión), capaz de satisfacer las condiciones de éxito del acto performativo anteriormente expuestas—, se trata pues de transformar el dispositivo de la narración en un contexto casi experimental con el fin de alcanzar objetivos precisos.

En este orden de ideas, una cierta lectura del dispositivo de la afirmación de sí mismo, a la luz del estadio del espejo enunciado por Jacques Lacan, nos informa sobre lo que se hace, se deshace y se juega en el enunciado, pero también a propósito del sujeto de la enunciación. Vamos a retomar aquí una situación de declaración de sí mismo. El estadio del espejo es entonces útil para percibir lo que se elabora como trama y escenario de la escena de la afirmación de sí mismo.

 

El estadio del espejo: dispositivo imaginario y simbólico

El instante de la declaración de sí mismo compromete al mismo tiempo al sujeto, a su imagen y al Otro.

Cuando el sujeto transgénero se declara como tal, la identidad anunciada convoca su imagen y su realidad bruta, con la mirada del Otro —que ya no es el que designa, tal como podemos entenderlo en el estadio del espejo. Asistimos a una recomposición de esta secuencia de filiación entre la imagen de sí mismo, uno mismo y el Otro. En el estadio del espejo, es el Otro quien designa y refuerza el vínculo entre uno mismo y la imagen de sí mismo como reflejo. Cuando el progenitor señala la imagen del niño que lleva en sus brazos diciéndole: «Sí, ese eres tú», lo que el niño ve en ese instante no es a él mismo en sentido bruto, sino su imagen de sí mismo. En nuestra situación, el sujeto inicia una puesta en juego de este tríptico proponiendo una nueva definición de los términos que lo componen.

Jacques Lacan escribe: «Basta con compren- der el estadio del espejo como una identifi- cación en el sentido pleno que el análisis da a este término: a saber, la transformación pro- ducida en el sujeto cuando asume una imagen […]. El Yo se precipita en una forma primordial, antes de objetivarse en la dialéctica de la identificación con el otro y de que el lenguaje le restituya en lo univer- sal su función de sujeto. »

Se comprende entonces que lo que se designa como el estadio del espejo inaugura —después de que la imagen o más bien el imago haya sido afiliado al sujeto (o esté en vías de serlo)— los fundamentos y la dialéctica que van a vincular al Yo con su entorno en todo tipo de interacción social.

Este acercamiento práctico y teórico nos permite elaborar el siguiente interrogante. ¿De qué sirve lanzarse a una recomposición, puesta en juego de las condiciones de la emergencia del Yo a partir de uno mismo, de la imagen de sí mismo, en interdependencia del Otro, si no es para obtener un beneficio? ¿Pero cuál?

Si nos atenemos a lo que proponen los propios cross-genders, se trata de una «conquista» o «reconquista» de sí mismo, a veces calificada de intento de «tomar» y/o de «mantener» su lugar en el mundo. Es, en cualquier caso, en estos términos, no equivalentes, en los que se han expresado las personas que he conocido. Obsérvese la doble perspectiva de «conquista o reconquista» y de «tomar o mantener» su lugar. Esta ambigüedad puede traducir la vacilación o la incertidumbre de tener que crear de la nada una novedad o bien de poder transformar lo existente. Esto puede indicar el cuestionamiento de estas personas sobre la fiabilidad de su identidad como Yo —posibilidad de un defecto— o bien el justo reconocimiento por el sujeto del movimiento y del cuestionamiento de su identidad en el que se encuentra —posibilidad de una renovación y de una cierta ambivalencia.

Sostenemos aquí que el recurso a la performatividad del discurso hace las veces de intento de conquista de sí mismo y de mantenimiento de sí mismo en el discurso, para tener derecho de ciudadanía y ocupar un lugar en él.

Y si volvemos a pensar en las condiciones culturales y ambientales expuestas en la primera parte, especialmente a propósito de las vidas invivibles, mantenerse en el discurso responde al imperativo de afirmación de sí mismo para asegurar la supervivencia del sujeto.

El estadio del espejo pone en juego la unicidad del cuerpo tal como el sujeto se lo representa a partir de la imagen que tiene de él. Esta operación de identificación imaginaria implica la intervención de una instancia otra, tercera entre el sujeto y su imagen, que confirma:

«Sí, ese eres tú»… De ello resulta una alienación fundadora de la relación del sujeto con lo imaginario, con el cuerpo y con el semejante. Las situaciones clínicas a las que nos referimos nos evocan una suerte de puesta en juego del dispositivo, en una perspectiva quizá correctiva.

Que el entorno sea puesto a contribución para ocupar el lugar del Otro en una especie de estadio del espejo revisitado queda por interrogar. Que el sujeto en devenir capte a su auditorio para hacer valer la legitimidad del vínculo que designa entre uno mismo y la imagen de sí mismo es algo primordial, inherente al empleo del discurso performativo e indisociable de su éxito.

Al mismo tiempo, no es el Otro quien designa aquí el vínculo entre el sujeto y su imagen, sino el sujeto mismo quien se propone a la validación de su entorno. Este último hace las funciones de tercero y acaba, al fin y al cabo, satisfaciendo o no la demanda, validando o no la identidad que se le presenta y, finalmente, asegurando una función cercana a la de la instancia Otro en el estadio del espejo de Jacques Lacan. El entorno-auditorio pasa de un estatus de espectador al de actor, pudiendo ejercer una función de tercero.

 

Conclusión

Vemos cómo el recurso a la dimensión performativa del discurso puede entenderse como el soporte a la estructuración de la identidad sexual como fantasía. Vemos aquí de qué manera estos intentos discursivos y de declaraciones de sí mismo se valen de ciertas disposiciones narrativas y simbólicas para alcanzar sus objetivos. Podemos pensar en un movimiento general de redefinición, de reapropiación de sí mismo donde los sujetos parecen intentar la expresión de sí mismos en sinergia con sus deseos, una puesta en juego para extraer de ella un equilibrio más favorable.

Esta descripción y esta comparación analógica entre el discurso performativo y el estadio del espejo nos dejan muchos interrogantes. Sin embargo, no sabemos a qué proyecto más amplio sirven estas modalidades precisas de declaración de sí mismo. Podemos percibir aquí el reto subyacente a estas afirmaciones identitarias: tener palabras para decirse y hacerse reconocer, tener derecho de ciudadanía en el discurso ambiental, mantenerse o acceder al mundo de los vivos, sostenerse en los términos del lenguaje.

La declaración de sí mismo, tal como la hemos visto, puede indicar un punto de enganche en las mallas de la red del lenguaje. Si el sujeto tiene que dejarse atrapar por los términos del lenguaje para garantizar su función, el recurso a la dimensión performativa tal como se observa puede dar testimonio de un intento de negociación del lugar ocupado por el sujeto en esa red. ¿Se trata entonces de ocupar un lugar allí o bien de desplazarse?, difícil de decir por el momento, y podemos suponer que ambas opciones existen. El reto sería, pues, poder elevarse o mantenerse en una cierta captación simbólica y lingüística para tener una oportunidad de hacer oír verdaderamente su Yo: no pasar a través de las mallas y encontrarse así abandonado a los abismos con sus incertidumbres y el riesgo de ser invisibilizado. La deconstrucción del género puede ser entonces la ocasión de retomar allí donde la malla se ha soltado, y porque decir es lo más difícil de hacer. ■