Destruir, dice (elle) (2023)

Destruir, dice (elle) (2023)

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Destruir, dice-iel

Publicado en internet, junio de 2023.

“Algo ha pasado, ¿no es así?

No lo sé.”

(M. Duras, 1969)

  1. Dime, Chat GPT, ¿cómo vamos con “un tercer sexo”?
  2. Seguir el ritmo de la actualidad de los sexos imposibles
  3. Preformativo
  4. Un tercer sexo, el sexo Trans. Caracteres
  5. El no hay, del sexo al inconsciente

 

Luchemos-borremos lo que creemos saber.

 

¿Qué otro posible, hoy?

 

Hay que escapar de Chat GPT.

 

***

 

Dime, Chat GPT, ¿cómo vamos con “un tercer sexo”?

 

— Según Jacques Lacan, un célebre psicoanalista francés, el concepto del «tercer sexo» no se refiere a una categoría de género específica, sino más bien a un aspecto de la psique humana. Lacan considera que la identidad sexual está fundamentalmente ligada a la estructura del lenguaje y a la construcción simbólica del sujeto.

Desde la perspectiva lacaniana, el sexo biológico (masculino o femenino) no determina automáticamente la identidad sexual o el género de una persona. En cambio, Lacan propone que la identidad sexual se construye a través de un proceso psíquico y simbólico, en relación con el lenguaje y los significantes sociales.

Según Lacan, la estructura de la psique humana se divide en tres órdenes: el orden simbólico, el orden imaginario y el orden real. El orden simbólico representa el ámbito del lenguaje, la cultura y los significados sociales. El orden imaginario concierne al estadio del espejo y al desarrollo de la identidad a través de la identificación con la imagen de sí mismo. El orden real escapa a la simbolización y representa lo irreductible e indefinible.

En este contexto, Lacan sostiene que la identidad sexual no está fijada de una vez por todas, sino que está continuamente en juego en las relaciones con los demás y en la construcción del discurso. El «tercer sexo» según Lacan puede entenderse como un cuestionamiento de la dicotomía binaria tradicional entre los sexos masculino y femenino. Subraya más bien la complejidad y la ambigüedad de la identidad sexual, así como el papel de la sociedad y del lenguaje en su construcción.

Es importante señalar que Lacan no desarrolló de manera exhaustiva su concepción del «tercer sexo» en sus escritos, y tampoco utilizó este término de forma precisa o sistemática. Por consiguiente, pueden hacerse diferentes interpretaciones de su pensamiento sobre este tema.

 

— Pero entonces, ¿hay un sexo en el inconsciente?

 

— Según Jacques Lacan, el inconsciente no tiene sexo en sí mismo. El inconsciente es el dominio de la psique donde los deseos, las pulsiones y los conflictos psíquicos se almacenan y operan de manera simbólica. Para Lacan, el inconsciente está estructurado como un lenguaje, y es a través del lenguaje que se atribuyen significados simbólicos a las pulsiones y a las experiencias psíquicas.

Lacan desarrolló el concepto de «falo» para explicar la manera en que la sexualidad y el género se construyen simbólicamente en el inconsciente. El falo, en la teoría lacaniana, no se refiere únicamente al órgano sexual masculino, sino más bien a un significante simbólico que representa la falta y el deseo en la psique.

El falo es considerado el símbolo central de la castración simbólica, que es una noción central en el psicoanálisis lacaniano. Según Lacan, la castración simbólica se produce cuando el niño se da cuenta de que los dos sexos no son iguales y que hay una falta en la completitud sexual. Esta toma de conciencia de la falta se considera fundamental para el desarrollo de la subjetividad y de la identidad sexual.

Así, desde la perspectiva de Lacan, la cuestión del sexo en el inconsciente está estrechamente ligada a la manera en que los significados simbólicos se atribuyen y construyen a través del lenguaje. El inconsciente está estructurado por el lenguaje, pero esto no significa que contenga una representación directa del sexo biológico. Los significados sexuales y de género emergen más bien en la construcción simbólica de la identidad a través de los procesos psíquicos y las relaciones con los demás.

 

— Hmm… un poco de verdad, un poco de falsedad, mucha falsedad en todo esto.

 

— Sin embargo, es esencial subrayar que muchos psicoanalistas han adoptado enfoques más inclusivos y abiertos al género, reconociendo su papel en la formación de la identidad y la subjetividad. Algunos han utilizado conceptos psicoanalíticos para explorar las cuestiones de género y las experiencias de las personas transgénero o no binarias. El psicoanálisis contemporáneo es un campo diverso, donde diferentes perspectivas coexisten y evolucionan con el tiempo.

 

Sesión de Chat GPT, 13 de mayo de 2023.

 

***

 

Seguir el ritmo de la actualidad de los sexos imposibles

 

La experiencia analítica nos enseña que la reinvención de los sexos es permanente en lugar de la no-relación sexual, no cesa de no escribirse. Y los sexos, que llamamos Hombre, Mujer, Trans, son lo imposible de la reinvención permanente de sus diferencias.

Son ellos los que permanecen imposibles, no su diferencia. Esta se realiza y se escribe, esta diferencia. Es posible y sin fin. Ellos son imposibles y finitos, aunque innumerables.

Pero como solo vemos eso —la reinvención sin fin de la diferencia de los sexos—, y no vemos los sexos imposibles que no logra extraer de lo real donde están atrapados, es en ella donde depositamos nuestras reivindicaciones, nuestros reproches y todas nuestras expectativas en cuanto a los sexos. Es a la diferencia de los sexos a la que atribuimos lo imposible de los sexos que no comprendemos, ya que no cesamos de cubrirlos apresuradamente con el sentido y el símbolo ya preparados, tapando los agujeros en el saber que nos desestabilizan.

Los perdemos al cubrir demasiado lo real con lo simbólico, cuando es más bien lo real lo que nos fuerza y nos permite tratar lo simbólico.

Entonces los sexos imposibles desaparecen bajo la evidencia de la diferencia de los sexos, y es el saber imposible de decir e imposible de escribir lo que se borra; perdemos el rastro, y creemos que eso nos conviene —debilidad querida. Perdemos el rastro hasta que un encuentro se produce, un día, un momento, y la reinvención de los sexos que no cesa de no escribirse cesa precisamente, por un tiempo, de no escribirse.

En el encuentro fortuito, extraño o queer, a veces ocurre que la diferencia —aquella que supera la diferencia de los sexos que no es tal— se escribe, en carne y hueso. Esta diferencia de los sexos, la que se crea a favor de este encuentro contingente, existe de hecho, como producto, como emergencia y forma de ese imposible de lo real de los sexos imposibles que lo imaginario prolonga aquí dándoles una forma.

Entonces comprendemos, una vez más, en esta aparición de la diferencia de los sexos, que esta no preexiste a los sexos de los que acaba por establecer una especie de relación.

Una relación de diferencia de los sexos que enmascara la no-relación sexual, que la camufla con toda su precariedad, y la debilidad de un traje mal cortado. Se derrumba en las mismas condiciones en que aparece, performativa y vana. La diferencia de los sexos no logra dar cuenta de los sexos imposibles, apenas los delimita.

Solo la escritura, solo la letra puede dar cuenta de este imposible, de lo que no cesa de no escribirse. La escritura de los sexos es, por tanto, el único proyecto sostenible para traducir lo imposible de los sexos a una dimensión distinta de la demasiado imaginaria de la diferencia de los sexos. Esta escritura de los sexos, a diferencia de la escritura de la sexuación, es posible como escritura suplementaria a la de la sexuación. El género, vector de sexuación, se impone como la herramienta necesaria para esta escritura del encuentro sexual, para localizar en ella una escritura de estos sexos imposibles. Y puesto que la verdad de los sexos imposibles, por ser diferentes, nos llega bajo la apariencia de la diferencia de los sexos, encontramos en el espacio transferencial las huellas de estos sexos imposibles posiblemente borrados por la diferencia de los sexos que los cubre demasiado rápido.

 

Es tentador, sin duda, esperar, respecto a las cosas de las que no queremos separarnos, que permanezcan indiferentes —que hagan oídos sordos— a las palabras fatalmente discriminatorias que las separaron. Es tentador oponer a esto algo que supera el entendimiento —el sinsentido, que escapa a la comprensión— para mantener la promesa de una sutura idealizada, esperada, capaz de yugular la hemorragia sexual generadora de incoherencia e incompatibilidad.

¿Cómo franquear este muro del sonido y hacer que se haga oír aquel o aquella que vino para decir, para volver a poner la mano en la pista única, inaudita, de los sexos tal como él o ella se constituyó en su tiempo en la diversidad?

 

El sexo nuevo se hace oír, el grito del sexo finalmente deshecho se convierte en un sonido que la voz lleva, y que pronto el sujeto resignificado puede emitir y hablar bajo el dominio de los significantes del sexo nuevo. Así el género deshace el sexo y crea el sexo en el entre-dos de su trastorno intermitente, en el instante de estabilidad donde se experimenta. El primer «sexo» deshecho no siendo idéntico al «sexo» creado. Así el género permite reinventar los sexos y no solo renovar la sacrosanta diferencia de los sexos con la que tan mal nos las arreglamos en psicoanálisis. Así el género nos anima simplemente a prescindir de esta diferencia de los sexos para preferir crear el sexo nuevo que constituye una respuesta mucho mejor a los sexos imposibles que la bipolaridad tradicional.

 

***

 

— Pero ¿quién querría el sexo nuevo, si los sexos imposibles funcionan tan bien juntos, a pesar de todo, no en la realidad, sino en la lógica, propia para mantener la estructura sin revelarla?

 

¿Es humano acceder a esta experiencia? ¿Es más humanidad, por tanto, más progreso y sufrimiento? ¿Es concebible rechazar siempre lo que viene?

 

***

Preformativo

 

— Oh, es un niño.

Y se dice que el sujeto es.

— (Sí). Tiene la nariz de su abuela.

Y se dice que el sujeto tiene.

 

El ser precede al tener en el discurso, para el sujeto del inconsciente; y el tener se confunde en justificación del ser. Sin embargo, la lectura inversa gana la partida en responsabilidad, la mayoría de las veces, no sin la participación del otro. Ese otro de lo sexual que ha seguido el mismo camino del ser dicho que tiene y que no tiene. Que piensa ser de tener o no tener, y se confunde en su verdad invertida, reflejada en el umbral del uno al otro, donde el yo emerge.

 

¿Cómo puede el sujeto creer en otra cosa que en los efectos de este decir que se olvida en lo dicho, que es antes de tener? Muy fácilmente. Demasiado.

Salvo si recordamos, por ejemplo, cómo la represión originaria que se pensaba que pesaba sobre el S1, al principio, se precisó que pesaba sobre el S2, de la cadena significante. ¿No habría ahí materia para comparar, inspirar nuestra comprensión del decir y de lo dicho de la sexuación, que no son la sexuación, que en muchas ocasiones la traicionan, la disfrazan, hasta el punto de generar lo que conviene llamar: el error común —aquel del sujeto engañado por el engaño del otro, sin posibilidad de retener la efectividad del error predicho?

Fui antes de tener y no tener, luego temí ser de tener y no tener; soy, de ser y de caminar —literalmente— sobre la huella de lo dicho que me hizo; será alcanzado cuando sepa decir, más allá del esfuerzo, el riesgo, la oportunidad de creer en ello, si estoy dispuesto a soportar explorar la existencia fuera de Dios.

 

***

Un tercer sexo, el sexo Trans. Caracteres

 

Pero entonces, ¿a qué abre esta a-sexuación , en última instancia ?

La respuesta es simple.

Abre a un tercer sexo.

No «el» tercero, ¡eh! No hay que exagerar… no.

«Un» tercer sexo; es suficiente para relanzar el Falo para todes. Y reabrir la dialéctica de los sexos ya conocidos, que merecían ser llevados más lejos, como síntomas, para apreciar qué saber, de una solución eficaz, merece ser aún desprendido que no se dejaba aprehender previamente. Aquí, un saber rechazado con ocasión de un desmentido sobre lo real de la constitución psíquica bisexual, un real que abre a considerar mejor el espacio, fuera del tiempo que pesa tan fuertemente sobre la solución histórica que preside la regulación sexual de los seres-hablantes por el «Hombre» y la «Mujer» significantes, por la sexuación para decir la articulación del sujeto a la función fálica y al goce.

 

Y los primeros serán los últimos. Las farándulas de los sexos hacen girar la función del rechazo que hay al rechazar aquel de los sexos que lleva a creer en la conspiración evolucionista. ¿Quién sobra?

Durante mucho tiempo fue el otro, la mujer, La Mujer, y un poco del Hombre también, pero solo un poco. Luego el Trans, sin duda, por no haber sido duplicado por los falsos sexos de orientaciones sexuales creídas como no son.

Trans es un sexo.

Que se ilustre y se figure por miles, o miles de millones, no cuenta, así como a todo hombre el Hombre le pesa, etc. Trans existe, ahora, y por mucho tiempo, por fin.

 

Si dijéramos que existe, ahora, como si fuera evidente, en la serie de los sexos conocidos, podría parecer el tercero, y cometeríamos, de la misma manera, el mismo error, tan común, que con los otros dos sexos ya reconocidos. Este es el error presente en los desarrollos actuales sobre la no-binaridad, en particular, donde la binaridad no es más que el lugar de su reverso, error lógico de ser instituida en la realidad demasiado relativa a nuestros ojos, cercados por lo invisible.

Un tercer sexo que, ciertamente, elucida, en parte, la separación de los otros dos entre sí, pero tampoco se aloja en el intervalo donde estos dos se sitúan al no ex-sistirle, salvo al Sujeto. Que no necesita, salvo en el fantasma que tan bien acoge a los otros dos, ser abordado como un entre-dos cuya función sería confirmar la prevalencia de los otros dos. Nadie está impedido de creer que papá debe complementar a mamá, o viceversa, ni de creer que mamá lleva los pantalones en compensación del pene que no tiene (con bastante frecuencia), ni de poder ser una madre como un Hombre, etc.

Trans, por tanto, un sexo.

Un sexo que viene a decir a la realidad, en cuerpo y forma de ser, lo que hay del entre-dos del trastorno intermitente del sexo inestable, de los sexos imposibles, así como el género nos ha permitido dilucidar su acción en la maniobra que he propuesto en la definición de dicho género.

Pero Hombre y Mujer no son sexos. Cierto. Lo hemos dicho, escrito y repetido bastante. Los significantes designan aquí, no los sexos que pueden asociárseles, ni siquiera las anatomías que pueden vincularse a ellos, sino Sujetos —del inconsciente, que no tienen sexo en el inconsciente. Motivo para confundirse, o para perpetuar el error común recién señalado. Cierto. Es que hay que intentar pensar las interacciones a describir, entre lugares que no responden a las mismas disposiciones. ¿Quién sabe hacer eso sin una I.A.?

 

Fuera del falo, y no más allá (lo que denota una concepción del no-todo como escape o desbordamiento de un todo imaginario que ya no tiene nada de fálico, solo de despótico: basta ver lo que las mujeres sufren por ello), tal como he empezado a definirla, la a-sexuación da cuenta de la lógica sexuante en la obra del sexo llamado Trans por exageración y conveniencia, así como funciona muy bien para el sexo Hombre y el sexo Mujer —que tampoco lo son, pero que pueden decirse así: este decir nos interesa. No tan lejos de Lilith evocada por Lacan cuando habla de la posibilidad «de un tercer sexo» (no comete el error de no señalar el error, al decir el), pero no tan cerca como estaríamos tentados de leer el mito como un manual de instrucciones. No para escapar, quizás, del asedio de la mujer infértil (Lilith) para siempre no madre, pero tentadora para siempre, que encajaba bien con la figura fantaseada del transexual de antaño, de la que sin duda querríamos liberarlo de una trampa, aunque quizás se trate, desde hace tiempo que no se teoriza lo que sucede, de ir ya más lejos reconociendo que la a-sexuación abre a dos variaciones de los sexos suplementarias a la teoría, ya presentes en la vida desde hace mucho tiempo, que serían entonces el hombre trans y la mujer trans, discutiendo la sexuación del hombre y de la mujer. Los hombres color de mujer y las mujeres color de hombre toman ahora su actualidad, se precisan. Y al hacerlo, asumen ser bizcos a la realidad que desdobla como la embriaguez la vista duplicada ante lo visto. Cuatro sexos engañosos: hombre, mujer, hombre trans, mujer trans, que no excluyen el fuera-sexo (finalmente considerado por lo que es sin confusión con la situación trans tal como Catherine Millot pudo empezar a decir algo al principio de los años 1980, en la oscuridad de las cuevas que tapaban la vista de lo verdadero, fomentando el sueño sobre lo verdadero, en su obra Horsexe).

 

Realidad, cierto. ¿Pero cuál?

 

No hay por qué pensar, sin embargo, que los sexos llamados trans sean los dobles de los otros dos, lo que Lilith ocupa como función para Eva y Adán, no solo para Eva. Porque el doble —Lilith —, aquí, de la mujer que puede ser madre —Eva—, solo vale para el hombre de la escena —Adán—, donde se lee con demasiada facilidad la analogía entre esta génesis y el fantasma que he calificado dehetero-patriarca en acción en la explicación de la sexuación en fórmulas (las escritas por Lacan). Porque, mejor que un duplicado, o doble fondo, los sexos trans llamados hombre trans y mujer trans llevan más allá de lo que haría una extensión la formación sintomática de todos los sexos, y la revelan más, esta sintomatización sexual que, de un mismo saber rechazado, ha sostenido primero la producción del hombre y de la mujer tan bien ajustados —necesitamos este ajuste— con algunas cosas, pequeñas o grandes, que la anatomía, que la fisiología nos han dejado, prácticamente, pegadas a la espalda nuestras explicaciones de fortuna que también son normas sociales (en el sentido de que solo hay normas sociales en ausencia de todas las normas sexuales).

Aquí, es el saber de la constitución psíquica bisexual lo que es objeto de este rechazo. Un rechazo asociado a una deformación, una reescritura, apoyada en el mito rápidamente olvidado de no ser la fuente, ni el código, sino el soldado herido en el campo de batalla de lo sexual, del que hay que cuidar, curar, reparar, y dejar que sus cicatrices enseñen saberes deformados, pero ajustados al confort cultural necesario para que la vida continúe. Un saber desmentido que retorna a lo Imaginario, es decir, a la realidad y a los cuerpos, donde se ilustran los sexos trans. Estos no responden al fantasma hetero-patriarca, o bien para responderle, en cierto modo. Ellos dicen, estos sexos trans, que otro fantasma es posible, lo he llamado a-patria. Porque testimonia una articulación en sexuación donde el objeto a juega la parte suspendida un tiempo del Falo, sin reemplazarla, pero abriéndola a lo que se negaba a saber, porque, hay que reconocerlo, apoyándose en el mito en su función, que la hetero-distribución de roles y funciones reconocidas en nuestra civilización edípica, la constitución psíquica bisexual no es verdaderamente admitida, salvo parcialmente: cuando el «al mismo tiempo» prima sobre la comunidad de espacio, sin embargo, más cercana a la verdad psíquica inconsciente que el residuo de sentido que extraemos de ella, despojado de sus características atemporales para convenir a nuestras exigencias realistas ignorantes, por elección, de lo real.

En otras palabras, es el saber desmentido de la bisexualidad psíquica lo que retorna a los sexos trans, así como los sexos llamados hombre y mujer son también, previamente, residuos de un arreglo que la experiencia sexual hace pesar sobre los saberes inconscientes, siempre en detrimento de los saberes inconscientes.

Y ya la realidad engañosa y bizca que nos hace ver en doble y múltiple, donde los géneros pululan y proliferan, pide ser abandonada para reducir sus argumentos, hacerlos compatibles con las formaciones del inconsciente y su estructura «como un lenguaje».

Y los ataques morales y físicos contra las personas Trans se dirigen contra el sexo Trans tal como funciona, hace función así como los otros sexos, de mal menor de lo real del sexo a la realidad. Como se mencionó en « La experiencia queer y lo inquietante », el saber rechazado retorna a lo Imaginario (a la realidad y al cuerpo) donde puede ser objeto de una agresión, de un despliegue de la pulsión de muerte esperando la desvinculación de lo que se impone como existente. Esto confirma la naturaleza del retorno del saber, y la inocuidad de los sexos, de los tres sexos (Hombre, Mujer, Trans) para regir ni tratar lo real del sexo cuya bisexualidad psíquica dice la estructura, y no la cualidad.

Y recordamos que Hombre y Mujer solo llegaron a consistir, un día, para sostenernos en la posibilidad de creer saber lo que hay de lo sexual y sus efectos. Los sexos trans; el sexo Trans, por tanto, iniciemos la reducción conceptual, testimonia un avance en nuestra exploración psíquica de estos saberes inconscientes, con ocasión de un levantamiento de un desmentido sobre una parte de las cualidades de la constitución psíquica bisexual. Habíamos aceptado, digamos oficialmente, culturalmente, socialmente… una parte —de este saber—, aquella más conforme a la relatividad de nuestra realidad de experiencia, nuestra realidad psíquica. Afortunadamente, por la experiencia psicoanalítica, y por los efectos de saberes sobre lo sexual puestos en circulación por el psicoanálisis, aspectos cruciales de estos saberes inconscientes acaban por darse a conocer a su vez, poco a poco.

Así son los sexos trans —y he aquí que volvemos a decir «los»— que puntúan este avance colectivo, cultural, pudiendo reconocer no lo que justifica los modelos privilegiados hasta ahora que deben mantenerse a toda costa, sino reabiertos a los saberes primero, aunque el sentido vacile al principio, antes de encontrar las formas culturales adecuadas para que las vidas puedan ser vivibles: aquello para lo que la cultura debe poder servir y no impedirlo en nuestra exploración infinita, no terminada, del inconsciente y sus saberes.

En este momento de retorno, he propuesto el fantasma llamado a-patria. Porque es tan fabuloso como el hetero-patriarca, no realista en relación con lo real, pero capaz de sostener el buen curso del deseo, así como el fantasma le presta una trama.

Es fácil, entonces, pensar en los referentes que facilitan la tarea, para orientarnos hasta el punto de creer en las orientaciones sexuales, en particular. Aquí el hetero-patriarca, por supuesto, con sus figuras de familias ordinarias, por no decir tradicionales, hombre-papá-mujer-mamá-los-hijos, y el a-patria en forma de madre-como-un-hombre-los-hijos hacia donde, uno y otro, ya sabemos muy bien dirigir nuestras críticas en caricaturas y callejones sin salida: estos dos fantasmas merecen ser pasados por el tamiz de todas las críticas en exageraciones, apreciaciones regulares necesarias para la erosión de estos arcanos idealizados en exceso, para el confort subjetivo, por todas partes.

Creemos en nuestras soluciones de fortuna convertidas en punto de estructura, hasta el punto de creer que ningún añadido, ningún ajuste merece ser acogido cuando emerge. Es la oposición feroz y estúpida, que atestigua una debilidad en el uso de los saberes, la que se ilustra en el rechazo de uno, luego del otro, y recíprocamente. Esto es válido para todo fantasma encargado de arreglar el mantenimiento de un movimiento hacia el deseo.

Porque la solución histórica y mayoritaria, a esta hora, solo encuentra sus mejores apoyos en el rechazo de la otra solución, de las otras soluciones que vienen a discutirla donde olvida que no posee la verdad, ni puede prevalerse de una superioridad de valor. Por eso es necesario apreciar los defectos de cada una de estas maneras de formar lo sexual a la realidad, donde lo abordamos de un modo relativo, mientras que en el inconsciente no se dimensiona en las mismas condiciones. Atrevámonos a apoyarnos, una vez más, en una diferencia entre lo relativo y lo cuántico que, con abuso, puede ilustrar y hacer comprender por un instante esta brecha irreductible inconsciente-realidad.

Esto subraya, de paso, que el fantasma hetero-patriarca se acomoda y se sostiene del desmentido de la bisexualidad psíquica constitutiva en su dimensión atemporal, mientras que el fantasma a-patria se sostiene y se acomoda del desmentido de la bisexualidad psíquica constitutiva en su dimensión espacial. Dos fantasmas, dos intentos de sostener el deseo en un arreglo de fortuna, culpables de un desmentido parcial de la constitución psíquica bisexual que afecta a dos aspectos distintos del asunto: dos soluciones sintomáticas.

 

¿Podemos considerar, en esta vía, que las fórmulas lleguen a escribir la a-sexuación así como la sexuación encontró las suyas?

He intentado la cosa, teniendo en cuenta una articulación fundada en el objeto a y no solo en el Falo, pensado precluido para la ocasión (hipótesis de trabajo). El resultado fue perturbador, al llegar a una reducción de la dialéctica sexuante para alcanzar esta fracción del no-todo/todo dejando el «no» aislado. Al principio pensé en un callejón sin salida. Luego, a fuerza de repetir machaconamente, creo posible leer el resultado como explotación del desmentido de la bisexualidad psíquica constitutiva, a saber, la existencia de un solo sexo en el inconsciente (que podríamos llamar el contable, para la ocasión) que no es tal, que puedo llamar el no sexo.

Digamos entonces, más justamente, que la a-sexuación permite sostener, con el concurso del sexo Trans, la verificación de una hipótesis tan a menudo cubierta por algunas creencias convenientes, a saber, que en el inconsciente hay un «no sexo» a modo de sexo. Y no el sexo único, masculino, o testigo de la primacía fálica que valdría para todes. Un «no sexo» producto de la experiencia del otro de lo sexual, factor de la constitución del sí mismo. Puesto que el sexo encontrado es el del otro, del otro de lo sexual, que al existir en el sí mismo en devenir, en el sujeto en devenir, le deja como marca infinita que no hay, al principio, un sexo propio que sea previo. Un no sexo rápidamente cubierto, al ser precedido, por los significantes, fijado por los significantes, más o menos fijado al cuerpo por los significantes que representan entonces al sujeto para otros significantes, sin posibilidad, incluso sin necesidad de que un sexo auténtico tenga que constituirse para sí mismo, con o sin lo que algunos llaman «conformidad anatómica», aunque en el discurso el sujeto se deje representar en la cadena significante.

Un «no sexo» cuyo «no» proviene del «no-todo», lo que al menos dice sus premisas, pero no lo califica demasiado rápido, como suele ocurrir, de ser «uno» a lo que el otro debería responder, mientras que es de la experiencia del otro, el otro de lo sexual, que el «no sexo» ex-siste al sujeto. Que este último sea representado en el discurso por tal significante (Hombre o Mujer o Trans) no puede borrar la primacía, no de uno, sino del no sobre el sexo que acaba por haber en el otro antes de que lo haya en uno mismo. Antes de serlo, antes del ser, antes del tener que, rareza descubierta, no precede la posibilidad del ser sino en la experiencia subjetiva, fatalmente retroactiva de un proceso que los habrá visto encadenarse en un orden distinto al que se retiene comúnmente: tener o no tener, luego ser o no ser. William S. tenía razón, ser o no ser es la cuestión, añadamos, la primera cuestión, la que determina la segunda cuestión, la del tener, pronto promovida a ser tomada por la precedente.

Todo esto para no contradecir la dialéctica negativa de las huellas tal como el inconsciente se constituye, mucho antes de ser percibido desde la realidad, a través de las concreciones positivas que nos sirven de apoyo, bajo la luz de una positividad precisamente obscena.

Pero entonces, ¿cuatro sexos? No, tres. En el discurso, hasta la fecha, notemos que Trans comparte la cualidad de significante amo como Hombre, y como Mujer. Si las variaciones se identifican como ocurre para cada sexo, esto no bipolariza el sexo Trans en x posibilidades, en el inconsciente, ni lo uniciza.

 

No hay un sexo en el inconsciente.

En la realidad, es otra cuestión.

En el discurso, tres sexos imposibles (véase capítulo «escrituras de los sexos, en El sexo reinventado…). «Sexo imposible», traducción admisible de Gheslescht, ya reconocido como «génerodesexo».

 

***

 

Tres sexos, que aquí se designan con tres significantes, abusando, no lo olvidemos, de una reducción cómoda, una esquematización normativa de la elaboración. Porque si dijéramos la verdad del inconsciente sobre el sexo, solo diríamos el sexo que no hay, por su nombre: no hay.

 

En este estadio, hasta la fecha, y esto no hace más que continuar. Tres sexos que podemos situar, para captar una parcela de interpretación contemporánea, con las tres consistencias del nudo borromeo, ya sea que lo pensemos desde el nudo Bo en tres dimensiones 3 = 1 +1 +1, o bien el nudo Bo generalizado que ilustra 3 = 4 -1, valores de la homotipia reducida por continuidad, una especie de corrección que no lo es, digamos más bien el movimiento del nudo que no es ajeno a la Vida.

S, para simbólico, dejemos que el sexo Hombre se mantenga ahí.

I, espontáneamente, o digamos en un primer momento, conviene al sexo Mujer si pensamos en el sexo Trans cuyo saber rechazado deliro como retorno de un levantamiento de desmentido, por lo tanto de lo Real donde podemos querer asignarlo, haciendo del sexo Mujer el inquilino de lo Imaginario.

 

En un segundo momento, podemos encontrar una pequeña verificación de la solución aquí presentada. ¿Coincide?

Un poco.

Suficiente, sin duda.

El sexo Trans en lo Real ilustra bien la oportunidad de tener en cuenta el carácter espacial atemporal del sexo en el inconsciente, muy diferente de la relatividad programática de la realidad que aprovecha la coyuntura bipolar de la inscripción en modo «hay/no hay», tan básico como un «escondido/aparecido» del sexo en el inconsciente/realidad.

 

Maldito «For-da» cuando nos atrapa y nos hace creer que aparece.

 

Los sexos llamados Trans, Hombre y Hembra son tres garantes imposibles, en cierto modo, de la no relación sexual, pero sobre todo de la no complementariedad sexual. Cada un·e de ell·s es necesari·e para la especificidad de los otros dos, para asegurar primero la posible serie, superar la pareja donde todo el mundo se cree el número un·e, y más allá, testimoniar una especificidad, una singularidad sin duda, intransferible a los otros dos, fundados como están los sexos en ser imposibles: que no cesan de no escribirse.

 

Cada sexo, tal como los hemos concebido, son tres imposibles.

 

Por lo tanto, es completamente problemático que sus respectivos fracasos alimenten discriminaciones más allá de la separación necesaria entre cada uno de ellos, a menos que se considere que este auténtico fracaso no es admitido, y sea continuamente objeto de una negativa a saber sobre esta estructura del sexo que no hay en el inconsciente para los seres-hablantes. Esta es nuestra opción interpretativa: desmentida de lo real del sexo que no hay, en lugar de la bisexualidad psíquica constitutiva.

 

Tanta sangre derramada por esto, es mucho.

 

***

 

Esto confirma, desde mi punto de vista, que la puesta en circulación de los saberes sobre lo sexual, por el psicoanálisis, fuera de la cura pero no fuera de la transferencia, habrá permitido que en lo colectivo se enseñen dos o tres cosas de lo individual que lo subjetiva: por el género, la irrealidad del sexo en el inconsciente, más allá de los primeros hallazgos freudianos donde la espuma fálica se presenta como un indicio parcial, aunque en un primer momento se interpretara como una verdad completa; por lo Trans —prueba colectiva significante— de un tercer sexo en el discurso donde la sexuación se deja decir, así como la a-sexuación.

 

***

El no hay, del sexo en el inconsciente

 

Hasta ahora, nada nos indica que la diferencia sexual esté inscrita en el inconsciente de un modo diferencial o relativo, de tal manera que el hombre o la mujer, o el macho o la hembra, de la especie, puedan servir de referencia de otra forma que como reliquias de la experiencia de la diferencia sexual, experiencia de los géneros sexuales mucho antes de ser anatómicamente investida durante la asunción genital del desarrollo del niño.

Sabemos que el género se encarga, como objeto en lo imaginario, de introducir al sujeto en la diferencia sexual donde el sexo, objeto simbólico primero, sirve de referencia en el discurso. Y que de ello se sigue la instauración de la diferencia de los sexos como auténtica creación psíquica que busca la armonización, la simplificación de la experiencia de la diferencia sexual. Podríamos decir de la diferencia (a secas), porque es la experiencia de la diferencia marcada por los efectos de lo sexual a contrapelo de su travesía lo que le proporciona, en lo imaginario, la forma del binarismo que busca retener la operación básica necesaria para toda referencia: ¿qué soy yo tal como la experiencia del otro me informa? ¿Qué soy yo, primero, aunque esté contaminado, desde siempre, por el quién de una identidad circulante en palabras? ¿Qué soy yo que precede, por supuesto, al ¿qué quiere el otro de mí? Al que asociamos la primacía subjetiva muy a menudo, quizás un poco rápidamente…

A menudo se ha dicho, y oído decir, que esta perspectiva puede apoyar una comprensión de la inscripción de un sexo en el inconsciente, no dos, sin saber cuál cuando ciertas voces sostienen que este sexo único se inscribe gracias a sus cualidades fálicas (primacía fálica de la libido freudiana) — en nostalgia de la invención de la escritura por el hombre que quiere olvidar que fue la escritura la que lo inventó, su posibilidad, incluso adquirida, siempre valió como el mayor de sus precedentes.

Es olvidar que lo que opone la experiencia de la diferencia sexual al sujeto es ni más ni menos la incapacidad del inconsciente para acoger los matices de la realidad fenoménica donde un orden (sic) solamente nouménico parece desplegarse sin sufrir la ausencia de cronología indispensable al fenómeno, solo lo inteligible que, como el inconsciente, no necesita del tiempo, solo de un espacio —no euclidiano, hay que precisarlo.

Así pues, hablemos quizás más bien de un a-sexo (por lo privativo, y por la causa del deseo), para decir la negatividad de la huella, las constituciones negativas del sujeto, y proponer brutalmente que el objeto causa del deseo, el objeto a, pueda encontrar ahí su lugar, de precursor y producto, dual por tanto: aquella por la cual la ambigüedad sexual de los seres hablantes se establece en bisexualidad psíquica constitutiva, donde el inconsciente no es bisexual, sino «elle es la bisexualidad». Porque es bien esto lo que siempre encontramos en la experiencia clínica psicoanalítica: nadie se acomoda fácilmente al no-sexo que cree deber constituir para responder a las interpelaciones del discurso que le conmina a situarse en el paisaje sexual. Un a-sexo en el inconsciente (Real), inducido por el género del discurso (Simbólico), que precede al sexo creado en la realidad, es decir, en el cuerpo (Imaginario). El Hombre o la Mujer solo se erigen al dar forma a la materia negativa de la experiencia de la diferencia sexual, desde el a-sexo hasta el sexo pasando por el género, tal como hemos propuesto una definición y una descripción en El sexo reinventado…

Una negatividad a discutir, sin embargo, porque como causa del deseo, su cualidad privativa es problemática. Aquí, el « a» no solo retiene, o inicia, el «a» sella un lugar para el sexo: el de los restos constitutivos del sujeto, efecto de la dialéctica negativa organizadora. Así pensada, la forma en que el ser humano constituye los sexos es una invitación sin matices a la binariedad como proyección consecuente de la bisexualidad mencionada anteriormente (sabemos por qué nos gusta el cine, conocemos de antemano los horrores confiados a las IA). La binariedad es necesaria, no por sus cualidades de doble, sino de división, contra nuestro defecto: no nos acomodamos tan bien al hecho de que nuestro inconsciente no absorbe el conjunto de las dimensiones de la realidad que sufrimos y vivimos, olvidando que la creamos. De las dimensiones de nuestra realidad vivida, nuestra realidad psíquica no las retiene todas. Estamos muy molestos, desprovistos también, inválidos en el fondo. Compensamos esta reducción de la complejidad disponible con la edificación de una separación creada de la nada para organizar lo que parece mantenerse en confusión, en una complejidad incontrolable para el inconsciente.

Clivamos, separamos, distinguimos, discriminamos para intentar tener control sobre lo que nos sucede — secamos (secare : sexo), nos sexuamos. Y nos gusta este casi-clivaje. Hay que decir que es necesario para todas las operaciones psíquicas básicas. Es uno de los ABC del psiquismo, el clivaje (fundado en la discriminación, no de poder: la contabilidad no se ejerce para el inconsciente, no en el umbral del sexo, sino justo después). Así, la binariedad, que nos empuja a debatir y legislar donde confundimos nuestras comprensiones igualitarias, es la cosa más tonta del mundo y la más necesaria para la organización de las masas, en cuanto que permite, sin demasiado gasto energético, situarse a uno mismo desde la experiencia del otro. ¿Cómo hacerlo más simple? Quizás sea imposible, quizás sea el medio más corto y económico, por lo tanto preferido, para el aparato psíquico. Pero la verdad de la experiencia, como cada vez que el principio de placer gobierna con economía, se sacrifica al riesgo del simplismo. Hacerlo de otra manera impone aclararse con el propio inconsciente: algunos seres-hablantes se dedican a ello, la mayoría no.

 

Económico, antes que contable, el inconsciente. Extensa, la psique.

 

De esto, es fácil deducir que en el inconsciente se inscribe un solo sexo, para cualquiera: el sexo que no se tiene. Y deducir aún, más allá, cómo la binariedad (producto del clivaje) busca hacer valer en la realidad común lo que, en el inconsciente, se mantiene en menores dimensiones debido no a una falta de registros (representación de cosas, de palabras, inscripciones de huellas mnémicas, etc.), sino a su régimen (¿podemos decir político?) que se diferencia en relación con la parte que la ausencia de producción de tiempo ejerce sobre el inconsciente. ¿Es la realidad relativa o el inconsciente es cuántico? Abusamos un poco más de esta no-analogía, dejando esta brecha a representaciones proyectadas.

Y es un error, porque lo que hay no es el tener, sino el que no hay: el sexo que no hay que, muy pronto, invitará al ser a reconocerse en él para finalmente disfrutar de su tener (dos acciones co-ocurrentes, de las cuales retenemos un orden, erróneamente, de ejecución).

 

Lo que no impide subrayar que, así hechos como estamos, es lo fálico lo que prima aquí, por su principal eficiencia que es su falta de representante significante invitando, una vez más, a considerar la marcha de las marcas donde se ahonda el destino de lo que no hay que empuja a ser, relativamente al tener.

La primacía fálica es la fuente de esta posibilidad de la inscripción negativa del sexo en el inconsciente, y del Falo como significante faltante. Sin esto, no hay inscripción del sujeto en el paisaje sexual: lo que sería una pura asexuación formal —sin ninguna proximidad con la a-sexuación, si no es la prueba, en lo imaginario, de su incomprensión, de su rechazo.

El sexo del sujeto es primero el que no tiene, luego el sexo que el otro es, luego el sexo que no es para el otro, luego el sexo que tiene aunque en oposición dinámica con el que no tiene históricamente que acoge la posibilidad de ser de este sexo que existe en el sujeto, articulado a la función fálica que le ofrece la falta como vector. ¿Qué cuerpo no gozaría de esa danza?

Así continúa, sin terminar nunca ni consistir lo suficiente, la escritura de los sexos imposibles que no cesa de no escribirse. Lo que no impide malgastar nuestro peso en borradores de letanías literarias, perpetuamente, como si fueran a terminar por escribirse, por ser posibles estos sexos imposibles condenados a su invención perpetua, y proponerlos a la economía de mercado (antesala de la realidad de la economía psíquica libidinal), la única capaz de acoger este tipo de formalización que tan a menudo hacemos pasar por las representaciones que no son de los sexos.

Todas las representaciones no tienen representantes.

 

No olvidemos, si es posible, que ante nuestra falta de definición geométrica del inconsciente, nos sentimos tentados a superponer nuestros fantasmáticos y no menos fantásticos imaginarios así proyectados, exageradamente, sobre una superficie sin reflexión, como si pudiéramos reflejarnos en ella, mirarnos en ella.

Y aceptaríamos, entonces, que el otro nos permanezca incalculable, su sexo imposible, el nuestro dependiendo en parte del suyo: tantas condiciones necesarias para la función del Falo, que hacen necesaria la función fálica.

Sin esto no hay función fálica y su significante siempre faltante, que activa una dialéctica profana del encuentro sexual entre un sexo y su experiencia, ya sea hecha de otro de carne y hueso y/o de fragmentos de fantasmas: la única verdadera libertad sexual.

Y seguiremos reflexionando sobre que el género es un precursor del sexo, muy lejos de lo que imaginábamos, y más lejos aún del confort social e imaginario o narcisista que siempre nos anima a reducirlo, este género, a una modalidad de expresión del sexo, lo que, de hecho, nunca es, a diferencia de casi todas las apariencias que retenemos al respecto: lo que creen, lamentablemente, demasiados analistas hasta el día de hoy.