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El género en psicoanálisis: retorno de la crítica del saber (1.ª parte)
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¿Qué le hace el género al psicoanálisis? (2.ª parte)
Carnets de l’École de Psychanalyse Sigmund Freud, n.º 93, 2014, p. 59-72.
Vamos a abordar lo que merece llamarse un tema de actualidad.
Dada la dificultad de tratar el género, he preferido retomar con ustedes el hilo histórico de su irresistible ascenso desde mediados del siglo XX aproximadamente.
Todo lo que voy a evocar hoy se apoya en una investigación llevada a cabo especialmente en el marco de un trabajo universitario, esta es una primera precisión importante, pero sobre todo, a partir de una experiencia clínica de la que he extraído dos pistas principales de trabajo designadas por «la cuestión trans» por un lado y «la cuestión gay» por el otro, —todo ello sobre el trasfondo de la epidemia de sida— esta es la segunda precisión necesaria que debo formularles antes de seguir adelante. «Trans» y «gay» deben entenderse como significantes identitarios, a lo que el género nos remite y permite pensar, y con ellos la cuestión de las identidades en su actualidad.
La idea común que prevalece es definir el género como lo relativo a lo masculino y lo femenino, es además lo que una gran parte de las ciencias sociales privilegia como enfoque, en detrimento de lo que el género es para muchos otros.
El género del que voy a hablar no es, pues, el de la gramática ni el que pasa por ser el «sexo social» tal como se define muy a menudo.
Es que el género, desde que circula, ha sido recubierto por una buena decena de concepciones diferentes: sociológica, filosófica, feminista, marxista, genética, política, psiquiátrica, minoritaria, queer, heterocéntrica, gay, lesbiana, trans y otras más.
Si bien hace poco tiempo pensaba que una discusión sobre el género en psicoanálisis requería ser introducida por toda una serie de consideraciones previas, para facilitar su abordaje, ahora estoy seguro de una cosa: todo el mundo está perfectamente inmerso, de grado o por fuerza, en el debate sobre el «género» y en la actualidad de la teoría mitológica que lo acompaña desde entonces.
Lo que no impide que casi nadie sepa de qué habla cuando habla de género. Muchos están seguros de saberlo, cuando lo reivindican o lo defienden, la mayoría olvida, voluntariamente, que el género es ante todo algo indefinible, que perturba, altera las categorías y que esta incompatibilidad con el esfuerzo de conceptualización no es un defecto, sino su cualidad principal.
Lo que permite pensar muy razonablemente que no hace falta saber qué es para aprovechar lo que hace.
No obstante, no está prohibido acogerlo y si no podemos dar una definición estable, podemos describir sus coordenadas teóricas a partir de la experiencia clínica.
En el desbarajuste mediático y político de este último año, desde que el proyecto de ley sobre el «matrimonio para todos» fue puesto a debate —sin duda de la peor manera—, hasta los prolegómenos del debate sobre el proyecto de reforma de la ley sobre la familia (finalmente aplazada al menos un año bajo la presión de los integristas) —y en particular las cuestiones vinculadas a la IVE y la PMA—, el género ha sido utilizado para todo. No puedo decirlo mejor que utilizando esta expresión culinaria que ilustra el guiso en el que participan medios, políticos, militantes asociativos, psicoanalistas, religiosos, algunos paranoicos y otros neonazis. ¿Cuáles de ellos son capaces de vigilar la cocción de esta olla para prevenir su desbordamiento?
Todo este lío es a la vez el peor momento para intentar ver claro respecto al género, pero también el mejor. Todo está ahí. A cielo abierto. Basta con tender el oído —o abrir las ventanas los días de manifestación— para ver en carne y hueso lo que el género produce como efectos, lo que revela, lo que es, y lo que permite pensar de la teoría y de la clínica psicoanalítica. El «problema del género» —según la expresión consagrada— está manifiestamente en acción; hace su efecto.
En una entrevista publicada este mes en la revista Vacarme, Joan Scott vuelve sobre su trayectoria como investigadora y su encuentro con el género. De paso, ofrece una definición cercana a aquellas —en plural— a las que me refiero inicialmente, antes de proponer las mías a mi vez. Recuerda que el género es ante todo el medio de discutir el sentido manifiesto y oculto de los vínculos entre las atribuciones biológicas y los roles sociales, de cuestionar la naturalidad y la historicidad del sexo. Es decir, que no hay nada de «natural» en que un ser humano macho se convierta en un hombre y posea más poder que una mujer, por ejemplo, y algo que se olvida a menudo hoy, que no siempre ha habido dos sexos para el saber médico y científico (hasta el siglo XVIII) y que la supuesta diferencia de los sexos no siempre ha estado tan firmemente indexada en el discurso al número dos —convendría discutir esto desde el punto de vista del lenguaje. Joan Scott define así desde 1983, el género como «herramienta de análisis crítico histórico». Es sin duda la definición más interesante para los psicoanalistas entre las que circulan, la más cercana a lo que los psicoanalistas pueden hacer con el género.
Ciertamente no es la primera concepción moderna del género, puesto que debemos a John Money en 1953 y a Robert Stoller en 1964 haber definido el género y la identidad de género —luego el núcleo de la identidad de género— a partir de trabajos sobre la intersexuación y el transexualismo. La concepción de Stoller, inspirada en la de Money, sigue siendo aún hoy la referencia mayoritaria entre los «psi» en materia de género. Sin embargo, no es la más interesante en el plano de la elaboración conceptual y del manejo clínico. A lo que se añade ahora que sus propuestas han pasado desde entonces por el tamiz de los pensamientos feministas, queer, posmodernos y trans que han cambiado ampliamente las reglas del juego estos últimos treinta años.
Money y Stoller tienen un enfoque muy adaptativo del género, reificando en sus propuestas su dimensión de aprendizaje social y cultural, subrayando la coacción que los determinantes en cuestión ejercen sobre el psiquismo o lo psicológico: con ellos el género no es una creatividad psíquica que podría tener influencia sobre lo social, sino una adaptación social del psiquismo invitado a conformarse bajo el efecto de la interacción.
Money define la identidad de género, en 1953, de la siguiente manera: «la identidad de género es la experiencia íntima de la identidad sexual, y la identidad sexual es la expresión pública de la identidad de género». Es, a mi juicio, una de las definiciones más interesantes.
Stoller, siguiendo a Money, va a repensar la identidad de género dándole un «núcleo de la identidad de género», adquirido en las primeras edades de la vida, que da al género un giro evolucionista que no tiene en cuenta la circularidad inducida en Money entre lo individual y lo colectivo.
Sus trabajos han inspirado y sostenido ampliamente los desarrollos del género en el discurso del feminismo materialista de los años 1970. La perspectiva social del sexo determinado por el aprendizaje cultural se impuso. Ann Oakley, en 1972, inaugura en su obra Sex, Gender and Society lo que se considera desde entonces como el estudio de las relaciones sociales de sexos (En Francia, nos referimos a Danièle Kergoat, Christine Delphy o Nicole-Claude Mathieu, por ejemplo). En esa época, el género se piensa de una manera que podemos retener mediante la siguiente fórmula: «El género crea el sexo».
Pero esto no puede captarse sin retomar el hilo histórico de las relaciones peligrosas del sexo y del género desde principios del siglo XX. Les propongo sembrar aquí y allá algunas fórmulas que resumiremos después. Estas frases están sacadas de su contexto, ya no quieren decir gran cosa, pero siguen diciendo lo suficiente como para haber marcado los espíritus.
Está primero la de Sigmund Freud, «El destino es la anatomía» (Freud, 1924). No considera al escribirla, el género, sino que precede las consecuencias psicológicas de la diferencia anatómica (Freud, 1925) de las que hablará después.
Luego en 1949, podemos retener de Simone de Beauvoir esta célebre frase «No se nace mujer, se llega a serlo».
Los desarrollos teóricos que siguen a estos años 1950-1960 se inscriben mayoritariamente en el pensamiento sociológico, ya casi no comparten nada —al menos en apariencia— con las teorías psicoanalíticas, salvo algunos puntos de oposición. Esta escisión entre las teorías psicoanalíticas y lo que va a convertirse en el feminismo moderno de los años 1970 parece instituirse en los años 1950-1960, que son igualmente un giro histórico en la historia del movimiento psicoanalítico francés y mundial. Y es también el momento en que se desarrolla, en Francia siempre, la filosofía llamada posmoderna.
El pensamiento filosófico francés posmoderno, leído en Estados Unidos por estadounidenses —constituido entonces por autores como Deleuze, Derrida pero también Lacan—, se convierte en los años 1960 en lo que se llama desde entonces la French Theory.
Al mismo tiempo, estos pensadores críticos del sistema de saber están, sin estar directamente implicados, entre las fuentes de lo que ha sido llamado en las universidades inglesas los Cultural Studies —una «anti-disciplina» de los años 1960, fuertemente crítica, presentándose como anti-académica, y prodigando un enfoque transversal de las culturas populares, contestatarias y minoritarias.
En 1970-1971, Lacan enuncia «La mujer no existe».
Desde 1970, los Cultural Studies se importan a Estados Unidos, donde se cruzan con la French Theory. Y esto en el momento en que se constituyen por otra parte —pero no sin vínculos— los Lesbian and Gay Studies en la universidad de San Francisco especialmente (que abre desde 1970, la primera enseñanza de estudios secundarios undergraduate consagrada a los LGBTQ Studies, la Universidad de NYC abre el primer diploma post-graduate universitario en 1986). Durante este período, una profusión de saberes percibidos habitualmente como minoritarios se instituyen en saberes oficiales. Reconfiguran el paisaje de los saberes universitarios y ganan sus títulos de nobleza bajo la influencia de un pensamiento nutrido de deconstrucción: de deconstrucción del saber por el pensamiento filosófico de la deconstrucción, por la experiencia del inconsciente y por un pensamiento crítico de las dominaciones de todo tipo.
El academicismo es cuestionado en Estados Unidos, en las universidades, bajo el efecto de un pensamiento que rompe con sus propias fuentes, liberado para la exploración de un territorio nuevo donde sus precursores mismos no reconocen sus crías, donde todos los nuevos paradigmas son regularmente saqueados para abrir en cada giro nuevas perspectivas al saber crítico del saber y de su propia constitución. Aparecen las nociones de los «saberes situados» del feminismo de la época, y desde entonces, por ejemplo, el pensamiento de la interseccionalidad —sexo, raza, clase— impregnado del feminismo de la 3.ª generación —el de las Black Feminist hace 20 años, y el de las Chicanas inmigradas a Estados Unidos hoy, a lo que podemos hacer seguir hoy el transfeminismo actual— el surgido de las feministas transgénero o transexuales.
En 1975, Gayle Rubin escribe en su obra El mercado de las mujeres: «el psicoanálisis es una teoría feminista fallida». A lo que añade «Como el psicoanálisis es una teoría del género, descartarlo sería suicida para un movimiento político que se consagra a erradicar la jerarquía de género (o el género mismo)».
Mientras tanto, las elaboraciones feministas se articulan en torno al «el género crea el sexo».
Los «estudios de género» no existen aún como tales, pero los primeros trabajos que pronto se ampliarán en corpus ya han comenzado: los de la crítica de la dominación masculina son los más célebres.
Si el término género se utiliza en Estados Unidos, en Francia en el mismo período, preferimos, especialmente bajo la influencia de Lévi-Strauss, hablar de las diferencias sexuales. Es lo que va a acentuar aún más este efecto de retorno que vemos realizarse desde hace unos treinta años bajo los rasgos del género o del gender.
He aquí lo que pasó entre los años 1960 y 1980 entre Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, en torno a los Cultural Studies, de la French Theory y de los LGBT and Queer Studies, en lo que podemos encontrar los hilos históricos o leer los efectos de los pensamientos nutricios de estos movimientos: la filosofía, el psicoanálisis, la antropología, la sociología, la historia, la literatura y otros.
Todos estos giros y estas recomposiciones —estos anudamientos y estos desanudamientos— se realizaron en el mismo período, no es casualidad. Fue necesario que elementos se separaran para articularse o anudarse con otros. Perdemos regularmente de vista este aspecto de este momento de separación-configuración, que explica sin embargo ciertas transformaciones. Si el psicoanálisis parece ser severamente desairado por el discurso feminista a partir de los años 1960-1970, y aún más desde entonces por las teorías queer, debemos mirar esto más de cerca. No podemos contentarnos con esta supuesta resistencia al psicoanálisis, de la que nos satisfacemos demasiado a menudo para explicar que movimientos sociales o de pensamientos emergentes parecen no querer saber nada del inconsciente —dando a entender con ello que no podemos hacer nada al respecto.
Más allá de esta vasta crítica del saber como método y experiencias compartidas con el psicoanálisis y la filosofía especialmente, notemos que los saberes concernidos por estos movimientos intelectuales están vinculados a las sexualidades —en tanto prácticas y más allá, en sus resonancias sociales, culturales, políticas y psicológicas. Son cuestiones minoritarias surgidas de las minorías sexuales las que emergen con los Cultural Studies, con los Queer and Gender Studies, ya sean las surgidas de la minoría femenina, de las lesbianas, de los gays, de los transexuales, de los blacks o de los inmigrantes.
No hemos visto aparecer en las universidades Patriarches Studies o Bons Pères de Familles Studies. ¿Por qué? Porque estas teorías se enseñan por defecto, a la sombra del conocimiento —este es el punto de vista crítico. Porque el saber que estas denominaciones podrían recubrir se enseña en la ignorancia de sí mismo, lo que por un lado las feministas pueden combatir, y lo que por otro lado los psicoanalistas pueden escuchar cuando en ambos casos la ignorancia de este saber a criticar termina por hacer síntoma, psíquicamente o socialmente.
Hago la hipótesis de que este retorno, o esta extensión, de esta experiencia crítica del saber proviene directamente del saber sobre lo sexual despejado por el psicoanálisis. Si por el psicoanálisis, el saber sobre lo sexual, al que ha contribuido a hacer aparecer, no se hubiera difundido en efectos de saber, quizás no habríamos visto ampliarse todos estos movimientos críticos de liberación de las minorías sexuales.
Estos movimientos teóricos y prácticos están a menudo determinados contra el psicoanálisis percibido como conservador. Casi todos están apoyados en la experiencia del psicoanálisis, manteniendo al mismo tiempo una severa crítica contra él. Las teóricas más reconocidas de la Queer o Gender Theory han reivindicado a menudo su experiencia personal del psicoanálisis (Gayle Rubin, Judith Butler, Joan Scott).
Cuando Rubin consagra, en El mercado de las mujeres en 1975, el psicoanálisis como «feminismo fallido», inscribe duraderamente lo sexual freudiano en el cuadro de las teorías queer y feministas que van a seguir. Pero los desarrollos de estas teorías se realizan lejos de los divanes para la inmensa mayoría de quienes estudian y prolongan estos pensamientos: los años 1970 terminan por dejar lugar a los años 1980 y 1990, el psicoanálisis ya no se percibe como un pensamiento y una práctica de emancipación sexual.
Las críticas feministas del psicoanálisis por Gayle Rubin o Monique Wittig participan de un movimiento de depreciación del psicoanálisis histórico, al mismo tiempo que el saber sobre lo sexual constituye un elemento histórico del despliegue de estos pensamientos críticos, sin que haya necesidad de darse cuenta, de modo que ya no le prestamos atención. No vemos que la emancipación social y cultural de las sexualidades puestas en minorías se sostiene también de la liberación del saber sobre lo sexual que el psicoanálisis ha suscitado, no en tanto corpus teórico o movimiento de pensamiento, sino en tanto experiencia singular de algunos y algunas de los teóricos más famosos de estas corrientes posmodernas.
En 1978, Wittig escribe «Las lesbianas no son mujeres». Explicando con ello que las lesbianas escapan a las categorías sexuales económicas, políticas y sociales que son hombre y mujer. Aunque su fórmula se pone en relación con la de De Beauvoir, también podemos leerla con la de Lacan.
En 1992, Judith Butler publica su célebre El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Despliega en él que si el género puede deshacerse, es que es un hacer, y que el sexo, por consiguiente, es un hacer también, un hacer vinculado al hacer del género, y al deshacer del género que reabre la perspectiva de un posible hacer del sexo. Lo que prevalece entonces se traduce en la siguiente fórmula: «Deshacer el género, deshacer el sexo».
La puesta en movimiento del hacer y del deshacer del género coincide con el desembarco en Francia del queer, en tanto pensamiento y en tanto movimiento. El movimiento queer en Estados Unidos ciertamente no es el que más ha colonizado las universidades como lo han hecho los Gender studies y Cultural Studies, pero estos últimos no están sin vínculo directo con el pensamiento queer.
Contrariamente o más allá de lo que decía E. Roudinesco a principios de semana en el Huffington Post, el queer no es un subgrupo o un grupúsculo minoritario, sino mucho más una experiencia de interrogación de las fronteras de lo extraño y de lo inquietante que no se define por enseñanzas académicas ni se resume a la existencia de un grupo social. El queer, es ni más ni menos que el nombre de la forma reciente que lo inquietante freudiano aplicado a lo sexual puede tomar en nuestra modernidad, cuando lo sexual llega a hacerse representar en lo social. El queer es un pensamiento de la extrañeza no asimilable a un saber establecido, ni a ninguna identidad puesto que el queer está más allá de las identidades y se funda del retorno a la superficie de los conflictos y de los horrores enterrados bajo el celemín por las identidades cuando se fundan de la represión. El queer es la posibilidad de este retorno asumido por quienes no quieren recubrirlo demasiado rápido de nuevo. El queer no es asimilable al género o a su historia, es lo abyecto en Jean Genet o lo imposible homosexual en Lee Edelman.
Durante estos años 1990-2000, el movimiento llamado gay alcanza su apogeo identitario, se habla de la comunidad homosexual o comunidad gay, que comprende a la vez a los hombres gays y a las mujeres lesbianas, así como a las personas transexuales, sin tener sin embargo derecho a voz en el título comunitario, al menos no inmediatamente.
Poco a poco la L de las lesbianas viene a pegarse a la G de los gays. Una toma en consideración feminista de la situación de las mujeres homosexuales se concreta por ejemplo, en la redesignación de la marcha anual de orgullo homosexual —la pride (orgullo)— en Lesbian and Gay Pride.
Emerge entonces un nuevo discurso trans hecho posible por una toma de libertad de las personas trans más allá de la asignación de lugares en el discurso que los movimientos identitarios les habían reservado. Los bordes del queer resultan inestables para acoger la diversidad trans y las cuestiones de fondo que las personas trans activan. Digo trans para retomar la manera en que quienes habrían sido designados por transexuales antes han comenzado a hacer circular nuevos significantes: trans (2004-2005), transgénero, especialmente. Digo en los bordes del queer, porque es al margen del margen, como siempre, que han aparecido y continúan emergiendo las cosas más interesantes, las capaces de informarnos sobre las patologías a veces discretas de la norma.
A principios de este tercer milenio, aparece igualmente el significante transpedegouines, que testimonia una interrogación del acrónimo LGBT convertido mientras tanto en la sigla oficial para representar la diversidad de las diferentes minorías sexuales que componen la comunidad homosexual de antaño convertida en diferente de sí misma, y en el interior de la cual se ejercen opresiones entre las diferentes posiciones de poder: gay, lesbiana, bi y trans no están alojados en el mismo lugar en esta ficción comunitaria. LGBT, notémoslo, apareció bajo la influencia de las necesidades del discurso de reivindicaciones políticas.
El LGBT durante este período reciente ha sido acompañado por la Q de queer, porque algunos han terminado por reivindicarlo como una identidad de pleno derecho, aunque contradiga el sentido inicial, para dar el LGBTQ, a lo que se añade hoy la I de los intersexos, últimos llegados en lo que ya no puede pensarse como «la comunidad homosexual», sino «la comunidad LGBTQI».
Las identidades son severamente cuestionadas, aplastadas detrás de las pequeñas letras encargadas de representarlas, reducidas a casi nada al lado de los sujetos mismos constreñidos por esta dictadura acronímica. Pero quizás las identidades están reificadas por estas letras, y no solamente reducidas. ¿Qué consecuencias puede tener esto sobre los sujetos? ¿Qué nos enseña este ejemplo singular sobre la evolución de la identidad sexual, en la era del género?
Si se prosigue con estos elementos, en esta vía, la orientación sexual manifiestamente ya no tiene mucho sentido. Puesto que por definición, la conjunción de las letras hace lote común de lo que habríamos designado en otros tiempos por homosexualidad o heterosexualidad o bisexualidad o transexualidad designando por turnos elecciones, preferencias, no-elecciones o efectos de elección.
Pero desde ahora, esto ya no se sostiene, las T son tanto homo o hetero, así como pueden serlo sus parejas, ya sean G, B, Q, I o H porque conviene añadir la H de los Hetero que pueden ser pareja con los G, los B, las L, las T, los Q, los I o finalmente otros H. Ya nada parece faltar en la convocatoria del LGBTQIH. Pero solo en apariencia.
Porque en efecto, que haya de lo extraño, de lo raro y de lo homosexual se mantiene al parecer en esta convergencia identitaria, pero sin hacerse representar ya bajo formas previamente conocidas. Lo que se dejaba observar y pensar por el prisma de nociones tales como la orientación sexual o la identidad sexual se ha liberado de ello gracias a los efectos del género, convirtiéndose en géneros plurales, a la vez situados en un campo identitario, pero liberados de una estricta asignación de sexo o de preferencia sexual predeterminadas, ejerciendo la posibilidad de una transformación de las condiciones de vida del sujeto tomado en un discurso.
De «lo homosexual» en común podría ser reemplazado por raro o queer o minoritario. La marginalidad social de ciertas minorías sexuales ya no es la de los invertidos o de los perversos descritos del siglo pasado, sino que es la marginalidad de quienes un discurso identitario draconiano organiza cuando toma el relevo de los antiguos discursos patologizantes de la psiquiatría o incluso del psicoanálisis. Entonces o bien el campo de los perversos se ha normalizado o bien es la perversión la que ha abandonado a las minorías sexuales.
La marginalidad que el género pone en evidencia es la de la vulnerabilidad identitaria de una época en que ciertas transformaciones de las relaciones del significante y de lo performativo han quizás demostrado que las identidades son procesos de pleno derecho y ya no solamente las producciones de procesos identificatorios: han ganado su autonomía, esto no es sin efectos de liberación y de restricción subjetiva.
Así, que todavía exista una orientación sexual, una homosexualidad o heterosexualidad o bisexualidad coherente parece desmentido por la propia designación LGBTQI. Lo que une ya no es, evidentemente, el supuesto sentido de una preferencia sexual. El factor minoritario parece ser mucho más el principio organizador de esta amalgama. Esto es muy esclarecedor sobre lo que el género permite cuando favorece una reconfiguración casi permanente del barniz identitario y, por lo tanto, un relanzamiento de las identificaciones, en particular las de las llamadas identidades sexuales supuestamente estables y reconocibles.
De tal modo que, desde los años 2000, bajo la influencia de las personas trans no siempre satisfechas con la T amalgamada, ha comenzado a imponerse otra consideración del sexo y del género bajo la fórmula «mi sexo no es mi género». El sexo del que se habla aquí ya no es el sexo del feminismo materialista ni siquiera el de «deshacer el género, deshacer el sexo» de las Gender Theory.
El género del que se habla hoy en el «mi sexo no es mi género» no es el género de los años 70. Y el sexo del que se habla ahora no es el sexo biológico, sino un sexo nuevo, un sexo deshecho por el género, que a su vez se deshace y se crea de nuevo, se crea como una novedad en sí misma, un sexo nuevo —así es como lo designo— que ya no ignoraría del todo su no-naturalidad, su no-historicidad, salvo la de la historia subjetiva, un sexo consciente de su anudamiento con el género y de su no-omnipotencia sexual, un sexo sabio de su incompetencia sexual y de su determinación de género: una especie de a-sexo hecho posible por el género cuando deshace el sexo.
Es este sexo el que la clínica del género en psicoanálisis nos ofrece abordar, para comprender primero sus construcciones, y luego explorarlo en los diferentes manejos que hace posibles en el trabajo clínico, en las construcciones analíticas y en las interpretaciones renovadas y a veces incluso nuevas que favorece y que permiten no retroceder demasiado ante estas nuevas figuras sexuales que no han terminado de desestabilizarnos bajo el efecto del saber sobre lo sexual que recibimos en este movimiento de retorno.
Así pues, para concluir la lista de esta evolución histórica de las nociones y conceptos, y subrayando de nuevo la dinámica de fondo que he calificado como un retorno de la crítica del saber, finalmente propuse al término de mi investigación —que no hace más que empezar— la siguiente: «el género deshace el sexo y crea el sexo», donde podemos apreciar que la repetición de sexo implica que no se trata del mismo, y que aquí se abren algunas reformulaciones posibles del objetivo del análisis a la luz del género, la descripción de una posible creación sexual que la cura podría buscar con la adaptación de la Sexuación de la que el género es vector, hacia la creación del sexo nuevo.
2ª parte de la intervención
¿Qué le hace el género al psicoanálisis, y qué puede hacer el psicoanálisis con él? (Tres nociones revisitadas y algunos extractos relativos a la práctica).
El género no es necesario para el psicoanálisis, ya que el psicoanálisis ya ha desarrollado todo un corpus teórico que permite, innegablemente, pensar lo sexual, trabajar con lo sexual freudiano, lo cual es, no lo olvidemos, la mejor manera actualmente disponible de pensar las cosas del sexo y de la sexualidad.
A esto el género no añade nada, a priori, salvo que es un buen medio — el más actual— de retomar el examen de ciertas nociones que no son en absoluto psicoanalíticas, pero que sin embargo han tenido un éxito innegable en el discurso de los psicoanalistas, en sus escritos, hasta el punto de que a menudo pueden ser percibidas como conceptos psicoanalíticos. Entre ellas, destaquemos la «diferencia de los sexos», la «orientación sexual» o la «homosexualidad». Añadamos a esto que el género permite reconsiderar la relación que mantiene el psicoanálisis con otras nociones como la de «identidad».
Después de un tiempo de investigación, terminé por dar al género la siguiente definición: El género es el límite situado a la vez en el exterior y en el interior del sexo, el litoral o el margen del sexo capaz de revelar su profundidad de campo. El género aparece bajo el efecto de lo sexual; interroga los saberes inconscientes de la diferencia sexual, y hace tambalear las identificaciones hasta su renovación. Así, el género deshace el sexo y crea el sexo en el entre-dos de su trastorno intermitente, en el instante de estabilidad en que se experimenta.
En esta definición, el sexo y el género no están ni opuestos ni complementarios, sino anudados entre sí; es como anudamiento que me ha parecido que podían abordarse en los intentos de elaboración apoyados en la experiencia.
Esta concepción contrasta bastante claramente con las distinciones clásicas que encontramos y de las que hablé antes. Podría resumir esto insistiendo en el hecho de que este anudamiento se ha impuesto en la clínica, y que es una aportación que sitúo como la de las personas trans —no de los transexuales o transgénero, sino de las personas trans, tal como el significante trans se ha impuesto poco a poco en el discurso. Trans no es el entre-dos de hombre y mujer, tampoco es el tercer sexo. Trans revela un lugar, un tercer lugar que, cuando se considera, deja aparecer un anudamiento a tres de hombre-mujer-trans. Esto es lo que las personas trans me han enseñado. Y así es como, gracias a ellas, me encontré en el camino de las fórmulas de la Sexuación y de la clínica borromea, que pensaba poder evitar al principio, esperando poder conformarme con un lifting conceptual rápido y bien hecho. Finalmente, no pude escapar a los implantes.
Esta definición se impuso para responder, en particular, a la necesidad de dar cuenta del género más allá de la concepción masculino/femenino que a menudo se le atribuye, y que resulta ser muy insuficiente, incluso contraproducente.
El género, desde la perspectiva en que lo contemplo, es útil si permite mantener esta tensión hacia la profundización de la diferencia sexual y los saberes que de ella se extraen. El género nos es útil en psicoanálisis si nos sirve de operador capaz de mantener el trastorno, una experiencia del trastorno que nos devuelve y nos expone a la experiencia de la diferencia sexual tal como no deja de producirse, aunque lo que fabricamos de ella como saberes (como identidad sexual y otras construcciones psíquicas) nos permita no verla ya en acción ni experimentarla demasiado.
Aplicada a la experiencia clínica, esta definición y esta concepción del género permite, a mi entender, considerar tanto el género como el sexo como las dos incógnitas de una ecuación insoluble: la ecuación del enigma de lo sexual representada por la sexualidad (lo que nos permite, de paso, avanzar en una especie de concepción de la sexualidad en psicoanálisis). Esta perspectiva implica no prejuzgar lo que género y sexo pueden significar o representar, e intentar darles una vida nueva.
Para avanzar en mi trabajo, tuve que elegir un método. Y para no complicarme demasiado la tarea, adopté, en la medida de lo posible, el método freudiano. Así, elegí observar el género y el sexo —estas dos incógnitas— a través de la tríada tópica, económica y dinámica que Freud nos legó. De este modo, género y sexo comenzaron a tomar formas y sentidos en términos de objeto, proceso e instancia.
Una tabla reúne estas coordenadas, precisando que a día de hoy no es definitiva y requiere ser verificada en cierto modo. Esta tabla es una segunda forma de definir o situar el género en relación con el sexo y lo sexual, desde una perspectiva metapsicológica y quizás borromea.
Entonces, ¿para qué sirve el género en psicoanálisis?
La diferencia de los sexos
El género es, ante todo, útil para el otro y, de hecho, el género es siempre, en primer lugar, el género del otro. Nos recuerda que lo sexual está siempre ya habitado por el otro, empezando por uno mismo. Es algo que he aprendido recientemente, desde que la tesis fue defendida y galardonada con un premio sobre estudios de género. En varias ocasiones, lectores y lectoras de esta tesis me han dicho: «Es interesante lo que planteas sobre el género, pero no deja de ser mucho el género gay»; otros me han dicho: «Es interesante lo que planteas sobre el género, pero no deja de ser mucho el género trans». ¿Es necesario que precise que la primera cita emana de un interlocutor a priori hetero o straight, y que la segunda emana de un interlocutor a priori homo o gay? Puedo completar esta anécdota diciéndoles que una amiga trans me dijo un día, en el mismo orden de ideas: «está bien tu género, al menos eso les recuerda a los gais que nosotros —los trans— no solo soñamos con acostarnos con los heteros, lo hacemos, ¿y por qué? Porque a nosotros el género no nos da miedo, lo hemos inventado».
Esta anécdota revela que el género relanza la experiencia singular y subjetiva de tener que situarse y situar al otro en el paisaje sexual. Cuando el género emerge o se discute (que es lo que vamos a hacer aquí), cada una y cada uno se aproxima involuntariamente a esa experiencia de la diferencia sexual que está permanentemente en obra, pero que logramos evitar frontalmente gracias a los saberes que construimos para «hacerle frente», como se suele decir. De estos saberes necesarios para afrontar la diferencia sexual en curso, el género señala en particular aquel que denominamos «la diferencia de los sexos», al no recordarnos que esta «diferencia de los sexos» no preexiste a los sexos de los cuales establece, sin embargo, una suerte de relación; olvidando demasiado rápido que la construimos precisamente para hacer confortable esta experiencia incesante de la diferencia sexual, que no presagia el número de sexos que se han de encontrar, pero que intentamos mantener como dos, sin duda para facilitarnos la tarea.
El género relanza este trabajo de inventario de los saberes que nos son necesarios para hacer frente a la diferencia sexual, entre teorías infantiles, creencias, saberes imaginarios, conocimientos científicos, etc. La diferencia de los sexos no es una noción ni un concepto psicoanalítico; sin embargo, es invocada corrientemente por el discurso de los psicoanalistas a propósito de la sexualidad (sexualidad que aún no ha encontrado una definición ni una concepción en el campo del psicoanálisis). Que el dos de los dos sexos se imponga desde hace tanto tiempo hasta el punto de deducirse que es bastante tenaz para el psiquismo, no significa que no sea el resultado de algo. ¿Es el producto de una operación psíquica o el efecto de una estructura como la de un lenguaje? ¿Es el dos de un dos sexos en el inconsciente? No es a priori lo que las fórmulas de la sexuación permiten deducir, según la lectura que yo tengo de ellas. Entonces, ¿cómo explicar que esta famosa «diferencia de los sexos» esté tan presente y sea preferida a «diferencias sexuales —en plural»? Quizás sea porque testimonia la necesidad teórica en tanto que ficción; quizás sea porque esta «diferencia de los sexos» colmata, por el momento, un lugar del saber donde algo se nos escapa todavía con demasiada violencia como para que podamos afrontarlo con más tranquilidad. Pero no sabría decir entre qué y qué la «diferencia de los sexos» viene a hacer de barrera o tapón, haciéndonos creer que sabemos algo con ella, a diferencia de la «orientación sexual» de la que voy a hablar ahora, que se instala, en mi opinión, en el lugar de una articulación ficticia entre sexuación y elección de objeto.
La orientación sexual
Otro ejemplo. Ya he hablado de ello en mi primera parte: es la «orientación sexual» como noción aún no psicoanalítica, pero tan comúnmente admitida que también se puede suponer que a veces influye en el pensamiento de los psicoanalistas y, tal vez, en su trabajo. La idea de orientación sexual no se confunde con la cuestión de la elección de objeto; no la sustituye, sino que a veces parece prolongarla o recubrirla. A este respecto, el género nos hace sentir que, a nuestro pesar, también estamos influenciados por la idea de orientación sexual y no solo guiados por la noción psicoanalítica de elección de objeto. Creemos a veces, más de lo que admitimos, en la homosexualidad, la heterosexualidad o la bisexualidad como si eso existiera. Y esto perdura, aun cuando las orientaciones sexuales vinculadas a ellas parecen haberse transformado en las últimas décadas bajo la influencia de las identidades, hasta el punto de no ser ya ni reconocibles ni imaginables con las referencias previamente adquiridas; ¿hemos tomado conciencia de ello?
Pensemos, por ejemplo, en el caso de Marc en mi tesis —del que les volveré a hablar más tarde a propósito del manejo imaginario del género en la práctica—: este chico trans, este transboy, este hombre trans interroga y maneja el género como nadie: me ha enseñado mucho, en suma. Le gustan las chicas, las mujeres, al igual que le gustaban las chicas y las mujeres en el tiempo anterior a su transición. Antes de ese tiempo, era un hombre-trans-aún-no que amaba a las mujeres en tanto que a priori mujer, por lo tanto, era una mujer lesbiana en el tiempo en que ella no era hablada en tanto que él y hombre. Era homosexual femenino y hoy es un heterosexual masculino. Su elección de objeto no ha cambiado a priori, su orientación sexual ha cambiado de sentido manifiestamente, pero también de polo, pasando de femenino a masculino y de una homosexualidad a una heterosexualidad; dicho de otro modo, el caso de Marc subraya hasta qué punto la orientación sexual literalmente no tiene sentido.
A partir de esta hipótesis de que la orientación sexual no tiene sentido, podemos percibir el papel que le hacemos desempeñar, muy a nuestro pesar, en la teoría. Para resumir lo que acabo de decir muy rápidamente, me parece que esta noción no psicoanalítica viene en auxilio de conceptos psicoanalíticos, y que es adoptada por el confort que aporta. La orientación sexual es una suerte de ligamento entre la sexuación por un lado y la elección de objeto por el otro. Aunque no haya, a priori, necesidad de mantener unidos la elección de objeto y la sexuación, que no tratan en absoluto de las mismas cosas, no es menos cierto que en la vida ordinaria, algo del orden de las consecuencias de la sexuación se articula efectivamente con lo que representa la elección de objeto en la vida corriente, y que a ello somos sin duda invitados a dar sentido gracias a esta unión imaginaria que es la orientación sexual —que sería, por este hecho, una teoría sexual infantil. La orientación sexual llena esta ficción y nos aleja del saber sobre lo sexual —en tanto que saber inconsciente.
La identidad
Al revisar nuestros hábitos sobre las supuestas orientaciones sexuales y la diferencia de los sexos, podemos reconsiderar igualmente nuestra relación con la noción de identidad.
La identidad no es una noción de peso en psicoanálisis; preferimos, sin comparación posible, pensar en las identificaciones. Ciertamente, las identidades no dan cuenta en toda su verdad de las identificaciones que las fundan, lo cual es una pérdida para quien se interesa en movilizar los recursos psíquicos subyacentes. Pero las identidades constituyen un polo de atractividad narcisista del que haríamos mal en prescindir para pensar y actuar en el trabajo clínico.
Tomemos la identidad gay y veamos qué nos enseña lo específico de esta identidad minoritaria sobre lo general. Más allá de la marca identitaria, y aunque a veces lo pretenda, la identidad gay no dice nada en el fondo de la orientación sexual —puesto que esta última posiblemente no tiene sentido. Así, la práctica nos enseña que muchos homosexuales pueden no reconocerse como gais, ya que el marcador identitario, que vale a veces como identidad sexual y a veces como identidad de género, permite sustraerse a él tanto como ser señalado por el discurso. El posicionamiento subjetivo en el campo de las representaciones sociales se ajusta más o menos al determinante subjetivo.
Entonces, ¿por qué pensar, como atestigua el pensamiento corriente, que los homosexuales son los gais, o bien que los gais son los homosexuales? ¿Por qué mantener unidas una identidad de género —la identidad gay— y la ficción de una orientación sexual —haciendo de unión entre la sexuación y la elección de objeto— si no es para dejar de lado lo imposible de la identidad sexual —en el sentido de lo que escapa al saber sobre lo sexual que la identidad, sea cual sea, no puede representar verdaderamente en lo social?
Ciertas situaciones clínicas imponen visitar estos cuestionamientos. El fenómeno del slam —consumo de drogas por vía intravenosa en un contexto sexual, aparecido entre los hombres gais en los años 2004-2005— es un muy buen ejemplo. En el seno de una supuesta comunidad sexual, la que antes se llamaba homosexual, unos hombres, en su mayoría seropositivos al VIH, comenzaron a inyectarse drogas de un nuevo género —las catinonas— en el marco de su vida sexual, hasta el punto de que este consumo ya no es solo un apoyo a la sexualidad, sino una práctica sexual de pleno derecho, que el concepto de adicción es incapaz de esclarecer.
¿Cómo comprender que estos hombres, gais en su mayoría y gais a ojos de todos, seropositivos, se hayan encontrado en esta subcomunidad de los slameurs, dispuestos a explorar hasta el último rincón un comportamiento de consumo de drogas con efectos deletéreos rápidos y masivos?
Este fenómeno es un síntoma identitario; es mi hipótesis de partida. Estos hombres gais seropositivos pagan el precio de la represión intracomunitaria, de una epidemia y de sus representantes, que la comunidad común intenta excluir de su seno, a semejanza de la escisión —para Freud— que relega la representación inconciliable hacia la formación de un segundo grupo psíquico donde es condenada al olvido. En Nancy, Bataille y Blanchot, la comunidad se nutre de la muerte del individuo; entonces el género se convierte, aquí, en nuestro aliado para sostener al sujeto frente al «ser-en-común» identitario que a veces se confunde con la muerte como obra comunitaria.
¿Cómo proceder clínicamente ante esta colusión tan flagrante entre una epidemia y una identidad, si no es proponiendo que el significante gay —marcador de la identidad en cuestión— sea sometido al esfuerzo de deconstrucción, para ser deshecho tal como el género fue deshecho previamente en la historia reciente de las identidades sexuales: ¿deshacer el género, deshacer lo gay?
La deconstrucción del género es una vía de acceso posible a la apertura del sexo como representante identitario, sin necesidad de abandonar las identidades, de las cuales podemos sacar provecho para el trabajo de movilización libidinal.
Manejo del género en la clínica – el caso de Marc (extractos del artículo «Emergencia y manejo del género en la clínica. De la sustancia al objeto»).
Marc tiene 22 años cuando nos encontramos por primera vez, en el marco de una consulta en mi gabinete. Su demanda inicial, tal como fue expresada, se refiere a su proceso de transición, para el cual desea tener un espacio para pensar y avanzar en este «viaje sexual». Al no ser yo psiquiatra, este seguimiento «psi» no puede integrarse en el marco del seguimiento obligatorio que el protocolo oficial exige en Francia para este tipo de acompañamiento, cuando se desea el tratamiento hormonal y, posteriormente, una operación quirúrgica. Pero este no es el deseo de Marc, que ya toma hormonas en el mercado negro. Y, sobre todo, no desea ninguna operación quirúrgica, por lo que no tiene «interés» en integrarse en un seguimiento oficial de transición. Marc trabaja; tiene un empleo en el sector comercial, es vendedor. Vive solo en París, donde creció. Sus ingresos le permiten vivir convenientemente según él, asegurar el avance de su proyecto de «viaje sexual» y pagar las sesiones de «psi». Marc es un chico trans, heterosexual, que ama a las chicas, a las mujeres o a las personas trans mujeres, tal como me precisó el perímetro de su heterosexualidad. Nunca había acudido a un «psi» antes de conocerme. ¿Cómo me eligió? Porque uno de sus amigos, que viene a verme, le dio mi dirección y mis datos. Iniciamos el seguimiento, con una entrevista por semana para empezar.
Muy rápidamente, la cuestión de las hormonas cobra importancia en el discurso de Marc. Acaba de comenzar este «tratamiento», que él denomina así a pesar de no contar con prescripción médica ni cobertura financiera para dicho tratamiento. Su suministro es regular, similar a los métodos utilizados por algunos deportistas para obtener testosterona. Con un seguimiento médico y una prescripción en toda regla, Marc podría beneficiarse de un tratamiento de Testogel®, una pomada. Por diversas razones, obtiene testosterona para inyectar por vía intramuscular, que él mismo se aplica tras haber recibido algunos consejos de una amiga enfermera.
Los primeros efectos de la testostosterona a nivel psicológico ya no aumentan; Marc se ha habituado globalmente a las novedades de los caracteres masculinos (aumento de la libido, mayor impulsividad). Por el contrario, las transformaciones corporales ganan terreno poco a poco, pero son progresivas (vello, voz, musculatura) y requieren regularmente un ajuste psicológico: modificación de la imagen corporal, nueva designación de ciertas partes del cuerpo (las piernas pasan a ser los muslos, por ejemplo). En este contexto, Marc acepta mi recomendación de iniciar un seguimiento médico ordinario para el tratamiento hormonal y, por tanto, de detener su experimentación solitaria. Esto le parece posible, mientras que al principio de su proceso de transición reivindicaba una iniciativa más libertaria. El médico acepta el seguimiento y prescribe los tratamientos de sustitución a Marc, quien se aplica la pomada diariamente. A partir de ese momento, surge una suerte de estabilidad en el proceso de transición; la fase de lanzamiento ha pasado, los seguimientos médicos y psicológicos están en marcha. La relación transferencial vive días más tranquilos que al principio; han pasado varios meses. Los avatares técnicos de su transición ocupan menos espacio; el tratamiento es una rutina; puede dar libre curso a su pensamiento durante las sesiones, y el contenido del material psíquico aportado cambia considerablemente gracias a esta estabilidad del seguimiento.
A partir del género en sustancia, Marc ha fabricado poco a poco algo en relación con su cuerpo, un cuerpo nuevo y renovado. Esta producción se ha manifestado en una alternancia de momentos de travesía de lo informe de una gran desestabilización subjetiva, vividos siempre al borde de la ruptura. Se produjeron síntomas de despersonalización y alucinación, siempre fugaces, siempre criticados, que mal que bien repatriamos cada vez a la creación psíquica en curso en el espacio transferencial. Las crisis de angustia requirieron temporalmente el apoyo de un tratamiento medicamentoso, en coordinación con un psiquiatra colaborador. Los trastornos sensitivos y las producciones cuasidelirantes no fueron tratados con medicamentos antipsicóticos u otros, de acuerdo con el médico psiquiatra. Su breve temporalidad nos animó, en cada etapa, a integrarlos sucesivamente en el trabajo analítico, pues su estatus correspondía más bien a una desubjetivación en curso que merecía ser acogida en la transferencia para encontrar allí su resolución.
Marc ya nos había demostrado su capacidad para manejar el género como un proceso simbólico movilizado en una reinvestidura progresiva del cuerpo y del lenguaje, especialmente mediante la producción de nuevas palabras encargadas de designar cada una de las partes de su cuerpo, una tras otra, como una reedición del descubrimiento primario. Este momento fecundo del trabajo dejó paso, tras algunos meses, al desprendimiento del género como objeto imaginario, cuya composición encontró primero su forma y su materia en esos momentos de travesía de lo informe. Y es que la apertura inducida por el recurso al género ha propiciado la creación de un sexo nuevo –y no solo de un nuevo sexo. En este nivel, el analista es convocado de una manera específica cuando lo imaginario del género se invita en él para dar cuerpo –por tanto, imagen– al género en devenir del sujeto analizante y a este sexo nuevo co-ocurrente del género en trabajo. Porque si el género se pone a trabajar, es para reinventar el sexo, tal como vamos a exponer a continuación.
Pero, ¿cómo ha funcionado esto? ¿Qué procesos psíquicos, en particular inconscientes, podemos describir? Cuando el género resuena con su cualidad de objeto imaginario y de proceso simbólico, viene a discutir el sexo en su cualidad de instancia imaginaria y de objeto simbólico, y lo interroga, aun a riesgo de subrayar la precariedad del saber que acompaña su existencia, para el sujeto y para el analista. El sexo así interpelado en su construcción deja aparecer los movimientos identificatorios conocidos, aún desconocidos o por reconocer, de aquello que en el análisis del analista ha podido iluminar la constitución y la autorización sexual del ser sexuado, el semblante de mujer o de hombre por el que el analista se orienta, por ejemplo. Esto encamina el trabajo analítico hacia la vía de una sexuación pensada en adelante como proceso imaginario e instancia simbólica. Es un primer nivel de puesta a trabajar en el analista del sexo por el género, cuando el analista se propone sostener el deseo de análisis del analizante a partir de los saberes que él mismo ha elaborado por su propia cuenta, sobre su propia cuenta, y que continúa iluminando cada vez que una cura le invita a desplazarse en cuerpo en la matriz de sus saberes.
Las elaboraciones psíquicas, alentadas por cada uno de los avances del trabajo analítico, florecen en la actividad onírica o en las producciones sintomáticas del paciente, y también en las del analista. Una representación especular y no especular del género se desprende poco a poco del lado del analista. Una parte se deja representar y decir, el analista la piensa o la habla; otra parte reside fuera del campo del lenguaje, el analista la hospeda y la cura.
Esta cohabitación del analista con este género en construcción-elaboración está atravesada por lo que la transferencia compromete. Pero define sobre todo un espacio de trabajo donde imaginar el trazado del género en obra y en construcción simultáneas permite después que este se escriba. Y que se escriba da un borde al fuera de campo de la palabra donde el género puede venir bien a abrumar e impedir la elaboración del sexo nuevo del analizante, bien a sostener y dinamizar esta creación que el analista puede asumir como más allá de la matriz, una matriz finalmente tranquilizada del vacío sobre el que se soporta. He aquí un segundo nivel del manejo del género por el analista.
Entonces, ¿quizás el género sea el nombre de ese momento de elaboración transferencial que se despliega a propósito del sexo del otro en la cura? ¿Quizás sea el nombre de lo que identificamos como una pista de trabajo donde convendría explorar la función del analista en tanto que ese «otro de lo sexual»? ¿Quizás sea el nombre de un lugar del sexo en el psiquismo?
¿Y el Falo en todo esto? Transición hacia la exposición de Christian Centner
¿Para qué sirve? ¿Hay que prescindir de él? ¿No es el género un «tapa-sexo»? ¿Una evitación de la castración? ¿Una denegación del Falo?
Es una sorpresa de mi investigación.
Haber sido reconducido a estas fórmulas que pensaba poder evitar, para descubrir que no sabía gran cosa de ellas y que tienen un alcance mucho más amplio de lo que parece, tanto a nivel teórico como clínico.
Y haber sido reconducido a ellas por las personas trans, aquellas y aquellos a quienes la literatura califica con mayor frecuencia de psicóticos y perversos, rechazando el Falo y la castración, como si estas fueran características eficaces, etc.
Haber constatado también que lo que sucede en el trabajo analítico no depende en todo momento de estas fórmulas, especialmente cuando se trata en el análisis de las construcciones vinculadas a los arreglos de la sexuación, que hasta que concluyen tienen formas no reconocibles con las teorías establecidas o las fórmulas escritas, y que nos invitan a pensar el trabajo fuera de ellas —no sin Falo, sino fuera-del-Falo temporalmente—, hasta que sea posible, más tarde, volver a ellas para reconocerse en ellas o no.
En el entre-dos de estos instantes que el trabajo puntúa, el género puede servir al analista para sostener estas creaciones sexuales inconscientes, acoger «la gestación de un sexo nuevo», contribuir a arreglos de la sexuación que el género vectoriza. Los principales manejos del género que he podido identificar por el momento son manejos que califico como manejos imaginarios.
El género es un concepto límite, un límite en el sentido del límite del estado-límite, una cuestión fronteriza al igual que la pulsión es un concepto límite.
¿Quizás el género sea un estado-límite de la sexuación que, aunque no excluye el Falo, se propone como objeto encontrar arreglos a la sexuación cuyas realizaciones pueden efectuarse fuera-del-falo —pero no sin el falo?
¿Este fuera-del-Falo, que no es ni un tiempo ni un espacio, es quizás el equivalente de lo que se designa como yo auxiliar en la clínica borderline?
El género no cuestiona el Falo, sino que interroga su límite en tanto que incertidumbre, incertidumbre que limita los efectos de límite del tratamiento psíquico de las cosas del sexo.
Conclusión
Hay un límite importante a todo lo que acabo de decir sobre lo que el género es o parece ser. Es que el género habrá sido útil sobre todo a alguien que habrá podido transitar, gracias a él, en la experiencia del psicoanálisis, y que ese alguien no puede decir mucho más allá de sí mismo, salvo quizás ceder la palabra a otros eclipsándose.
Anexos
EPSF – Mañana Clínica
Clínica del género en psicoanálisis
Domingo 9 de febrero de 2014 – CEASIL
Exposición de Vincent Bourseul
Posibles articulaciones del género y del sexo en cinco formulaciones históricas:
1950-1960 – El género es el sexo social (Psiquiatría, Psicoanálisis)
1970-1980 – El género crea el sexo (Sociología, Feminismo materialista)
1990 – Deshacer el género, deshacer el sexo (Estudios de género, Queer)
2000 – Mi sexo no es mi género (Trans, Trans-feminismo)
2010 – El género deshace el sexo y crea el sexo (Psicoanálisis)
El género en psicoanálisis, 1.ª propuesta de definición:
El género es el límite situado a la vez fuera y dentro del sexo, el litoral o el margen del sexo capaz de revelar su profundidad de campo. El género aparece por efecto de lo sexual; interroga los saberes inconscientes de la diferencia sexual y hace vacilar las identificaciones hasta su renovación. Así, el género deshace el sexo y crea el sexo en el entre-dos de su turbación intermitente, en el instante de estabilidad en que se experimenta.
El género en psicoanálisis, 1.ª propuesta de localización:
Con motivo de la tesis doctoral «Clínica del género en psicoanálisis», el género, el sexo y la sexuación han sido presentados en sus correspondencias con los registros imaginario, simbólico y real a partir de su cualidad de objeto, proceso e instancia. El resultado nos ofrece las siguientes coordenadas:
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Imaginario |
Simbólico |
Real |
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Género |
objeto |
proceso |
instancia imposible |
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Sexo |
instancia |
objeto |
proceso imposible |
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Sexuación |
proceso |
instancia |
objeto imposible |
Construcción del cuadro:
Los números (?) indican el orden cronológico de aparición de los elementos a lo largo de la investigación. Hasta el (3), se trata de elementos que emergen en la experiencia clínica; el (4), que es la primera «instancia» inscrita en la tabla, se deduce de los (1), (2) y (3): completa una primera tabla. Después, la tabla se amplía para acoger el (5) como necesidad lógica de las elaboraciones teóricas esta vez. A partir del (5), todo lo demás se completó por deducción «pseudológica». El conjunto queda «pendiente de verificación».
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Imaginario (1) |
Simbólico (2) |
Real (5) |
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Género (1) |
objeto (1) |
proceso (3) |
instancia imposible (7) |
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Sexo (2) |
instancia (4) |
objeto (2) |
proceso imposible (5) |
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Sexuación (6) |
proceso (7) |
instancia (7) |
objeto imposible (6) |
Referencias bibliográficas, Vincent Bourseul:
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Vincent Bourseul
El género en psicoanálisis: retorno de la crítica del saber3
Este primer texto se propone esclarecer la historia de la noción de género desde los años 50 y la de la relación que las teorías que la han adoptado mantienen con el psicoanálisis en la experiencia y en la teoría. El segundo texto, «¿Qué le hace el género al psicoanálisis y qué puede hacer el psicoanálisis con él?», se interesará más por las condiciones de una definición del género en el campo teórico del psicoanálisis, en relación con la emergencia y el manejo del género en la clínica, hasta las cuestiones vinculadas a la sexuación y al falo.
Lo que voy a abordar aquí se apoya en una investigación llevada a cabo especialmente en el marco de un trabajo universitario, pero sobre todo a partir de una experiencia clínica de la que he extraído dos líneas principales de trabajo: la cuestión trans por un lado y la cuestión gay por el otro, todo ello sobre el fondo de la epidemia del sida —precisión necesaria antes de continuar, pues una gran parte de estas reflexiones probablemente no habrían visto la luz sin el efecto de lo real del virus VIH, capaz de trastocar el sentido. Trans y gay deben entenderse aquí como significantes identitarios, a los que el género nos remite y que permite pensar, y con ellos la cuestión de las identidades en su actualidad.
La idea común que prevalece es definir el género como lo que
se refiere a lo masculino y a lo femenino; de hecho, es lo que una gran parte de las ciencias sociales privilegia como enfoque, en detrimento de lo que el género es para muchos otros. El género del que voy a hablar no es, por tanto, el de la gramática, ni el que pasa por ser el «sexo social», tal como se define muy a menudo en su forma reducida.
Es que el género, desde que circula, ha quedado recubierto por una buena decena de concepciones diferentes: sociológica, filosófica, feminista, marxista, genética, política, psiquiátrica, minoritaria, queer, heterocentrada, gay, lesbiana, trans y otras más.
Si bien pensaba todavía hace algún tiempo que una discusión sobre el género en psicoanálisis requería ser introducida por toda una serie de consideraciones previas para facilitar su abordaje, ahora estoy seguro de una cosa: todo el mundo está perfectamente inmerso, de grado o por fuerza, en el debate sobre el género y en la actualidad de la teoría mitológica que lo acompaña desde ahora, designada bajo la denominación discutida de «teoría del género4».
Esto no impide que casi nadie sepa de qué habla cuando habla de género. Muchos están seguros de saberlo cuando lo reivindican o lo defienden. La mayoría olvida, voluntariamente, que el género es ante todo algo indefinible, que trastorna, perturba las categorías, y que esta incompatibilidad con el esfuerzo de conceptualización no es un defecto, sino su cualidad principal. Lo cual permite pensar muy razonablemente que no hace falta saber qué es para beneficiarse de lo que hace. No obstante, no está prohibido acogerlo y, si no podemos darle una definición estable, al menos podemos describir sus coordenadas teóricas a partir de la experiencia clínica.
En el caos mediático y político de este último año, desde que el proyecto de ley sobre el «matrimonio para todos» se sometió a debate, sin duda de la peor manera, hasta los inicios del debate sobre el proyecto de reforma de la ley de familia (finalmente aplazada al menos un año bajo la presión de los integristas) —y en particular las cuestiones vinculadas a la IVG y la PMA—, el género se ha utilizado para todo. No puedo decirlo mejor que recurriendo a esta expresión culinaria que ilustra el guiso en el que participan medios, políticos, militantes asociativos, psicoanalistas, religiosos, algunos paranoicos y otros neonazis. ¿Cuál de ellos es capaz de vigilar la cocción de esta marmita para evitar que se desborde?
Todo este lío es a la vez el peor momento para intentar ver claro sobre el género, pero también el mejor. Todo está ahí. A cielo abierto. Basta con aguzar el oído, u abrir las ventanas los días de manifestación, para ver en carne y hueso los efectos que produce el género, lo que revela, lo que es, y lo que permite pensar de la teoría y de la clínica psicoanalítica. El «trastorno del género», según la expresión consagrada, está manifiestamente en marcha: hace efecto.
En una entrevista publicada este mes en la revista Vacarme5, Joan Scott repasa su trayectoria como investigadora y su encuentro con el género. De paso, vuelve a dar una definición cercana a aquellas a las que me remito inicialmente, antes de proponer las mías a mi vez. Recuerda que el género es, ante todo, el medio para discutir el sentido manifiesto y oculto de los vínculos entre las atribuciones biológicas y los roles sociales, para cuestionar la naturalidad y la historicidad del sexo. Es decir, que no hay nada de
«natural» en que un ser humano macho se convierta en un hombre y detente más poder que una mujer, por ejemplo; y, cosa que hoy se olvida a menudo, que no siempre ha habido dos sexos para el saber médico y científico (hasta el siglo XVIII) y que la supuesta diferencia de los sexos no siempre ha estado tan firmemente indexada en el discurso al número dos —convendría discutir esto desde el punto de vista del lenguaje. Así, desde 1986, Joan Scott define el género como «una categoría útil
de análisis histórico6». Sin duda, es la definición más interesante
para los psicoanalistas entre las que circulan, la más cercana a lo que los psicoanalistas pueden hacer con el género.
Ciertamente, no es la primera concepción moderna del género, puesto que debemos a John Money7 en 1953 y a Robert Stoller8 en 1964 haber definido el género y la identidad de género —y luego el núcleo de la identidad de género— a partir de trabajos sobre la intersexualidad y el transexualismo. La concepción de Stoller, inspirada en la de Money, sigue siendo hoy en día la referencia mayoritaria entre los «psys» en materia de género. Sin embargo, no es la más interesante en el plano de la elaboración
conceptual y del manejo clínico. A ello se añade que sus propuestas han pasado desde entonces por el tamiz de los pensamientos feministas, queer, posmoderno y trans, que han cambiado ampliamente el panorama en los últimos treinta años. Money y Stoller tienen un enfoque muy adaptativo del género, reificando en sus propuestas su dimensión de aprendizaje social y cultural, subrayando la coacción que estos determinantes ejercen sobre el psiquismo o lo psicológico. Con ellos, el género no es una creatividad psíquica que pudiera influir en lo social, sino una adaptación social del psiquismo invitado a conformarse bajo el efecto de la interacción. A mi entender, la siguiente definición de Money es una de las más interesantes: «La identidad de género es la experiencia íntima de la identidad sexual, y la identidad sexual es la expresión pública de la identidad de género». A continuación de Money, Stoller va a repensar la identidad de género dándole un «núcleo de la identidad de género», adquirido en las primeras edades de la vida, que da al género un giro evolucionista que no tiene en cuenta la circularidad inducida en Money entre lo individual y lo colectivo.
Sus trabajos inspiraron y sostuvieron ampliamente los desarrollos del género en el discurso del feminismo materialista de los años setenta. Se impuso la perspectiva social del sexo determinado por el aprendizaje cultural. En 1972, en su obra Sex, Gender and Society9, Ann Oakley inaugura lo que desde entonces se considera el estudio de las relaciones sociales de los sexos. En Francia, nos referimos, por ejemplo, a Danièle Kergoat, Christine Delphy o Nicole-Claude Mathieu. En esa época, el género se piensa de un modo que podemos retener con la fórmula siguiente: «El género crea el sexo ».
Pero esto no puede captarse sin retomar el hilo histórico de las relaciones peligrosas entre sexo y género desde comienzos del siglo XX. Le propongo sembrar aquí y allá algunas fórmulas que luego resumiremos. Estas frases están sacadas de su contexto; ya no quieren decir gran cosa, pero siguen diciendo lo suficiente como para haber marcado los espíritus. Está, en primer lugar, en 1923, la de Sigmund Freud: «El destino es la anatomía10». Al escribirla, no considera el género, pero anticipa las consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica de la que hablará en 192511. Su máxima sigue siendo objeto de todas las controversias, y su alcance real se mantiene bajo la alfombra. Lamentemos de paso que la referencia al «destino» no se entienda aquí en el uso freudiano de aquello que hay que combatir para evitar su profecía (neurosis de destino), y, por otra parte, que la anatomía está muy lejos de abarcar en Freud lo biológico, que no se reduce a ella, en la medida en que constituye indudablemente en él un verdadero modelo de inspiración de lo viviente. Privado de estas coordenadas, el destino anatómico de Freud sigue constituyendo la prueba, a ojos de algunos, de una estrechez de miras reducida al pene.
En 1949, podemos retener de Simone de Beauvoir esta
célebre frase: «No se nace mujer, se llega a serlo12». Con ella
se inauguran nuevos enfoques feministas, que preceden a los pensamientos sobre la construcción social de la identidad que seguirán una decena de años más tarde.
Los años 1950-1960 se inscriben mayoritariamente en el pensamiento sociológico; ya casi no comparten nada —al menos en apariencia— con las teorías psicoanalíticas, salvo algunos puntos de oposición. Este clivaje entre las teorías psicoanalíticas y lo que se convertirá en el feminismo moderno de los años setenta parece instituirse en estos años 1950-1960, que son también un giro en la historia del movimiento psicoanalítico francés y mundial: escisiones, exclusiones, fundaciones. Y es también el momento en que se desarrolla, en Francia una vez más, la filosofía llamada «posmoderna». Esta, constituida entonces por autores como Deleuze, Derrida, pero también Lacan, leída en Estados Unidos por estadounidenses, se convierte en los años sesenta en lo que desde entonces se llama la French Theory13. Al mismo tiempo, estos pensadores críticos del sistema de saber son, sin estar directamente implicados, entre las fuentes de lo que se ha llamado en las universidades inglesas los Cultural Studies : una «antidisciplina» de los años sesenta, fuertemente crítica, que se presenta como antiacadémica y que ofrece un enfoque transversal de las culturas populares, contestatarias y minoritarias.
En 1971, Lacan enuncia: «La mujer no existe14». No critica la identidad mujer promovida por las feministas a pesar de ellos, sino que desplaza la cuestión con las fórmulas de la sexuación y el «no-todo fálico», que no será ampliamente escuchado en ese sentido en esos momentos de reivindicaciones igualitarias. La reivindicación social parecía entonces acomodarse mal, o sostenerse mal, en la experiencia psicoanalítica. De otro modo, desde 1970, los Cultural Studies ingleses se importan a Estados Unidos, donde se cruzan con la French Theory. Y esto en el momento en que se constituyen, por otra parte, aunque no sin vínculos, los Lesbian and Gay Studies en la Universidad de San Francisco en particular, que abre la primera enseñanza de estudios secundarios undergraduate dedicada a los LGBTQ15 Studies (la Universidad de New York City abre el primer título universitario post- graduate en 1986, dieciséis años después). Durante este periodo, una profusión de saberes percibidos ordinariamente como minoritarios se instituye en saberes oficiales. Reconfiguran el paisaje de los saberes universitarios y adquieren carta de nobleza, bajo la influencia de un pensamiento nutrido de deconstrucción del saber por la filosofía de la deconstrucción, por la experiencia del inconsciente y por un pensamiento crítico de las dominaciones de todo orden.
El academicismo es cuestionado en Estados Unidos, en las universidades, bajo el efecto de un pensamiento que rompe con sus propias fuentes, liberado para explorar un territorio nuevo en el que sus propios precursores ya no se orientan, donde todos los nuevos paradigmas son regularmente saqueados para abrir, en cada giro, nuevas perspectivas al saber crítico del saber y de su propia constitución. Aparecen las nociones de «saberes situados16» del feminismo de la época y, desde entonces, por ejemplo, el pensamiento de la interseccionalidad —sexo, raza, clase— impregnado del feminismo de la tercera generación: el de las
Black Feminist17 de hace 20 años, y el de las Chicanas inmigradas en Estados Unidos hoy, a lo que podemos añadir el transfeminismo actual
—el que procede de las feministas transgénero o transexuales.
En 1975, Gayle Rubin escribe: «el psicoanálisis es una teoría feminista fallida». A lo que añade: «Como el psicoanálisis es una teoría del género, apartarlo sería suicida para un movimiento político
que se dedica a erradicar la jerarquía de género18» (o el propio género). Los «estudios de género» aún no existen como tales, pero los primeros trabajos que pronto se ampliarán en corpus ya han comenzado: los de la crítica de la dominación masculina son los más célebres. Si el término «género» se utiliza en Estados Unidos, en Francia, en la misma época, preferimos, en particular bajo la influencia de Lévi-Strauss, hablar de diferencias sexuales. Esto es lo que acentuará aún más ese efecto de retorno que vemos realizarse desde hace unos treinta años aproximadamente bajo los rasgos del género o del gender.
Esto es lo que ocurrió entre los años sesenta y ochenta entre Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, en torno a los Cultural Studies, la French Theory y los LGBT and Queer Studies, en lo que podemos reencontrar los hilos históricos o leer los efectos de los pensamientos nutricios de estos movimientos: la filosofía, el psicoanálisis, la antropología, la sociología, la historia, la literatura y otros.
Si todos estos giros y recomposiciones, estos anudamientos y desanudamientos, se realizaron en el mismo periodo, no es casualidad. Hizo falta que algunos elementos se separaran para articularse o anudarse con otros. Perdemos regularmente de vista este aspecto de ese momento de separación-configuración, que sin embargo explica ciertas transformaciones. Si el psicoanálisis parece ser severamente desdeñado por el discurso feminista a partir de los años 1960-1970, y aún más desde entonces por las teorías queer, debemos mirar esto más de cerca. No podemos contentarnos con esa supuesta resistencia al psicoanálisis, con la que nos satisfacemos demasiado a menudo para explicar que movimientos sociales o pensamientos emergentes parecen no querer saber nada del inconsciente —dando a entender con ello que no podemos hacer nada al respecto.
Más allá de esta vasta crítica del saber como método y experiencia compartidas con el psicoanálisis y la filosofía, en particular, observemos que los saberes implicados en estos movimientos intelectuales están ligados a las sexualidades, en tanto que prácticas y más allá, en sus resonancias sociales, culturales, políticas y psicológicas. Son cuestiones minoritarias, procedentes de las minorías sexuales, las que emergen con los Cultural Studies, con los Queer and Gender Studies, ya sean las procedentes de la minoría femenina, de las lesbianas, de los gays, de las personas transexuales, de los blacks19 o de los inmigrantes.
No hemos visto aparecer Patriarches Studies o Bons
Pères de Familles Studies en las universidades. ¿Por qué? Porque estas teorías se enseñan por defecto, a la sombra del conocimiento —ese es el punto de vista crítico. Porque el saber que estas denominaciones podrían abarcar se enseña en la ignorancia de sí mismo, algo que, por un lado, las feministas pueden combatir y que, por otro, los psicoanalistas pueden escuchar cuando, en ambos casos, la ignorancia de ese saber a criticar acaba por hacer síntoma, psíquica o socialmente.
Formulo la hipótesis de que este retorno, o esta extensión, de esta experiencia crítica del saber procede directamente del saber sobre lo sexual que el psicoanálisis ha despejado. Si, gracias al psicoanálisis, el saber sobre lo sexual que contribuyó a hacer aparecer no se hubiera difundido en efectos de saber, quizá no habríamos visto desarrollarse todos estos movimientos críticos de liberación de las minorías sexuales.
Estos movimientos teóricos y prácticos suelen determinarse contra el psicoanálisis, percibido como conservador. Casi todos se apoyan en la experiencia del psicoanálisis, manteniendo al mismo tiempo una severa crítica contra él. Las teóricas más reconocidas de las Queer o Gender Theories a menudo han reivindicado su experiencia personal del psicoanálisis. Cuando Rubin consagra el psicoanálisis como «teoría feminista fallida», inscribe de manera duradera lo sexual freudiano en el cuadro de las teorías queer y feministas que seguirán.
Pero los desarrollos de estas teorías se realizan lejos de los divanes para la inmensa mayoría de quienes estudian y prolongan estos pensamientos: los años setenta acaban por dejar paso a los años ochenta y noventa; el psicoanálisis ya no se percibe como un pensamiento y una práctica
de emancipación sexual. Las críticas feministas del psicoanálisis por parte de Gayle Rubin o Monique Wittig participan de un movimiento de depreciación del psicoanálisis histórico, al mismo tiempo que el saber sobre lo sexual constituye un elemento histórico del despliegue de estos pensamientos críticos, sin necesidad de advertirlo, de modo que ya no le prestamos atención. No vemos que la emancipación social y cultural de las sexualidades convertidas en minorías se sostiene también en la liberación del saber sobre lo sexual que el psicoanálisis ha suscitado, no como corpus teórico o movimiento de pensamiento, sino como experiencia singular de algunos y algunas de los teóricos más célebres de estas corrientes posmodernas. Cuando en
1978 Wittig escribe: «Las lesbianas no son mujeres20»,
explica con ello que las lesbianas escapan a las categorías sexuales económicas, políticas y sociales que son hombre y mujer. Aunque su fórmula se ponga en relación con la de Beauvoir, también podemos leerla con la de Lacan.
Cuando en 1992 Judith Butler publica su célebre Trouble dans le genre21, desarrolla que, si el género puede deshacerse, es porque es un hacer, y que el sexo, por consiguiente, es también un hacer, un hacer ligado al hacer del género y al deshacer del género, que reabre la perspectiva de un posible hacer del sexo. Lo que entonces prevalece se traduce en la fórmula «deshacer el género, deshacer el sexo».
La puesta en movimiento del hacer y del deshacer del género coincide con el desembarco en Francia de lo queer, como pensamiento y como movimiento. El movimiento queer en Estados Unidos no es ciertamente el que más ha colonizado las universidades, como lo han hecho los Gender Studies y los Cultural Studies, pero estos últimos no carecen de vínculo directo con el pensamiento queer. Contrariamente, o más allá, de lo que decía Elisabeth Roudinesco recientemente en el Huffington Post22, lo queer no es un subgrupo o un grupúsculo minoritario, sino mucho más una experiencia de interrogación de las fronteras de lo extraño y lo inquietante, que no se define por enseñanzas académicas ni se resume en la existencia de un grupo social. Lo queer es, ni más ni menos, el nombre de la forma reciente que lo inquietante freudiano aplicado a lo sexual puede tomar en nuestra modernidad, cuando lo sexual llega a representarse en lo social. Lo queer es un pensamiento de la extrañeza no asimilable a un saber establecido ni a identidad alguna, puesto que lo queer está más allá de las identidades y se funda en el retorno a la superficie de los conflictos y horrores enterrados bajo el celemín por las identidades cuando se fundan en la represión. Lo queer es la posibilidad de ese retorno asumido por quienes no quieren volver a recubrirlo demasiado deprisa. Lo queer no es asimilable al género ni a su historia; es tanto lo abyecto en Jean Genet como «el imposible homosexual» en Lee Edelmann23, por ejemplo.
Durante estos años 1990-2000, el movimiento llamado gay alcanza su apogeo identitario; se habla menos de la «comunidad homosexual» y más bien de la «comunidad gay », que incluye tanto a los hombres gays como a las mujeres lesbianas, así como a las personas transexuales, sin que estas tengan, sin embargo, derecho a voz en la denominación comunitaria, al menos no de inmediato. Poco a poco, la L de lesbianas viene a pegarse a la G de los gays. Se concreta una consideración feminista de la situación de las mujeres homosexuales, por ejemplo en la redesignación de la marcha anual del orgullo homosexual —la pride (orgullo)— como Lesbian and Gay Pride.
Surge entonces un nuevo discurso trans, hecho posible por una toma de libertad de las personas trans más allá de la asignación de lugares en el discurso que los movimientos identitarios les habían reservado. Los bordes de lo queer resultan inestables para acoger la diversidad trans y las cuestiones de fondo que activan las personas trans . Digo trans para retomar la manera en que quienes habrían sido designados antes como transexuales empezaron a hacer circular nuevos significantes: trans (2004-2005) y transgénero, en particular. Digo en los bordes de lo queer, porque es en el margen del margen, como siempre, donde han aparecido y siguen emergiendo las cosas más interesantes, las capaces de informarnos sobre las patologías a veces discretas de la norma.
A comienzos del tercer milenio aparece también el significante transpédégouines , que da testimonio de un cuestionamiento del acrónimo LGBT, convertido entretanto en el sigla oficial para representar la diversidad de las distintas minorías sexuales que componen la antigua comunidad homosexual, ahora distinta de sí misma, y en cuyo interior se ejercen opresiones entre las diferentes posiciones de poder. Gay, lesbiana, bi y trans no están en pie de igualdad en esta ficción comunitaria. LGBT, conviene señalarlo, apareció bajo la influencia de las necesidades del discurso de reivindicaciones políticas. Durante este periodo reciente, al LGBT se le ha unido la Q de queer, porque algunos han acabado por reivindicarlo como una identidad por derecho propio, aunque ello contradiga su sentido inicial, para dar LGBTQ, a lo que hoy se añade la I de intersexuales, los últimos en llegar a lo que ya no puede pensarse como la «comunidad homosexual», sino como la «comunidad LGBTQI».
Las identidades se cuestionan severamente, aplastadas tras las pequeñas letras encargadas de representarlas, reducidas a poca cosa junto a los propios sujetos, constreñidos por esta dictadura acronímica. ¿Quizá las identidades quedan reificadas por estas letras, y no solo reducidas? ¿Qué consecuencias puede tener esto para los sujetos? ¿Qué nos enseña este ejemplo singular sobre la evolución de la identidad sexual en la era del género?
Si seguimos con estos elementos, en esta vía, la orientación sexual ya no tiene, manifiestamente, mucho sentido. Pues, por definición, la conjunción de las letras hace un lote común de lo que en otros tiempos habríamos designado como homosexualidad, heterosexualidad, bisexualidad o transexualidad, designando sucesivamente elecciones, preferencias, no elecciones o efectos de elección. Ahora bien, esto ya no se sostiene: las T son tanto homo como hetero, al igual que pueden serlo sus parejas, sean G, B, Q, I o H —pues conviene añadir la H de los heteros, que pueden ser parejas para los G, los B, las L, las T, las Q, las I o, finalmente, otros H. Nada parece faltar en la llamada del LGBTQIH. Pero solo en apariencia.
En efecto, que haya algo de extraño, de raro y de homosexual parece mantenerse en esta convergencia identitaria, pero sin volver a representarse bajo formas anteriormente conocidas. Lo que se dejaba observar y pensar a través del prisma de nociones como la orientación sexual
o la identidad sexual se ha emancipado de ello gracias a los efectos del género, convirtiéndose en géneros plurales situados ciertamente en un campo identitario, pero liberados de una estricta asignación de sexo o de preferencia sexual predeterminadas, ejerciendo la posibilidad de una transformación de las condiciones de vida del sujeto atrapado en un discurso. Lo «homosexual» en común podría ser reemplazado por raro o queer o minoritario. La marginalidad social de ciertas minorías sexuales ya no es la de los invertidos o los perversos descritos en el siglo pasado, sino la marginalidad de quienes un discurso identitario draconiano organiza cuando toma el relevo de los antiguos discursos patologizantes de la psiquiatría o incluso del psicoanálisis. Podemos atrevernos a decir que o bien el campo de los perversos se ha normalizado, o bien es la perversión la que ha abandonado a las minorías sexuales. La marginalidad que el género pone de relieve es la de la vulnerabilidad identitaria de una época en la que ciertas transformaciones de las relaciones entre el significante y lo performativo quizá han demostrado que las identidades son procesos en sí mismos y no solo producciones de procesos identificatorios: han ganado autonomía; esto no está exento de efectos concomitantes de liberación y de restricción subjetiva.
Así, que todavía haya orientación sexual, homosexualidad, heterosexualidad o bisexualidad coherente parece desmentido por la propia designación LGBTQI. Evidentemente, lo que federaba ya no es el supuesto sentido de una preferencia sexual. El factor minoritario parece, con mucho, el principio organizador de este amalgama. Esto es muy esclarecedor sobre lo que el género permite cuando favorece una reconfiguración casi permanente del barniz identitario y, por tanto, un relanzamiento de las identificaciones, en particular las de las identidades llamadas sexuales, supuestamente estables y localizables.
De modo que, desde los años 2000, bajo la influencia de las personas trans no siempre satisfechas con la T amalgamada, ha empezado a imponerse otra consideración del sexo y del género bajo la fórmula «mi sexo no es mi género24». El sexo del que se trata ahí ya no es el sexo del feminismo materialista, ni siquiera el del «deshacer el género, deshacer el sexo» de las Gender Theories. El género del que se trata hoy en el «mi sexo no es mi género» no es el género de los años setenta. Y el sexo del que se trata en adelante no es el sexo biológico, sino un sexo nuevo, un sexo deshecho por el propio género deshecho y creado de nuevo, creado como novedad en sí misma, un sexo nuevo —así lo designo— que ya no sería del todo ignorante de su no naturalidad, de su no historicidad salvo la de la historia subjetiva; un sexo esclarecido sobre su anudamiento con el género y sobre su no omnipotencia sexual; un sexo sabedor de su incompetencia sexual y de su determinación de género: una especie de a-sexo hecho posible por el género cuando deshace el sexo.
Es ese sexo el que la clínica del género en psicoanálisis nos ofrece abordar, para comprender primero sus construcciones y luego explorarlo en los distintos manejos que hace posibles en el trabajo clínico, en las construcciones analíticas y en las interpretaciones renovadas y, a veces, incluso nuevas que favorece, y que permiten no retroceder demasiado ante estas nuevas figuras sexuales que no han terminado de desestabilizarnos bajo el efecto del saber sobre lo sexual que recibimos en este movimiento de retorno.
Así, para concluir la lista de esta evolución histórica de nociones y conceptos, y subrayando una vez más la dinámica de fondo que he calificado como un retorno de la crítica del saber, finalmente he propuesto, al término de mi investigación —que no hace más que empezar—, esta fórmula:
«el género deshace el sexo y crea el sexo». La repetición de la palabra sexo da a entender que no se trata del mismo, y que se abren aquí algunas reformulaciones posibles del objetivo del análisis a la luz del género: la descripción de una posible creación sexual que la cura podría perseguir con el acondicionamiento de la sexuación de la que el género es vector, hacia la creación del sexo nuevo25.
Vincent Bourseul
¿Qué le hace el género al psicoanálisis, y qué puede hacer el psicoanálisis con él?
El género no es necesario para el psicoanálisis, porque el psicoanálisis ya ha desarrollado todo un corpus teórico que permite pensar lo sexual, trabajar con lo sexual freudiano, lo cual es, no lo olvidemos, la mejor manera actualmente disponible de pensar las cuestiones del sexo y de la sexualidad. A ello el género no añade nada, a priori, salvo que es un buen medio —el más actual— para retomar el examen de ciertas nociones nada psicoanalíticas, pero que, sin embargo, han conocido cierto éxito en el discurso de los psicoanalistas, en sus escritos, hasta el punto de que a menudo pueden percibirse como conceptos psicoanalíticos. Entre ellas, señalemos la «diferencia de los sexos», la «orientación sexual» o también la «homosexualidad», y la «identidad», que el género cuestiona en su relación con el psicoanálisis y el psicoanálisis con ella.
Tras algún tiempo de investigación, acabé por dar al género la siguiente definición: el género es el límite situado a la vez fuera y dentro del sexo, el litoral o el margen del sexo capaz de revelar su profundidad de campo. El género aparece bajo el efecto de lo sexual; interroga los saberes inconscientes de la diferencia sexual y hace vacilar las identificaciones hasta su renovación. Así, el género deshace el sexo y crea el sexo en el entre-dos de su trastorno intermitente, en el instante de estabilidad en que se experimenta. En esta definición, sexo y género no son ni opuestos ni complementarios, sino anudados entre sí; es como anudamiento como me ha parecido que podían abordarse en los intentos de elaboración apoyados en la experiencia.
Esta concepción se aparta con bastante nitidez de las distinciones clásicas de las que he hablado hace un momento. Podría decirlo de otro modo insistiendo en que este anudamiento se impuso en la clínica, y que es un aporte que sitúo como el de las personas trans —no de los transexuales o los transgénero, sino de las personas trans, tal como el significante trans se ha ido imponiendo poco a poco en el discurso. Trans no es el entre-dos de hombre y mujer; tampoco es el tercer sexo. Trans revela un lugar, un tercer lugar que, cuando se considera,
deja aparecer un anudamiento a tres de hombre-mujer-trans. Esto es lo que las personas trans me han enseñado. Y así es como, gracias a ellas, me encontré en el camino de las fórmulas de la sexuación y de la clínica borromea, que pensaba poder evitar al principio, esperando poder contentarme con un lifting conceptual rápido y eficaz. Al final, no pude escapar a los implantes.
Esta definición se impuso para responder, en particular, a la necesidad de dar cuenta del género más allá de la concepción masculino/femenino que a menudo se le atribuye, y que resulta muy insuficiente e incluso contraproducente. El género, en la perspectiva en que lo concibo, es útil si permite mantener esta tensión hacia la profundización de la diferencia sexual y los saberes que se extraen de ella. El género nos es útil en psicoanálisis si nos sirve de operador capaz de mantener el trastorno, una experiencia del trastorno que nos devuelve y nos expone a la experiencia de la diferencia sexual tal como no deja de producirse, aunque lo que fabricamos de ella como saberes (como identidad sexual y otras construcciones psíquicas) nos permita dejar de verla en acción y no experimentarla demasiado.
Aplicada a la experiencia clínica, esta definición y esta concepción del género permiten, a mi entender, considerar el género y el sexo como las dos incógnitas de una ecuación insoluble: la ecuación del enigma de lo sexual representada por la sexualidad (lo que nos permite, de paso, avanzar hacia una especie de concepción de la sexualidad en psicoanálisis). Esta perspectiva implica no presuponer nada de lo que género y sexo puedan querer decir o representar, e intentar darles una vida nueva.
Para avanzar en mi trabajo, tuve que elegir un método. Y para no complicarme demasiado la tarea, adopté, en la medida de lo posible, el método freudiano. Así, elegí observar el género y el sexo —estas dos incógnitas— a través del tríptico freudiano: tópico, económico y dinámico. Al hacerlo, género y sexo empezaron a tomar formas y sentidos en términos de objeto, de proceso y de instancia. Un cuadro al final del texto reúne estas coordenadas; a día de hoy no es definitivo y requiere verificación. Este cuadro es una segunda manera de definir o situar el género con respecto al sexo y a lo sexual, en una perspectiva metapsicológica y quizá borromea. Entonces, el género en psicoanálisis, ¿para qué sirve?
La diferencia de los sexos
El género es útil primero para el otro, y por lo demás el género es siempre primero el género del otro. Nos recuerda que lo sexual está siempre ya habitado por el otro, empezando por uno mismo. Esto es algo que he aprendido recientemente, desde que la tesis fue defendida y galardonada con un premio sobre estudios de género. En varias ocasiones, lectores y lectoras de esta tesis me han dicho: «Es interesante lo que hablas sobre el género, pero es sobre todo el género gay»; otros me han dicho: «Es interesante lo que hablas sobre el género, pero es sobre todo el género trans». ¿Hace falta precisar que la primera cita proviene de un interlocutor a priori heterosexual o straight, y que la segunda proviene de un interlocutor a priori homosexual o gay? Puedo completar esta anécdota diciéndoles que una amiga trans me dijo un día, en el mismo orden de ideas, «está bien tu género, al menos les recuerda a los gays que nosotros —los trans— no solo soñamos con acostarnos con los heterosexuales, lo hacemos, ¿y por qué? porque a nosotros el género no nos da miedo, lo hemos inventado».
Esta anécdota revela que el género relanza la experiencia singular
y subjetiva de tener que situarse y situar al otro en el paisaje sexual. Cuando el género emerge o se discute (lo que vamos a hacer aquí), cada una y cada uno se acerca desafortunadamente a esta experiencia de la diferencia sexual que está en funcionamiento permanentemente, pero que se logra evitar frontalmente gracias a los saberes que se construyen para hacerle frente, como se dice. De estos saberes necesarios para afrontar la diferencia sexual en funcionamiento, el género señala en particular aquel que denominamos «la diferencia de los sexos», sin recordar que esta diferencia de los sexos no preexiste a los sexos de los cuales establece sin embargo una especie de relación. Olvidando un poco rápidamente que la construimos precisamente para hacer cómoda esta experiencia incesante de la diferencia sexual, que no presagia el número de sexos que encontrar en ella, pero que intentamos mantener como dos, sin duda para facilitarnos la tarea.
El género relanza este trabajo de inventario de los saberes que nos son necesarios para hacer frente a la diferencia sexual, entre teorías infantiles, creencias, saberes imaginarios, conocimientos científicos, etc. La diferencia de los sexos no es una noción ni un concepto psicoanalítico, sin embargo es comúnmente invocada por el discurso de los psicoanalistas a propósito de la sexualidad, que todavía no ha encontrado definición ni concepción en el campo del psicoanálisis. Que el dos de los dos sexos se imponga desde hace mucho tiempo hasta el punto de deducirse de ser bastante tenaz en el psiquismo, no quiere decir que no sea el resultado de algo. ¿Es el producto de una operación psíquica, o el efecto de una estructura como la de un lenguaje? ¿Es el dos de un «dos sexos» en el inconsciente? No es a priori lo que las fórmulas de la sexuación permiten deducir, según la lectura que hago de ellas. Entonces, ¿cómo explicar que esta famosa «diferencia de los sexos» esté tan presente, y sea preferida a «diferencias sexuales»? Quizás sea porque testimonia la necesidad teórica en tanto ficción, quizás sea que esta «diferencia de los sexos» colma por el momento un lugar del saber donde algo se nos escapa todavía demasiado violentamente para que podamos afrontarlo más tranquilamente. Pero no sabría decir entre qué y qué «la diferencia de los sexos» viene a hacer barrera o tapón haciéndonos creer que sabemos algo con ella, a diferencia de «la orientación sexual» de la que voy a hablar ahora, que se instala, según yo, en el lugar de una articulación ficticia entre «sexuación» y «elección de objeto».
La orientación sexual
Ya he hablado de ello en la primera parte, es «la orientación sexual» en tanto noción no psicoanalítica, aún, pero tan comúnmente admitida que también se puede suponer que influye a veces en el pensamiento de los psicoanalistas, y quizás en su trabajo. La idea de orientación sexual no se confunde con la cuestión de la elección de objeto, no se sustituye a ella, pero parece a veces prolongarla o recubrirla. A su propósito el género nos hace sentir que a pesar nuestro, estamos influidos también por la idea de orientación sexual y no solo guiados por la noción psicoanalítica de elección de objeto. Creemos a veces, más de lo que admitimos, en la homosexualidad o en la heterosexualidad o en la bisexualidad como si eso existiera. Y esto perdura, aun cuando las orientaciones sexuales que les están vinculadas parecen transformadas estas últimas décadas, bajo la influencia de las identidades, hasta el punto de no ser ya ni reconocibles ni concebibles con los referentes previamente adquiridos. ¿Hemos tomado la medida de ello?
Pensemos, por ejemplo, en el caso de Marc del que les hablaré de nuevo dentro de un momento a propósito del manejo imaginario del género en la práctica. Este chico trans, este transboy, este hombre trans, interroga. Le gustan las chicas y las mujeres, tal como le gustaban las chicas y las mujeres en el tiempo anterior a su transición. Era antes de ese tiempo un todavía-no hombre trans que amaba a las mujeres en tanto a priori mujer, por lo tanto era una mujer lesbiana en el tiempo en que no se hablaba de ella en tanto él y hombre. Era homosexual femenino y hoy es un heterosexual masculino. Su elección de objeto no ha cambiado a priori, su orientación sexual ha cambiado de sentido manifiestamente, pero también de polo, pasando de femenino a masculino y de una homosexualidad a una heterosexualidad, en otras palabras el caso de Marc subraya hasta qué punto la orientación sexual literalmente no tiene sentido. Pero Marc nunca ha sido una chica, somos nosotros quienes debemos imaginarlo para paliar el desconcierto que su situación nos crea. Somos nosotros quienes inventamos de la nada la orientación sexual para orientarnos, intentar ver claro. Pero no hay nada que ver, ese es el problema, solo hay que contemplar lo que no se ve, lo que falta y que llama a que algo venga allí: un objeto, un fragmento de saber, una teoría infantil, etc.
A partir de esta hipótesis de que la orientación sexual no tiene sentido, podemos percibir el papel que le hacemos jugar muy a pesar nuestro, en la teoría. Para resumir lo que acabo de decir muy rápidamente, me parece que esta noción no psicoanalítica viene en auxilio de conceptos psicoanalíticos, y que es adoptada por la comodidad que aporta. La orientación sexual es una especie de aglutinante entre sexuación por un lado y elección de objeto por el otro. Aunque no haya, a priori, necesidad de hacer sostener juntos elección de objeto y sexuación que no tratan en absoluto de las mismas cosas, no es menos cierto que en la vida ordinaria, algo del orden de las consecuencias de la sexuación se articula efectivamente con lo que representa la elección de objeto en la vida corriente, y que a ello estamos sin duda invitados a dar sentido gracias a esta imaginaria junción que es la orientación sexual —que sería de este modo una teoría sexual infantil. La orientación sexual llena esta ficción y nos aleja del saber sobre lo sexual —en tanto saber inconsciente. Quizás sea a este nivel donde vienen a tomar lugar estos falsos conocimientos teóricos de los que el psicoanálisis hace a menudo los gastos: allí donde solo hay una brecha que observar entre sexuación del sujeto del inconsciente por un lado (las fórmulas de la sexuación) y realidad sexual por el otro (las prácticas sexuales, la vida sexual), donde el individuo se desenreda de su relación con la especie.
La identidad26
Revisando nuestros hábitos sobre las supuestas orientaciones sexuales y la diferencia de los sexos, podemos reconsiderar igualmente nuestra relación con la noción de identidad. La identidad no es una noción portadora en psicoanálisis, preferimos sin comparación posible pensar en las identificaciones. Ciertamente las identidades no dan cuenta en toda su verdad de las identificaciones que las fundan, lo que es una pérdida para quien se interesa en movilizar los recursos psíquicos subyacentes. Pero las identidades constituyen un polo de atractividad narcisista del que haríamos mal en prescindir para pensar y para actuar en el trabajo clínico.
Tomemos la identidad gay, y veamos lo que lo específico de esta
identidad minoritaria nos enseña sobre lo general. Más allá de la marca identitaria, y aunque a veces lo pretenda, la identidad gay no dice en el fondo nada de la orientación sexual —puesto que esta última posiblemente no tiene sentido. Así, la práctica nos enseña que numerosos homosexuales pueden no reconocerse en tanto gay, puesto que el marcador identitario, que vale a veces como identidad sexual y a veces como identidad de género, permite sustraerse a ello tanto como ser señalado por el discurso. El posicionamiento subjetivo en el campo de las representaciones sociales se ajusta más o menos al determinante subjetivo.
Entonces, ¿por qué pensar, como testimonia el pensamiento corriente,
que los homosexuales son los gays, o bien que los gays son los homosexuales? ¿Por qué hacer sostener juntos una identidad de género —la identidad gay— y la ficción de una orientación sexual —haciendo la junción entre sexuación y elección de objeto— si no es para dejar de lado lo imposible de la identidad sexual —en el sentido de lo que escapa del saber sobre lo sexual que la identidad, sea cual sea, no puede verdaderamente representar en lo social?
Ciertas situaciones clínicas imponen visitar estos cuestionamientos. El fenómeno del slam —consumo de drogas por vía intravenosa en un marco sexual, aparecido en los hombres gays en los años 2004-2005— es un muy buen ejemplo. En el seno de una supuesta comunidad sexual, aquella que se llamaba homosexual antiguamente, hombres, en su mayoría seropositivos al VIH, se pusieron a inyectarse drogas de un nuevo género —las catinonas— en el marco
de su vida sexual, hasta el punto de que este consumo ya no es solamente un apoyo a la sexualidad, sino una práctica sexual en sí misma, que el concepto de adicción es incapaz de esclarecer. ¿Cómo comprender que estos hombres, gays en su mayoría y gays a los ojos de todos, seropositivos, se hayan encontrado en esta subcomunidad de slammers, dispuestos a explorar en los menores rincones un comportamiento de consumo de drogas con efectos deletéreos rápidos y masivos?
Este fenómeno es un síntoma identitario, esa es mi hipótesis de partida. Estos hombres gays seropositivos hacen los gastos de la represión intracomunitaria de una epidemia y de sus representantes, que la común comunidad intenta excluir en su interior, a semejanza de la escisión para Freud, relegando la representación inconciliable hacia la formación de un segundo grupo psíquico donde es puesta en el olvido. En Nancy, Bataille y Blanchot, la comunidad se nutre de la muerte del individuo, necesaria para el advenimiento mismo de la comunidad. Para sostener al sujeto frente al «ser-en-común» identitario que se confunde a veces con la muerte como obra comunitaria, el género puede operar en la transferencia una apertura en el implacable proceso de identificación de género —a unir a las identificaciones ya conocidas: proyectiva, melancólica, histérica, etc.
¿Cómo proceder clínicamente ante esta colusión tan evidente entre una epidemia y una identidad, si no es proponiendo que el significante gay —marcador de la identidad en cuestión— sea sometido al esfuerzo de deconstrucción, para ser deshecho tal como el género ha sido deshecho previamente en la historia reciente de las identidades sexuales —deshacer el género, deshacer el gay? La deconstrucción del género es una vía de acceso posible a la apertura del sexo en tanto representante identitario, sin que sea necesario abandonar a un lado las identidades, de las que podemos sacar provecho para el trabajo de movilización libidinal.
Manejo del género
Marc27 tiene 22 años cuando nos encontramos por primera vez, en el marco de una consulta en mi consultorio. Su demanda inicial tal como fue expresada, versa sobre su recorrido de transición, para el cual desea tener un espacio para pensar y avanzar en este «viaje sexual». Este seguimiento «psi» no puede integrarse en el marco del seguimiento obligatorio que el protocolo oficial exige en Francia para este tipo de acompañamiento, cuando se desea el tratamiento hormonal, y luego una operación quirúrgica28. Pero no es el deseo de Marc, que ya toma hormonas en el mercado negro. Y sobre todo, no desea ninguna operación quirúrgica, por lo tanto no tiene «interés» en integrar un seguimiento oficial de transición. Marc trabaja; ocupa un empleo en el sector comercial, es vendedor. Vive solo en París, donde ha crecido. Sus ingresos le permiten vivir convenientemente según él, asegurar el avance de su proyecto de «viaje sexual», y pagar sesiones de «psi». Marc es un chico trans, heterosexual, que ama a las chicas, las mujeres o las personas trans mujeres, así como me ha precisado el perímetro de su heterosexualidad29. Nunca ha visto a un «psi» antes de conocerme. ¿Cómo me ha elegido? Porque uno de sus amigos que viene a verme le dio mi dirección y mis datos. Iniciamos el seguimiento, a razón de una entrevista por semana para empezar.
Muy rápidamente, la cuestión de las hormonas toma importancia en el discurso de Marc. Acaba de comenzar este «tratamiento», que denomina así aunque no se beneficia de prescripción médica ni de cobertura financiera de dicho tratamiento. Su aprovisionamiento es regular, cercano a los métodos utilizados por ciertos deportistas para procurarse testosterona. Con un seguimiento médico y una prescripción en debida forma, Marc podría beneficiarse de un tratamiento de Testogel®30, una pomada. Por diversas razones, es testosterona para inyectar por vía intramuscular lo que se procura y se inyecta él mismo tras haber tomado algunos consejos de una amiga enfermera.
Los primeros efectos de la testosterona en el plano psicológico ya no aumentan. Marc se ha habituado globalmente a las novedades de los caracteres masculinos (aumento de la libido, mayor impulsividad sentida). En cambio, las transformaciones corporales ganan poco a poco terreno (pilosidad, voz, musculatura), y requieren regularmente un ajuste psicológico: modificación de la imagen del cuerpo, nueva designación de ciertas partes del cuerpo (las piernas se convierten en los muslos, por ejemplo). En este contexto, Marc acepta mi recomendación de iniciar un seguimiento médico ordinario para el tratamiento hormonal, y por lo tanto de detener su experimentación solitaria. Esto le parece posible, mientras que al inicio de su recorrido de transición reivindicaba una iniciativa más libertaria. El médico acepta el seguimiento y prescribe el tratamiento de sustitución a Marc, que se aplica la pomada diariamente. A partir de este momento —la fase de lanzamiento ha pasado, los seguimientos médicos y psicológicos están en su lugar— una especie de estabilidad del recorrido de transición se hace presente. La relación transferencial conoce días más tranquilos que al principio —han transcurrido varios meses. Los avatares técnicos de su transición ocupan menos lugar, el tratamiento es una rutina, puede dar libre curso a su pensamiento durante las sesiones, y el contenido del material psíquico aportado cambia considerablemente.
A partir del género en sustancia —hormona—, Marc ha fabricado poco a poco algo en relación con su cuerpo, un cuerpo nuevo y renovado. Esta producción se ha manifestado en alternancia de momentos de
«travesía de lo informe31» vinculada a una gran desestabilización subjetiva,
siempre vividos al borde de la ruptura. Síntomas de despersonalización y de alucinación se han producido, siempre fugaces, siempre criticados, que hemos repatriado como hemos podido cada vez en la creación psíquica en curso en el espacio transferencial. Crisis de angustia han necesitado temporalmente el apoyo de un tratamiento medicamentoso, en relevo con un psiquiatra colaborador. Los trastornos sensitivos y las producciones cuasidelirantes no han sido tratados con medicamentos antipsicóticos u otros, de acuerdo con el médico psiquiatra. Su breve duración nos ha animado, en cada etapa, a integrarlos sucesivamente al trabajo analítico, su estatuto relevando entonces más bien de una desubjetivación en funcionamiento que merecía ser acogida en la transferencia para encontrar allí su resolución.
Marc ya nos había hecho la demostración de su capacidad para manejar el género como un proceso simbólico movilizado en una reinversión progresiva del cuerpo y del lenguaje, en particular mediante la producción de nuevas palabras encargadas de designar cada una de las partes de su cuerpo, unas tras otras, como una reedición del descubrimiento primero. Después de algunos meses, este momento fecundo del trabajo ha dejado lugar al desprendimiento del género como objeto imaginario, cuya composición ha encontrado primero su forma y su materia en estos momentos de travesía de lo informe. Es que la apertura inducida por el recurso al género ha comprometido la creación de un sexo nuevo —y no solamente de un nuevo sexo. A este nivel, el analista es puesto a contribución de una manera específica cuando lo imaginario del género se invita en él para dar cuerpo —por lo tanto imagen— al género en devenir del sujeto analizante, y a este sexo nuevo co-ocurrente del género en el trabajo. Pues si el género es puesto en el trabajo, es para reinventar el sexo así como vamos a exponerlo aún.
Pero ¿cómo ha funcionado esto? ¿Qué procesos psíquicos, en particular inconscientes, podemos describir? Cuando el género resuena de su cualidad de objeto imaginario y de proceso simbólico, viene a discutir con el sexo en su cualidad de instancia imaginaria y de objeto simbólico, y lo interroga, aunque sea para subrayar la precariedad del saber que acompaña su existencia, para el sujeto y para el analista. El sexo así interpelado en su construcción deja aparecer los movimientos identificatorios conocidos, aún desconocidos o por reconocer, de lo que en el análisis del analista ha podido esclarecer la constitución y la autorización sexual del ser sexuado, el semblante de mujer o de hombre al que el analista se refiere, por ejemplo. Esto compromete el trabajo analítico en la vía de una sexuación pensada en adelante como proceso imaginario e instancia simbólica. Es un primer nivel de puesta en el trabajo del sexo por el género en el analista, cuando este se propone sostener el deseo de análisis del analizante a partir de los saberes que ha elaborado él mismo por su propia cuenta, sobre su propia cuenta, y que prosigue esclareciendo aún, cada vez que una cura lo invita a desplazarse en cuerpo en la matriz de sus saberes.
Las elaboraciones psíquicas, alentadas por cada uno de los avances del trabajo analítico, florecen en la actividad onírica o las producciones sintomáticas del paciente, y también las del analista. Una representación especular y no especular del género se desprende poco a poco del lado del analista. Una parte se deja representar y decir, el analista la piensa o la habla; otra parte vecina fuera del campo del lenguaje, el analista la alberga y la cura. Lo visto, lo oído, lo sentido removilizados en este retorno y esta travesía de lo informe comprometen quizás un trabajo donde lo reprimido originario encuentra aquí la vía de una recomposición formal.
Esta cohabitación del analista con este género en construcción-elaboración está atravesada por lo que la transferencia compromete. Pero define sobre todo un espacio de trabajo donde imaginar el trazado del género en funcionamiento y en construcción simultánea, y permite luego que se escriba. Y que se escriba da un borde al fuera de campo de la palabra donde el género puede venir sea a abrumar e impedir la elaboración del sexo nuevo del analizante, sea a sostener y dinamizar esta creación que el analista puede asumir como más allá de la matriz, una matriz finalmente tranquilizada del vacío del que se sostiene. He aquí un segundo nivel del manejo del género por el analista.
Entonces quizás el género sea el nombre de este momento de elaboración transferencial que se despliega a propósito del sexo del otro en la cura. Quizás sea el nombre de lo que identificamos como una pista de trabajo donde convendría explorar la función del analista en tanto este «otro de lo sexual». Quizás sea el nombre de un lugar del sexo en el psiquismo.
¿Y el falo en todo esto?
¿Para qué sirve? ¿Hay que prescindir de él? ¿El género no es un «taparrabos»? ¿Una evitación de la castración? ¿Una denegación del falo?
Es una sorpresa de mi investigación. Haber sido llevado a estas fórmulas que pensaba poder evitar, para descubrir que no sabía gran cosa de ellas y que tienen un alcance mucho más amplio de lo que parece, en el plano teórico y también clínico. Y haber sido llevado a ello por las personas trans, aquellas y aquellos que la literatura califica más a menudo de psicóticos y de perversos que rechazan el falo y la castración, como si eso fuera todavía características evidentes, etc.
Haber constatado también que lo que sucede en el trabajo analítico no releva en todo momento de estas fórmulas, en particular cuando en el curso del análisis se trata de construcciones vinculadas a los arreglos de la sexuación que, hasta que culminan, tienen formas no reconocibles por medio de las teorías establecidas o de las fórmulas escritas, y que nos invitan a pensar el trabajo fuera de ellas —no sin el falo, sino fuera-falo (temporalmente)—, hasta que sea posible, más tarde, volver a ellas para reconocerse o no.
En el entremedias de estos instantes que el trabajo puntúa, el género puede servir al analista para sostener estas creaciones sexuales inconscientes, acoger «la gestación de un sexo nuevo», contribuir a arreglos de la sexuación que el género vectoriza. Los principales manejos del género que he podido identificar por el momento son manejos que califico de ser manejos imaginarios.
El género es un concepto límite, un límite en el sentido del límite del estado límite, una cuestión fronteriza tal como la pulsión es un concepto límite. Quizás el género sea un estado límite de la sexuación que, aunque no excluyendo el falo, se da por objeto encontrar arreglos a la sexuación cuyas realizaciones pueden efectuarse fuera-falo (temporalmente, o en un tiempo de la cura donde el falo no es un lugar del inconsciente del sujeto) pero no sin el falo. Este fuera-falo que no es ni un tiempo ni un espacio es quizás el equivalente de lo que se designa por yo auxiliar en la clínica borderline.
El género no cuestiona el falo sino que interroga su límite
en tanto incertidumbre, incertidumbre que limita los efectos de límite del tratamiento psíquico de las cosas del sexo. El falo que marca lo que, de antes de él (¿originario?) persiste bajo formas que solo encontramos porque hacen retorno, desde el tiempo, desde el espacio, en lo real o en la regresión.
El género en psicoanálisis, primera propuesta de localización
Con ocasión de la tesis doctoral «Clínica del género en psicoanálisis», el género, el sexo y la sexuación han sido presentados en sus correspondencias con los registros imaginario, simbólico y real a partir de su cualidad de objeto, de instancia y de proceso. El resultado nos ofrece las coordenadas siguientes:
| Imaginario | Simbólico | Real | |
| Género | objeto | proceso | instancia imposible |
| Sexo | instancia | objeto | proceso imposible |
| Sexuación | proceso | instancia | objeto imposible |
Construcción del cuadro:
Los números indican el orden cronológico de aparición de los elementos en el curso de la investigación. Hasta el (3), se trata de elementos que emergen en la experiencia clínica, el (4) que es la primera instancia inscrita en el cuadro, se deduce de los (1), (2) y (3): completa un primer cuadro. Luego el cuadro se extiende para acoger el (5) como necesidad lógica a las elaboraciones teóricas esta vez. A partir del (5), todo el resto se ha completado por deducción pseudológica. El conjunto queda por verificar.
| Imaginario (1) | Simbólico (2) | Real (5) | |
| Género (1) | objeto (1) | proceso (3) | instancia imposible (7) |
| Sexo (2) | instancia (4) | objeto (2) | proceso imposible (5) |
| Sexuación (6) | proceso (7) | instancia (7) | objeto imposible (6) |
Christian Centner
¿Se puede situar la cuestión del género en relación con el nudo borromeo32?
Una pregunta
La pregunta en torno a la cual girará mi intervención no me habría surgido ciertamente si no hubiera asistido el pasado 27 de septiembre a la defensa de tesis de Vincent Bourseul33. Esta pregunta, que trata sobre cómo convendría situar la cuestión del género en relación con el nudo borromeo, se precisó al leer su tesis y a raíz de algunos intercambios que tuve con él, durante los cuales me hizo partícipe de su deseo de someter a discusión los aspectos topológicos o borromeos de su trabajo de tesis.
Una primera relación entre el trabajo de Vincent Bourseul y el nudo borromeo no es difícil de discernir. Siendo el objetivo de su tesis dar una definición del género que sea compatible con su manejo en psicoanálisis, cabe esperar que, en la medida en que lo logra, establezca al mismo tiempo una relación entre el género, así definido, y las tres categorías de lo simbólico, lo imaginario y lo real, tal como Lacan las concebía. De ello se deduce que establece al mismo tiempo una relación con el nudo borromeo, del que Lacan sostenía que su enunciado ek-siste a la práctica analítica, y que es él quien permite soportarla34. Pero esta primera relación deja abierta la cuestión de saber cómo situar el género en relación con este nudo: ¿Dónde? Huelga decir que no intentaré responder a esta pregunta en la presente exposición. A lo sumo me esforzaré por indicar una pista de trabajo que me ha sido sugerida por la lectura de la tesis y que me parece que presenta el interés, al menos eso espero, de alimentar una posible discusión. Para introducir esta
presentación, comenzaré por evocar dos rasgos significativos de la noción de género tal como se presenta en esta tesis.
Según Vincent Bourseul, la noción de género «traduce algo del sexo al hacer valer la brecha entre lo anatómico y lo psíquico, lo genital y lo social, la asignación y la afirmación35». La cuestión del género aparece cuando los referentes clásicos de la identidad sexual flaquean en su misión de detentadores de verdad. Se manifiesta a través de la indecisión o la vacilación de estos referentes. También aparece cuando «algo del sexo debe ser objeto de una negociación o de una adaptación para el sujeto36».
Si me atengo a estas primeras indicaciones, me parece admisible establecer un acercamiento entre estas manifestaciones del género y lo que Lacan llama la puesta en cuestión del sujeto por el inconsciente, que evoca en «Cuestión preliminar», o la pregunta del «¿Qué soy yo ahí37?», que también comporta la vacilación de los referentes de la identidad sexual. Pues indica que esta pregunta interroga al sujeto en cuanto a «su sexo y su contingencia en el ser, a saber, que es hombre o mujer por una parte, por otra parte que podría no serlo, conjugando ambos su misterio y anudándolo en los símbolos de la procreación y la muerte38». A este respecto, recordamos que Lacan señalaba que «el hecho de que la cuestión de su existencia bañe al sujeto, lo soporte, lo invada, incluso lo desgarre por todas partes, es lo que le atestiguan las tensiones, los suspensos, los fantasmas que el analista encuentra39».
A primera vista, es posible un acercamiento entre estas tensiones, estos suspensos, estos fantasmas y los efectos de la pérdida de referentes identificatorios que acompañan la aparición de la cuestión del género tal como la describe Vincent Bourseul. Pero también se imponen importantes diferencias. Una de ellas, y no la menor, permite aprehender el primer rasgo significativo de la cuestión del género que quería presentar aquí.
Se debe al hecho de que en las situaciones descritas por Vincent Bourseul la vacilación que el sujeto experimenta en cuanto a «su sexo y su contingencia en el ser» no interviene solamente como puesta en cuestión del sujeto por el inconsciente, sino también y de forma mucho más manifiesta en la representación consciente que el sujeto se da de sí mismo y de su identidad sexual. Es el caso, por ejemplo, cuando se trata de personas que
«experimentan vivir en un cuerpo sexuado de forma diferente al sexo que sienten», o para personas que desean asumir una identidad sexual distinta de la que podría asimilarse simplemente al significante «hombre» o al significante «mujer». «El género», escribe también Vincent Bourseul, «aparece bajo el efecto de lo sexual, interroga los saberes inconscientes de la diferencia sexual, y hace tambalear las identificaciones hasta sus renovaciones».
La cuestión del género puede extenderse así hasta una empresa de reconocimiento de sí mismo que pasa por el reconocimiento de una identidad sexual recién creada. El sujeto no solo debe descubrir y asumir esta nueva identidad, sino que también debe hacerla reconocer en el ámbito social circundante. Considerada desde este ángulo, la cuestión del género aparece como un proceso simbólico orientado hacia la creación de una nueva identidad y a partir del cual se opera una reinversión progresiva del cuerpo y del lenguaje.
El análisis de Marc, un joven trans que se presenta a Vincent Bourseul con la demanda de tener un espacio para pensar un recorrido de transición de este tipo, ilustra la forma en que el analista contribuye a este proceso de transformación. Es el caso, por ejemplo, cuando «el imaginario del género se invita en él para dar cuerpo —es decir, imagen— al género en devenir del sujeto analizante40».
Vincent Bourseul sostiene a este respecto que el manejo del género en la cura se convierte en «vector de una reescritura de alcance simbólico que busca modificar la Sexuación como instancia simbólica, y por ende el sexo como objeto simbólico a su vez, es decir, la identidad sexual del sujeto. El género deshace el sexo y crea el sexo, donde el sexo creado se distingue del sexo deshecho por ser el primero el del individuo perteneciente a la especie, y el segundo el del sujeto que la cura busca realizar». La propuesta según la cual «el género deshace el sexo y el género rehace el sexo» constituye el segundo rasgo notable que quería evocar aquí: el género es a la vez distinto y ligado a lo que es del sexo y de la Sexuación. Y esto es lo que me ha llevado a la pista de trabajo que voy a evocar ahora.
Una pista de trabajo
Durante la lectura de los trabajos de Vincent Bourseul, recordé un pasaje del seminario XXI Les non-dupes errent41 donde Lacan sitúa las cuatro fórmulas llamadas de la Sexuación en relación con el nudo borromeo. En particular, recordé una propiedad de esta presentación: que las manipulaciones que permitían a Lacan situar los cuatro lugares correspondientes a las fórmulas en una presentación del nudo conducían al mismo tiempo a poner de manifiesto otros cuatro lugares a los que no asociaba ninguna escritura. ¿Permitirían estos otros cuatro lugares esclarecer algo de la cuestión del género?
Presentado en el espacio tridimensional y de tal manera que los tres anillos estén dispuestos en tres planos perpendiculares entre sí, un nudo borromeo de tres anillos permite distinguir ocho cuadrantes. Cada cuadrante se define por estar delimitado por tres segmentos de anillo correspondientes cada uno a la cuarta parte de uno de los tres anillos. Al considerar la figura del nudo así presentado, resulta evidente que es posible inscribir en el espacio descrito por este nudo un cubo en el que cada vértice ocupa uno de los ocho cuadrantes.
Partiendo de tal presentación, es posible obtener una presentación plana del nudo. Por ejemplo, se puede proceder de la siguiente manera: se elige uno de los ocho cuadrantes y se separa uno del otro cada uno de los tres segmentos que lo bordean. La figura siguiente presenta el movimiento de tal aplanamiento obtenido del cuadrante situado arriba a la derecha y adelante en la figura anterior. En la figura siguiente, se ha procurado mostrar la deformación progresiva que sufre el cubo inscrito debido al movimiento del aplanamiento.
Dado que hay ocho cuadrantes, hay ocho maneras de proceder al aplanamiento a partir de un cuadrante. Al efectuarlas una a una, se constata fácilmente que difieren por la orientación de la parte central del nudo, o más exactamente por la giro: cuatro son levógiras y cuatro son dextrógiras.
Asimismo, es posible observar que las cuatro presentaciones levógiras corresponden a cuatro vértices del cubo inscrito que delimitan ellos mismos un tetraedro inscrito en este cubo. Nótese que en la sesión del 14 de mayo de 1974, es la exposición de esta propiedad la que ocasiona el recurso a la orientación de los redondeles y al basculamiento sucesivo de estos. Este resultado puede obtenerse igualmente a partir de la manipulación de un nudo hecho de cuerda o de cualquier otro material. Por uno y otro método es posible establecer que el tetraedro correspondiente a las cuatro presentaciones planas levógiras se inscribe de la siguiente manera con respecto al nudo del que partimos.
Tras haber hecho aparecer esta figura tetraédrica con respecto al nudo presentado en el espacio, Lacan asocia a los vértices de este tetraedro las cuatro fórmulas —las «cuatro opciones» dice él— de la identificación sexuada. Queda que esta última operación deja sin connotación particular los cuatro otros vértices del cubo inscrito.
Notemos ahora que las figuras anteriores permiten igualmente observar la deformación que sufren, en el movimiento del aplanamiento, los ocho cuadrantes del nudo presentado en el espacio. Los tres segmentos que delimitan el cuadrante del que se obtiene el aplanamiento se transforman en el curso del aplanamiento en los tres arcos que rodean y delimitan el campo de la presentación plana. Para cada uno de los siete otros cuadrantes, los tres segmentos que lo bordean en tres dimensiones se presentan bajo la forma de los tres arcos que bordean uno de los siete trisqueles de la presentación plana. Teniendo en cuenta estas correspondencias, es posible situar sobre la presentación levógira de la que partimos, los cuatro vértices del tetraedro levógiro respecto a los cuales Lacan sitúa las fórmulas de la sexuación.
Se ve así que en el movimiento de aplicación del nudo sobre la superficie, el vértice del que se obtiene el aplanamiento viene a aplicarse sobre el trisquel central en cuyo interior se delimita la intersección de tres redondeles, los tres otros vértices vienen a aplicarse sobre los tres trisqueles que delimitan las intersecciones de los redondeles dos a dos. Estos cuatro trisqueles centrales del nudo levógiro determinan las porciones de superficie en las cuales Lacan inscribirá el objeto pequeño a, el sentido y los dos goces, al comienzo del seminario R.S.I.
Un señalamiento semejante permite entonces situar los vértices del tetraedro dextrógiro sobre esta presentación levógira. Como lo indica la geometría de la figura, uno de estos vértices corresponde igualmente al trisquel central constituido por la intersección de los tres redondeles, en cuanto a los tres otros corresponden a los tres trisqueles que bordean la presentación del nudo y en cuyo interior no se determina ninguna interacción entre las consistencias.
Lo que atañe al género, en tanto que es a la vez distinto y ligado a lo que es del sexo y de la sexuación, ¿no podría abordarse a partir de lo que se juega en estos cuatro trisqueles correspondientes sobre esta presentación plana a los cuatro vértices del tetraedro dextrógiro?
Annie Tardits
Lacan y lo sexual: algunas cuestiones a partir de la clínica del género42
Quisiera en primer lugar dar testimonio de un efecto que tuvo la lectura del trabajo de Vincent Bourseul sobre mi relectura de los seminarios donde Lacan construye las fórmulas de la sexuación. Al trabajar, para el coloquio del año pasado, sobre la sesión del seminario XI titulada en la edición de Seuil «La sexualidad en los desfiladeros del significante», me había llamado la atención una suerte de hiato. Después de haber dicho, en 1964 entonces, que lo que ha promovido hasta entonces concerniente al inconsciente lo pone en una posición problemática —el inconsciente estructurado como un lenguaje arranca aparentemente toda captación del inconsciente a una visión de realidad distinta de la de la constitución del sujeto— Lacan asesta una fórmula nueva sobre «la realidad del inconsciente»: «Vayamos al hecho. La realidad del inconsciente es —verdad insostenible— la realidad sexual. En cada ocasión Freud lo ha articulado, si puedo decir, mordicus. ¿Por qué es una realidad insostenible43?» Inmediatamente, encadena sobre lo que la ciencia nos enseña de nuevo sobre el sexo considerado en la finalidad de reproducción, es decir de la supervivencia de la especie soportada por la copulación de los individuos macho y hembra. Lacan insiste entonces sobre la división sexual a nivel celular. Evoca, sin detenerse en ello, los caracteres y las funciones sexuales secundarias, remitiendo estas últimas a las estructuras elementales del funcionamiento social. Señala luego la muy grande dificultad para tener acceso a la realidad sexual del inconsciente y produce el ocho interior para dar cuenta del vacío, una hiancia, entre el lóbulo del inconsciente estructurado como un lenguaje y el lóbulo de la realidad sexual. Luego da cuenta, con el embarazo llamado nervioso de Anna O., del peso de la realidad sexual que se inscribe en la transferencia… El hiato entre la división celular y el pequeño balón de Bertha Pappenheim deja abierta la cuestión de lo que es de lo sexual para el sujeto.
Tenía en memoria esta hiancia cuando este verano, al leer el trabajo de Vincent, me remití a la sesión de seminario donde Lacan invita a sus oyentes a leer el libro de Stoller, Sex and gender44, consagrado a casos «muy bien observados» de un «deseo muy enérgico de pasar por todos los medios al otro sexo45». Lo más llamativo fue leer esta observación previa que había antes descuidado: «[…] no se repara en esto, que yo no he abordado aún lo que es de este término, sexualidad, relación sexual46». Estamos en 1971. Al leer esta frase recordé un testimonio de una analista que era alumna en el momento de la escisión de 1953. En la época turbulenta de la SFP, e incluso después, ciertos alumnos y analizantes, asiduos al seminario de Lacan, preguntaban en voz baja: pero ¿dónde ha quedado la sexualidad que está en el corazón del descubrimiento freudiano? Ahí, en 1971, Lacan les dice que aún no se ha puesto a ello. Ahí, en 1971, Lacan invita a distinguir el término sexualidad tal como se lo emplea en biología y las relaciones del hombre y de la mujer, «lo que se llama relación sexual47».
Es pues con Sex and gender y esta observación semántica que Lacan comienza a elaborar una doble cuestión que lo ocupará durante cuatro años: la de la sexuación del sujeto y la de la relación sexual… que no hay. No está prohibido suponer que la clínica de Stoller hizo clic para este cuestionamiento. Sin duda pone de entrada «la identidad de género48» en la dimensión del semblante, no sin relación con el desfile del «semblante animal». Pero subraya que el comportamiento sexual humano puede orientarse hacia «algún efecto que no sería del semblante. Esto quiere decir que, en lugar de tener la exquisita cortesía animal, sucede que los humanos violan a una mujer, o inversamente. En los límites del discurso, en tanto que se esfuerza por hacer sostenerse el mismo semblante, hay de
vez en cuando algo de real49». La transformación quirúrgica que, antes del uso de las hormonas, hacía salida para el deseo trans —ahí tomo un término ausente en la época en que habla Lacan— no es el único pasaje al acto que testimonia que en el asunto de lo sexual humano hay algo de real. La violación también lo testimonia. Conocemos su eficacia actual como arma en los actos de guerra.
La clínica del género que Vincent Bourseul propone a la discusión interroga el uso que podemos tener de las fórmulas de la sexuación. Hablar de «creación de sexo» en el recorrido de la «transición de género» es otra cosa que hablar de «declaración de sexo» o de «elección» entre dos lados de la sexuación que estarían ya ahí, aunque la sexuación como proceso no excluya el instante de ver de una elección inconsciente y una declaración que haría momento de concluir.
Al releer, con el trabajo de Vincent, los seminarios del tiempo en que Lacan elabora, luego comenta, las fórmulas y la relación sexual que no hay, me llamaron la atención ciertas observaciones que resuenan con el «problema en el género50»: Lacan subraya que no se puede confiar en la experiencia para fundar que en la especie humana se es hombre o mujer. En febrero de 1974, cuenta esta anécdota que alguien acaba de relatarle: esta persona toma un taxi y le es imposible saber si es un hombre o una mujer quien conduce; pregunta al conductor… que no ha podido responderle. Y Lacan añade que «en un mundo ni hecho ni por hacer, un mundo totalmente enigmático […] eso corre por las calles, ¿eh?, de todos modos, ¡no es nada! Es incluso de ahí que Freud parte51».
[…] no hay nada más difuso que la pertenencia a uno de estos lados […] que haya un sujeto macho o hembra, es una suposición que la experiencia vuelve evidentemente insostenible52.
Si la pertenencia al lado macho o hembra es difusa para el sujeto, es que «macho» o «hembra» no concierne al sujeto. Lacan precisa:
[…] no hay nada que se parezca más a un cuerpo masculino que un cuerpo femenino si se sabe mirar a cierto nivel, al nivel de los tejidos. Eso no impide que un óvulo no sea un espermatozoide, que ahí es donde reside el asunto del sexo. Es del todo superfluo hacer notar que para el cuerpo, en fin, eso puede ser ambiguo como en el caso del conductor hace un momento. Es del todo superfluo porque se ve que lo que determina no es ni siquiera un saber, es un decir. No es un saber porque es un decir lógicamente inscriptible53.
Es pues en esta difusión de la experiencia que se funda la tentativa de Lacan de fundar en lógica que haya dos lados para la sexuación del sujeto, no como macho o hembra sino como hombre o mujer. La
«red del asunto sexual54» no puede escribirse en términos de esencia macho/hembra, conviene soportarla con otra escritura a construir a partir de la relación con el goce sexual… ese mismo que sostiene, condiciona, justifica el discurso analítico. Goce que no es solo un asunto de semblante —los hombrecitos y las mujercitas— ni solo un asunto de real —lo real del sexo es su estructura dual, el número dos de los gametos, de las dos pequeñas células que no se parecen. En la dimensión del goce se ve perfilarse, pero durante mucho tiempo muy discretamente, la dimensión del cuerpo: la manera en que cada uno goza de su cuerpo, el goce de dos cuerpos que gozan uno del otro. La toma en cuenta del cuerpo, del abrazo, Lacan la pone en relación con el nudo.
Me parece que esta dimensión del cuerpo permanece en sordina en estos seminarios que elaboran las fórmulas de la sexuación y la relación sexual que no hay. Está presente en la transición de género, está en escena. Si fuera la escena de un acting out y de su pasión, ¿diría algo sobre un no escuchado del cuerpo por el psicoanálisis? ¿o sobre la dificultad para escuchar lo que está en juego en el cuerpo pulsional que Freud ha avanzado para pensar una sexualidad humana perversamente polimorfa?
Un último punto que me llamó la atención al releer estas sesiones de seminario con su trabajo es la presencia, en la elaboración de Lacan, de una finalidad del goce sexual que no es otra que la copulación que asegura la supervivencia de la especie. La función de la castración es lo que asegura esta finalidad. Esto nos vale esta observación bastante llamativa al final de la sesión del 3 de febrero de 1972 en Sainte Anne. Acaba de hablar del lado embarazoso que tiene el falo:
[…] un ser vivo no sabe siempre qué hacer con sus órganos. Y después de todo es quizás un caso particular de la puesta en evidencia, por el discurso psicoanalítico, del lado embarazoso que tiene el falo.
Que hay un correlato entre eso y lo que se fragua de la palabra, no podemos decir nada más […] en el estado actual de los pensamientos se tiene el discurso analítico que, cuando se quiere escucharlo por lo que es, se muestra ligado a una curiosa adaptación, porque en fin, si es verdad esta historia de castración, eso quiere decir que en el hombre, la castración es el medio de adaptación a la supervivencia. Es impensable pero es verdad. Todo esto no es quizás más que un artificio, un artefacto de discurso. Que este discurso, tan sabio para completar los otros, que este discurso se sostenga, es quizás solamente una fase histórica. La vida sexual de la China antigua va quizás a reflorecer, tendrá un cierto número de bonitas ruinas sucias que engullir antes de que eso pase55…
Me parece que la cuestión de Christian Centner se une a esta observación. Por lo menos esta reflexión testimonia que Lacan es sensible a lo que está a punto de desembocar con algunos efectos inéditos de la ciencia: por ejemplo la oferta científica y técnica de las hormonas introduce más problema en la «red del asunto sexual» que las proezas de la cirugía (pronto la testosterona para impulsar el deseo femenino…).
Después de estas observaciones sobre el efecto de su trabajo en la lectura que podemos hacer de las fórmulas, quisiera volver más cerca de su clínica, en particular el manejo del género con Marc, con una cuestión que ha suscitado su texto, y en particular su fórmula «el género deshace el sexo y crea el sexo». Lo entiendo así: el sexo que es deshecho es el sexo al cual, salvo raros casos, es asignado el individuo como viviente sexuado en su nacimiento y que, por regla general es confirmado por la inscripción legal y por el discurso. Es el sexo que puede dar lugar a «la identidad de género» anudando el individuo y lo social. Esta identidad de género deja en la sombra la opacidad del goce sexual como relación con el cuerpo, y lo que el sujeto puede hacer con ello. Leo el «sexo creado» como aquel que adviene en la subjetivación de lo sexual o en la sexuación del sujeto. No sé si esta lectura le conviene…
He recordado el hiato que se encuentra en Lacan en 1964 entre la sexualidad que concierne por una parte al individuo y la supervivencia de la especie y por otra parte al sujeto efecto del significante. El año siguiente Lacan subraya la necesidad de distinguir severamente el sujeto del significante del individuo biológico56. Esto puede dar cuenta del tiempo que le hizo falta para abordar la relación sexual que concierne a sujetos. El tanteo, que he evocado, de su elaboración lo testimonia. Hablar de sexuación del sujeto, ¿puede tomar en cuenta que el parléser es también un individuo, que tiene una
«una individualidad radical, real», una «inmanencia vital57»? Sobre el fondo de estas cuestiones, su fórmula «el género deshace el sexo y crea el sexo» ha hecho surgir de repente una expresión de 1966 que nunca me había detenido: en la nota añadida a «El tiempo lógico», Lacan habla de sujeto de lo individual: «lo colectivo no es nada, que el sujeto de lo individual58». Me parece que el de en esta fórmula no es coherente con la distinción severa entre individuo y sujeto. Al leerle, al leer en particular el caso Marc, me pregunté si la creación del sexo, del cuerpo sexuado que el sujeto podrá reconocer como suyo, es una creación ex nihilo —o si se hace con algo que queda del sexo deshecho del individuo, algo que permitiría anudar el sujeto a lo individual y hablar de sujeto de lo individual. Se está tentado de pensar en el objeto a, pero no hay que ir demasiado rápido. Me pregunté si el momento de «travesía de lo informe» en el análisis de Marc, travesía autorizada por la presencia del analista —voz y mirada— podría esclarecer este anudamiento del sujeto a algo de lo individual. Esta cuestión no requiere necesariamente una respuesta inmediata, sino que es una invitación a hablarnos de Marc.