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Género gay y sufrimiento identitario: el fenómeno slam
Nouvelle Revue de Psychosociologie, 2014/1, n.º 17, p. 109-120.
Chemsex. Un nuevo fenómeno ha surgido, hace unos seis años, bajo el nombre de «slam». Este término anglófono, conocido por designar un arte de justas verbales, denomina hoy en día una práctica de inyección de drogas por vía intravenosa en un contexto sexual. Se trata del consumo de productos psicoactivos de la familia de las catinonas 1. Los efectos ecstasy like 2 de estas moléculas disponibles en internet son apreciados por su capacidad para amplificar el placer físico y mental. Esta práctica de consumo de drogas apareció en el seno de la comunidad gay (desde 2004-2005 aproximadamente). Desde el espacio festivo del clubbing en particular y sus consumos de drogas recreativas, el uso de ciertas moléculas se ha convertido poco a poco en una especificidad de la vida sexual de una parte de la comunidad gay. Los efectos de estos productos son apreciados por varias razones: por aspectos relacionales, ya que facilitan los encuentros y desinhiben a los consumidores; por aspectos técnicos, porque facilitan ciertas prácticas hard, extremas o más intensas que las habitualmente practicadas por los consumidores, y
por el placer y el goce que pueden verse multiplicados. El sufrimiento ligado a la identidad (o bien las dificultades engendradas por la inhibición sexual y social) —necesidades de reconocimiento, tensiones relacionales— y los medios para paliarlo están en el centro de este fenómeno que mezcla a la vez la identidad sexual y la identidad de género según variaciones que nos proponemos estudiar. Un enfoque de género aplicado a la identidad gay 3 nos permite sacar a la luz algunos retos subyacentes a las necesidades y contingencias sociales, psíquicas y sexuales. Veamos qué permite constatar la experiencia clínica y qué maniobras permite realizar el género para comprenderlas, pero también para intervenir clínicamente, desde la posición del psicoanalista, en el plano psíquico y teniendo en cuenta los aspectos sociales y culturales.
CONSTATACIONES CLÍNICAS
El slam hace que se crucen de manera deslumbrante las dimensiones intrapsíquicas, relacionales, pero también sociales, sexuales y culturales. En efecto, es en los lugares de socialización donde emerge el slam —clubes, fiestas—. No aparece primero en el dormitorio, aunque su práctica conlleva después un cambio de escena desde el espacio público recreativo hacia el espacio privado de un apartamento. Jérémie, de 32 años, explica: «Al principio, consumía GHB 4 en clubes, un poco como todo el mundo, y luego, cuando vi que me ayudaba sexualmente a sentir más placer, empecé a consumirlo también durante los encuentros, en casa. Fue allí donde un día me ofrecieron mefe’ 5, la probé y desde entonces no consumo otra cosa».
La práctica del slam provoca daños psíquicos y físicos desde el inicio del consumo. La práctica de la inyección por vía intravenosa exige conocimientos y hábitos técnicos que los adeptos al slam no tienen en el momento de su iniciación, ni que el entorno gay posee tanto en comparación con otras comunidades —free-party, squats— donde las recomendaciones para las prácticas de inyección de menor riesgo se han difundido desde hace ya muchos años 6. Por lo tanto, existen inmediatamente riesgos infecciosos, de conta-
minación por el VIH o las hepatitis (C, en particular), pero también daños somáticos en el sistema venoso 7, efectos secundarios de la inyección en el sistema respiratorio o cardíaco 8. Tan rápido, o casi, como los riesgos somáticos, aparecen efectos psíquicos en el momento del «bajón», que a menudo resulta doloroso en consumidores poco experimentados e incluso a veces en habituales. Los pacientes describen momentos de «paranoia», de
«depresión» que siguen en la vertiente negativa a los efectos positivos previamente sentidos, tales como un «goce y una comunión inauditos con la pareja», una «superación de los límites».
El descubrimiento en tiempo real, que los pacientes realizan en estas experiencias aún poco conocidas por los especialistas, exige del clínico un trabajo de censo, de información de las prácticas, de los efectos, de los problemas encontrados que hay que problematizar y compartir entre todos los socios posibles: addictólogos, psiquiatras, consumidores expertos, sociólogos, etc.
A más largo plazo, la práctica del slam conlleva desgraciadamente casi tantos daños como el consumo de crack —con el que a menudo se compara para evocar sus consecuencias a corto, medio y largo plazo—. Los daños físicos y psíquicos inmediatos se agravan con el tiempo: los trastornos del estado de ánimo se imponen fuera de los momentos de consumo con sus consecuencias relacionales, sociales y profesionales; la pérdida de peso puede ser muy importante y rápida (varios kilos, hasta diez en pocos meses); las infecciones y las contaminaciones pueden multiplicarse. Cuando los pacientes acuden a pedir ayuda, están casi siempre en una situación de urgencia para encontrar un lugar donde hablar e iniciar la evaluación de su situación, o incluso una hospitalización rápida para paliar la fatiga psíquica a menudo aguda. Jean, de 45 años, pide: «Tienen que ayudarme, ya no puedo más, consumo en mi casa por la noche yo solo cuando antes era solo para follar. He faltado al trabajo varias veces y voy a acabar perdiendo mi empleo. Ya no tomo mis tratamientos. He tenido tres sífilis este año, y también la hepatitis C que no tenía antes… solo tenía el VIH. Me he peleado con todo el mundo. En cuanto un tío me envía un SMS para decirme que tiene mefe’, no puedo evitar ir. En internet, solo me proponen planes chem’ 9».
EL SIDA CONTINÚA DIVIDIENDO
Los profesionales implicados (psicólogos, addictólogos, infectólogos, psiquiatras) son pocos los que se han especializado en este fenómeno. Este constituye una clínica marginal, que asusta también a una parte de los profesionales de la salud en la medida en que tal especialización puede parecer inducir una suerte de exclusión, eco de la que conlleva el consumo de estos productos específicos entre los gais. En efecto, en una comunidad con fuertes reivindicaciones identitarias, la constitución misma del «fenómeno slam » debe ser observada como el síntoma de otra exclusión subyacente, la de los gais seropositivos entre los gais. En efecto, la mayoría de los gais que practican el slam son seropositivos al VIH y, aunque no haya datos científicos sobre este punto, el conjunto de los actores reconoce esta característica principal del slam. El slam nos cuenta algo de la epidemia del sida entre los gais, es en todo caso la hipótesis que formulamos desde nuestro primer encuentro con estos pacientes hace unos cinco años.
En primer lugar, con cerca del 20% de seropositivos, no se puede decir que la comunidad gay en París descubra el VIH, ni a los seropositivos, en 2014 —la prevalencia alcanza el 12% entre los gais o HSH (hombres que tienen relaciones homosexuales) a nivel nacional 10—. Por lo tanto, nunca ha habido tantos gais portadores del virus como hoy. Y puesto que los casos de contaminación se mantienen cada año, este número seguirá creciendo gracias a los tratamientos que permiten aumentar la esperanza de vida y garantizan la cronicidad de la infección viral. Curiosamente, al mismo tiempo, los seropositivos gais, al parecer, nunca han experimentado tanta dificultad para vivir su seropositividad en su propia comunidad, en los encuentros afectivos o sexuales o incluso en el trabajo. Los progresos farmacológicos no han erradicado los miedos que perduran, incluso cuando estos progresos permiten razonarlos. Esto es de lo que los pacientes se quejan cuando consultan, y de lo que dan testimonio los medios comunitarios cada vez más a menudo: se habla de una «serofobia acrecentada 11», lo cual es paradójico desde cierto punto de vista. Los efectos imaginarios del sida que traduce el miedo persis-
tante a la contaminación se mantienen a pesar de la existencia de medios de prevención, como el preservativo, y a pesar de la disminución real de los riesgos de contaminación —las personas tratadas pueden llegar a ser más o menos no contaminantes 12 incluso en caso de relaciones sexuales no protegidas, que no siempre son tomas de riesgos irreflexivas (vida de pareja, elección individual, toma de tratamiento preventivo)—.
En el trabajo clínico con los pacientes afectados por el slam, la pertenencia a la comunidad gay se aborda muy rápidamente; es la identidad en su sentido más amplio de identidad sexual la que aparece. Hermann, de 24 años, dice: «Soy gay, he hecho todo lo posible por ser gay y no solo homosexual. Homosexual es médico. Gay es gay. Pero desde que soy seropositivo, si lo digo, los tíos ya no quieren follar conmigo, los inicios de relación se detienen en cuanto hablo de ello. Sin embargo, soy indetectable, y en el peor de los casos podemos seguir usando condones, me da igual». La identidad gay designa más que la orientación sexual, expresa aquí Hermann. Más allá del factor genital o de una preferencia sexual, Hermann expone claramente el alcance social del sexo que podemos entender como expresión del género. Nos dice también que esta identidad es el resultado de un trabajo —ha «hecho todo lo posible por»—, una construcción que puede llegar hasta la performance. Pensamos que se trata de una performance de género. Más allá, pues, de su identidad sexual —ser macho o hembra—, la identidad gay parece aquí dar cuenta de este aprendizaje, de este devenir gay que ponemos en paralelo con el devenir hombre o el devenir mujer en tanto que identidad de género 13. Esta producción a partir y más allá del sexo biológico atestigua, según nosotros, lo que Joan W. Scott expresa aquí a propósito del género: «un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias percibidas entre los sexos, y […] una forma primaria de significar las relaciones de poder» (Scott, 1986, p. 186). Ser gay, para Hermann y para otros, responde a la necesidad de significar relaciones de poder y de exclusión (heterosexualidad/homosexualidad, gais seropositivos/gais no seropositivos), de admitir su alcance e identificarse a partir de ellos en las relaciones sociales (profesionales, afectivas, sexuales, familiares, comunitarias).
LA IDENTIDAD GAY, UNA IDENTIDAD DE GÉNERO MÁS QUE UNA IDENTIDAD SEXUAL
La identidad gay merece, según nosotros, ser pensada desde entonces como una identidad de género en la medida en que da cuenta de las dimensiones sociales y culturales de la vida sexual. Gay resulta no ser solo una promesa identitaria que acoge una preferencia sexual, sino una preferencia sexual con consecuencias identitarias que superan la sola dimensión del sexo. Esto nos anima a definir, para pensar el fenómeno slam, lo que designamos a partir de ahí como «género gay». Porque si el género no se contenta con ser la expresión social del sexo biológico, sino que da cuenta de los procesos de construcción y deconstrucción en juego en lo que la vida sexual impone al sujeto, entonces lo necesitamos para pensar fenómenos tales como el del slam, y para prever gracias a él una intervención sobre estos procesos.
Según nuestra experiencia clínica, el género gay permite así distinguir lo que en la identidad gay no se contenta con dar una representación visible a las identificaciones del sujeto, sino que también da forma a los elementos menos visibles, inconscientes y sin embargo determinantes de la vida psíquica. «Deshacer lo gay», como otros han «deshecho el género», puede ser una manera de traducir la opción clínica que proponemos frente a este fenómeno. Es, por lo demás, lo que piden implícitamente quienes vienen a consultar, como Pierre: «No lo entiendo, tengo un trabajo de primera, salgo por el ambiente, me siento cómodo con mi homosexualidad, no tengo dificultades en las prácticas sexuales, follo con quien quiero cuando quiero, vine a vivir a París para eso, tengo todo lo que quería tener, todo lo que me hacía falta para ser gay. Y ahora, de repente, nada va bien, soy seropositivo, lo cual es casi “normal” para un gay, y me inyecto drogas, ya nadie quiere tener sexo conmigo normalmente y yo tampoco, por cierto, estoy agotado, ¿para qué he hecho todo esto?». ¿Cómo no seguir y prolongar esta interrogación invirtiendo su contenido para abrir el cuestionamiento de esta construcción de la identidad gay misma a la luz del género?
ADVENIMIENTO IDENTITARIO Y PELIGRO COMUNITARIO
Nos sentimos tentados a interrogar lo «gay» con Pat Califia, quien decía ya en 1983: «[…] en el seno del movimiento [gay], la gente insiste en una forma de pureza que no tiene mucho que ver con la ternura, el deseo sexual o incluso el compromiso político. Ser gay se convierte en un estado de gracia sexual, comparable a la virginidad. El proselitismo fanático a favor de un comportamiento gay […] al cien por cien me hace pensar a menudo en un miedo supersticioso a la contaminación o a la polución» (Califia, 1983, pp. 71-82). En el momento en que Califia pronuncia esta conferencia, la epidemia de sida no hace más que empezar, aún no ha marcado a la comunidad homosexual que acaba de empezar a
florecer a plena luz bajo su bandera «gAy» (acrónimo de Good as you) convertida en su punta de lanza identitaria. Releer estas frases hoy, en la época del slam y de los elementos que acabamos de recorrer, es inquietante. Parece que algo oscuro se ha mantenido en los cimientos de la performance en la que la identidad gay se ha apoyado para erigirse, a favor del sida que no le ha sido ajeno, ya que parece incluso haberse introducido allí donde un lugar le esperaba.
La «pureza» de la que habla Califia hace pensar en el esencialismo, es decir, en una «naturaleza» del hombre o de la mujer, por ejemplo. También nos hace pensar en el imperativo identitario que pesa sobre las mujeres y que las feministas pueden a veces aseverar, tal como Joan W. Scott lamenta (Scott, 2011, pp. 45-67). En efecto, las figuras aclamadas por un movimiento de reconocimiento y afirmación identitaria —las mujeres o los gais, por ejemplo— ocultan a veces construcciones imaginarias e inconscientes que pesan fuertemente sobre la libertad de los individuos que buscan identificarse, tentados de comprometerse con ellas para garantizar su plenitud o su supervivencia, a veces a riesgo de comprometerlas finalmente. Las identidades «mujer» y «gay» están integradas en los discursos y circulan de tal forma que ya no se discuten. Estas identidades deben, por lo tanto, tal como Scott nos indica a propósito de la identidad
«mujer» y que puede aplicarse a la identidad «gay», ser objeto de una deconstrucción minuciosa, histórica y fantasmática para liberar los retos inconscientes y a veces deletéreos que estas figuras esperadas emancipadoras esconden en su corazón. Esta deconstrucción puede efectuarse sobre el modelo de la deconstrucción del género.
Son en efecto estos retos —de identificación inconsciente— los que, al ser ignorados, hacen pesar, por ejemplo sobre los gais —confirmados o en ciernes—, el tener que demostrar de todas las formas posibles que la vanguardia de las sexualidades les pertenece, y a cualquier precio. Tal es nuestra hipótesis de trabajo. Que esto se demuestre por el sida, las drogas u otros signos nos invita a acogerlos como síntomas, no para fabricar patologías identitarias, sino para poner de nuevo en movimiento los procesos psíquicos y sociales afectados. Al desmenuzar en el trabajo clínico las articulaciones de los retos individuales y colectivos, tal como el género nos permite hacerlo, podemos reabrir las puertas cerradas de los discursos identitarios para renovar su poder subversivo y liberador, por lo tanto terapéutico para el sujeto. Así, son necesariamente las dimensiones de la comunidad, de la identidad, de lo social, del individuo y del colectivo las que se ponen a trabajar simultáneamente, gracias al cruce de un enfoque resuelutamente clínico y psicosociológico.
Hemos visto lo que la historia nos permite pensar con Joan W. Scott, veamos cómo la filosofía y la antropología pueden ayudarnos. En 1975, Claude Lévi-Strauss concluye el seminario sobre la identidad con estas palabras: «[…] la identidad es una especie de foco virtual al que
nos es indispensable referirnos para explicar un cierto número de cosas, pero sin que tenga nunca existencia real. […] un límite al que no corresponde en realidad ninguna experiencia» (Lévi-Strauss, 2000,
- 332). Comprendemos con él que la representación social ofrecida por la identidad exige y sostiene la inversión psíquica y física de aquel o aquella que se reconoce en la figura que esta le propone. Por extensión, podemos decir que la identidad gay propone a los sujetos afectados, como toda identidad, sentido a la existencia real, a la vida concreta. Y es ahí donde el riesgo de estasis que la identidad impone puede trabajarse con la herramienta género en tanto que «categoría útil de análisis crítico» (Scott, 1986), a fin de que la toma imaginaria necesaria para el sujeto no sea fija, sino mantenida en una perspectiva creadora.
En otro orden de ideas, Jean-Luc Nancy coincide también con algunos elementos expuestos en las palabras de Pat Califia a propósito de la identidad y de la comunidad. En La comunidad desobrada, Nancy escribe:
«Bataille supo mejor que nadie [fue el único en abrir el camino de tal saber] lo que forma más que una conexión del éxtasis y de la comunidad, lo que hace de cada uno el lugar del otro, o también aquello por lo cual, según una topología atópica, la circunscripción de una comunidad, o mejor su arealidad (su naturaleza de área, de espacio formado), no es un territorio, sino que forma la arealidad de un éxtasis al igual que, recíprocamente, la forma de un éxtasis es la de una comunidad» (Nancy, 1986,
- 53). «El estado de gracia sexual» del que habla Califia ¿no es el proyecto de un absoluto de la comunidad gay, que podemos leer con lo que Bataille denomina el «éxtasis»? Pero estos autores avanzan también que el «éxtasis» y la «comunidad» se limitan mutuamente, generando el éxtasis de la comunidad y permitiendo la aparición del «ser-en-común» que Nancy designa como obra de muerte y de fusión. Las palabras de Califia parecen seguir sus pasos. La reducción del denominador común identitario —pasado de gay a gay seropositivo, luego a gay seropositivo adepto al slam — se hace eco de esta obra común que puede hacer arriesgar la muerte en tanto que obra comunitaria, donde el individuo desaparece en favor de dicha comunidad —o de sus restos—.
AL CRUCE DE LO IDENTITARIO Y LO INCONSCIENTE
A falta de recurrir al género para interrogar la identidad en la que pueden reconocerse, algunos gais seropositivos se apropian hoy del slam como nueva práctica sexual e interrogan al mismo tiempo su identidad. Haberse vuelto seropositivo se inscribe en la historia subjetiva. Y aun cuando el discurso médico e incluso el discurso de prevención puedan apoyarse ambos en el éxito técnico, los progresos de los tratamientos, la historia fisiológica del virus a veces muy tranquila no garantiza sistemáticamente una paz subjetiva. Ser rechazado por un amante, un amigo o un colega es una consecuencia del virus,
aunque sin ninguna justificación orgánica. Los impactos psíquicos de la seropositividad son hoy minorados por el discurso ambiental, identitario y científico. La consideración de las necesidades de los seropositivos ya no supera, muy a menudo, la estricta renovación de las recetas bianuales. El traumatismo de la seropositividad es ampliamente desmentido hoy, como si la supervivencia biológica debiera borrar todas las consecuencias psíquicas, afectivas, sociales o culturales que el hecho de estar contaminado induce sin embargo todavía hoy. Ciertas consecuencias ya no son las mismas que al principio de la epidemia, pero la cronicidad ha conllevado otras: si el miedo a la muerte inminente se ha disipado en parte, los efectos a largo plazo de los tratamientos impiden ciertos compromisos (en proyectos, en una vida de familia). La representación social de la epidemia de sida en un país como Francia es actualmente la de una enfermedad a reprimir, a ignorar. La experiencia clínica nos enseña esto de manera convincente. Numerosos son los pacientes que tras años de seropositividad ya no encuentran —o a veces nunca han encontrado— a alguien con quien compartir su experiencia, ni a sus amigos, ni a su médico, ni a su pareja.
En estas condiciones, los gais seropositivos se encuentran en una situación sin precedentes. Son cada vez más numerosos y deben al mismo tiempo ser indetectables en el campo social, relacional y afectivo, al igual que su carga viral debe mantenerse invisible para las técnicas de detección de los viriones en la sangre. En el plano inconsciente, estos elementos alimentan grandes tensiones y conflictos psíquicos que dificultan la estabilidad identitaria necesaria para cada uno. La identidad, aunque sea de género, ya no ofrece el soporte que se supone debe dar. El vacilamiento de fondo que esto mantiene implica tarde o temprano emplear algunos remedios eficaces para disolver estos nudos patógenos. A falta de una palabra terapéutica o analítica, el recurso a una práctica tal como la inyección de drogas por vía intravenosa en el marco de las prácticas sexuales —que constituye por lo tanto en sí misma una práctica sexual— apunta muy directamente a la identidad sexual y su construcción, su mantenimiento o su reparación: este recurso se convierte en un medio concreto eficaz de paliar dificultades y de reparar la identidad fallida. Los efectos psicoactivos positivos del producto refuerzan esta promesa mediante la reactivación del deseo, la mejora de la percepción de uno mismo y de la confianza ligada a esta imagen, el aumento del goce físico de aquellos que pueden vivir por otra parte experiencias negativas de rechazo.
PERSPECTIVAS CLÍNICAS
¿No sería más sencillo deconstruir la identidad gay —con el género gay sobre el modelo de la teoría del género— en lugar de recurrir a prácticas potencialmente peligrosas? El fenómeno slam subraya, desde nuestro punto de vista, este imperativo de la interrogación y de la
deconstrucción identitaria que puede liberar de las limitaciones mórbidas a ciertos gais, muy a menudo seropositivos. La urgencia por salir de esta situación, de este nudo de motivos inconscientes, conscientes, sociales, es precisamente lo que cumple el objetivo visible pero no dicho del slam. El recurso al slam compensa y realiza en un plano inconsciente lo que «deshacer la identidad gay» a partir del género como herramienta de deconstrucción y herramienta de análisis crítico permite realizar en un plano consciente en el trabajo terapéutico. Es, por lo demás, lo que la experiencia clínica y terapéutica demuestra, cuando el recurso al género gay en el trabajo psicoanalítico abre perspectivas de transformación y de cambio de los procesos psíquicos en juego en los planos consciente e inconsciente. Estos pueden ser desenredados y ofrecidos a una nueva disposición donde los determinantes sociales dialoguen de manera diferente con los determinantes psíquicos.
El género gay al final de este recorrido permite la renovación de la identidad gay y de las identificaciones que la constituyen. El género en la clínica se propone, lo constatamos, como objeto imaginario, lo que nos permite anclar nuestra intervención a la propuesta de Claude Lévi-Strauss sobre la identidad «foco virtual» para que se reflejen en ella los fantasmas y las motivaciones a veces deletéreas que la expectativa comunitaria transporta consigo, a su pesar, y que pesan sobre el individuo. Y puesto que es un objeto imaginario, lo vemos entonces funcionar como proceso simbólico. Es lo que nos han sugerido por ejemplo estos dos pacientes: «Cuando paso por la rue des Archives y los veo a todos delante del Cox 14, me digo que no me parezco a eso, no tengo el género de esos tíos, con sus cazadoras, sus músculos, son viriles en apariencia… de todas formas, no soy su género», «Me gusta que me digan que parezco gay, que se note… no necesariamente afeminado o todo eso, ¡sino gay, vamos! No hace falta explicarlo, se nota, son los otros los que lo dicen, no yo». Distinguimos bien, articulados el uno con el otro, el género en tanto que objeto imaginario y proceso simbólico. ¿Para qué pueden servirnos bajo esta forma?
Sostenemos con el apoyo de nuestra experiencia que género y sexo funcionan juntos; sin ser complementarios, están no obstante anudados: los definimos como dos incógnitas de una ecuación de lo sexual imposible de resolver, al igual que lo es el enigma de lo sexual formulado por Freud. Al manejar el género, el sexo es desplazado y cuestionado. Es una maniobra importante en el trabajo clínico, ya que ofrece acceder a las identificaciones, a las teorías infantiles, a las creencias y a todo tipo de supuestas verdades sobre el sexo depositadas en la historia subjetiva e inconsciente.
Consideramos que al acceder al sexo por el género podemos abrirnos camino hasta la sexuación y liberar las identificaciones profundas del sujeto, su posicionamiento respecto a la función fálica, al
goce. Por supuesto, nada de esto es inmediato ni fácil y mucho menos sistemático. Pero es en síntesis la opción terapéutica y clínica que proponemos. ¿Para qué sirve? ¿Para qué efectos? El primero de ellos es la puesta en acusación del sexo en tanto que instancia simbólica y la enumeración de las consecuencias simbólicas de esta instancia reina, que la mayoría de los pacientes nunca han tenido la ocasión de interrogar anteriormente, antes de venir a consultar. Con el género, el sexo es instadamente puesto en causa, cuando proponemos, por ejemplo: «Usted me dice que es gay, pero ¿cómo lo sabe? ¿Está ligado a su sexo?». La extrañeza de la pregunta tiene el mérito de confrontar el sexo con el género. Esto puede expresarse a su vez en la siguiente respuesta:
«Pero eso no tiene nada que ver, usted no sabe nada de esto». A lo que no dejamos de responder, para incitar: «Cuénteme entonces, explíqueme de qué está hecho “su” gay, y para qué es útil su sexo en todo esto…». Porque más allá de las prácticas sexuales, tan vivamente puestas en juego en el slam —él mismo convertido en una práctica sexual de pleno derecho—, el sexo se convierte, o se vuelve a convertir, en ese proceso identificatorio, imaginario, donde la imagen de sí mismo, atrapada en la mirada del otro, reaparece y revela sus fisuras, sus defectos a los que el esfuerzo terapéutico puede dedicarse. Se vuelve a convertir en ello a condición de ir a buscarlo, de cierta manera, de descubrirlo allí donde se oculta, inamovible de certezas y fijado de hábitos. Organizar su rastreo y acoger su huida nutre la perspectiva clínica. Porque cuando interrogamos «lo gay», en nuestro ejemplo, es al «género gay» anudado al sexo al que nos dirigimos, y no únicamente a la identidad gay en tanto que pretendida identidad sexual.
conclusión
En un contexto de sufrimiento identitario, hemos visto de qué maneras el recurso al género, en tanto que herramienta crítica y perspectiva de deconstrucción, permite poner de nuevo en movimiento lo que a veces se fija patológicamente. El slam nos invita muy especialmente a interrogar la identidad gay a menudo pensada como identidad sexual, pero para la cual hemos demostrado el interés de un enfoque de género capaz de reabrir los callejones sin salida encontrados para transformarlos en perspectivas terapéuticas. Más generalmente, el género permite abordar la identidad como un verdadero polo de atracción narcisista a partir del cual las identificaciones que la fundan pueden ser reconsideradas, reescritas o reconstruidas en el trabajo clínico psicoanalítico.
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SCOTT, J.W. 2011. The Fantasy of Feminist History, Durham y Londres, Duke University Press.
VINCENT BOURSEUL, Género gay y sufrimiento identitario:
El fenómeno slam
RESUMEN
El slam —consumo de drogas por vía intravenosa en un marco sexual— ha aparecido en la comunidad gay. Los retos identitarios manifiestos asociados a esta nueva práctica sexual y de uso de drogas invitan a pensar la experiencia clínica mediante un enfoque de género. El artículo propone observar e interrogar el sufrimiento identitario y sus determinantes sociales, inconscientes, políticos e históricos gracias a lo que el autor define como «género gay». En el límite de las necesidades individuales de la construcción de la identidad vienen a oponerse los retos colectivos de la comunidad, haciendo a veces recaer sobre el individuo el pesado tributo de una conquista identitaria. La determinación inconsciente del sujeto cruza en la identidad los retos sociales y culturales del individuo, que hay que examinar en sus divergencias y sus solapamientos para iluminar la comprensión de un fenómeno tan espectacular como el slam y liberar algunas perspectivas clínicas y terapéuticas.
PALABRAS CLAVE
Gay, género, slam, identidad, comunidad.
VINCENT BOURSEUL, Gay Gender and identity suffering: the slam
ABSTRACT
The slam – consumption of drugs by intravenous way in a sexual context – appeared in the gay community. The obvious identical stakes associated to this new sexual practice and of use of drugs, invite us to think of the clinical experiment by an approach of gender. We can then progress in our investigation of the identity suffering and its social, unconscious, political and historic determiners with what we can define as « gay gender ». On the verge of the individual necessities of the construction of the identity come to oppose the collective stakes in the community, sometimes making wear to the individual heavy tribe of an identity conquest. The unconscious determination of the subject crosses in the identity the social and cultural stakes in the individual, which it is necessary to examine in their differences and their overlappings to enlighten the understanding of a phenomenon so spectacular as the slam, and to release some clinical and therapeutic perspectives.
KEYWORDS
Gay, gender, slam, identity, community.