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La a-sexuación: perversión de lo fálico y función de la castración (2021)
Publicado en internet, septiembre de 2021.
Del mantra «sexo/género, raza, clase», a la vecindad identitaria
Las transiciones (de sexo y/o de género) conciernen poco a la sexuación
Sexo, género y sexuación vistos desde el inconsciente
Sin transición
M.D.
Laplanche
¿Y sobre los nudos?
Desarrollo de las maniobras de una cura
Aperturas
Conclusión
Y si empujáramos un poco más allá el discurso psicoanalítico, aun a riesgo de explorar los continentes negros de la teorización de la experiencia y continuar abriendo nuestra lengua a los saberes que encierra.
La ambición de este texto no es inmensa, pero sin duda un poco compleja, puesto que se trata de articular, desde el punto de vista de la práctica psicoanalítica, ciertas famosas nociones cuyas carreras irresistibles iluminan el campo de las ideas actualmente: género; identitario: en la perspectiva de la dirección de la cura, de la conducción de la cura psicoanalítica. Lo identitario arrastrando consigo lo que nos interesa al margen del género, y nos deja con qué delimitar lo que sitúo bajo el vocablo de a-sexuación, esta perversión manifiesta de la sexuación fálica que conviene aislar, describir para situar las producciones actuales sexuales, donde los saberes inconscientes sobre lo sexual se actualizan. Una sexuación menos simbólica, devuelta a lo imaginario que la hace consistir, con y más allá de la imagen (especular y no especular), escapando al cierre lógico previo que hasta ahora solo daba cuenta de una parte restringida de lo que sitúa a los seres sexuados que designamos por sexuación, restringida, pero primordial, donde la simbolización sostiene la erección subjetiva, más allá de lo cual podemos, gracias a este siglo de psicoanálisis, explorar más lejos lo que de otro modo seguirían siendo continentes negros donde se ciegan inútilmente numerosos seres hablantes. Con los oídos bien abiertos, no hay manera de quedarse sin mirada.
Más allá de esto, se trata aquí de progresar hacia una descripción de las maniobras técnicas de la cura en caso de género, de la distinción de las transiciones de sexo o las de género, de situar en el nudo borromeo dextrógiro lo que la clínica del género en psicoanálisis continúa enseñándonos, donde se ubican los goces, las identidades (así como la idea-taire y la identificación) y muchas otras cosas más que sin duda serán condensadas aquí, pero que las discusiones futuras permitirán desplegar a voluntad.
El texto aquí no está formalizado como un artículo, propiamente dicho, sino más bien como un ensamblaje que distingue las diferentes fuentes de cuestionamientos propuestas aquí en un haz, para no camuflar de entrada los andamios.
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Del mantra «sexo/género, raza, clase», a la vecindad identitaria
Comencemos de entrada por evocar esta concordancia de términos recientemente aparecida, esta feliz disposición de los significantes y de sus usos, que aligera su acercamiento, los hace practicables. Las nociones de raza, género y clase son innegablemente categorías útiles para pensar, una eficacia dinámica brota a su encuentro, hasta el punto de sostener la interseccionalidad —que no planteo como un pensamiento (un real puesto en forma), sino como una reflexión (una oportunidad cognitiva).
Pero ¿son aquí solo categorías? No, porque los significantes raza, género y clase existen también fuera de su propia eficacia, allí donde su radiación escapa al control, por el sentido, donde las combinaciones y las artimañas, los juegos de manos que activan para nuestra mayor alegría de pensadores hacen torbellinear los sentidos y sus territorios significantes, por lo tanto siempre diferentes de sí mismos en cada uno de sus empleos, muy lejos de sus virtudes categoriales, distintamente de todas sus cualidades aparentes o semánticas. Lo identitario recubre aquí una zona aún indefinida, aunque convocada al rango de los argumentos en la actualidad recurrente de sus emergencias, a la cual asocio por intuición las causas significadas de raza o de clase que no se trata de confundir, sino de reconocer también en sus intersecciones. No las trataremos, sin embargo, aquí por el momento.
Ante esta profusión inter-significante, hay que relanzar la exploración, para extenderla, del campo de nuestra experiencia al usarla, más cerca de los límites discursivos donde la retórica deja paso a lo subyacente, al inconsciente mismo y a lo inaudito que comandan, todos ellos más determinados que nuestras voluntades, la conducta de nuestras existencias.
Para subrayar de nuevo y afirmar cuánto el psicoanálisis (sus teorizaciones) no ha determinado su abordaje y su uso del género, ni siquiera de la raza, de la identidad o de lo identitario, que permanecen sin definición psicoanalítica reconocida, apenas una descripción clínica propicia para la elaboración de una idea común a debatir (aparte de algunos juicios sentenciosos argumentados bajo el sello de los academicismos, cuyo descarte no nos corresponde discutir).
Para determinar qué consecuencias y qué oportunidades se invitan a nuestras prácticas, donde relatan el psicoanálisis creándose.
En 2016, hacia finales de año, se me dirigió una invitación para participar en el coloquio de julio de 2018 en Cerisy, consagrado a los trabajos de Laurence Kahn (psicoanalista), bajo el título El Psicoanálisis: anatomía de su modernidad.
Allí propuse tomar la palabra apuntando a esto: « Das endliche und das undenliche Geschlecht o Del género a lo identitario ». Debo retomar, aquí, las líneas de trabajo de este intento poco concluyente en su momento, que ha podido precisarse desde entonces; el tiempo es nuestro amigo.
La ambición de esta intervención era subrayar el trayecto que el género nos ofrece tomar, o retomar, desde el sexo en algunas de sus cualidades, hasta la sexuación, para luego extender o esperar su extensión fecunda a la puesta en tensión de lo identitario frente a la identidad y las identificaciones, pues si el psicoanálisis conoce y define las identificaciones, sigue siendo menos prolífico sobre el resto… Lo cual ya era el caso, y se mantiene así hasta el día de hoy, a propósito del género y del sexo que el psicoanálisis no ha admitido, mientras que la sexuación es una auténtica propuesta teórica del psicoanálisis en experiencia que aún no hemos agotado con nuestras lecturas y comentarios.
Retomar y precisar lo que ha conducido a pensar estas nociones con estos cuadros de las identificaciones tópica, dinámica, económica y borromea parece imponerse de ahora en adelante con una explicitación de la conducta de la cura con el género, tal como estos mismos cuadros llevan su rastro. Esto para aclarar el puente que localizo allí con lo identitario y sus acólitos.
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Las transiciones (de sexo y/o de género) conciernen poco a la sexuación
A esto se añaden algunas constataciones clínicas importantes. Digámoslo claramente. La mayoría de las transiciones de sexo o de género no conciernen a la sexuación, no la contestan ni la cuestionan. Es una evidencia que, sin embargo, sigue siendo difícil de afirmar aunque la experiencia cotidiana nos dé confirmación. De la sexuación, donde se revela la relación del sujeto con la función fálica y la castración, no se trata la mayoría de las veces, mientras que del deseo, de su causa, se trata casi siempre. Lejos de enfrentar al Falo o los retos fálicos bajo el modo de un cuestionamiento, las transiciones de género y de sexo confirman desde este punto de vista la variedad de maneras de «decir no a la castración»: lo que sigue siendo para todo el mundo el mejor medio de reconocerla y de arreglárselas con ella, a pesar de todo. Y que no depende del «rechazo de la castración», otro asunto… El conjunto o casi de los sujetos llamados «normales» lo son por decir no a la castración: puesto que es en las negaciones donde se constituyen los esenciales del ser: las transiciones de sexo y/o de género no escapan a esta normalización del sujeto a la realidad.
Sin embargo, las transiciones interpelan especialmente una dimensión de la expresión sexual de los seres-hablantes no elaborada aún donde el objeto a, causa del deseo, tal como el falo permite una articulación significante del mismo, relanza la apreciación de su consistencia sexuada más allá de su inscripción simbólica para darle a explorar, por fin, los territorios de sus representaciones en la realidad. En la realidad donde se expresan e imaginarizan estos “decir-no a la castración” reprimidos hasta ahora en el seno de la locura y de la patología. Así, lo ordinario (trans incluido) de las respuestas dadas a la universalidad del Falo se despliega día tras día, asumiendo la desintrincación del pegado previo entre el objeto y la simbolización de la falta del objeto (que no es su real ni su realidad), liberando la representación evolutiva de esta falta del objeto para los humanos, accediendo a la posmodernidad, tal vez al “pospatriarcado” que no excluyen ni a los modernos ni a los patriarcas de la comunidad de los vivientes, sino que los resitúan en el curso de las revelaciones de los saberes inconscientes, a medida que aparecen. Así, el sexo puede ser devuelto a su realidad (a su imaginario), desintricado de la instancia rectora donde se desvanecía exclusiva o casi exclusivamente. Esta realidad donde podemos verlo evolucionar de manera diferente, devuelto a la circulación de sus representaciones entre el cuerpo y su más allá, entre el cuerpo y el otro. Esta realidad también donde podemos apreciar esta expresión presente de la bisexualidad psíquica constitutiva sostenida por Fliess y Freud, que no cree en el sentido de las supuestas orientaciones sexuales, que conoce el apaciguamiento de su propuesta ante los estragos de la diferencia de los sexos, informados por fin como podemos estarlo por nuestros saberes inconscientes sobre lo que ya no necesitaría ser desmentido, rechazado o reprimido sino mejor acogido por la evidencia que constituye: el Falo es a lo universal lo que el objeto a es a lo particular, su imposible materialización.
Las nuevas generaciones quieren ser nombradas y designadas por pronombres múltiples, niños y adultos se declaran «no binarios»… ¿Por qué deberíamos sorprendernos? puesto que con la erosión parcial, no ya del patriarcado que los sociólogos pueden apreciar mejor que yo, sino al menos, de la centralidad fálica más allá de sus verdaderas cualidades dejando a la causa del deseo el cuidado de encarnar en la realidad erótica lo que no depende del Falo símbolo de su propia falta, sino que se ofrece a la presencia del otro hacia quien nuevas modalidades relacionales y eróticas pueden desplegarse por fin, liberadas un poco de los rigores y las austeridades características de las incomprensiones pasadas sobre lo sexual. Lo que falta bien puede ser simbolizado, eso no impide también que sea practicado en la realidad, con el cuerpo en particular. No solo existe la perspectiva de la simbolización para tratar la experiencia vivida, su puesta en forma o en representación constituye igualmente un tratamiento psíquico de lo vivido. La primacía fálica, ejemplo entre todos de la simbolización, no es más que una pequeña parte de nuestra experiencia psíquica. Primacía simbólica a la que podemos añadir la gestalt de lo imaginario que los seres-hablantes aún no han explorado o pensado tanto, pero que las últimas evoluciones sobre el género y cía exponen a lo grande.
A este título, la profusión del vocabulario para decir las innumerables, las incontables identidades sexuales demuestran en su ineficacia la irreductibilidad de la forma tomada por lo sexual para un sujeto en la realidad, sin importar la manera en que ese mismo sexual es aprehendido como objeto en lo simbólico. La simbolización reduce al mínimo común denominador lo que merece ser devuelto a su proliferación en la realidad, en lo imaginario.
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Sexo, género y sexuación vistos desde el inconsciente
En 2013, propuse este primer cuadro:
Identificación del género, sexo y sexuación (2013)
| Imaginario | Simbólico | Real | |
| Género | objeto | proceso | instancia imposible |
| Sexo | instancia | objeto | proceso imposible |
| Sexuación | proceso | instancia | objeto imposible |
Presentando en él los elementos género, sexo y sexuación según me ha permitido encontrarlos la experiencia psicoanalítica. A saber, el género en primer lugar, objeto imaginario, tal que en esta dimensión la realidad hace las veces de superficie fantaseada, donde el cuerpo se impone como superficie proyectada. Secundado por el sexo como objeto simbólico que el género revela más en sus cualidades no de consistencia imaginaria y real tal como lo tratamos la mayoría de las veces, sino propiamente como objeto en lo simbólico en tanto que realiza allí una articulación eficaz para la constitución del orden del mismo nombre, el orden simbólico: sede suprema de la diferencia llamada «de los sexos» donde el dos, no real, sino imaginario y simbólico, mantiene su rango, pues el real de los sexos no es la pareja ni siquiera el dos de los supuestos dos sexos (sino más bien su disidencia), ya esté compuesto por dos elementos o más. Esto para no perder la dimensión de entidad negativa del goce, de los goces tal como sostienen un abordaje no positivista de la experiencia de la diferencia sexual, sino más bien su extensión vectorizada por el menos de ser del ser del que el sujeto da cuenta.
Así, una cura, si se pueden considerar las cosas en estos términos, se inicia, con el género, por un cabo de hilo imaginario donde funciona el objeto género en la realidad, entre representación especular y su más allá —que depende sobre todo del interior de la subjetividad, un asunto de afecto sentido.
Transcrito por Pascal Nottet, esto puede leerse así:
- «el género aparece como un objeto imaginario
- el sexo aparece como un objeto simbólico
- el género se convierte en un proceso simbólico
- el sexo se convierte en una instancia imaginaria
- el sexo se experimenta como un proceso imposible (y real)
- la sexuación aparece como recayendo sobre un objeto imposible (y real)
- la sexuación se convierte en un proceso imaginario, al mismo tiempo que es también una instancia simbólica en tanto que articulada a la instancia imposible de lo real. »
Esta lectura, fiel, del cuadro tal como aparecen y trabajan entre sí los diferentes elementos que lo constituyen, se apoya en una perspectiva histórica del estado del género y del sexo en nuestros usos. Las recientes etapas de estas elaboraciones pueden presentarse en una serie histórica situando nuestro presente en una cuarta aserción, todas ellas situadas así, desde los años 70 hasta hoy:
- deshacer el género
- el género crea el sexo
- mi sexo no es mi género
- el género deshace el sexo y crea el sexo
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Sin transición
Él dice: «No soy un hombre, nunca me he sentido hombre».
He aquí, por ejemplo, una frase hablada que da a entender, sin disimularla, la complejidad de la enunciación.
Para el oído del analista, «Yo» no es el sujeto, tal como repetimos de vez en cuando. ¿Es tan seguro? Dejemos esta cuestión a un lado, pues «Yo que dice» no es «Jacques ha dicho», a lo que ligaríamos un poco rápido las reglas de los usos formales de un psicoanálisis-todo-Lacaniano, si estuviéramos determinados a ello al extremo.
El sujeto de la filosofía o incluso el sujeto que no se sabe puede muy bien decir «Yo» sin ser sospechoso de un origen falaz donde se inmiscuye el palimpsesto del Falo, de repente en riesgo de ser engañado: qué error leer allí para creer, sin concluir, en el origen de un error previo, la determinación subjetiva no puede conocer allí el alma de la verdad que la engaña. Lo sabemos al escucharlo. Y digámoslo lo más claramente posible: la mayoría de las cuestiones ligadas al género en transición, en transformación, en superación y creación no apuntan en ningún punto a la sexuación. En todo caso no a la que discutíamos hasta ahora. La mayoría cuestionan, interpelan cualquier otro punto del ser, de la estructura del sujeto, de sus creaciones neuróticas o perversas, de sus genios psicotizantes y otras irreales performances donde la realidad está interesada como acreedora.
Donde la percepción de uno mismo coquetea con las percepciones tratadas por el aparato psíquico tales como dan a entender la escritura de la realidad del sujeto: la fabricación de ese más allá, y más acá, de lo real invitando a la interpretación singular de la existencia vivida. Donde la inscripción del sujeto teje también, no al mismo tiempo, sino del mismo modo, el enganche significante y la expresión individual.
¿Se puede decir algo similar para las transiciones y las transformaciones llamadas «del sexo», o bien algo diferente? ¿Compromete esto nuestra comprensión de un psicoanálisis en una versión no-toda Lacaniana, donde la genetividad del sexo ya no se deja tomar por el Falo que no es, que no ha sido más que en el exclusivo enfoque tan rigorista en su recitación en ciertos analistas, tan blando en sus cualidades clínicas que debemos lamentar por sus daños, pues con esta última propuesta de lectura del cuadro por P. Nottet, la instancia imposible de lo real a la que la sexuación (proceso imaginario, instancia simbólica) se articula depende al menos tanto del Falo como de otra cosa que queda por describir, puesto que ha llegado el momento de decirlo.
Ahí es donde yo me adelanto. ¿Se trataría del objeto a ? O de otro por decir de nuevo. Uno y otro despachando la primacía fálica donde se articula, donde se atornillan fuerte los decires sobre la sexuación, sobre las sexuaciones de las cuales muchas de ellas le prefieren otras primicias, fuera de la primacía. Una sexuación a-nexada, a-rticulada fuera del Falo, a algo del objeto a al menos el tiempo de pensarlo si es que no dura, cuando la obra de la cura opera en la elucidación del sexo tal como se encuentra para cada uno/a, y luego en la creación del sexo nuevo de cada uno/a. Siempre que sea soportable esta extracorporeización temporal del género en obra donde el sexo se funda, del lado del analista. No todos lo soportan al no estar sujetos a ello, salvo como faneras inconscientes. A-sexuación que, respecto al Falo, no se deshace de los retos de lo fálico, distintamente y en vecindad de la articulación a su función.
Prueba de ello son los riesgos incurridos: una vejiga por una linterna, un órgano por un sexo, un sexo por una identidad, un género por un real, etc.: tantos errores todos ellos interpretativos tales como son las interpretaciones, para lo mejor y lo peor.
Es aquí una consecuencia directa de la adición perpetrada sobre las fórmulas de la sexuación en Frères d’âmes ou La Communauté dépassée, donde la circulación devuelta al objeto, sin temer la perversidad libidinal, sostiene un desplazamiento de la mirada dirigida hacia él, y ya no solo llevada sobre la sombra de dicho objeto que sobrevuela la masa humana a clasificar, a quien no le quedaría más que la melancolía del género para disputar una pizca de libertad. Nunca agradeceremos lo suficiente a J. Butler por su lectura butleriana de Freud.

Unas fórmulas de la sexuación así modificadas pueden, tal vez, sostener mejor la propuesta freudiana de los Tres ensayos, sin perder la eficacia de este cuadripolo lacaniano para situar, más allá del «factor» de lo «biológico haciendo roca», la determinación ek-sistencial del sujeto del inconsciente, sin el confort de la cesura interpretativa de los alumnos poco inclinados a travestir (aunque sí) a los maestros, ya sea a Sigmund o a Jacques quienes, sin embargo, se engalanaban con los más delicados atuendos.
Así pues, se trata de establecer las bases teorizadas de una a-sexuación que ya no se empantanaría en el fango de la comprensión sensata, allí donde debe limitarse a la significancia, en primer lugar, antes de alcanzar más serena el de un fuera-del-falo que no será su más allá. Una feliz manera de decir cuánto cuenta este Falo, que no hay necesidad de cargarlo en exceso, que cuenta allí donde pesa, que sostiene al ser al faltar a la suspensión de las exigencias del sexo que el género viene a tratar desde S. Freud tal como las curas nos enseñan.
Respondamos a la pregunta planteada más arriba: ¿se puede decir lo mismo de las transiciones de género y las de sexo respecto a la sexuación? No. Decimos que la mayoría de las transiciones de género no conciernen a la sexuación, y que la mayoría de las transiciones de sexo conciernen a la a-sexuación en tanto que perspectiva técnica y clínica en construcción en el análisis. Es el nombre de la maniobra que no había sabido dar en su momento al proyecto de creación del sexo nuevo en la cura, descrita en el capítulo de las «Escrituras del sexo» en El sexo reinventado por el género.
Pues para todos los efectos, reformulemos. Si el analista tiene una pequeña oportunidad, en su sillón, como semblante del objeto a, de servir para algo, no es ciertamente para jugar al Falo mediante el abordaje de su real. Puede, el analista, engalanarse con él lo suficiente para actuar e influir en la cura del analizante, pero no debe ignorar que jugará con él, y gozará de él tal vez como instancia imaginaria: lo cual, hay que decirlo, deja poco lugar a otra cosa que no sea una contratransferencia mal pensada. Sostener la obra de una cura mediante el Falo alado de antaño que decoraba Roma no es quizás la marca más feliz de un presente acogido con respeto, sino en apariencia el reflujo gástrico de lo que de dicho Falo lleva al cuerpo con qué estorbarlo en su tránsito.
Pero ¿cómo distinguir las transiciones de género y las de sexo? ¿Es pertinente? Guardemos esta pregunta, y vayamos a ver más lejos.
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M.D.
Cómo no pensar en M. Duras, de quien tomé un verbatim para la conclusión de El sexo reinventado por el género, donde parece confundir el Falo y el objeto a, que ella llama la Cosa traducida como The Thing, en la entrevista concedida a la revista Gaipied. Lo que ella llama «The Thing», a propósito de la triangulación parece ser una interpretación del objeto causa del deseo, el objeto a, en Falo: una interpretación abusiva y reveladora de otras cosas, iniciativa común a otros además de ella en quienes la perversión de la libido no hace temer nada o casi nada ante la moral, es también la de muchos lectores y lectoras de J. Lacan a propósito de las fórmulas de la sexuación, que han permanecido más bien discretos/as.
Pero es también una intuición formidable, la de la a-sexuación, a mi juicio, sexuación fuera del Falo (pero no más allá), tal como intento expresarla aquí.
«— Sabes cómo llamo al mar, lo llamo: the thing. De lo que acabamos de hablar, esta noción vacilante, divagante, podría llamarla también: the thing. Tu sexo. El mío. Nuestra diferencia. Y este tercer término, esta triangulación incesante, por la cual nos reunimos. The thing. »
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Laplanche
Cómo no pensar en las propuestas de J. Laplanche a partir de este punto. La constitución del inconsciente sexual pudiendo ser pensada a partir de la experiencia de la seducción generalizada tal como él la situó. Establecida en un tiempo previo a lo que S. Freud habría desarrollado como el acceso a la genitalidad organizadora, la a-sexuación puede aquí sostener el acceso a una concepción de la organización sexual del sujeto según lo que no necesita estar ya instituido fálicamente, o digámoslo en términos laplanchianos: lo que no ha sido ya traducido, que ligamos a la validación por el sujeto de la oferta fálica en esta empresa estructural.
En estos tiempos primeros de las edades de los sujetos, sigamos a J. Laplanche para acordarnos de lo que no se recuerda, que porta el realismo del inconsciente. Ni el género ni el sexo tienen importancia como valencias sexuales ante las que nada prevalece salvo lo que hará causa al deseo. Lo traducible y lo intraducible enclavados, desenclavados, etc., discuten ásperamente a las versiones del objeto a sus atavíos dialécticos, mientras que el Falo, significante del goce según J. Lacan, se apodera de las emergencias simbólicas propias de la articulación del sujeto en cuanto a la función fálica por supuesto, pero también al goce en tanto que su significado que es tentador casar, imaginariamente, con la seducción de la situación antropológica fundamental. Intentaré volver sobre ello.
Este tipo de aparejo encuentra, a posteriori, algunos puntos de amarre que no había visto de entrada, donde se reflejan los goces y las identit-x, si se quiere poner en relación estos dos cuadros suplementarios, y tal vez complementarios del primero cuya yuxtaposición conviene retomar aquí.
Identificación del género, sexo y sexuación (2013)
| Imaginario | Simbólico | Real | |
| Género | objeto | proceso | instancia imposible |
| Sexo | instancia | objeto | proceso imposible |
| Sexuación | proceso | instancia | objeto imposible |
Localización de lo identitario, identidad, identificación (2018)
| Imaginario | Simbólico | Real | |
| Identidad | Objeto | Instancia | Proceso imposible |
| Identificación | Proceso | Objeto | Instancia imposible |
| Identitario | Instancia | Proceso | Objeto imposible (objeto a) |
Localización de tres goces (2020)
| Imaginario | Simbólico | Real | |
| Goce genital | objeto | instancia | proceso imposible |
| Goce del Otro | proceso | objeto | instancia imposible |
| Goce fálico | instancia | proceso | objeto imposible |
Cada fila y cada columna comparten un resultado de coordenadas con otras. ¿Hay que extraer lecturas de ello? ¿O bien dejar actuar a las asociaciones individuales?
¿Qué leo allí que me hable de mi experiencia clínica? Es la única pregunta a la que cada uno/a puede responder. Por mi propia cuenta, que no sirve de modelo ni de indicación, leo allí algunas preguntas y confirmaciones.
- Lo identitario, materia del trauma, no es en la realidad la identidad o incluso el sentido de los movimientos a reprimir de las reivindicaciones narcisistas incomprendidas desde el punto de vista sociológico al cual podemos oponer una reserva ética. Permanece más bien como aquello que se rechaza por lo cual la identidad se forja al no saberlo ya aunque orientada por ello. Donde se cruza, no a lo lejos, con el goce fálico tal como está fundado para articular a lo invisible, para el sujeto, lo que en la boca del individuo es masticado y rumiado como la punta avanzada de un objeto a defender y temer.
- Leo allí cómo la experiencia genital comparte con el género las cualidades de objeto en la realidad, imaginarizados como están, imaginarizado como hacen al sexo desprendido de su concepción demasiado real habitual mientras que no depende de ella.
- Sigo el rastro del sexo objeto en lo simbólico por el cual el goce del Otro, significado del Falo, sostiene la identificación objeto.
- Pienso en el objeto a del cual el analista ocupa el semblante, y la posibilidad abierta por la a-sexuación de dejar operar en la cura la creación del sexo nuevo. Sobre el hilo de lo cual se distingue el error común de acoger las reformas analíticas del sujeto en cura dejándose racionar por el sentido común para ser un semblante del Falo bien asentado, demasiado asentado. El género deshace el sexo y crea el sexo, una vez más confirmado como maniobra técnica eficaz.
- Leo allí que lo identitario depende menos de una nueva peste que del apego del goce fálico al rango de una instancia imaginaria, tal como leemos y oímos a ciertos colegas ilustrarse en esta confusión, donde el exceso de prima al sentido ofrecido al concepto obstruye siempre el pensamiento que ya no viene.
- Etc.
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¿Y sobre los nudos?
Ahora, me gustaría establecer una propuesta de respuesta y, a raíz de la exposición de Christian Centner publicada aquí (https://vincentbourseul.fr/download/le-genre-en-psychanalyse-retour-de-la-critique-du-savoir-2014/), donde inicia una respuesta a la siguiente pregunta: “¿Cómo situar la cuestión del género en relación con el nudo borromeo?”. A partir de los seminarios Les non-dupes èrrent y RSI de J. Lacan, se desprenden figuras para seguir el hilo de la puesta en situación por J. Lacan de las fórmulas de la sexuación en los vértices del tetraedro, así como las del objeto a, del sentido y de los goces en el nudo borromeo desplegado tal como lo conocemos.
Más tarde, a raíz de su exposición, pude retomar algunos elementos publicados posteriormente en el libro sobre estas situaciones, a lo que propuse lo siguiente:

Nudo borromeo levógiro
Retomemos la explicación de esta propuesta.
Aquí, el despliegue del nudo tal como es más conocido, donde Lacan hace aparecer la figura tetraédrica en la lección del 14 de mayo de 1974 del seminario Les non-dupes errent, donde situará “el objeto a, el sentido y los dos goces, en el inicio del seminario R.S.I.”, acoge el sexo, el género, el objeto a.
Donde la sexuación permanecía literalmente no escrita por ser pensada como imposible, yo comentaba así: “En la zona situada alrededor de IS/Sentido, la sexuación como objeto imposible —según la localización precedente— no está, delimita lo que el analista activa, a veces en la vertiente del proceso imaginario que es, a veces en la vertiente de la instancia simbólica que también es, pero sin la consistencia que permitiría situarla como el objeto imposible que no es. El I-S/Sentido así localizado es un lugar vacío a ocupar por el analista que, asumiéndolo, hace funcionar la sexuación como situación determinada por el lenguaje, a la que el analizante puede acceder gracias a la suspensión del sexo permitida por el manejo del género.”
Se trataba, aquí, de describir una primera localización que precede a la permitida al pensar la a-sexuación tal como se propone hoy.
Podemos reconsiderar mi comentario sobre la situación de la sexuación en el nudo desplegado, correspondiente a la localización de los cuatro vértices del tetraedro dextrógiro. La sexuación calificada de instancia imposible, asumida por el analista, puede ser mucho mejor denominada ahora a-sexuación, que la puesta en valor del tetraedro dextrógiro permite situar donde yo hacía sostener la instancia imposible de la sexuación.
¿A qué permite esto proponer un avance? Quizás a la pregunta en forma de programa de trabajo que Lacan enuncia en esta misma lección: “Tendremos, en cierto modo, que poner en cuestión esto: el paso, no el paso exclusivo como el de hace un momento, el paso de lo que existe a decir no a la función fálica. Tendremos, por otra parte, lo que dice sí, pero que está desdoblado, a saber, que hay el todo, por un lado, y por otro el no-todo, dicho de otro modo, lo que he calificado de no-toda. ¿No les parece que es un programa, a saber, tomar en lo que es sujeto el examen, tomar la crítica de lo que le es del paso, de lo que implica el decir no, es decir, la prohibición, y muy específicamente, al fin y al cabo, lo que, especificándose de decir no a la función Phi(X), dice no a la función fálica. El decir no a la función fálica es lo que llamamos, en el discurso analítico, la función de la castración.”
El paso que dice no, y que al hacerlo se convierte en función de la castración, no podría ser calificado de su rechazo si la hace ek-sistir. Donde el semblante de objeto a que ocupa al analista en función deja entrever la posibilidad de una consistencia y determinación del nudo dextrógiro donde acabamos de inscribir, después del objeto a (común a ambos nudos), el género, el sexo y la a-sexuación.
Género y sexo responden, en cierto modo, a los dos goces cuyas proximidades y vecindades han sido descritas en Le sexe réinventé…, tal como se deja ver en el nudo desplegado arriba. El objeto a se mantiene allí en el vértice común que hace de centro en esta figura. La a-sexuación, por su parte, viene a responder al sentido al que se opone, donde dice no a la primacía simbólica hacedora del Falo, objeto simbólico del que la función fálica obtiene su terreno desde donde administra, en lógica, la distribución de las cuatro modalidades de identificación sexuada que constituyen las cuatro fórmulas de la sexuación.
Así, la función de la castración, asumida por la a-sexuación cuando la sexuación, en el fondo, parece cavar allí la ilusión de una excepción sin escapatoria propicia para alojar a la mujer que no existe (condición necesaria para el mantenimiento del hombre universal que rechaza a su hembra del reino de los fálicos), puede finalmente funcionar en nuestra teorización, tal como ya está en obra en la cura sin poder ser discutida de otra manera que entregada a la misma suerte que la mujer apéndice.
Al pasar de un nudo a otro, levógiro (que dice sí a la función fálica) a dextrógiro (que dice no a la función fálica; el no-todo fálico que, por lo tanto, no está sin lo fálico para decir no), la giria se conserva donde Lacan colocó el objeto a. Esto, esquemáticamente, puede dar la siguiente figura, colocando los cuatro elementos mencionados anteriormente, haciendo figurar la a-sexuación mediante la escritura de la función de la castración (que no es su rechazo, sino la consecuencia de decir no a la función fálica).
Demos un paso más, haciendo aparecer en el esquema las zonas correspondientes a las inscripciones en el nudo levógiro de los dos goces (fálico y del Otro) a los que añado el llamado genital, tal como se indica la localización de los tres goces en la tabla anterior.
Y añadir además estos elementos correspondientes a la tabla de localización de la identidad, la identificación y lo identitario.
Gracias de antemano a los topólogos y borromeólogos por intentar algunos comentarios que no sabría producir, ya que esas lenguas me son ajenas.

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Desarrollo de las maniobras de una cura
En otras palabras, siempre desde la perspectiva borromea, el desarrollo, si se me permite decirlo, de las maniobras de la cura, puede describirse así:
- Primer movimiento — S/R: del supuesto saber al real inconsciente
- Segundo movimiento — R/I: del inconsciente real al imaginario especular
- Tercer movimiento — I/S: del imaginario no especular al saber supuesto
Esta tríada, según las situaciones subjetivas, está al servicio de las diferentes etapas descritas, y solo garantiza las precauciones consideradas necesarias para tener en cuenta el género hasta la creación del nuevo sexo, desde el primer movimiento hasta el tercero.
Nada excluye que esta manera pueda ilustrarse para muchas otras cuestiones además de las relacionadas con el sexo y el género. Quizás sea una extracción de la experiencia de la cura que tiende a una práctica más general de la estructura borromea.
¿Será que, al acoger el género tal como me lo he propuesto, se desprende una teorización más amplia de una perspectiva de la cura psicoanalítica? Donde, una vez más, lo real trata lo simbólico.
Se podrá observar un aparente desfase que sugiere un error al ver el imaginario especular manejado antes que el imaginario no especular. La cuestión ha permanecido durante mucho tiempo en estado de enigma. Pero la primacía constitutiva de lo imaginario en el sentido del espejo parece determinar esta necesidad de introducir en las maniobras lo que de la imaginarización sostiene el devenir del sujeto, sin confusión con la imagen del ser, donde se localiza en el desarrollo de la cura esta oportunidad de asociar lo que queda de esta asunción jubilatoria descrita por J. Lacan en el estadio del espejo, sin importar los éxitos y fracasos singulares que allí se encuentren, para poner en el haber de la construcción en la cura no una refundición del sujeto, sino su destitución subjetiva, sin la cual el análisis podría engañarse con una engendración problemática. El sujeto analizante no se queda atrás durante todo el tiempo que la cura lo pone a prueba, el análisis no es un nacimiento original, sino la creación de algo nuevo a partir de las huellas y estructuraciones adquiridas previamente, aunque la cura le reserve en lógica el destino que finalmente se llega a saber.
Aquí se puede pensar lo que el analista puede ocupar y desempeñar de una función anticipatoria y regresiva necesaria para el empalme del material calificado de real al que la cura dará forma, que sin duda no conviene precipitar químicamente de lo informe a la forma, lo que calificaría la maniobra real-imaginario no especular-imaginario especular, según una lógica de desarrollo fotográfico. No. El analista debe sostener preferentemente este punto arrojado del imaginario especular donde el analizante logra seguir el hilo por el cual aprende cómo la materia informa la forma, mientras que el analista mantiene durante este tiempo un semblante de producción especular finalizada, por la presencia de su cuerpo entre otros. Suspensión por la cual el sujeto puede arriesgarse a hacer este descubrimiento fundamental de lo que subyace a la toma imaginaria histórica en la que ha tenido que hacerse una imagen truncada de sí mismo para erigirse como un/a.
Proceder de otra manera tomaría el camino de una confirmación en el espejo en la que enredarse, privada de la materia a desentrañar del inconsciente real. Sería también reforzar el potencial yoico en ese punto que preferimos dejar de lado, según se adopte una u otra perspectiva de la cura o del coaching. Porque si se tratara de obrar para que lo simbólico cubra lo real, entonces tendríamos que seguir ese hilo, pero la cura no podría culminar, a través de la travesía del fantasma, en una experiencia de la realidad ficción y de las febrilidades del yo que es casi siempre apreciable ver tratadas como la bolsa de aire que simulan y hacen soplar a lo invisible de la imagen abordada como un reflejo.
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Aperturas
¿A qué puede abrir esto?
- A la posibilidad de acoger las expresiones y las reivindicaciones sexuales como preguntas, como propuestas, incluso desde el lugar criticado por ser “victimario” de una queja en devenir, que sigue siendo el advenimiento necesario al proceso analítico que busca la cura. Queja sin la cual las fuentes de la ética no podrían ser reconocidas por el sujeto para sí mismo en favor de una libertad conquistada, separada de las alienaciones identitarias históricas que sufre.
- A considerar que, junto al sujeto del inconsciente, existe el sujeto de lo individual (lo colectivo), invitando al analista a considerar los ecos de los discursos ambientales no como fenómenos sociológicos periféricos que afectan al individuo, sino como el material reflexionado del sujeto en lo individual que lo constituye en lo social.
- A prolongar la extensión de lo que está en juego en lo fálico, y la comprensión que tenemos de ello, fuera del Falo donde el no-todo fálico también encuentra sus prolongaciones no necesariamente inscritas en las angustias del goce sin límites que puede llevar más allá de la vida.
- A pensar la propuesta “no binaria” de algunos seres hablantes de manera diferente a bajo el sello de un rechazo de la castración, sino más bien como una actualización de la constitución bisexual psíquica sostenida por Fliess y Freud, con la que entendemos, por supuesto, en la superficie del enunciado la voluntad performativa de la afirmación identitaria no binaria, pero más allá de lo cual podemos destacar lo que, en la enunciación, hace valer la representación del sujeto por un significante —que al ser repetido se metamorfosea continuamente. Donde nuestra comprensión de la bisexualidad psíquica constitutiva se desprende de los imaginarios ligados a las orientaciones sexuales fantaseadas dotadas de una dirección que no tienen.
- A confirmar que el sujeto puede elegir su sexo a falta de decidirlo —decisión que pertenecería al campo de lo individual, donde se subjetiva en colectivo el impacto de lo social en el que los seres se mueven.
- Al despegue de la sexuación articulada al Falo, no a su superación, que no haría sino volcar la mesa en un vano intento de negativización del Falo. Despegue susceptible de esclarecer aquello por lo que el Falo simbólico se hace significante del goce, donde se deshoja lo que del objeto a y sus prerrogativas corporales dan a gozar.
- A reconocer de nuevo el Falo, símbolo mismo de su falta.
- A sostener una travesía y revisión posible de la sexuación en la cura desde el semblante de objeto a que el analista ocupa en función. Lejos de la ideología de la elección forzada que la lógica del cuadro de las fórmulas de la sexuación parece confirmar como una aporía tanto como ineludible, por la lectura de su apariencia en el cuadrángulo que disimula sus efectos de escritura antes de ser leído. ¿No decía Lacan que, incluso no escritas, estas fórmulas harían sus efectos? Más allá de lo cual estas fórmulas continúan escribiéndose: a nosotros nos corresponde no contentarnos con leerlas.
- A pensar que, si el Falo es efectivamente el significante del goce, el objeto a no deja de ser el objeto primero de su causa, hasta el punto de que el deseo se confunda con él. Objeto no menos faltante que el Falo organizador de la falta simbólica orientada por su centración, por su monolitismo, que podemos esclarecer a partir de la diversidad de las versiones del objeto a, cuya lista no puede fijarse, y que, por ello, no puede orientar a los seres hablantes en torno a un significante-rey en el que se refleje el Otro de lo sexual, cuando apuntamos, mediante el análisis, a despejar la vía que hace alcanzar a los otros de lo sexual.
- Reconocer la pérdida del Falo imaginario, distintamente del Falo simbólico tan bien conocido por nuestras teorizaciones donde escapa a sus imaginarizaciones más variadas de lo que parece al imaginario, por la imagen y fuera de la imagen —al imaginario no especular.
- A la distinción de las transiciones de género y las de sexo según se comprometan a partir de una u otra entrada dimensional posible que son, o bien el género objeto imaginario o el sexo objeto simbólico, que reconocemos en la realidad, para el género, bajo los rasgos de un aparente factor de la sexuación, para el sexo, bajo los rasgos de un agente de la sexuación; en lo simbólico, para el género, bajo los rasgos de la fábrica del sexo, para el sexo, bajo los rasgos del significante del goce (el Falo): lo que se entiende en lo que dice el analizante.
- Advertir que lo que se tomaba por la «sexuación» en una primera identificación sobre el nudo borromeo levógiro, se revela mediante el empleo del nudo dextrógiro como la función de la castración. Esto subraya, al mismo tiempo, que la sexuación procede de una situación de los seres sexuados, mientras que la a-sexuación procede de una función de estos mismos seres en cuanto a que operan la castración como tal de no ser no-todo, ninguno de ellos pudiendo probarlo ni encarnarlo jamás. La a-sexuación es la función de la castración de la sexuación, de tal manera que al introducir el objeto a donde el Falo juega el papel principal, obtenemos el camino, el vínculo, un puente entre estas dos modalidades de situación del ser, a veces sujeto, a veces él/ella mismo/a, ante el deseo que lo causa de ser aprehendido como significado de lo individual. ¿Qué colectivo puede afrontar esto con los ojos abiertos? Donde el sujeto se acerca a su deseo, objeta, sin rechazarlo, diciendo “no” para afirmarse, siempre a lo fálico, salvo que intente abrazarlo con un beso mortal, donde encuentra la función de la castración que salva del imposible desposamiento del ser con su causa.
- La a-sexuación testimonia lo que, no siendo del campo de la sexuación, no deja de ser fálico (no-todo comprendido), pero se ilustra en la realidad mediante la adaptación de este esquema patriarcal al inconsciente reflejado en la realidad, en la consistencia imaginaria, etc.
Conclusión
La sexualidad es política, los actos sexuales no son actos políticos (salvo en contextos de dominación como la agresión, el incesto, la violación, el totalitarismo, el heteropatriarcado, etc.), tal como nos enseñan los saberes inconscientes. Debemos seguir sacando algunas conclusiones, siempre temporales, para avanzar con lo inaudito que se presenta.
Porque no somos solo sujeto en lo universal a lo que el lenguaje nos restituye, sino también, por la causa del deseo —objeto a— seres particulares: el Falo es universal, el objeto a es particular.
Entonces sí, la a-sexuación es una propuesta teórica, que espero ver debatida. Quién sabe…
¿Qué retener para definirla?
Laa-sexuación es a la sexuación lo que el no-todo fálico es a lo fálico, es decir, no es su inverso ni su opuesto. La a-sexuación designa lo que, apoyándose en la sexuación, donde se articula la relación del sujeto del inconsciente con la función fálica y el goce, objeta parcialmente allí mismo donde la extiende: ese fuera-del-Falo (que no es su más allá o su rechazo) que hace posible la exploración aún pendiente de lo que es la función de la castración (el decir no a la función fálica) en la realidad, en lo imaginario y no solo en lo simbólico, así como la experiencia del Psicoanálisis ha podido, hasta ahora, estudiarla ampliamente, reduciéndola al rango de reacción negativa, mientras que constituye desde siempre una verdadera propuesta fecunda, salutífera y creativa. De abrir en particular, y de sostener el campo del no-todo fálico (que no está sin lo fálico).
Designa lo que tan rápidamente se amalgama y califica de fenómeno identitario patológico por muchísimos analistas que olvidan un poco rápido que ellos mismos rechazan la castración que se presenta al Psicoanálisis a través de su oposición a las cuestiones “dichas de género y compañía” sin embargo centradas en el Falo y su simbolismo histórico que oculta desde hace demasiado tiempo su realidad creativa al servicio de la bisexualidad psíquica constitutiva.
Podría sostener nuestra atención para localizar y observar los matices y las extensiones del no-todo fálico tan a menudo pensado como no-fálico, podría ayudarnos a explorar la sexuación sin revolcarnos en los sempiternos arcanos falsamente simbólicos, puramente imaginarios, donde el hombre y la mujer tendrían que encontrar su lado, por ejemplo, y muchas otras conclusiones apresuradas mal deducidas de fórmulas que no deben interpretarse sino soportarse como se atraviesa una experiencia cambiante.
La a-sexuación es la función de la castración tal como se articula con el sexo y el género desde el objeto a haciendo de eje, en la vertiente dextrógira de la perspectiva del nudo borromeo aplanado.
Descompleta el Falo de otra manera que lo fálico no lo hace con el no-todo fálico, abriendo el tratamiento de lo simbólico a lo real tal como lo imaginario puede darle una forma (con o sin imagen) y un acceso. Así, lo que del sexo se impone al ser puede pensarse también desde su real puesto en forma, y no solo desde sus resonancias simbólicas.
La a-sexuación puede acercarnos a lo real de la sexuación, que solo puede alcanzarse soltando la barra de lo simbólico para atravesar la experiencia misma de la sexuación hasta sus fuentes inasibles, sin retroceder ante sus inspiradoras actualidades sexuales. Travesía que también es necesaria para que la cura de un analista operado hasta su término, por lo tanto, un elemento incontestable de la formación misma del analista. Con el debido respeto a algunos.
La a-sexuación da cuenta, en un futuro cuadro de fórmulas, de las relaciones del sujeto con la función de la castración y su relación de objeto.
¿Sabrá el Psicoanálisis no rechazar demasiado la castración que se le presenta, bajo los rasgos del género, a riesgo de desaparecer como práctica social? Para simplemente decirle no, a la castración, a nuevos costes y así reencontrarse con sus fundamentos históricos.
Vincent Bourseul