La sexualidad, ese impensado para el psicoanálisis – que debería seguir siéndolo (2020)

La sexualidad, ese impensado para el psicoanálisis – que debería seguir siéndolo (2020)

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La sexualidad, ese impensado para el psicoanálisis – que debería seguir siéndolo

Publicación en internet, septiembre de 2020.

«¡El psicoanálisis no es una sexología!» La afirmación es cierta, pero recitar este mantra no basta, ni resuelve la cuestión que nos ocupa aquí, a saber, la sexualidad tal como es pensada, o impensada, por el psicoanálisis.

El psicoanálisis, que no cesa de activar la escritura sin fin de la concepción de «lo sexual» (en el sentido del más allá de lo genital que Freud le dio), bajo este ángulo de la distinción con las consideraciones sexológicas (en el sentido de las prácticas y los comportamientos), ha podido creerse incapaz de tratar «la sexualidad» (no definida por el campo freudiano), que esta no retenía su atención, que no tenía que pronunciarse sobre ella ni estatuir al respecto, salvo renunciar a su principio de neutralidad, tal como lo ha hecho, sin embargo, a lo largo de su desarrollo.

Lo que ha contribuido, paradójicamente, a la crítica pansexualista que se le ha dirigido por otra parte, haciendo las veces de camuflaje del moralismo que lo había alcanzado igualmente hasta el puritanismo, la resistencia tiene sus razones; no en tanto que el Psicoanálisis en su totalidad, sino por la expresión de algunos de sus practicantes identificados por sus iniciativas ideológicas dudosas. Basta con recordar, por ejemplo, el estatuto de la «regla tácita» instaurada en 1921, que pretendía apartar a las personas homosexuales de la formación para la función de analista. No reglamentaria, pero tanto más eficaz, solo desaparece oficialmente en el cambio de siglo, sin ser, no obstante, «abolida» según los términos de E. Roudinesco. En efecto, ¿cómo separarse de los efectos de un no dicho, de un tabú, de una disimulación perversa tal como esta regla oficiosa adoptada por el Comité secreto, sobre oscuras motivaciones?

Más recientemente, los debates del Parlamento francés, durante las discusiones sobre el proyecto de ley que instauraba el matrimonio para todas las parejas, han ilustrado cierto empleo del Psicoanálisis y sus teorías, con fines politiqueros, por parte de los representantes políticos y numerosos psicoanalistas motivados a sostener cierta visión del mundo, contra todas las expectativas del público o de sus colegas. Todos contra el psicoanálisis en experiencia, tan lejos de la clínica psicoanalítica, tan cerca de la ideología social y política.

Así, es fácil considerar que la sexualidad plantea cuestión al psicoanálisis y sus practicantes (analistas y analizantes), hasta el punto de que la ausencia de definición de esta noción fundada con el apoyo de los saberes inconscientes parece legitimar, o provocar, diversas tomas de posiciones conceptuales, ideológicas, morales en el espacio público, en los debates de sociedad. Ciertamente, Freud hizo una bella carrera con lo sexual (no con las prácticas), por una parte, distinguiendo entonces el campo del psicoanálisis de otras disciplinas, y Lacan pudo, por otra parte, subrayar a finales de los años 1970 que aún no habíamos comenzado a decir qué es la «sexualidad» en relación con lo sexual; no hay mucho trecho para considerar que la experiencia del psicoanálisis parece incompetente para realizar esta tarea.

 

Esto no ha alentado que las sexualidades, en sus diversidades, puedan ser tomadas en consideración de otra manera que por el prisma de la singularidad, del caso, por los psicoanalistas y sus instituciones. Con el riesgo, por supuesto, de apartar una reflexión sobre las sexualidades no mayoritarias, sin embargo, necesaria. Sin evitar ciertas tomas de posiciones colectivas sobre cuestiones individuales, absurdas. Favoreciendo al mismo tiempo que todas las emergencias identitarias sean invitadas a hacerse oír, ya sean conservadoras o modernistas, en el movimiento psicoanalítico y fuera de él; donde la preocupación del psicoanálisis por la civilización y su malestar puede ser interpretada como una adhesión universalista nefasta para el sujeto, generando emergencias subjetivas, filosóficamente justificadas y legítimas, cada vez más alejadas del sujeto del inconsciente.

 

Aunque sorprenda, llego a sostener que oponerse a la adopción o al matrimonio para todas las parejas discute lo mismo que la defensa del psicoanálisis queer, a saber, una posición reivindicativa del Falo — fácilmente confundido con los asuntos de lo fálico. Donde con bastante claridad el saber pensado por el prisma académico o científico hace las veces de birrete a asir, para no no tenerlo. Esto es en sí un problema para esta teoría del género, esta «teoría feminista fracasada» que es el psicoanálisis para G. Rubin.

Por otra parte, ¿tienen la inteligencia de las formaciones del inconsciente y los saberes construidos en el análisis tiempo que perder con estos engaños? donde la identidad reificada puede hacer barrera a que el psicoanálisis, en la actualidad de su experiencia, sea todavía un vector de transformaciones sociales, culturales, políticas y económicas, por los efectos de los saberes inconscientes y no por los saberes reflexivos o humanistas tan prontamente puestos en primer plano.

Los asuntos fálicos, que están en el centro de lo que agita aquí estos debates, se abren a sus superaciones desde Freud con la castración, hasta el no-todo fálico con Lacan, por citar solo a estos dos señores. El rechazo de lo femenino, otra manera de decirlo, ya tome la forma de la misoginia, de la homofobia o de la transfobia, no cesa de estar siempre en acción en el mundo en general, pero también en los medios interesados por el psicoanálisis, en la Universidad así como en las instituciones psicoanalíticas (asociaciones o escuelas).

Su elaboración no está cerrada, podemos continuar nutriéndola. Entonces, estamos fundados a decir cómo el psicoanálisis piensa la sexualidad, si no es decir lo que piensa de ella, aunque solo sea comprometiendo el tratamiento de esta cuestión por el desenlace de un análisis, al término del cual se esperan diversas modificaciones, de las cuales sería curioso no poder identificar algunas capaces de dar cuenta de los efectos de la cura sobre la sexualidad.

Lo que nos invita, más interesante, a decir el objetivo del análisis y su asunto en términos de posicionamientos subjetivos en el paisaje sexual, a partir de las situaciones de hombre o de mujer u otras que se presentan en el lenguaje, confirmando de paso que ni la cultura ni la anatomía tienen vocación de instruir las elecciones de un sujeto, salvo revolcarse en la política.

 

Antes de los años 2005-2010, son raros los psicoanalistas que comprometen, en Francia, la discusión con las nociones de género, o de queer. Casi quince años más tarde, tres generaciones al menos de estudiantes de las universidades de psicología han podido ser iniciados en algunas tomas en consideración del género, de las cuestiones feministas o LGBTQIAPK+…

Instituciones o escuelas de psicoanálisis, fuera de la Universidad, han acogido esta cuestión, dejando a menudo las huellas de este encuentro en publicaciones internas o monografías, tesis universitarias sostenidas en la actualidad. Las cuestiones sexuales son de nuevo muy codiciadas en el campo psicoanalítico en este inicio del siglo XXI, asuntos de saberes teóricos sobre fondo de consideraciones clínicas. A favor o en contra, según una bipolarización habitual de los debates, se impone como repartición dual donde se erigen posiciones identitarias que pretenden dar cuenta de concepciones acabadas e incompatibles. El cierre de un lado contra la apertura del otro, la toma en consideración de la subjetividad por una parte, contra el sujeto barrado por otra parte. La aparente guerra entre los modernistas y los clasistas no oculta bien la inconsistencia de sus dos enfoques. El inconsciente permanece políticamente incorrecto , esto contra las mayorías y contra las minorías, sin importar el valor de sus reivindicaciones respectivas, por legítimas que sean para denunciar o reclamar o expresar esto o aquello.

 

Los discursos nutridos por estos impulsos hacen oír quejas, interesan al oído analítico en este sentido, allí donde la angustia funda la ética. Pero ser minoritario es la única manera de tomar la palabra en el diván, solo al decir lo que liberará del yugo del Otro, cuando la separación haya tomado lugar en vez de la alienación inicial. Un discurso minoritario, contestatario, analizante. Tal es la posibilidad del discurso Psicoanalítico que no puede ser confundido con el de la Universidad, de la Histérica o del Amo.

No hay que dudar cuando conviene criticar los conservadurismos moralistas, sin necesidad de convocar la teoría del psicoanálisis por ello, sobre todo si estamos seguros de su alcance vanguardista y de su perpetuo cuestionamiento de lo adquirido, de los semblantes. Pero no es más útil hoy que ayer someter los saberes inconscientes a la apreciación cultural, política o económica: ninguna compatibilidad es de esperar de este lado, pues no hay continuidad entre el psicoanálisis en intensión (la cura de uno) y el psicoanálisis en extensión (lo que hace a los otros). De ello podemos estar seguros desde ahora, las experiencias freudianas y lacanianas, tanto a nivel de la asociación internacional de psicoanálisis (IPA) como de la experiencia del pase en las escuelas de psicoanálisis con y después de Lacan, lo han probado. Allí también la cantidad y la calidad de las huellas escritas son suficientes para sostenerse en ello.

Sería mejor que fueran explorados y documentados más rigurosamente los empleos del género en la cura, sus manejos en la transferencia, para decir con las palabras del psicoanálisis lo que permite construir, deshacer, tratar con el inconsciente.

El mundo psicoanalítico ha comentado mucho las teorizaciones sobre el género mirándolas como dudosos vendedores puerta a puerta. A veces, ha podido afirmar aperturas. La mayoría de las veces, ha callado en cuanto a la posibilidad de teorizar en su seno lo que el género, el queer o las cuestiones LGBTQIAPK+ le han sometido sin dejarlo indemne. Habría que profundizar, sin embargo, pues por ejemplo, decir qué es el género en psicoanálisis ha permitido estatuir sobre la «orientación sexual», otra noción delicada, donde la experiencia del análisis determina que no puede tener sentido, esto gracias al empleo del género en la cura. Y otras cosas más que solo la profundización de la experiencia clínica permite enriquecer por su delicada elaboración teórica y su paso al público fuera de los asuntos políticos o institucionales. Relanzar la definición inacabada del sexo, por el trastorno que el género induce, ha permitido dar cuenta de la creación del sexo nuevo como construcción posible de la cura. No es poca cosa, si esto interesa, considerar que toda cura desemboca en un sexo nuevo para cada analizante, e imaginar lo que de ello podemos deducir sobre el sexo del analista en función, o más bien lo que no existe del sexo del analista cuando funciona como analista para otro. Las consecuencias teóricas e ideológicas están todavía muy poco exploradas en esta vía, aun cuando tenemos mucho que decir y formular sobre los efectos de este retorno del saber sobre lo sexual que el género señala, un retorno del saber puesto en circulación por el psicoanálisis que le vuelve desde lo social (por así decirlo) con en su equipaje algunos saberes y algunas verdades sobre las proposiciones iniciales que la experiencia freudiana ha comenzado a dar a conocer al mayor número, que no deja de reaccionar y de venir a hablar en los consultorios para hacer avanzar el asunto.

 

Decir el objetivo del análisis, y la manera de apreciarlo cuando se alcanza, permanece como un desafío tan productivo como imposible; abordarlo por la cuestión del fin del análisis no lo alivia. Objetivo y fin no se confunden, ni siquiera se acercan; dibujan un intervalo donde se intentan respuestas.

Lo que la cura apunta y cómo esto se constituye en saberes no ha terminado de ser interrogado, en cada una de las curas llevadas, para cada analizante, por tanto de cuestionar a los analistas y sus instituciones analíticas. Esto vale tanto para las curas que conducen a la práctica analítica como para todas las demás, pues si la noción de pasaje al analista — que no coincide con el fin del análisis — no ha terminado de poner a trabajar a las escuelas y las instituciones de psicoanálisis, no permite ningún avance decisivo sobre el término de la cura — su construcción —, ya sea finita e infinita.

La historia del movimiento psicoanalítico testimonia el peso de este asunto, nutrido de rupturas y de escisiones teóricas y clínicas desde hace más de un siglo sobre este tema, donde se han enfrentado decenas de concepciones más bien inconciliables entre ellas. Esta obra colosal, omnipresente, ha hecho sombra a otras cuestiones relativas a la cura, su objetivo, su término, especialmente del lado del ser sexuado que es el analizante y lo que puede portar, en concepto de cambios, al término de su travesía analítica — ya se haya convertido en analista o no.

Así, la cuestión de la sexualidad del analizante puede ser planteada apartándose un poco del objetivo y del fin de la cura para preferirles el asunto de la cura, más pronto a mantener el debate abierto en lugar de verlo cerrarse bajo el peso de criterios o de normas que habría que definir y admitir. ¿Cuál es el asunto de una cura para un hombre? ¿para una mujer? ¿Qué cambios serían de esperar de la cura de uno, de la de otra? ¿Qué modificaciones en cuanto al sexo, a la sexualidad? ¿Es el analizante un ser sexuado? Las respuestas posibles no fluyen por sí mismas.

 

A la luz de mi experiencia analítica, no encuentro por el momento más que añadir a mi definición del género en psicoanálisis estas dos formulaciones: Ser un Hombre como una mujer es el asunto de toda cura de hombre. Ser una Mujer sin Hombre el de toda cura de mujer. ¿Cómo he llegado hasta aquí?

Con el género, se ha vuelto posible levantar el sexo de donde nos bloqueaba el acceso a la sexuación del sujeto, sin embargo iluminada por Lacan en los años 1970. Esto no podía ser tan bien identificado y sostenido en la cura anteriormente. La vista bloqueada, ampliamente confortada por una concepción significante de la sexuación donde la mayoría de los analistas quieren leer en ella lo que es del hombre y de la mujer en su relación con la función fálica y con el goce. Haciendo caso omiso del desprendimiento de la carne anatómica respecto de tal o cual significante, tal o cual goce. Lacan no supo hacer oír que sus fórmulas de la sexuación eran más queer todavía de lo que él tenía aspecto de excéntrico. Para ayudar a comprender, y esto es siempre un callejón sin salida en nuestra práctica, un lado hombre y un lado mujer se han mantenido en la lectura del cuadro de dichas fórmulas, un poco del mismo modo que la formulación oficial del Complejo de Edipo dejando como única alternativa el de la excepción, del minoritario tomando un camino «inverso» a la norma. Así, de los goces, fálico o no-todo, como de la relación con la función fálica más que con el Falo mismo, el sujeto en análisis antes de considerar el género no tenía más que poco acceso a una función analítica (en su analista) susceptible de abrir al más allá identitario de la identidad pasada por el tamiz de las identificaciones. Privado de este campo identitario, no definido por el psicoanálisis, el sujeto analizante no podía hacer aparecer en el horizonte de su análisis la oportunidad de una escapada bella de las identidades ligadas al sexo o al género, donde se abre la profusión de los significantes como signo de creaciones, no de diluciones. Ni hombre, ni mujer en la sexuación, ni siquiera como significantes, es una base necesaria para quien quiere leer y servirse de las fórmulas, a fin de no perder de vista, desde antes de ponerse a trabajar, que los cuerpos sexuados por la biología no son más que situados por la sexuación tal como el psicoanálisis puede pensarla, el significante no asegurando más que representar al sujeto para otro significante y no por cuenta de la verdad o de la causa del deseo.

Pues el analista no piensa. Allí donde funciona, en su sillón, no está. ¿Cómo podría pensar la sexualidad? El impensado de la sexualidad, que el analista encarna, por el psicoanálisis no es quizás evitable, ni siquiera a resolver, a la vista de estas consideraciones. La sexualidad parece demasiado bien tomada con la realidad, la realidad en general y la realidad psíquica en particular, para ser fiable o útil en el coloquio analítico. Tanto más que el no-relación sexual se mantiene, y con él que lo real del sexo no es menos imposible e impensable de lo que era anteriormente. Si unos bordes a este real se confirman, tales como el género sostiene la creación, es un progreso notable, quizás suficiente actualmente: el sexo nuevo es uno, identificar los movimientos dimensionales del sexo y del género en lo real, en lo imaginario y en lo simbólico constituye otro de importancia. A ello, en 2018, he creído conveniente añadir una propuesta de identificación de lo identitario respecto de la identidad y de la identificación , para no pasar por alto este descubrimiento hecho posible por el empleo del género: lo identitario, en lo real, tiene que ver con el objeto causa del deseo, inaprensible en el mundo fenoménico tal como lo es la sexuación; de manera diferente, sexo, género, identidad e identificación permanecen como objetos identificables en la realidad, en el cuerpo y en el saber, tales como los encontramos allí y con lo que tenemos que ver cuando se trata de una palabra pública; más matizado se impone que los movimientos de la cura tienen su consistencia de una invisible tela, materia susceptible de nutrir una forma creada originalmente. La identidad, crisis entre las crisis, no tiene ya desde entonces que ser defendida o deshecha, la verdad de su estructura habla por ella.

 

Podemos entonces reconsiderar la oportunidad de una calificación identitaria del analizante, del analista y del psicoanálisis mismo que, de sexo o de género no sabría ser calificado más que asumiendo el engaño necesario a esta producción mucho más allá de la función del semblante que el analista debe asumir por otra parte. Se trataría allí de un sucedáneo, ni siquiera de sustitución, de una identidad a modo de función cuando sabemos la cosa imposible: la identidad no es un proceso o bien es un proceso imposible, el psicoanálisis no es ni freudiano, ni lacaniano, ni queer, ni judío, etc.; era judío para los Nazis, es freudiano para los lacanianos y lacaniano para freudianos ortodoxos, es queer para los sexistas, no olvidemos esto.

Lo identitario puede, si el analista consiente en ello, sostener la elaboración de lo sexual no rechazando lo imposible de la sexuación como objeto. Esta operación es posible, si lo identitario se hace el lugar para el analista, si es reconocido como ese lugar que no es una plaza subjetiva: no hay interés analítico o terapéutico en subjetivar el lugar del trauma (fuente de lo identitario), otras creaciones se imponen a partir de él, de las cuales toda obra que apunte a la calificación de las segregaciones y el levantamiento de desmentidos. Es un asunto de fondo actualmente muy importante, en la clínica del género en psicoanálisis, que la suerte reservada a la constatación de que la sexuación no es todavía para el sujeto una ocasión de interpelar a lo biológico, aunque el género sea una ocasión de una reanudación del estatuto de la anatomía.

 

Pensar sobre la sexualidad exigiría sin duda, para el psicoanálisis o el analista, no tener en cuenta lo que acabamos de exponer. Una definición incluso podría ser considerada, llegado el caso. Pero habría que avanzar también algunas características, cualidades o distinciones susceptibles de delimitar lo que la sexualidad puede ser después de un análisis. Y de interrogar más lejos lo que debería ser o no la sexualidad del analista al fin de la cura, por ejemplo antes o después de que haya comenzado o no a recibir analizantes, de los cuales no hemos dicho todavía si son o no seres sexuados en el diván.

Esta obra sería una inmensa pista falsa. Bastante amplia para perderse en ella para siempre. El psicoanálisis no tiene que pensar a propósito de la sexualidad. Quizás puede pensar la sexualidad desde su experiencia misma, pero nunca sin retener que el sujeto que dice no es, en la superficie de su enunciado que puede confundirse con el plano del ser, aquel que nos interesa más en relación con el sujeto de la enunciación que los significantes traicionan. Si no olvidamos esto, no podemos perdernos inútilmente, aunque extraviarse sea a menudo propicio para hacer algunos hallazgos. La sexualidad permanece como un impensado para el psicoanálisis, el psicoanalista debe sostener al respecto una elaboración consistente manteniéndose al margen de un posicionamiento identitario que le impediría pura y simplemente funcionar como analista para otro.

La sexualidad debe seguir siendo un impensado para el psicoanálisis, y para los psicoanalistas que si no cuentan tonterías más grandes que ellos. Esto garantiza que prácticas posibles con lo imposible que es lo real del sexo sean descritas, pensadas, sostenidas técnicamente en la cura, donde tienen que crearse los arreglos útiles, provechosos, interesantes para el analizante en su vida amorosa, profesional, social, etc. Y que estos descubrimientos e invenciones personales puedan interrogar las teorías del psicoanálisis, contribuyan de hecho a su reinvención, sin sucumbir a la tentación de unirse al espacio público, donde se ejerce la autoridad, con una queja individual. Si el psicoanálisis influye, a veces demasiado según algunos sobre el pensamiento contemporáneo, es desde el diván que sus efectos se despliegan, no desde el discurso sostenido por los analistas en la esfera pública. Si respondemos a la expectativa de pensamientos sobre la sexualidad tan exigidos por el conjunto de los discursos ambientes, desde la liberación sexual hasta su liberalización, corremos el riesgo de literalmente desmentir el saber ligado a lo real del sexo.

Lo que numerosos practicantes agotados del psicoanálisis han cometido ya, cómplices de las discriminaciones y otros acosos de los que pueden ser víctimas todas las personas procedentes de minorías frente a detentadores oficiales de la autoridad de un discurso. Cuando Foucault elabora en torno a la «función psi» en 1973, es para subrayar el empleo insensato y autoritario que los «psis» hacen de la realidad utilizada como patrón de normatividad, no sería un progreso multiplicar las especificidades de las realidades plurales a tomar en cuenta allí donde se mantiene hacer advenir lo que era para un sujeto, nada más (sic). El auténtico abuso de poder de los normativos no sabría ser reemplazado por la diversidad de los marginales.

Al hacerlo, nos expondríamos a ver este saber rechazado reaparecer en la realidad, precisamente en lo imaginario, en el cuerpo en particular, con todos los efectos de retornos que le estarían ligados, como por ejemplo una ampliación de la crítica del psicoanálisis con el motivo de su supuesto conservadurismo respecto de las cuestiones sexuales, o bien todavía en estos movimientos de exclusiones o de puesta al margen del psicoanálisis por diversos especialistas de las ciencias o de la medicina. Sin duda tendríamos que temer igualmente una suerte de pegado de identidad del analista, atascado en lo imaginario público de su situación identitaria donde el sexo en cuestión encontraría de entrada una respuesta en forma de promesa, una connivencia de orden sexual que deja perplejo si se piensa en lo que merece ser denunciado, o condenado en términos de transgresión de este orden.

¿Cómo comprender, por ejemplo, que una lista de analistas — y de otros practicantes — pueda ofrecer contactos con profesionales «seguros e inclusivos»? Las exclusiones categoriales, discriminantes sufridas por numerosas personas procedentes de las minorías sexuales ante profesionales de la salud (médico, psicoanalista, etc.) no puede encontrar una salida analítica fecunda cuando promete la hospitalidad por la aceptación de las especificidades sexuales. Cómo responder mejor por adelantado a cuestiones que deben primero encontrar el espacio de ser dichas. No pueden serlo en cualquier lugar, y para ello el boca a boca constituye la opción más eficaz para orientarse, pero tampoco pueden ser validadas o garantizadas por la marca de lo identitario promovido en etiqueta. Más lejos, podríamos temer la erección de una lista de sexualidades compatibles con la función analítica puesto que el sexo del analista podría ser denunciado o reclamado (un psi gay, un psi hetero cisgénero misógino y sin embargo «feminista», una psi trans especialista de las transiciones MtF exclusivamente, etc.)

 

La especificidad psicoanalítica radica en que lo imposible del sexo sea considerado como un fin, no como un problema a resolver o como un punto a superar (lo que puede ser el objetivo de un discurso queer, o de un análisis sociológico sobre las trayectorias de vida, por ejemplo). Un fin que dirige la mirada hacia el objeto que nunca se deja reconocer en él, el objeto a causa del deseo, pero cuya vana búsqueda, sesión tras sesión, constituye el material decisivo de un análisis que el analizante puede llevar hasta su término, más allá de los determinantes inconscientes de su fantasma y de su deseo. El tener en cuenta la diversidad sexual, que conviene valorar, no es unirse a la subjetividad de los individuos, sino a la subjetividad de la época, tal como Lacan pudo formularlo, a condición de no renunciar a esa bella propuesta que hace del colectivo el sujeto de lo individual de 1945, donde se abre una nueva relación con la dimensión privada/pública, o con el sexo y el género como expresión de lo íntimo a lo social y viceversa. Asimismo, ni menor ni mayor, el psicoanálisis tiene otras cosas que hacer que mezclarse en el asunto que inquieta a lo social, ni comentarlo; debe acoger lo social uniéndose a ello, ahí reside su práctica social, no es confundirse con ello, ni afanarse, de lo contrario, ¿cómo abriría una vía una vez fundido o distorsionado en un discurso que no es el suyo? También debe reconocer lo que se expresa desde otros campos de manera distinta al apoyo del inconsciente, que no es la hipótesis de todos. Así, puede desentonar, o morir por su sublimación teórica (en particular filosófica) o su vaporización política (en particular sociológica), muy lejos de la experiencia clínica en curso (siempre subversiva y terriblemente inquietante). Porque el hecho es que la vida escapa a lo viviente, y de esto solo el discurso psicoanalítico declara esperar sus enseñanzas, a diferencia de los discursos que toman la sexualidad como objeto, o de aquellos que tienen que tomar la sexualidad como objeto, ya sean militantes o críticos, profanos o académicos.

París, septiembre de 2020.

VB

 

Anexos a continuación en la página siguiente…

 

Definición del género (2013)

El género es el límite situado a la vez fuera y dentro del sexo, el litoral o el margen del sexo capaz de revelar su profundidad de campo. El género aparece por efecto de lo sexual; interroga los saberes inconscientes de la diferencia sexual y hace vacilar las identificaciones hasta su renovación. Así, el género deshace el sexo y crea el sexo en el entre-dos de su turbación intermitente, en el instante de estabilidad en que se experimenta.

 

Localización del género, sexo, sexuación (2013)

Imaginario Simbólico Real
Género objeto proceso instancia imposible
Sexo instancia objeto proceso imposible
Sexuación proceso instancia objeto imposible

 

Localización de lo identitario, identidad, identificación (2018)

Imaginario Simbólico Real
Identidad Objeto Instancia Proceso imposible
Identificación Proceso Objeto Instancia imposible
Identitario Instancia Proceso Objeto imposible (objeto a)