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Nota complementaria sobre la a-sexuación
Del fantasma héteros-patriarca al fantasma a-pátrida
Publicado en internet, enero de 2022.
Gracias a Hélène C. por haber alentado acrobacias adicionales. Por el amor a las escrituras felinas.
[con hipervínculos]
NB: a continuación de “La a-sexuación: perversión de lo fálico y función de la castración”.
La a-sexuación formulada en escrituras como estas prolonga y responde también a la sexuación escrita por J. Lacan conocida como «La sexuación»: ¿es sostenible? Sexuación en la que leemos la escritura del fantasma héteros-patriarca que aspira a curar el amor del sexo (en el sentido de que el sexo cure el amor — donde el amor contempla el Falo).
Cualquier otro comentario podría detenerse ahí. Pero no contaba con que el matiz precioso alojado en el corazón de estas escrituras nos compromete en la exploración inacabada del no-todo fálico, tal como el mismo J. Lacan la propuso.
El no-todo, más interesante que la simple contradicción del todo sin necesidad de ser contrario, emergiendo desde la falla, la separación irreductible que nos obligó a pensar la diferencia visible de los sexos a riesgo de ignorar sus profundidades; el no-todo que permite sostener un comienzo, sublimación de la falla, puesto que es el objetivo de nuestro pensamiento sobre un fondo de extensión.
Podemos, no obstante, dar por sentado lo que ha sido desprendido por los analistas precedentes. El más central de estos logros consiste en considerar la libido y el deseo, especialmente, como necesariamente héteros, en el sentido de que el otro nunca es del todo el mismo (incluso en las apariencias, siempre “engañosas”); propongamos la escritura de las fórmulas de la a-sexuación, a continuación de aquellas que establecieron la referencia del fantasma héteros-patriarca, sexuación fuera-del-falo que deja al tiempo presente y al discurso que lo domina el cuidado de pervertir a su antojo el abordaje de la causa del deseo por parte del serhablante.
De ahora en adelante, contemos con la escritura del fantasma no-todo héteros-patriarca, que no tiene necesidad alguna de proliferar en innumerables designaciones cuya lista parece infinita (lo es por estructura y por lógica), pero que gana, sin embargo, su necesaria independencia relativa, sobre todo en este momento de emergencia significante nueva entre los sexos y los géneros, en medio de este mismo momento tan reaccionario en el desarrollo del psicoanálisis. El fantasma no-todo héteros-patriarca que aspira, a diferencia del fantasma héteros-patriarca, a curar el género del sexo (en el sentido de que el sexo cure el género — donde el género contempla el objeto a), es el fantasma a-pátrida.
Hay ahí, evidentemente, la marca del destino de la identidad que ha dejado de ser un único foco imaginario necesario a la par que inconsistente, para convertirse, bajo los efectos del discurso en evolución, en un objeto de codicia asimilable al sexo genital: residuos de un intento de decir no a la castración que cae a menudo en su rechazo (al menos tanto como lo observábamos antes a propósito del fantasma héteros-patriarca).
Al hacerlo, liberemos al psicoanalista fantaseado como objeto a en lugar del semblante —que pretende no estar situado por su propia creencia— gracias al no-todo de Jacques el patriarca, que merece algo mejor que creyentes; devolvamos a sus bellos amores sus anarquismos y sublimaciones de escrituras: entonces la función del analista, semblante del a, se aclara también al ocupar la función de o/Otro de lo sexual, por lo cual la sexuación más allá-del-falo impone en el hueco del cuerpo resolver lo que ya no hace las veces de enigma en su exterior (donde nos encontramos, al parecer, en nuestra economía psíquica en mutación).
Sería sorprendente que la teoría psicoanalítica no soportara ser llevada más lejos en la exploración de los continentes que siguen siendo negros en cada época en la que algunos progresos se vuelven identificables, nunca acabados. Sigue sin haber una solución armoniosa, ni un sistema teórico o de pensamiento coherente hasta el punto de provocar a la ciencia; demasiadas radicalizaciones febriles por parte de los porta-falos del psicoanálisis: tantas circunstancias que fuerzan la humildad ante los efectos primarios (y no secundarios) de la no-relación sexual de los serhablantes.
No hay más que continuar, sin negarse a acoger lo que se dice y lo que se inventa, conjuntos con desemejanzas liberalizadoras donde el objeto a también proviene del objeto sin causa, en la realidad (en lo Imaginario), propio para satisfacer lo que se juega en la era presente de la imagen de la imagen que vivimos en nuestras virtualidades. Donde podemos preguntarnos si las modulaciones de nuestras vidas dejan entrever que habría cada vez más Hombres (sin importar la anatomía), en el sentido de la lectura de la sexuación que sostiene la búsqueda de la pareja a través del objeto a; y del mismo modo una inflamación de las cegadas por el deseo (La mujer que no existe), abandonadas al globo desinflado del símbolo fálico, del cual hay que curarse a base de perversión de la relación amorosa a falta de no poder alcanzar nunca el sexo mismo, sino solo el sexo que se deja excitar.
¿Quizás sean estos efectos del discurso capitalista, del neoliberalismo, o incluso del psicoanálisis al haber puesto en circulación saber sobre lo sexual (saber difícil de soportar)? Quizás… Mientras tanto, no nos privemos de describir los procesos en marcha que diffieren del corpus teórico existente, por una parte, y por otra, observemos las aperturas hacia otras parcelas de saberes que han permanecido a la espera hasta ahora.
Para proseguir, o bien seguir este fantasma a-pátrida que se impone en la clínica psicoanalítica actual, habría que poder desarrollar cada cualidad y cada matiz desde el diván donde estos saberes se depositan. Puesto que todo hace pensar que esta modulación de nuestra aprehensión de la realidad, escapada de las formas psíquicas que le imponemos, no será ni satisfactoria ni definitiva, ni siquiera eficaz para revelar el desmentido del fantasma previo antes de tragarlo en las nuevas formas que probablemente impidan el aplastamiento del saber revelado: la no-relación solo puede aumentar en sus efectos, a medida que su estructura se impone inalterable, cada vez más desprendida por los fantasmas que se marchitan bajo la presión de algunas verdades.
Dicho esto, para la escritura de las fórmulas a partir de dichas fórmulas, existen pocas posibilidades satisfactorias. Asimismo, a fuerza de hacer girar y volver a girar los módulos de las cuatro escrituras que dan la de la sexuación, resulta que la a-sexuación solo puede escribirse como reducción de las primeras a partir del a en el punto en que se reducen. Así (por la broma):

Forma de escribir el «no-todo» frente al «todo», y de reducir la fractura. Phi se disipa, en la estela del a que siempre se escabulle incluso habiéndose convertido en dueño de la orientación de un sexo. Después de lo cual solo queda la relación no-todo/todo donde el todo hace de denominador, mientras que el no-todo es el numerador.
De las fracciones sabemos decir, por otra parte, que el numerador sirve para saber cuántas partes se utilizan, el del denominador sirve para saber en cuántas partes se divide el entero. Pero aquí no hay entero en el numerador, en su lugar el no-todo que el todo no puede dividir (mientras que lo inverso sería posible, para conducir al borramiento del no-todo, pero de eso ya percibimos tendencias en otros modelos). El no-todo, siempre más grande que el todo que se rompe los dientes en él.
Una numeración a partir del comienzo y ya no a partir de lo que hace signo de plenitud, con el apoyo de nuestros saberes inconscientes y las enseñanzas clínicas. Resultado desprendido de la performatividad toda fálica que roba al significante el no ser un performativo, así como el falo se hace representar tan fácilmente en la realidad que nos engaña en el camino de nuestros supuestos deseos tras la huella de algunos retos fálicos; mientras que la causa del deseo, la que escapa mejor que el falo al equívoco ordinario, sostiene que en primer lugar no hay aquello que, sin embargo, se buscará: más cerca, en mi opinión, de la realidad del objeto del deseo y de su causa en comparación con las fórmulas de la sexuación tan consoladoras del fantasma héteros-patriarca: cuestión de civilización y de urgencia cultural tal vez… pero los años 70 tienen sus razones; los años 2020 tienen exigencias de positivismo que tienden al absoluto de un goce sin límite a falta de una comprensión de los seres que se hablan (cuando todavía intentan hacerlo)
Quizás podríamos, por esta vía, acercarnos mejor a las convocatorias del Goce plural y a la posibilidad de oponerle sus procesos, sin retroceder ante las prácticas de lo imposible a las que un mejor acceso al infinito nos abre… No sin el falo, pero muy por fuera. ¡Al fin! (si esto libera de los excesos del patriarcado, por ejemplo, pasado y presente, es un progreso; si esto nos deja desorientados al acusar a los otros de ser los nuevos límites del sí mismo, entonces es un problema bastante grave).
2022 nos obliga a ello. Mis mejores deseos.