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Notas y especulaciones sobre la envidia del clítoris y el desconfinamiento de la próstata en el niño
Publicación en internet, enero de 2021
« […] está muy claro que hay necesidad de encontrar otro nombre para lo que es el hombre para una mujer […] » J. Lacan, El Sinthome.
El gesto freudiano, que consistió en la designación de lo sexual abriendo a la experiencia del psicoanálisis, ¿puede ser seguido no solo de efectos sino también de prolongaciones, así como Lacan pudo volver a Freud, y tras quien nos corresponde proseguir sobre lo que continúa abriendo camino –actualizándose– en la vida anímica y sexual de los seres humano·a·s?
Como Freud observó tan a menudo, las manifestaciones en apariencia más anormales de la vida sexual, las aberraciones sexuales, continúan instruyéndonos con mayor seguridad que las evidencias. Los comportamientos sexuales más sorprendentes, los más perturbadores –o inquietantes– a primera vista no son sino embajadores, emisarios a los que hay que seguir acogiendo y siguiendo antes de darles las gracias, por el despeje que operan y nos ofrecen en nuestra exploración del hecho sexual y de sus relaciones con el inconsciente.
Lo que aprendemos mediante el estudio de algunos de estos fenómenos sorprendentes bien puede quedar cubierto por las explicaciones ya producidas, por muy elegantes que sean, o por las demostraciones teóricas académicas más autoritarias. Pero al seguir estas últimas se dejaría de encontrar lo inaudito –que interroga tanto lo natural como lo cultural o lo civilizatorio–, con lo cual nos hacemos tanto como lidiamos.
Desde Freud, hemos comenzado a distinguir la anatomía de los destinos, después la anatomía de sí misma más allá de su genitalidad desde donde se erige el Falo a todos los vientos, fustigador del Complejo de Edipo a su manera, con Lacan, y representante de la civilización ante el inconsciente.
Reconozcámoslo –y lamentémoslo–, aún no hemos llevado muy lejos la posibilidad de abrir de par en par las intimidades de nuestros pensamientos interiores sobre el género, el amor, la vida. Esta reticencia –pues así debemos calificar lo que no es un retraso– insiste y pone de manifiesto lo que aún no queremos saber, lo que ya rehusamos saber y que, sin embargo, conviene ir revelando paso a paso.
¿En qué se apoya la experiencia clínica psicoanalítica, siempre irrefutable e indemostrable, donde se han dado a conocer, desde hace casi treinta años, estos casos –que calificamos ocasionalmente– convertidos en ordinarios, literalmente tan esclarecedores del continente menos negro de lo que parecía de la sexualidad llamada femenina –o de lo femenino, cuando este último se confunde con su supuesta genealogía fantasmática en aquellas que nombramos «mujeres»–, que ya no nos permiten pretender continuar de forma idéntica, sin tener en cuenta las evidencias encontradas en la envidia del clítoris en el niño, envidia sostenida por la irresistible ascensión del orgasmo prostático en el hombre y sus consecuencias en nuestras elaboraciones teóricas?
Conviene situar una proximidad, que apreciaremos más tarde, con esta clínica –que hemos llamado «del género» para mantener el diván amable– enseñada por la singularidad de los recorridos de transición, llamados FtM, que cuestionan y superan a los mejor conocidos llamados MtF en nuestra experiencia. Al mismo tiempo, sin relación etiológica, pero vinculada por su contemporaneidad, la explosión del Chemsex, desde hace unos quince años, ilustra por su parte el implacable deseo y sus condiciones que apuntan al rodeo desesperado del goce fálico por cuenta de una cosificación, puesta en jaque, de la encarnación ordinaria de una relación que sigue sin haber entre los sexos, cualesquiera que fuesen: a lo que los géneros responden de forma ultrajante con su capacidad de acuerdo, donde hacen creer en la posibilidad de un acuerdo de partículas. Un fenómeno puede ocultar otro, sin disimularlo ni modificar su trayectoria, como mínimo perturbando su observación.
Del sexo curar el amor
A esto nos hemos propuesto identificar aquello del amor que parece afectado por el sexo hasta el punto de sufrir por ello, que una curación imaginaria puede hacer creer resiliente hasta volverlo inofensivo tras haberlo decretado pleno, liberado o eficiente, tal como la sexualidad debería serlo desde hace casi cincuenta años, pero de la cual constatamos amargamente cuánto su liberalización ha impedido duraderamente su liberación pensada erróneamente como tal, a pesar de los innegables ajustes que suponen un progreso.
Del sexo curar el amor, como un proyecto para liberar al amor de lo que lo hace sufrir, tal como escuchamos y desciframos este deseo inconsciente corriente, del cual hay que decir qué lo compone entre fantasma, deseo, pulsionalidad y vectorización del ser por el goce llamado del Otro, donde se conjugan en estos tiempos estos desafíos lanzados hacia el Absoluto que electrizan y electrocutan numerosos intentos puramente humanos, a riesgo de la cultura.
De la anatomía hemos comenzado a desprender el sexo desde hace más de un siglo. Gracias a la experiencia del análisis se puede distinguir el sexo del significante y dejar de intentar curar el amor a base de sexo: algo que los psicoanalistas se resisten a creer –a pesar de la escritura de las fórmulas de la sexuación por Lacan–, convencidos de que del significante la ley debe ser tenida por responsable, mientras que es, en el mejor de los casos, culpable de dejar como dueños a algunos de sus representantes por cuenta del sujeto: Hombre, Mujer, tal como el uso los consagra como la debilidad mejor compartida.
En el niño, no podíamos saber, antes de nuestros conocimientos actuales sobre la increíble existencia fisiológica y anatómica del clítoris, el no-vínculo entre el fantasma de embarazo –el recinto del cuerpo o el cuerpo hecho recinto por el embarazo–, y la ocupación/superación del cuerpo por el goce sin límite instalado como apuesta del fist-fucking, que viene a tomar el relevo en la realidad de un deseo inconsciente de poseer el órgano supuestamente invisible del placer femenino –en el corazón de una forma sensorial donde se precipita al mismo tiempo, a la vez que se confunde, el objeto fálico del puño/brazo convertido primero en un colmamiento anal –objeto fálico que hace sostener el goce del mismo nombre al cuerpo del otro–, antes de hacerse extensión sin borde. Un no-vínculo reemplazado por el órgano mismo habiendo accedido al derecho de ciudadanía. Se ha terminado el tiempo en que el clítoris era pensado como un «pequeño botón», minúsculo y frágil. Lo invisible del clítoris y su reputación de un goce ilimitado, loco, incontrolable, histriónico, alimentan la forma que toma en el fantasma inconsciente del hombre, hacia el fist-fucking en particular, el ser poseído por la sensación, ser el detenido del Otro (ser su haber) por sus efectos. La forma anatómica ahora conocida, visible, del clítoris alimenta ciertos emparejamientos inconscientes que tiran bien hacia la puerta de los Cielos, o bien hacia una fuente vital subterránea cercana al núcleo terrestre.
De esto la experiencia nos reafirma todavía ahora, desde hace más de diez años, por lo que terminamos admitiéndolo. Reafirmando, una vez más, que la relación de objeto se impone siempre como piedra angular de las formaciones del inconsciente, donde cuanto más invisible es, más parece funcionar.
Donde pensábamos leer e interpretar el fantasma de embarazo del hombre como una suerte de equivalente asimétrico de la envidia del pene de la mujer, ignorábamos aún con precisión las cualidades físicas equivalentes de los dos órganos (glande/pene, clítoris), tal como alimentan en el inconsciente –que no supone, sino que sabe– esta bella equivalencia de envidia de posesión en torno a aquello que, no sin pasar por el órgano, hace sentir al cuerpo que posee lo que lo hace ser –por tanto, que otro·a lo tenga, fuera el Otro o la pareja haciendo función.
Pero el inconsciente sabe que su más allá posee con toda lógica algo que es. Que lo tome, ocasionalmente, en la realidad por lo que no es gracias a lo que le está vinculado de una forma u otra, es ciertamente una competencia totalmente ingenua del inconsciente que el psicoanálisis nos ha dado a aprender. Así se concibe de otro modo que las realidades percibidas, tanto como aquellas apenas adivinadas o esperadas, pero adoptadas por el inconsciente en su completa consistencia, no puedan alimentar otra cosa que un error ordinario donde lo que no se percibe en la realidad, aunque sea visto en el inconsciente por la mirada que no necesita ojos para ver claro, continúe manteniendo la bruma que oculta al lobo. No vemos lo que no hay que ver y miramos lo invisible que solo vemos al sentirlo de otro modo: lo que hace posible los desplazamientos de objetos que la pulsión, entre otros, se propone investir.
Por lo tanto, cuando hacíamos corresponder, en ocasiones, de forma bastante fantástica la envidia del pene de la niña con la envidia de la maternidad del niño como dos opuestos que reparten la frustración y la castración que la acompaña para los dos sexos pensados bajo este prisma, cometíamos un grave error, además de usar un procedimiento no analítico, puramente retórico: aquel que hacía creer, y continúa haciendo creer, que el inconsciente puede producir la figura de algo cuando puede poseer su representación. Es un punto capital, para quien quiera saber hoy, el equívoco explicativo o la interpretación abusiva, cometidos tan a menudo ambos, sobre la supuesta diferencia de los sexos pensados como dos –lo que no tiene nada que ver con lo real de los dos sexos tal como se encuentra en el encuentro sexual, sin importar las anatomías implicadas.
Cada sexo, si se puede decir de esta manera inhumana, sabe que el otro tiene algo puesto que posee una representación de cosa en el inconsciente, y que al tenerlo el otro es todavía otra cosa que no es él mismo –esta vez más allá del inconsciente. Esto basta para saber qué ocurre con las construcciones inconscientes y los procesos consecuentes de estas diferencias entre los seres. La sobrerrepresentación por la figuración es una propiedad consciente, no inconsciente: de esto aún tenemos que recorrer los detalles para seguir dando con precisión las características de este Unbewusst.
La envidia del clítoris
Así, ciertos saberes inconscientes, puestos a disposición por la interpretación y la construcción de las manifestaciones sensibles de la lengua analizante a lo largo de las sesiones, han permitido discernir los ejes fundadores del espectro fantasmático de amantes del fist-fucking que proponen su cuerpo entero, pero distinguido en dos movimientos, tanto especular como no especular, a la encarnación imaginaria en la realidad de las partes ahora conocidas del clítoris en su totalidad, desde su exterioridad hacia su interioridad, irrigando las paredes internas vaginales capaces desde entonces de acoger lo externo en sensaciones. Los brazos, las piernas, las tripas, todo está ahí al ser esta acogida, este interior hacedor de externo: esta suerte de puerta de acceso, un stargate. Donde los miembros de su cuerpo físico los hacen ser el órgano del placer femenino convertido en un gigante representante quimérico en la realidad fenomenal: aquel capaz de comprometer al cuerpo en una escalada sensorial integral, donde el orgasmo prostático y su más allá del goce restringido del pene certifican la superación fálica del goce sexual desbordado por el del Otro –no objetal. Abandonados a la mano autoritaria, real o imaginaria, responsable del placer y su más allá, por principio, susceptible de poseerlo, estos hombres experimentan que «La mujer no existe». No por ser feminizados por ser penetrados, sino al contrario, falicizados en toda su carne dejando el ser al desvanecimiento de este goce, más allá del órgano que hace principio, entre realidad y placer superables, donde desvanecerse.
Un poseer cuyo equívoco sexual no cesa, en el coito tal como se dice, de hacer pasar el poseer por un tomar cuando es don para ser. «Te tomo» da tanto como recibe al ser tomado por, bajo capa de aceptación del sentido, en su inverso, admitido para garantizar el ida y vuelta que se impone desde entonces a fin de verificar la buena marcha de los significantes que se invierten, y devuelven lo que no es tomado del ser hacia el poseer de un ente por venir –escondite/cucú, dentro/fuera, tomar/ser tomado, etc. De ahí que la penetración marque su tempo siempre retorcido.
El clítoris envidiable más que cualquier otra cosa, objeto maravilloso, capta la mirada inconsciente de estos pacientes, aliviados de no tener que encontrar su compensación real en la realidad, puesto que están informados de su ek-sistencia. Liberado del órgano asediado por su función deseante y fantasmática, el sexo, definitivamente, se vincula al Otro del goce, no al Falo articulado/volante del objeto pulsional que el género sostiene que es aquí, y que es también, de todos modos, el de niños a quienes esto les conviene (niños cisgénero).
Clítoris o próstata se dejan pensar aquí, y más allá, como símbolos de entrada hacia el goce que desde el Otro regula su paso de objetar, de vez en cuando, al abordaje por el borde a riesgo de reducir el campo del ser, sin por ello sostener la elección de dichos órganos al rango de Falo, aunque se nutran de las apuestas fálicas que atraviesan la experiencia desde el campo del Otro.
Así pues, lo que designamos como la envidia del clítoris en el niño y el acceso al orgasmo prostático, vinculados en estos ejemplos clínicos, traza, en nuestra época, los contornos de otra geografía sexual, incluso en la realidad anatomo-fisiológica, donde lo crudo visto continúa prevaleciendo sobre la existencia real sin embargo sentida y percibida que la representación consciente mantiene todavía compatible con el escenario imaginario, mientras que el inconsciente discute, por así decirlo, con los únicos partidarios de esta historia: uno no tendrá del Otro sino el goce no adquirido al Falo de orquestar su partitura simbólica a falta del resto.
Estemos seguros de ello, y mucho más allá de las especificidades aparentes de las sexualidades supuestamente minoritarias, aquí clasificadas dentro del BDSM. Los libros a la venta, estos días, para las fiestas de fin de año, rebosan de compilaciones sexológicas donde la próstata ocupa un lugar de elección. Manuales de instrucciones sexológicos florecen en las mesas de las librerías. La equivalencia del «Punto P» con la del «Punto G», tal como la escuchamos tan a menudo hoy, dice mucho y concluye, por así decirlo, la cuestión. Desde entonces, sabemos que el clítoris no ha terminado de acechar los sueños secretos de los niños que envidian la experiencia sexual tan reputada de sus hermanas humanas, por una parte, y, por otra, que en el inconsciente, o digamos, para la imagen inconsciente del cuerpo, el clítoris y la próstata comparten cualidades por lo demás contradictorias para la anatomía, pero son lo que viste por algún tiempo todavía vínculos económicos eficaces pulsionalmente.. Gracias a lo cual, por un tiempo, los machos humanos pueden experimentar esa envidia del pene de la niña que no es y nunca será la envidia del pene de la hembra humana: ahí reside una evidencia que retomar, pues la niña tomada por esa envidia no es cualquier niña, es la niña del mundo occidental, blanco, de las sociedades modernas de la Europa de principios del siglo veinte: ella no resume a las humanidades hembras por sí sola.
El goce sexual, no tan fálico, no tan sexual
Ante estos elementos clínicos, el goce del órgano propiamente dicho, ya sea del clítoris o del pene, por ejemplo, no podría mantenerse únicamente como el llamado sexual, pudiendo ser de alcance tanto fálico como otro: donde el sexo ya no es tributario del órgano genital. El goce sexual podría llamarse genital actualmente para liberar al sexo de su anatomía, sin lo cual Freud sería desmentido, y nosotros, obligados a reducir el Falo al órgano peniano o clitoridiano, lo cual no conviene sistemáticamente: el órgano, si bien puede ser elegido para ese rango, no posee por ello ninguna cualidad –ni natural ni cultural– tan fuerte que impusiera con seguridad sus efectos.
Que sea orgánico no lo presupone ni más, ni menos, a ser fálico o del Otro. El goce no reúne los cuerpos, los separa, ya sea fálico o del Otro, y confirma que si los cuerpos entran en relación, sexualmente hablando, esto no tiene nada de necesariamente gozoso, puede con toda sencillez señalar el amor. En otro texto, intentaremos identificar el interés de una separación, por identificación lógica, de la significancia del sexo y de su representante.
Lo que nos lleva a destacar esta constatación recurrente de que el goce sexual no es un goce lógicamente fálico, aun cuando también hubiéramos apreciado –políticamente quizá– poder calificar de goce fálico al vinculado al clítoris, por ejemplo, en el momento en que se revelan todavía nuevos arreglos sexuales de la especie humana. No, el goce sexual vinculado al órgano sexual llamado genital (ya se trate del pene, del glande, de los labios, de la vagina, del clítoris) depende, por defecto, del goce del Otro. Que no tarda en hacernos pensar en el más allá del placer, esta vez como más allá del goce (fálico).
De esto podemos estar seguros mediante la exploración de estos eventos clínicos precitados, pero también de otros elementos clínicos ya abordados: en primer lugar los de la relación entre los géneros en lugar de la no-relación sexual en el Chemsex, a lo cual hemos contribuido con algunas publicaciones , a lo que podemos asociar en segundo lugar el devenir fantasmático del órgano próstata feminizado –y falicizado al mismo tiempo, no vuelto fálico, ahí reside lo esencial de nuestra reflexión presente– en las manifestaciones contemporáneas de las recomposiciones de la geografía del placer llamado masculino (en relación con la práctica del fist-fucking, notablemente, pero más globalmente, la penetración anal del H por sus parejas M o FtM que viene a decir lo que no se percibía en las representaciones estrechas de la relación homosexual H/H). Por lo cual hemos sostenido la interrogación de una relación entre los géneros allí donde la relación entre los sexos continúa sin escribirse.
Podemos desde entonces rectificar este error histórico en nuestra disciplina: el hombre no tiene predisposición para el goce fálico, mientras que la mujer no tiene más acceso que el hombre al goce del Otro: son interpretaciones reveladoras del deseo en circulación en el que estamos mezclados, digamos cultural o colectivamente; interpretaciones que son el deseo que señalan.
Lo que nos recuerda nuestra propuesta de 2016 de situar en el nudo borromeo el sexo, que se mantendría en los alrededores del goce del Otro, mientras que el género se ilustraría en el goce fálico donde lo real y lo simbólico se sostienen sin lo imaginario: fuera del cuerpo, por tanto, susceptible de reivindicar para el órgano un reconocimiento erótico preciso .
Con lo cual, invitados por la experiencia, debemos subrayar esta constatación: el sexo no interesa al Falo, salvo por la masturbación, y por esta misma dimensión autoerótica en los intercambios sexuales –particularmente aquellos esclarecidos por un consumo de ciertas drogas que, mejor que otras prácticas más ordinarias, se fundan igualmente en una partición, autosatisfactoria y fálica, del goce en juego en el acto sexual, iluminando este Goce –sea cual sea– que no deja ninguna oportunidad a dicha relación.
La no equivalencia entre hombre y mujer pensados como sexos, que Lacan sostiene en particular en El Sinthome, omite la asignación no de un sexo/género a un cuerpo nacido/identificado, sino la del significante a un supuesto sexo para su significado (donde las fórmulas de la sexuación discuten con demasiada facilidad con el lado hombre y el lado mujer, vestigios de la segregación urinaria). Cuando interroga: « […] está muy claro que hay necesidad de encontrar otro nombre para lo que es el hombre para una mujer […] » (p. 101), identificamos en ello la premisa de un desprendimiento de lo que el género, entre tanto, ha venido a confirmar y ha hecho posible de la anticipación lacaniana: separar el sexo del significante más allá de su distinción de la anatomía que precede su posibilidad, esto con el apoyo de la sexuación y no contra ella cuando se confunde con la diferencia sexual.
Esto nos permite, a posteriori, abandonar el punto de vista de Lacan para quien el hombre es una «aflicción para la mujer», y extraer de ello, para apoyarse, el principio de la no-relación sexual consecuente de sus elaboraciones: los sexos, sin importar la manera de concebirlos, son contradictorios sin ser contrarios. Y, al hacerlo, liberar nuestro pensamiento de la sexuación y aquel sobre el goce de lo que se vincularía de ello del Hombre y de la Mujer según la experiencia vivida hasta entonces; intentar acoger, realmente, sin presuposición ante las increíbles construcciones psíquicas que se nos dan a descubrir en aquellas y aquellos y todos los demás que vienen a hablar para decir. Aunque sea intentando un cuadro más para orientación , aunque sea extraviándose para descubrir.
Puedan estas propuestas disparatadas a ojos de algunos contribuir un poco a considerar el clítoris como un órgano de pensamiento , que, por este hecho, ya no es la marca exclusiva de las mujeres, sino que ve sus galas disputadas por todos, e inspira modos de gozar en femenino que superan la anatomía de la hembra humana como la del macho humano, pero también las prerrogativas del hombre y de la mujer liberado·a·s de sus sexos designificados, hechos libres para encontrar nuevos anclajes con las palabras, y quién sabe, tal vez un nuevo punto de capitoné con el amor. Pues el clítoris sigue siendo un lugar de heridas mal justificadas por el enigma femenino con el que numerosos seres humano·a·s vienen a soñar, gozar y fantasear, en lugar de mutilar, silenciar, matar y desmentir.
Vincent Bourseul
París, 2 de enero de 2021.
Editor: Vincent Simon (simonvincent006@gmail.com)
Localización de tres goces (2020)
| Imaginario | Simbólico | Real | |
| Goce genital | objeto | instancia | proceso imposible |
| Goce del Otro | proceso | objeto | instancia imposible |
| Goce fálico | instancia | proceso | objeto imposible |
Situaciones del sexo y del género en el nudo borromeo (2013)

Editor: Vincent Simon (simonvincent006@gmail.com)