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¡Señores, señoras! Esas mujeres que hablan siguen sin ser «histéricas»
Publicado en internet, febrero de 2024.
Tras el 5 de octubre de 2017, con el caso Weinstein (acusado en 2018, declarado culpable en 2020 por violaciones y agresiones), el grito impulsado en el New York Times por dos voces de mujeres heridas por la dominación masculina y patriarcal en el mundo del cine de Hollywood rompió el silencio. Después, otras hermanas de infortunio se dieron a conocer, y tres semanas más tarde fueron 93 mujeres las que revelaron y denunciaron hechos de acoso, agresión o violación que implicaban a este hombre. Una, luego dos, luego diez, etc.
Desde entonces, cada toma de palabra que descubre lo que permanecía a la sombra de los sistemas falocéntricos parece seguir la misma vía de revelación, de denuncia de los crímenes y delitos sufridos que los sistemas judiciales y sociales parecen escuchar por primera vez de esta manera, con estruendo. Primero una a una, después en serie, en sororidad, haciendo del síntoma compartido la herramienta de solidaridad y de salvamento necesaria.
Por tanto, ha sido necesario interpelar a la Sociedad para despertar a la Justicia. La Sociedad ha comentado, ha reaccionado. No tanto ante los horrores relatados como ante los efectos experimentados con motivo de estas revelaciones, pues el choque que desvela parcelas de verdad ha venido a golpear el inmovilismo de las mentes y las conciencias. La Justicia, por su parte, se esfuerza por cumplir sus misiones, pero recibe esta convocatoria moral que la invita a reconsiderar sus formas.
En 2017, bajo el eco del Metoo estadounidense, escribí lo siguiente:
«La increíble apertura que acaba de producirse con el caso Weinstein invita a pensar de otro modo los términos que estas agresiones sexuales revelan. Para subrayar, entre otras cosas, que no se trata solo de un sistema de opresión cuyos engranajes hay que, por otra parte, deshacer y denunciar. Se trata también, no lo ignoremos una vez más, si es posible, de lo que lo sexual representa en la vida de los humanos, de los trastornos que crea y cuyas múltiples manifestaciones dolorosas se mantienen hoy como en el pasado. Lo sexual causa traumas y a menudo los fomenta, ya que lleva en sí esa capacidad de irrupción. Constatarlo no es ni moral ni político. Tenerlo en cuenta puede contribuir a una labor de civilización.
En el origen del psicoanálisis hay un intento de tomar en serio la denuncia, por parte de las denominadas histéricas, del trauma sexual del que parecían estar afectadas de una manera específica a través de sus síntomas. Antes de descubrir que el trauma sexual, en las agresiones y en la seducción, se convertía en norma cultural para organizar incluso el inconsciente. Y que otras mujeres podían también decir verdades sexuales fuera de las limitaciones del poder fálico.
Desde Freud, algunos psicoanalistas han podido aceptar el reto de tomar muy en serio lo que significa hablar, más allá de la palabra imposible sobre cosas imposibles. Hablar no es decir. Pero lo uno no va sin lo otro. Quien acude al analista hace ese esfuerzo inaudito de intentar decir, con la palabra, y al hacerlo, modificar los efectos y las consecuencias de sus experiencias vividas. Las buenas y las otras: las agresiones, el acoso, los malos tratos, las violaciones.
Pero los tiempos también han cambiado un poco desde Freud. Las que hablan hoy no son pacientes ni necesariamente víctimas; son mujeres que dicen lo que no nos gusta oír sobre lo que ya sabemos. Hoy en día, que estas voces se alcen no es un síntoma, o bien lo es del sistema que impide la toma de palabra. Estas voces no son estigmas ni quejas exageradas como lo eran las teatralizaciones fomentadas de las pacientes de la época; son verdades. Las cicatrices, por su parte, están en otro lugar, y todas las denuncias posibles hablan de cosas distintas al sufrimiento acumulado. Nada puede darlo a conocer, cada una se las arregla con él, pero puede apoyarse en esta solidaridad repentina.
Porque, en fin, decir abre la vía para liberarse del poder que asigna y subyuga a través de lo sexual, y para lo cual la palabra sigue siendo el mejor medio de aprovechar la oportunidad de un cambio. No sin que la sociedad pueda también, junto a esto, modificar sus formas de inscribir estos delitos y crímenes en los caminos no solo legales, sino también culturales y políticos. No sin el inconsciente, pues este sistema de opresión se erige al ignorarlo y se refuerza al rechazarlo.
Lo que se ha abierto quizá se cierre pronto por efecto del discurso ambiental. No importa. Si no olvidamos seguir acogiendo lo que se dice, otros terminarán por escuchar. Y quién sabe, las solidaridades nefastas de los comisarios de la sexualidad disminuirán un poco bajo la presión de aquello de lo que estamos seguros y de lo que no cabe duda. Porque lo sintomático reside precisamente en las reacciones de algunos, y de algunas, que se ofenden por la violencia falsamente descubierta y reclaman el silencio para aplastar los hechos. La verdad puede hacer llorar, pero no mata; el silencio sí».
A menudo hay que releerse. ¡En 2024, es evidente que no se ha cerrado! El Metoo francés se despliega y trae a nuestros oídos más abiertos lo que debe ser escuchado, no solo tolerado o silenciado (“Sí, sí, de acuerdo… ya lo hemos entendido”), sino repetido, dicho y redicho una y otra vez hasta que alcance y deforme nuestros referentes simbólicos. Porque sí, se trata de un afortunado y tardío ataque directo a este dichoso orden simbólico que debe ser reformado a la luz de lo que re-gresa de las sombras, de lo que regresa de los enclaves psíquicos, sociales y culturales donde estos actos de muerte encarcelan a quienes pagan con su sufrimiento la quietud reclamada para el confort de la fantasía ambiental de nuestra supuesta fraternidad.
No se ha cerrado, continúa, no hace más que seguir, tan insistentemente como se impone lo que debe ser dicho para que la palabra sostenga el esfuerzo de vivir y el progreso de nuestra civilización.
Repetir no basta, es necesario.