Carta a un/a psicoanalista de la actualidad (2022)

Carta a un/a psicoanalista de la actualidad (2022)

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Carta a un/a psicoanalista de la actualidad

 

Publicado en internet, marzo de 2022.

Recibí, hace varios meses, una pregunta. Intento responder, con un poco de retraso, mediante esta carta a un/a psicoanalista de la actualidad.

 

« Hola:

¿Qué pensar de las reacciones, en particular las negativas (más ruidosas), de los psicoanalistas populares (sic), con respecto a los estudios de género y compañía? Para alguien que desea pasar a la práctica del psicoanálisis algún día».

 

Estimado/a futuro/a:

 

La oscilación bipolar actual, que ha tomado forma en el medio psicoanalítico, entre los supuestos viejos reaccionarios y los supuestos militantes, a propósito de las cuestiones llamadas de género, no es favorable al trabajo serio. Si, como otros, sigo recibiendo a analizantes de todo tipo y trabajando con profesionales a cargo de pacientes comprometidos en procesos de transición, debo expresar mi desconcierto ante la ausencia de debates de calidad sobre la práctica clínica psicoanalítica en este inicio del siglo XXI, que puedan apoyarse en las emergencias y descubrimientos actualmente en curso en las actualidades sexuales, sin renunciar al respeto de unos y otros.

 

Constatemos que los Estudios de género se han convertido, bajo diversas formas, en el tema predilecto de un buen número de psicoanalistas que toman la palabra públicamente. No el género, ni siquiera la clínica del género —que sigue siendo el único objetivo interesante para el psicoanálisis en experiencia, antes de cualquier otra consideración académica—, sino los Estudios de género, sutilmente reemplazados hoy por el significante rumiado Trans, cocinado de todas las maneras posibles. Hago referencia a estos matices de terminología, ya que estos términos no designan en absoluto los mismos objetos: tenemos los Estudios de género, un campo de investigación y enseñanza por derecho propio; lo Trans que designa principalmente hasta la fecha el fenómeno tal como el campo social lo identifica; finalmente, la clínica del género, vía de práctica psicoanalítica y de elaboración teórica nueva.

Pero no es esta actualidad semántica la que más cuenta a partir de su pregunta. Lo que cuenta es que la experiencia del psicoanálisis nunca carece de ironía, en particular con los potentados. Es sobre esto sobre lo que quiero responderle. Porque esta experiencia, fuera de lo común, de la palabra y del lenguaje, que es la de la cura analítica, ha sacado a la luz y puesto en circulación saberes sobre lo sexual cuyos efectos se dejan sentir vivamente, desde hace más de un siglo, en todos y cada uno.

 

Como recordatorio, de forma desordenada, algunos saberes derivados de esta experiencia analítica:

 

  • lo impensable de la sexualidad infantil,
  • la pulsión y su ambivalencia,
  • el fantasma como soporte del deseo,
  • la relación sexual que no existe,
  • el inconsciente estructurado como un lenguaje
  • la instancia de la letra al inconsciente,
  • la Mujer que no existe,
  • la excepción insostenible del Padre en detrimento de los Hombres,
  • la creatividad perversa,
  • la intransmisibilidad del psicoanálisis en actos,
  • Etc.

 

Apoyándose en estos resultados y en sus efectos en nuestra modernidad —entre los cuales se encuentra el irresistible ascenso del género, según mi opinión—, ¡habría ahora que asombrarse, que rebelarse contra las actualidades sexuales que ellos hacen posibles en la prolongación de las aperturas previas; contra ciertas transformaciones extraordinarias; contra lo inaudito, lo aterrador y lo imprevisto de las formas que toman en la realidad las modalidades sexuales de los parlêtres! Es, en todo caso, el camino que emprenden ciertos colegas al movilizarse contra la danza de las letras minúsculas (L.G.B.T.Q.I.A.+, que acortan de mala manera el buen decir dominante); contra la inclusividad de una práctica posible de la lengua; contra los niños que no quieren convertirse en los Hombres y las Mujeres que se supone deben aceptar ser sin decir palabra, y que gritan lo que debemos ayudarles a desenredar de los efectos de lo sexual hoy; contra las disociaciones feministas radicales; contra el declive del patriarcado; etc.

¿Contra qué se oponen, pues, si no es directamente contra los efectos de la invención de Freud? Es verdaderamente la pregunta que todo esto me plantea, sin ironía. Porque podemos sostener fácilmente que lo que se denuncia o critica no es más que el efecto del psicoanálisis mismo: el cuestionamiento de las normas sociales y sexuales, la liberación de las figuras autoritarias, la emancipación de los sueños y de los usos de la palabra, etc. ¿Por qué asombrarse de ello? ¿Qué creían esos porta-Falos del psicoanálisis o arribistas de la moral y del discurso dominante? ¿Que la peste freudiana iba a glorificar y cosificar, para la eternidad, la civilización que la vio nacer (la civilización edípica), y de la cual se extrae, literalmente, desde sus inicios al pretender esclarecerla? ¿Que los efectos de los saberes, puestos en circulación por el psicoanálisis en experiencia, no iban a desembocar en nuevas perspectivas antropológicas, incluso civilizatorias (incluyendo efectos de transferencia fuera de la cura temibles), que verían a la humanidad madurar y progresar en el plano afectivo y sexual, incluso pulsional? ¿Qué esperaban? ¿Ser tranquilizados sobre la precariedad sexual de la existencia humana? ¿Ser protegidos del porvenir, si es turbio o peligroso (lo cual sería el colmo)?

 

El género es un eficaz agente de agitación, el mundo entero lo sabe y ha sufrido sus efectos actualmente; pero también se ha convertido en un agente doble, un elemento de lenguaje de los comunicadores, incluso entre los «psicoanalistas» o identificados como tales que, como los apóstoles tocados por el Espíritu Santo, se ponen a hablar como filósofos, sociólogos, historiadores, politólogos, colapsólogos o pescaderos, ¡pero no psicoanalizan mucho, no reinventan tanto el psicoanálisis como práctica clínica creadora de teorizaciones nuevas (sin necesidad de ofrecer casos para fascinar o viñetas para colorear, a modo de feria de identificaciones)! Tanto es así que algunas propuestas modernistas, militantes o atractivas a primera vista, no superan a menudo el umbral de una retórica hábil o incluso admirable, eficaz para la batalla ideológica (tal vez), pero inútil para la práctica clínica psicoanalítica. Pero puedo seguir esperando que esto ocurra, porque es lo que provocan directamente las curas en curso que trabajan en la experiencia del saber y en la crítica del saber de la experiencia.

Cada practicante del psicoanálisis (analizante y analista) tiene que formular sus elementos tal como se crean en la cura, y no en la barra del bar o en discusiones entre colegas o amigos: eso no basta, hay que ir más lejos, hay que intentarlo. Porque el género es también una oportunidad para que el psicoanálisis en experiencia y sus teorías relancen, a veces muy profundamente, la elaboración conceptual, y para acoger lo que constituye un retorno de la crítica del saber operada por el acto analítico desde Freud en relación con lo sexual. Dicho de otro modo, el psicoanálisis se enfrenta a una verdadera prueba de castración, que sería lamentable abordar de otra manera (por la desmentida, por ejemplo) que no fuera mediante la reforma de los saberes a la que nos invita. Dicho de forma tosca, no es de extrañar que el género nos estalle en la cara después de haber liberado, mediante el psicoanálisis, lo sexual del inconsciente.

 

¿Qué imaginábamos de los efectos de transferencia fuera de la cura de los que el psicoanálisis se iba a hacer responsable de hecho, de los efectos de saber que la iniciativa freudiana inició en su tiempo en el conjunto de la sociedad? ¿Que nunca se produciría ninguna iniciativa o acto directamente conectado con el tratamiento psíquico en marcha, fuera del coloquio analítico? ¿Que no habría eco al efecto freudiano desde lo social, lo político, lo cultural?

He postulado que el género es un efecto del saber puesto en circulación sobre lo sexual por el psicoanálisis; es, en particular, un retorno de lo biológico como roca formulado por Freud, del cual Lacan propuso superaciones muy útiles hoy en día, entre ellas la sexuación y la apertura a lo que funciona fuera del Falo para que un sujeto se articule a su función; es una ocasión para no ceder nada de la exigencia freudiana y de todos los demás practicantes del psicoanálisis desde entonces, para seguir explorando este enigma de lo sexual.

 

Esta actualidad del género, de lo trans nos sitúa ante algunas de nuestras aporías, de acuerdo. Intentemos responder a ellas. No habíamos advertido la ausencia de definiciones psicoanalíticas del sexo o de la sexualidad, a fortiori del género, de acuerdo. ¿Qué podemos decir mejor al respecto ahora? Pensábamos que la orientación sexual tenía un sentido estructural, nos habíamos equivocado. ¿Creímos haber comprendido las sutiles fórmulas de la sexuación propuestas por Lacan y burlar la relatividad de la constitución psíquica bisexual? Parece necesario retomarlas desde cero. Todo esto como un método, para no dejar que nuestros razonamientos caigan en las facilidades neoliberales de lo simplista, del comentario infinito tal como ciertos supuestos colegas pueden hacer al ceder a las facilidades de uso. Al igual que sería muy preocupante satisfacerse con los discursos técnicos y médicos, especialmente sobre los niños afectados, siempre prestos a desmentir las necesidades conocidas del sujeto del inconsciente que pretendemos defender.

 

Tenga en cuenta, estimado/a futuro/a, que solo el diván le informará sólidamente sobre este asunto; allí donde usted inventará, a su vez, la teoría sexual que merece ser formulada en su experiencia, y que reinventará singularmente el psicoanálisis común… Y, como quien no quiere la cosa, interrogar más allá: ¿Qué sabemos mejor de las relaciones entre el significante y lo performativo? ¿Qué hace sufrir el deseo en nuestro tiempo debido a la cosificación de los antojos? ¿Qué parte del fantasma, soporte del deseo, parece haberse petrificado en vector de goce? ¿Cuál sería, a partir de ahora, el fantasma subyacente de una cultura patriarcal tentada de cambiar, a bajo coste, deshaciéndose de las limitaciones y frustraciones para hacer resurgir mejor a los antiguos amos y sus abusos? etc.

 

Sobre la clínica del género, he realizado algunas propuestas teóricas, lo he intentado; todo está disponible en internet.

 

Gracias por el cuestionamiento, a la espera de leerle.

 

Atentamente,

 

Vincent Bourseul

 

PD: Le dejo apreciar el carácter «popular» de algunos/as (cf. su pregunta).