This post is also available in:
Frontera subjetiva del consentimiento: ¿acaso el agresor perverso no se da cuenta de sí mismo ni de su pulsión abusivamente satisfecha?
Publicado en internet, febrero de 2024.
El no-dicho sistematizado que beneficia a los dominantes perversos (agresores y asociados) se tambalea: las mujeres testimonian más que nunca, cada vez más numerosas, más fuertes cada día que pasa. La sororidad se eleva a plena luz y se ilustra en los medios para denunciar horrores largo tiempo mantenidos bajo secreto; los traumas se dan a conocer a todos. ¿Cómo se produce esto, para que una vivencia impensable e indecible o casi salga del silencio mórbido donde se pudren carnes y sentimientos? Una sola posibilidad: la irrupción en el discurso de un grito encargado de romper con vigor todo lo que impedía la expresión de una palabra hasta entonces abolida. El muro del sonido debe atravesarse para quebrar el del silencio.
Se denuncia a los cerdos, se revelan crímenes y delitos, se dicen con la mayor precisión posible los detalles sórdidos y los modos operatorios, los procesos psíquicos en juego, las heridas irreversibles y las curaciones parciales. Chirría en los oídos, conmueve, subleva, irrita, asusta, ¡escandaliza! No hay otra opción posible, cuando las condiciones de acceso a una palabra equitativa están comprometidas por las convenciones burguesas de la decencia cautiva en manos de unos pocos. Nunca es correcto que un dominado/abusado rompa la garantía de la incorrección de un dominante, pero es lógicamente necesario, y no complace a nadie re-atravesar eso. La denuncia no es una estrategia (la omertà sí lo es); corrige y establece un nuevo equilibrio de las voces; no se contenta con activar un derecho de ciudadanía desatando la prohibición de decir, también reforma la Ciudad.
Ahora, el discurso subyacente se vuelve legible para todos, mientras que el horror es indigesto para cada uno. Se grita, se hace oír, aquello que ordinariamente escapa a toda palabra posible. Todo el mundo lo sabía, ahora todo el mundo puede hacer saberes de ello, con tal de quererlo.
¿Qué nos enseñan estos asuntos hechos públicos sobre El malestar que Freud dijo estar en la cultura, la patriarcal?
Respuesta rápida: el patriarcado ya no se ajusta al respeto del otro tal como se revela hoy vulnerado.
Respuesta menos rápida: nuestra creencia cegada en nuestro modelo cultural encargado de regular lo que se nos escapa de nosotros mismos solo ha comenzado a fisurarse allí donde mantiene, desde hace demasiado tiempo, una jerarquía sexual imaginaria.
Y nos recuerdan que el deseo no puede decirse, solo ser señalado mediante su localización más allá de la conciencia que cree poseer su verdad por el simple hecho de tener un pensamiento sobre él. ¡Qué error! El deseo inconsciente, aquel que interesa al psicoanálisis, no es el que se enuncia por boca de alguien que cree poder expresarlo. Este deseo, digamos ordinario o consciente, pertenece al querer o al antojo: se ilustra mentalmente donde la pulsión encuentra un objeto de satisfacción más o menos localizable en la realidad. El deseo inconsciente del sujeto es aquello que lo conduce de lo cual solo percibe los resultados en el camino de realización de lo que cree ser su deseo, como si pudiera estar singularmente aislado en lo propio, cuando no es antes que ninguna otra cosa el deseo del Otro, donde el sujeto se divide de sí mismo exigiendo su reflexión para comprender lo que se juega de él en detrimento de los demás en lo que cree ser su sí-mismo con derecho a querer. No hay formas buenas o malas de desear (inconscientemente hablando), pero hay muchas maneras de ignorar su naturaleza para confundirlo con un derecho a obtener, franquear, transgredir, conquistar, seducir, gozar o incluso amar, a pesar de/contra el otro que siempre vuelve más indirecta la posibilidad de una realización del sujeto que apunta a restablecer su unidad fantasmática.
En razón de ello habría que ponderar cada final de frase con lo que la Justicia exige para nuestra democracia: la presunción de inocencia; completada con una precaución supuestamente legítima de preservar lo que las denuncias arriesgarían realizar de excesivo. A los testimonios valientes deberían oponerse las reacciones, subrayarse los desmentidos, de los autores presuntos reclamando la ponderación encargada de enmendar el deslizamiento de terreno que erosiona a estos malhechores.
Es olvidar que si del deseo inconsciente solo podemos proseguir la elucidación minuciosa y lenta mediante el análisis o la elaboración suficiente de un pensamiento, de la pulsión sabemos un poco más, ella que nos lleva al acto que solo se produce al elegirlo.
Entonces, seamos breves para responder a la pregunta subyacente: ¿acaso el presunto inocente porta a título de la precaución jurídica la inocencia antaño robada a las mujeres abusadas, que habría que concederle con el auxilio del debate que la verdad de las angustias arrastra en sus olas? No, la reclama como un derecho en la misma vena nauseabunda que le hizo creer en su derecho de goce ciego en el tiempo de sus pasos al acto, allí donde de la pulsión no quiere saber nada que lo hubiera comprometido hacia otra relación con el otro, con su sexualidad, con sus deseos en el camino de una comprensión del deseo que lo conduce por las naves de su existencia.
No me parece posible, según mi experiencia, que un cuerpo agresivo o agresor no pueda ser informado por otro cuerpo —con el cual ha entrado en relación o contacto con fines de seducción, excitación o práctica sexual efectiva— de su rechazo, de su reticencia o de su resistencia dirigidos en respuesta a la interpelación ultrajante. Todo cuerpo agresivo o agresor sabe lo que puede conocer de sí mismo, y el sujeto que lo ocupa elige tomar nota de ello según diversas posibilidades entre las cuales la aquí considerada de la pura negación del otro mediante el desmentido que reconoce la veracidad del no-consentimiento presente, doblado de su recubrimiento simultáneo por su transgresión unilateral, garantía de un plus-de-gozar al cual el agresor se niega a renunciar.
Ahí está la verdad de la experiencia subjetiva vivida por los autores de delitos o crímenes sexuales. Que su conciencia esté más o menos desprovista de ella en el instante de responder, contradecir o justificar sus actos, debe entenderse como uno de los efectos secundarios de esta decisión interior resuelta de cumplir en nombre de una trayectoria individual la dominación radical del otro y su empleo como objeto; el preconsciente, él, no duda de sus motivos; el inconsciente encierra los verdaderos desafíos.
No hay frontera entre uno y su cuerpo tan espesa que impida del todo esta conexión, delicada y a menudo difícil, hasta el punto de establecer una barrera que justifique en su nombre como defensa, los actos cometidos (salvo para algunas raras patologías mentales caracterizadas de las cuales sigue siendo posible atestiguar la abolición del juicio). Puesto que es necesario, como mínimo, que el otro cuerpo (el abusado) sea percibido para que el deseo/excitación indomable emerja en aquel que se dispone a cometer su fechoría: algo del otro es experimentado, pero denegado (por las gracias de una política interior fundada en un «…, y al mismo tiempo…»), esto convoca la responsabilidad del sujeto ante la sociedad y la justicia.
La vía del desmentido perverso, se trata precisamente de eso aquí, se caracteriza por ser la versión menos costosa para su autor, la más perezosa en cierto sentido, la más de baja gama. Lógica consecuente, la totalidad del coste recae sobre la persona que ha tenido que soportar, vivir con su cuerpo y su espíritu, el forzamiento indeleble de la efracción fundamental de un paso al acto sexual abusivo, de por vida, por cuenta del alivio subjetivo del perverso que se niega a tener que perder un poco de su goce.
Existen otras posibilidades que la llamada perversa. No todas están en el opuesto simétrico de la evocada arriba, pero se orientan algunas hacia el reconocimiento feliz del otro como sujeto, aun cuando la vida sexual nos expone tan a menudo a experiencias y acontecimientos de los cuales debemos proseguir interrogando los efectos, a veces buscados, de abandono de sí, de don de sí, de absorción de los cuerpos, de cópula, y de goces, de abolición de las fronteras subjetivas que nutren las paradojas de la vida sexual humana. Ahí está todo el esfuerzo continuo que exige nuestra esperanza de civilizar cada vez más lo que lo sexual nos hace, a nosotros otros seres-hablantes. Buscamos en ello algo que al escapársenos en parte nos abruma, cierto, pero ¿por qué no aceptar este estado, y hacer de este defecto sexual inherente a los humanos un punto de apoyo para el progreso erótico de nuestra especie?
Todos sufrimos (como sujeto) la efracción de lo sexual, la experiencia psicoanalítica lo sabe mejor que otras. Nadie está forzado, sin embargo, a acomodarse blandamente a ello o defenderse de ello devolviendo solamente la agresión siempre no consentida, por todos los seres de existir en el paisaje sexual común a todos los demás, contra otro que tendría que soportar el precio, el peso, el voto de muerte que la maniobra inmadura de la agresión inscribe en el corazón del ser. Una elaboración eficaz es posible, deseable, la única capaz de asegurar a cualquiera el desarrollo psicoafectivo necesario para el vivir juntos y mejor, o más lejos, la invención de una ética del deseo que apunte a acoger todos los tormentos y las vicisitudes de la sexualidad a compartir como síntomas, entre todos nosotros más bien que sobre la exclusión de algunos reducidos al rango de objetos: lo que podría ser una auténtica liberación sexual no advenida hasta hoy —no solamente su liberalización de los años 1970 habiendo abierto a plena luz la inaudita complexión de los goces.
Ello exige esfuerzos, educación, concertación, relación, palabra, escucha y mucha humildad, el reconocimiento de nuestra fragilidad sexual común a todos.
De este esfuerzo el agresor no conoce nada a falta de acoger esta pérdida de sí mismo alojada en las cosas del sexo; rechaza la castración tan bien dicha por Freud en este lugar. Aquella que dice la experiencia de la pérdida, de una falta en ser, del defecto subjetivo que aísla la atmósfera de dicho verdugo de los aires y las corrientes compartidas por aquellas y aquellos que reconocen su existencia antes de decirle no deseando, con o a pesar del otro, pero no contra el otro, no sin algunos otros: donde el perverso se aísla al no poder acogerla por la exclusiva de su rechazo.
Porque esta violencia pulsional preside al sujeto que se las arregla con ella, la iluminación exigente de los desafíos inconscientes es ineludible. No que todos deberían tumbarse para decir. Que algunos se consagren a ello puede bastar para iluminar a los demás, no para convencerlos, sino para infundir en la porosidad de todos, aquellos confundidos de perversión incluidos, la mordedura del saber a inventar sobre lo sexual en eco universal a su sentencia innata.
Así el fantasma se aprehende en toda su profundidad de reliquia del trauma causado por lo sexual, a veces redoblado de su rechazo, a veces reificado al rango de objetivo protésico, a menudo arrastrado mal que bien al albur de las concesiones y los callejones sin salida, de las aperturas y las creaciones amorosas aliviándose del sexo al riesgo de su infestación.
Para no infligir más trauma del que ya hay para cada uno, ocuparse del propio es un requisito meritorio, provechoso para la Relación. Para evitar las divisiones capitales suplementarias. Y comprender que si la vida sexual de la juventud en particular parece en declive no hay que asombrarse de ello, y sobre todo, ningún interés en traer de vuelta en análisis laboriosos la idea de un declive de las supuestas libertades sexuales de sus mayores, aquellas erigidas en modelos por dicho sistema discursivo que hace posibles los abusos excusados en nombre de los tormentos románticos, por tanto sádicos, de los amores pervertidos por la liberalización de los goces donde se ha revolcado el suspenso de exigencia reclamado por la multitud bajo los adoquines de una playa imaginaria, siempre pasadista.
Y aplicarse a una tarea: del sexo curar el amor, ese sexo del cual solo conocemos la noche.
V.B.