Fumar el Falo en la pipa (2023)

Fumar el Falo en la pipa (2023)

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Fumar el Falo en la pipa

o El Psicoanálisis: síntoma sororal

Ahora me corresponde exponer algunas reflexiones motivadas por la lectura del libro de Silvia Lippi y Patrice Maniglier Hermanas. Por un psicoanálisis feminista, publicado recientemente por Seuil. Para evitar perdernos en demasiadas digresiones, me centraré esta vez en tres nociones: sororidad, inclusividad y Falo. Si mi ángulo de enfoque es agudo y mi mirada concéntrica, muchas otras consideraciones deberían sostenerse a partir de esta lectura que no tendremos tiempo de abordar.

Puesto que no faltan, me apoyaré en las reacciones y los comentarios suscitados por las actualidades sexuales a comienzos del siglo XXI, que algunos/as psicoanalistas de hoy se atreven a proferir a riesgo de lo nuevo.

Esto para evocar en fin, sucintamente, un ejemplo de apertura e innovación teórica a la que las perspectivas sororales y de género en psicoanálisis nos dan acceso, desde la experiencia del diván hasta nuestras bibliotecas, pasando por el sillón del analista.

Debo declarar, como precaución de rigor, un conflicto de intereses con las/los autores/as: nuestra connivencia de experiencias y pensamientos en el campo del psicoanálisis, que nos habrá llevado a reconocernos hermanas. Hermanas del inconsciente y de su verbo. Hermanas de locuras.

 

Hipótesis

El psicoanálisis en su experiencia es responsable de poner en circulación saberes sobre lo sexual, fuera de cura pero no sin efectos de transferencia, que desde hace más de un siglo siguen contaminando el espacio social, el discurso, la palabra, los cuerpos y los sexos, entre otras cosas. A esta pandemia de saberes insoportables (relativos a la famosa peste freudiana) han respondido y responden diversas actualidades, síntomas desplazados, emergencias y fenómenos más o menos nuevos que calificamos de actualidades sexuales. En la lista de estas producciones inscribo, en particular, el irresistible ascenso del “género” como noción y concepto desde lo social hasta la consulta, por un lado, y por otro, desde la reivindicación política hasta la elaboración teórica psicoanalítica; y ahora, la eficacia de la noción de “sororidad”, que sigue arrojando luz sobre las coordenadas en metamorfosis continua de la estructura, de la libido, de nuestros saberes.

Sí, considero el género como un enfant terrible del psicoanálisis surgido de la puesta en circulación de los saberes inconscientes sobre lo sexual por el propio psicoanálisis; esto le asigna, al psicoanálisis, responsabilidades morales y una exigencia ética, que la contribución de este ensayo demuestra, allí donde no hay que retroceder ante lo que parece loco a primera vista. La sororidad, desde este punto de vista, es el primo hermano del género, y madrina de la locura clamorosa de verdad.

 

El Falo de nuestras hermanas, la media flácida de nuestros hermanos

La sororidad no es el reverso de la fraternidad ni su inversión. Esa reducción, esa simplificación, solo valen para los porta-Falo y las señoras patronas del psicoanálisis cuyos comentarios, en forma de sanciones professorales, acusan la mayoría de las veces de “ingenuidad”, de “puerilidad” o de “inmadurez aquejada de desconocimiento” al conjunto de esas voces hoy perceptibles en el espacio social que son los “feminismos”, “los estudios de género”, “las luchas contra las desigualdades sexuales”, “#Metoo”, “las violencias contra las mujeres” o incluso “las transidentidades”, con un desprecio reivindicado. No, la sororidad no es eso. Habrá que revisar el contenido del Diccionario histórico de la lengua francesa de Alain Rey, que ya no está al día en estas entradas.

Del mismo modo que el no-todo fálico no es el correlato de un todo-fálico imaginario, sino un espacio necesario para que lo fálico sostenga ahí la posibilidad de su ek-sistencia, garante de la vivacidad del lenguaje en su órbita: su materia, su lógica, su signo. En el litoral de sus adquisiciones, la sororidad reabre lo que la fraternidad empezó a establecer, bajo el alto patronazgo de lo Universal, respecto del lazo social. Hay, por tanto, un interés mayor en seguirla, del mismo modo que desde hace más de veinte años, en nuestro campo, hay un interés prodigioso en seguir el género por lo que es y no solo por lo que hace.

 

Dicho esto, estas reacciones motivadas por la duda, el reproche, el miedo o el cuestionamiento (en el caso más raro) requieren ser interpretadas si queremos avanzar. La noción de sororidad, al igual que la de género, sufre en ocasiones una especie de juicio mucho antes de ser puesta a trabajar seriamente. El conjunto de variaciones ligadas a estas nociones también se ve afectado; entre ellas: las cuestiones trans, los neofeminismos versus los feminismos históricos, la escritura inclusiva, etc.

Estas acusaciones, un tanto precipitadas, de las que es objeto, tienen el aroma de reacciones terapéuticas negativas, el de defensas reflejas movilizadas contra lo inaudito, marcando un rechazo caracterizado a aprender del síntoma en sus actualidades, ni de nuevas torsiones de la lengua; y sería sorprendente que la experiencia psicoanalítica decidiera privarse de ello cuando ha de perpetuarse reinventándose. De ello nos alimenta y nos convence con tacto el libro Hermanas al tratar las modalidades de transmisión desprendidas de los desgarros de la herencia: actualidad aguda del mundo del psicoanálisis, hoy.

Todas estas manifestaciones hostiles, además de no estar simplemente sostenidas por un cuestionamiento exigente, parecen activarse como un contraataque que apunta al peligro en curso contra el Falo simbólico, hasta hacerlo tambalear, incluso a costa de que la vista se nuble hasta confundirlo en sus diferentes matices, ese Falo.

Precisemos nuestro propósito. No es tanto el Falo simbólico como el llamado imaginario el que se ve perturbado y desgenerizado, ahora sometido a este feliz intento de inclusión por estas nuevas denuncias de los efectos y los perjuicios de la castración simbólica frente al reinado sin compartir de la excepción garante de lo Universal, prenda de la fraternidad. En efecto, el Falo simbólico quizá no esté tan afectado de entrada como parece; no en primer lugar, por estas actualidades sexuales: lo está en un segundo tiempo, después de que se haya conminado al Falo imaginario a transformarse bajo el efecto de las nuevas formas de expresión libidinal, y de que la castración simbólica (Falo simbólico) haya sido evaluada en términos de daños y no solo de necesidades civilizatorias.

Pero curiosamente, y no tanto, son efectivamente los ataques al Falo simbólico los que suscitan más reacciones, oposiciones y comentarios inquietos frente a la subjetividad de nuestra época. No es casual. Y eso nos indica que el movimiento subyacente a estas actualidades no concierne primero al padre imaginario, sino al padre real: como muestran también las expresiones del movimiento #Metoo en particular, donde se denuncian los crímenes realmente cometidos, así como las pérdidas simbólicas que producen, allí donde impiden vivir, allí donde matan, y no solo la privación real (del órgano o del objeto) sufrida por parte del padre imaginario, que también puede ser objeto de un combate fraternal reflexivo (que reúne a hombres, mujeres, trans) útil al esfuerzo de civilización. Nada de pénisneid en #Metoo, o en el transfeminismo, que quede claro y se asuma; toda la clínica actual lo prueba: es indiscutible e indemostrable. La forma de los retos fálicos en el campo social ha empezado a modificarse: ya no apunta tan espontáneamente a la del pequeño falo que algunos/as seres hablantes llevan en la ropa interior, sino mucho más profundamente al trayecto de la sustancia al objeto donde se establece la forma que puede tomar, en su tiempo, algo de lo real del sexo.

Así, el Falo queda plenamente confirmado y honrado —digámoslo simplemente— por estas evoluciones sociales y sexuales recientes, y sin duda también por las que están por venir, aunque no podamos anticiparlas. Confirmación del Falo no solo en su función, sino en lo que es y en lo que no es, a nuestra manera: aquella en la que preferimos que sea el significante faltante y una función que sostiene la inscripción del Sujeto en el lenguaje, en la estructura, más lejos de sus usos forzados que lo convierten en pretexto de interpretaciones asombrosas de la teoría existente cuando se trata de evitar tener que construir una nueva.

Dicho de otro modo, en broma: el Falo es nicotina. La mejor droga capaz de unirse a todas las demás sin interacciones negativas mayores, y con el poder de potenciar los efectos de las otras sustancias incorporadas con él. El Falo es el falta para todes, y para todes singularmente establecida: no hace falta ser iguales para estar juntos.

Entonces, ¡podemos dejar de fumar!

 

Pero toda forma nueva que se presenta hace que se alcen todo tipo de acusaciones, de juicios de intenciones. Como si la forma inducida por la materia fuera capaz de deformar la propia materia, mientras que en nuestra actualidad solo es la forma la que se reformula. A muchos psicoanalistas esto les sorprende y les ofende. Reacción paradójica si pensamos en lo que la experiencia de la pase, en particular, nos ha enseñado de manera radical: por una parte, que simples perturbaciones o aperturas a lo imaginario no garantizan un acceso a lo real, salvo que tomemos una cosa por otra; y por otra, que los tambaleos de lo imaginario se ilustran casi siempre en crispaciones temerosas respecto de lo simbólico, que estaría en peligro. ¿Hay confusión de registro? ¿El saber desmentido por la experiencia volvería a quedar atrapado en estas inquietudes de ver desaparecer el Falo, cuando ya es faltante? Esta inquietud desbocada traduce, a mi juicio, una recaída, una regresión en nuestra experiencia. Alegrémonos: retroceder precede con bastante frecuencia un avance del tratamiento y la modificación de una economía libidinal a la medida del deseo. Entonces, quizás, ¿estamos en el buen camino?

Se vuelve a encontrar la impenetrabilidad de lo real; y aunque este real, como tal, no cambie, su experiencia modifica su efecto y su alcance, nos invita a tratar lo simbólico a partir de lo real, donde lo simbólico se enfrenta a su imperialismo: fracasa al recubrir lo real, aún más de lo que lo imaginario tropieza con la forma de la que se hace vector entre lo imposible y el signo.

 

Aplicado al contenido del libro, esto nos permite acceder a una lectura moderna de las propuestas freudianas en particular, y también lacanianas, acerca del síntoma, aquellas que, del trauma incompartible, dan una dimensión compartida. El “síntoma compartido”, típico del lazo de sororidad, difiere de la edificación social de la fraternidad encargada de la perpetuación de la civilización edípica, y leo la sororidad como la encargada de su tratamiento. En este sentido, la lectura clarividente y la interpretación freudiana de Lippi y Maniglier del texto de Freud y las célebres jóvenes del dormitorio prendadas de un común errático, nos conmina a profundizar en lo que hoy se lee mucho mejor, con #Metoo, que no veíamos tan bien antes de que esas jóvenes se atrevieran a salir de su dormitorio —equivalente de su armario— para celebrar en el espacio público el advenimiento de otro lazo posible.

Dicho de otro modo, dos usos de una misma fractura, la de la relación sexual que no existe, abriendo a dos circulaciones posibles de la libido: la de la fraternidad, que obra por hacer el amor desde el sexo, hacer el amor del sexo, mientras que la sororidad cura el amor del sexo, del sexo curar el amor. Relación sexual que no existe salvo incestuosa, dirá Lacan; yo añado las contaminaciones por el VIH, ese objeto real con efectos, entre otros, imaginarios temibles, cuya clínica epidémica desde hace cuarenta años sigue explorando las consecuencias de cierta relación entre los sexos que se contaminan.

El síntoma compartido inconscientemente hace función de Falo imaginario, donde “sustituye” el reparto de las mujeres por los hermanos de la horda; es, en ese sentido, una vía de acceso curada del sexo a lo simbólico, pese al trauma, gracias al amor sin la necesidad normativa y sistemática de articularse al Falo simbólico del padre imaginario como único eje de supervivencia en la histerización femenina o la locura femenina (pleonasmo): no son más que vías de fracaso, tanto político como social… ¿debemos conformarnos con eso? Del padre real cuyos crímenes se denuncian, un síntoma sororal ofrece otra curación al trauma indecible e intransferible: la solidaridad de las solas/singulares, afectivamente disponibles para unas y otros. Sin duda hay ahí una conexión con esa otra noción delicada que es el care, superada aquí para la ocasión, allí donde esta última no se funda en una unidad psíquica ni en otro común esperado que el reconocido por el hermano, honrado por la movilización de las queridas hermanas.

 

Más adelante, la sororidad revela un más allá de la Comunidad donde una práctica de lo identitario como materia del trauma se muestra capaz de establecer un común no fundado en la muerte simplista de los individuos constituyentes que, con su desaparición, forman los cimientos de dicha comunidad. Una Comunidad que se aparta de la identidad común de los hermanos unidos en el origen de sus guerras fratricidas, para preferirle la identificación común reconocida y celebrada para la ocasión, hasta vivificar las propuestas freudianas, en particular, donde confirma la oportunidad de una unión activada por el movimiento psíquico, activo, proactivo, atento a la pulsión más que a su objeto. Hasta el punto de vislumbrar los comienzos de una ética de la pulsión alejada del reinado del objeto.

¿No sería esta la entrada de un camino de pensamiento que da acceso al reconocimiento del Psicoanálisis como síntoma sororal en sí mismo, sister Sigmund?

Esto puede y debería interesar vivamente a los/las analistas inscritos/as en grupos, asociaciones o escuelas, es decir, en esas formas válidas de organización del psicoanálisis que datan del siglo pasado. Tienen mucho que aprender de lo que se les presenta hasta el punto de turbarles, de hacerles retroceder por reflejo, si aún aspiran a reinventar el psicoanálisis y a tratar las aporías detectadas y combatidas en su propio campo, que aún no ve aperturas estables y duraderas a las minorías sexuales en sus filas, ya sea en el diván o en el sillón. Sin necesidad de hablar de la institución universitaria, que podría añadirse a la lista de las configuraciones mórbidas del saber inconsciente cuando se toma por materia de enseñanza: yo he dimitido de unas y otras, y me alegro de haber asegurado allí mi supervivencia, como Sujeto y como practicante del psicoanálisis.

Una comunidad sororal es, sin duda, más lúcida, más woke o aware, respecto de su estructura, sus impasses y sus posibles nuevas creaciones, necesarias, accesibles, posibles, felices y deseables.

 

Habrá que retomar también el trabajo de análisis de los lazos de solidaridad que surgieron con motivo de la epidemia de sida entre hombres gays, maricas, HSH. Yo no había sentido, cuando entré en Act Up-Paris en aquella época, que estábamos en un dormitorio; sin embargo, decíamos “mi hermana” cuando nos burlábamos de nuestros compromisos y de los comentarios suscitados en otras personas, espectadores fraternales, añadiendo “gracias por tu lucha” para ironizar sobre la inactividad de la masa, a la que respondíamos con aquella increíble fiesta de pijamas entre amigas que el activismo supo ser durante un tiempo… antes de verse alcanzado por los hermanos celosos de las risas y los llantos compartidos.

 

El lazo sororal no es la anulación de la estructura; al contrario: es una nueva práctica, quizá incluso una precisión de las orientaciones posibles del Sujeto en la estructura; es lo que permite esa apertura suplementaria a lo que aún no habíamos encontrado y ya podíamos poner a trabajar; permite, quizá de manera definitiva, dejar de creer en el roca de la castración así como hemos deformado colectivamente el propósito de Freud sobre lo biológico haciendo función de roca, donde el padre del psicoanálisis no dejó de abrir, una vez más, una posibilidad de superación: si el cuerpo anatómico produce un corte entre los seres, sus lágrimas como sus gotas de sangre les resultan infinitamente más compartibles; pensemos que el amor del producto no es el del objeto, o que el objeto de mil formas (las sustancias que se pueden mezclar) supera al objeto monolítico, o también que el rasgo unario no es un rasgo unitario.

Quedarse en la fraternidad portadora de una negatividad sororal no es suficiente. La sororidad, aunque también impregnada de una dialéctica negativa, es una positividad a la vista; ya no podemos ignorar su forma. Sus producciones nos invitan a soltar la barandilla objetal justo allí donde nos limita, y a preferir el vagar creativo de los no incautos que saben apańárselas ahí con lo peor… sirviéndose del padre, sin servirle ya más: porque es razonable.

 

El psicoanálisis ha logrado pasar del órgano a su representación, del pene al falo, del Falo significante del deseo al Falo significante del goce, etc. Quizá pueda aventurarse aún más lejos en su conocimiento de la continuidad sexual, llena de variaciones, y abordar ahora el más allá del más allá del Falo, que no es el más allá del no-todo fálico sino más bien su otro lugar, que designo como el fuera-del-Falo, que no por ello es menos fálico; al menos, orientarse allí, que escribo “x”; volveremos a ello.

 

Sobre la escritura inclusiva

Es asombroso leer y escuchar las reacciones y contestaciones al recurso a la inclusividad en la escritura, advirtiendo desde ahora que la inclusividad oral no es objeto de tantas críticas como sus aplicaciones en lo escrito. Lo que puede hacernos pensar que aquí la atención se dirige a la letra más que al significante, quizá al símbolo más que al signo.

La escritura inclusiva, como muestra el libro de Silvia y Patrice, no es una postura de pequeño burgués blanco falto de fantasías perversas baratas y de fácil acceso, sino una traducción auténtica, tal como abordamos la traducción y lo intraducible entre lenguas: algo de lo que los psicoanalistas, más que otros, tienen experiencia desde los primeros textos freudianos puestos en circulación en sus versiones originales o en sus primeras traducciones, y luego en su reescritura/traducción en las Obras Completas, en particular.

La escritura inclusiva consiste, en mi experiencia de la práctica psicoanalítica —la de la escritura como autor y la de lector de textos de otros/as autores/as—, en una obra auténtica de traducción de lo intraducible, a saber: la emergencia en el discurso y la palabra de un nuevo desprendimiento de lo real del sexo que invita al tratamiento del orden simbólico. Si lo real del sexo se ha ilustrado, de manera bastante amplia hasta ahora, en lo héteros, que dice lo que separa y sostiene a los sujetos, los seres y los individuos en la base de nuestro fantasma de sexualidad —donde se expresan nuestros retos sexuales necesitados de realidad—, estamos entrando manifiestamente en un momento decisivo del atravesamiento de ese fantasma, que califico de hétero-patriarca.

Porque se trata, en efecto, contrariamente a muchas ideas preconcebidas o decepcionadas, de tomar en serio “lo que se dice” hoy. Los usos de la lengua, las prácticas de la lengua —la palabra en particular— evolucionan sin cesar. Algunas de sus actualidades son pasajeras, otras se inscriben más duraderamente en la evolución de la lengua, en su necesaria preservación. Ahora bien, podemos constatar que en el discurso se ha impuesto un sexo nuevo: Trans. Junto a Hombre y Mujer, Trans se ha instalado no solo en las palabras, sino también en el discurso, hasta el punto de vivificar la transitividad de los significantes; está vivificada, quizá incluso reactivada contra sus hábitos establecidos y funcionales. Lo cual no relanza menos que el propio Falo, ofreciéndonos la feliz posibilidad de aprehender de otro modo, atravesándola de nuevo, la relación de objeto de la palabra con los elementos de la frase. Transitividad que está en el fundamento de la dinámica intersignificantes cosida de vínculos y de separaciones, de huecos y de relieves, entre los cuales se deja oír, se deja ver y leer, y escribir, la causa del deseo del Sujeto dividido, desde su prehistoria de grito, de jaculaciones proyectadas fuera del cuerpo, donde se establecen las condiciones de un posible lazo social articulado al uso de la lengua, lo más lejos posible del riesgo de su equívoco.

 

Sobre la letra, decía yo, nos atrincheramos espontáneamente, sobrecogidos de espanto ante el riesgo de una lesión simbólica, sin ver que también aquí es primero lo imaginario lo que está en cuestión, allí donde la forma no espera a la materia, sino que se informa de ella como de la vida para abrazar las condiciones, las posibilidades de su realización y la calidad de su presencia.

Llevemos la mirada más lejos, o más cerca, y tranquilicémonos. Lo que se deja leer y oír sigue abriéndose camino en la pista de lo no sabido que nos sostiene.

 

Estructura iluminada, sexuación acentuada

¿A qué puede darnos acceso todo esto, en particular en el plano teórico?

El Falo está confirmado, e incluso relanzado. Él y su función fálica; los retos de lo fálico, entre los cuales el no-todo fálico completa nuestra comprensión de lo fálico no descompletándolo, sino extendiéndolo. A esto añado el fuera-del-Falo, como el más allá de su más allá (fijado en no-todo).

En el borde de esta extensión, cuya práctica reflexiva o bien clínica se ve reforzada, potencialmente, por un pensamiento de la sororidad o del género, aparece un nuevo espacio, un nuevo campo de la sexuación, que designo como a-sexuación. Tal como resulta de la clínica del género en psicoanálisis y de la perspectiva sororal, que no nombraba así antes de profundizar mis reflexiones con Silvia y Patrice, a quienes arrastro en mis extravíos teóricos. La a-sexuación es a la sexuación lo que el no-todo fálico es a lo fálico, a saber, que no es su inverso ni su contrario. La a-sexuación designa aquello que, apoyándose en la sexuación —donde se articula la relación del sujeto del inconsciente con la función fálica y con el goce—, la objeta parcialmente allí mismo donde la extiende: ese fuera-del-Falo (que no es su más allá ni su rechazo) que hace posible la exploración, aún pendiente, de lo que es la función de la castración (incluido el “decir no” a la función fálica) en lo real, en lo imaginario y no solo en lo simbólico, tal como la experiencia del psicoanálisis ha podido, hasta ahora, estudiarla ampliamente, reduciéndola con demasiada frecuencia al rango de reacción negativa, cuando constituye —todo el mundo lo admite en teoría— desde siempre una verdadera propuesta fecunda, saludable y creativa. Lo que las fórmulas de la sexuación, propuestas por Lacan, desmienten de la bisexualidad psíquica constitutiva del Sujeto del inconsciente en tanto que situación, y no preferentemente una orientación (efecto secundario mayor de la creencia indebida en la orientación sexual dotada de sentido), reaparece en las actualidades sexuales en ofertas de perversión de la función fálica (no hay razón para abandonar el Falo, aunque haya que reinventarlo un poco, en sus márgenes), donde el Falo se ve adelantado por el objeto a, causa del deseo, hasta el punto de dar consistencia al lado dextrogiro del nudo borromeo, sobre el que podríamos pasar horas y horas explorando sus misterios. Aquello del sexo que se impone al ser hablante puede pensarse más adelante desde su real puesto en forma, y ya no preferentemente desde sus resonancias simbólicas. La a-sexuación da cuenta, en un cuadro de fórmulas por venir, de las relaciones del Sujeto con la función de la castración y su relación de objeto, dinamizadas por la perversión de lo fálico, en vecindad con la sexuación, que da cuenta de las relaciones del Sujeto con la función fálica y con el goce, dinamizadas por la adquisición del Falo; su fantasma, distintamente del hétero-patriarca de la sexuación lacaniana, quizá pueda llamarse a-patria.

Habría que desarrollar todo esto en otras condiciones…, pero una cosa es segura: esta entrada oficial de la sororidad en nuestros vocabularios ya produce sus efectos en mi práctica y en mi pensamiento.

 

¿Psicoanálisis, todavía?

En varias ocasiones, la pregunta se planteó en torno a la salida de este libro: ¿sigue siendo psicoanálisis?

Sigo muy sorprendido por esta pregunta, sin duda por varias razones. Ante todo, mido hasta qué punto es difícil apreciar cuánto se ha alejado el psicoanálisis de su tiempo, a fuerza de querer permanecer en el suyo. El psicoanálisis del que hablan Silvia y Patrice es para mí el único que existe, el que encontré el día en que Françoise Dolto me convenció de una intención en forma de deseo, formulada como una promesa de acción: “a los mal encaminados, el psicoanálisis puede salvarlos ”. Es el psicoanálisis que se constituye en los márgenes de las formas que aplastan la materia, el de los locos que hoy digo todas locas, el que me atrapó cuando tenía doce años. No conozco, en mi carne y en mis pensamientos, el psicoanálisis demasiado instituido que, edificándose sobre la solidaridad de las marginales histéricas y de otras, solo se deja encontrar en la sumisión a la autoridad abusiva de un saber elevado a conocimiento. El de la Universidad, el de casi todas las casas de psicoanálisis (asociaciones, escuelas). Aquel cuyo discurso ya no guarda relación alguna con la experiencia clínica cotidiana y que, sin embargo, por ser ineludible, hace necesaria la escucha real, la escucha de lo real: la única perspectiva capaz de mantenernos alejados de las seguridades y garantías buscadas por el ser hablante, hasta el punto de perder el hilo de su deseo.

Este psicoanálisis sororal, así lo entiendo al leer este libro, es el único psicoanálisis que vale para mí: el de mi vida, el de mi cura psicoanalítica, el de mi paso del diván al sillón; el que, desde mis primeras experiencias como trabajador social en la calle con poblaciones toxicómanas fuertemente marginadas, recorre el espacio público deslizándose por los intersticios; el de las trastiendas más que el de los escaparates; el de las bodegas y los squats, o de las habitaciones de hospital donde el encuadre se desplaza; el que perturba y no el que asegura; el que no retrocede y no el que comenta y pontifica; el que pasa y no el que ya pasó; el que puede prescindir de dicho Falo para preferirle la x, más cercana a The Thing en Duras que al pénisneid originario. X, que no es la de Madonna en Madame X, aunque aquí pueda abrirse un nuevo capítulo de los Madonna’s Studies. No: una x que asume ser la incógnita de la ecuación, cuya materia y forma siguen siendo siempre lo bastante faltantes como para que, con elle, se activen los intentos de clarificación del sentido, de la representación y de lo imposible por donde transcurren nuestras vidas.

 

Se confraterniza con un/a enemigx; se sororiza con todes y con los demás.

 

Para concluir, y como prueba de lo que sigue siendo intangible en ciertos aspectos, aunque el humor sepa ilustrar sus debilidades, termino mi propósito con esta performatividad revisitada: Silvia Lippi, Patrice Maniglier, ¿aceptan tomar a Vincent Bourseul, aquí presente, como hermana? Sabiendo, sin embargo, que la pregunta no se plantea, aquí donde la cooptación no tendría ningún sentido.

 

PD: El cuadro siguiente no es el de la a-sexuación, que vendrá más tarde.

 

“Del 2 hacer un poco más (o mucho mejor)”