La sexuación, las cuestiones de lo fálico y el género (2022)

La sexuación, las cuestiones de lo fálico y el género (2022)

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La sexuación, las cuestiones de lo fálico y el género

 

Publicado en internet, octubre de 2022.

#sexuación #fist-fucking #falo #lacan #freud #foucault #no-todo #fálico

Las referencias bibliográficas aparecen en el archivo PDF.

Intervención oral – enero de 2016 – seminario Las cuestiones de lo fálico (Annie Tardits, Elisabeth Leypold – EpSF).

 

***

 

Voy a abordar cronológicamente algunos aspectos de la clínica del género y de las posibilidades que abre para pensar la sexuación, las cuestiones de lo fálico y el género en particular, y más allá considerar algunos aspectos de las cuestiones de lo fálico a la luz del género.

Abordaremos para ello la cuestión de la dilatación con Jean-Louis Chrétien, la del fist-fucking y de ciertos usos de drogas en el marco sexual, para hablar del goce Otro, del no-todo y un poco de yoga.

 

Al intentar reflexionar sobre «las cuestiones de lo fálico» y «el género», acabé perdiéndome en el camino. Acabé, o empecé, por no poder explicarme ya la diferencia entre el objeto a y el falo, y más adelante, no saber ya qué hacer con el cuadro de la sexuación.

 

La imagen se volvió borrosa.

 

Luego finalmente, se dejó pensar en esta especie de confusión, no tan sorprendente en el fondo. Pues del objeto a y del falo, que no se encuentran tan a menudo tal cual en la vida ordinaria, bien podía perder, después de todo, la nitidez de su presentación en tanto que concepto por una parte, y por otra en tanto que representación que son el uno y el otro en la teoría psicoanalítica.

 

Me encontraba intentando aclarar qué sería una «práctica de la sexuación». Buscando prolongar lo que he intentado describir en mi tesis bajo el vocablo «arreglos de la sexuación» —que el género permitiría sostener—, y apuntando a abordar serenamente —si es que ello es posible— la cuestión fálica en una enseñanza universitaria consagrada al género.

 

El objeto a me sopló un fragmento de solución al oído.

 

De repente, se me apareció que la sexuación, al igual que el objeto a, no pertenece al mundo fenoménico. Mientras que el falo, en ciertos de sus matices, se beneficia de una especie de colapso con la realidad cuando se hace objeto imaginario, en Freud al menos.

 

El mundo llamado fenoménico, para Kant —que no carece de relación con la escritura de las fórmulas de la sexuación— y otros, se distingue del mundo nouménico. Recordemos que «fenómeno» tiene por etimología «apariencia», «lo que aparece», «lo que brilla». Se distinguen por un lado la realidad, tal como la percibimos que se deja objetivar, y por otro lado lo enigmático, lo desconocido, Dios. Lo que no es del orden del fenómeno no es accesible o no puede ser aprehendido por la representación ordinaria. Lo nouménico es un límite en su ilimitación, es en este punto que nos interesa. Y sin duda más en el uso que hace de ello Hegel que Kant, más allá de quien propone que a falta de tener una experiencia de la cosa en sí —o de la Totalidad—, esta puede sin embargo ser utilizada, ser practicada en pensamientos.

 

Pensar el objeto a como no perteneciente al mundo fenoménico me parece intuitivamente una especie de evidencia, que no suscita pregunta. Ello parece ser un principio mismo de sus múltiples concepciones, sin necesidad de subrayar más esta irrepresentabilidad de la causa del deseo.

 

En cuanto al falo, dejémoslo en suspenso por el momento.

 

¿De qué hablamos cuando hablamos de la sexuación? ¿de las fórmulas del cuadro de cuatro casillas? ¿de la sexuación en tanto que existe más allá de su escritura? ¿de la sexuación en tanto que una práctica de la sexuación puede ser definida u observada? ¿o bien aún de la sexuación en tanto que suscita diversos arreglos sexuales, sociales, culturales o políticos que podemos encontrar? Y para resumirlas todas juntas, estas preguntas: ¿se trata de la sexuación en tanto que fenómeno o no?

 

Digo que no es un fenómeno.

 

Decir que la sexuación no pertenece al mundo fenoménico, es subrayar la no representabilidad de la sexuación formulada por Lacan, e insistir en su producción efectiva en otra dimensión que aquella directamente observable de la realidad desde la cual la sexuación sitúa los cuerpos que la biología sexúa. Lacan mezclando estos dos aspectos dirá en…. o peor: «[…], es por el significante que usted se sexúa».

 

El cuadro funciona por sí solo sin otro encabezado. No hay necesidad de un lado calificado de hombre o de otro calificado de mujer que terminan por ser bastante embarazosos tanto impiden aprovechar los efectos de estas fórmulas y tanto nos alejan del objetivo que Lacan mismo parece fijarse al proponerlas o al admitirlas en el curso de su elaboración. Las «x» bastan para entrar en el juego de las fórmulas. Lo que no impide que la presentación de las escrituras esté separada por una línea mediana, puesto que el desafío es precisamente poner de relieve el carácter paradójicamente dual de la no-relación que abre necesariamente a un más allá de la binaridad.

 

Cuanto más trabajo esta cuestión, más estoy convencido de que estas fórmulas no son para leer, ni siquiera para descifrar. Los elementos que articulan pueden serlo separadamente los unos de los otros, pero no el conjunto que forman en coherencia, salvo embarcarse en una curiosa exégesis o interpretación.

 

Si los fragmentos o elementos separados tienen un interés en ser leídos, pensados o elaborados, es recordando, como subraya Annie Tardits, que en los diferentes momentos de sus producciones no se trata aún de llamar a todo esto «sexuación» en los propósitos de Lacan. Esta unificación es producida secundariamente a la discusión y la concepción, por Lacan, de estos elementos precursores del cuadro final.

 

De esta manera creo que es posible aprovechar los efectos que el género nos ofrece a fin de difuminar las pistas de una lectura corriente tan eficaz de estas fórmulas que fija la pulsación, la irradiación, en una coherencia del pensamiento de la sexuación demasiado lograda. Quizás demasiado fálica, justamente cuando las fórmulas de la sexuación son a veces convocadas o enseñadas para decir y mostrar el ser del hombre y el ser de la mujer, mientras que nuestra época nos invita a considerar muchos otros significantes susceptibles de venir a ocupar el lugar de las «x» en las fórmulas. Quiero decir con ello que el conjunto de los géneros, por ejemplo los 70 y pico géneros de Facebook pueden bien venir a inscribirse en ellas.

 

Sin embargo, si hay que, a todos los efectos útiles, situar los sexos que se dicen a veces hombre o a veces mujer en la sexuación, es manteniendo firmemente la idea creo aportada por Lacan, que el sujeto nunca tiene más que el sexo que vale para el otro sexo de otro sujeto: en lo cual hay siempre dos sexos, dos sexos en presencia (o más si hay afinidades, pero no estoy seguro de que una orgía pueda superar la experiencia de los dos sexos, aunque esté compuesta de veinte o treinta personas diferentes).

 

Entiendo también de esta manera que el empleo de los cuantificadores por Lacan, como otros antes que él, se inscribe en una especie de superación de las proposiciones kantianas. El desafío del no-todo fálico, para Lacan, en su propósito, es precisamente superar el límite de los cuantificadores fijando hasta entonces el inventario de lo existente a lo que se encuentra designado sin más consideración por lo que, del mismo trazo, se encuentra rechazado y sin embargo no menos existente. Este es un desafío del no-todo.

 

Esto para hacer valer que lo que no se beneficia de la discriminación primaria del juicio de existencia no es menos existente. La división introducida por la distinción, por la castración, no puede dar cuenta de aquello de lo que se separa para edificarse. Este estado de hecho, relevado por Freud, ha abierto al pensamiento de la castración y de sus efectos, de sus restos, entre los cuales el falo imaginario investido de una primacía lógica de existencia necesaria a la experiencia de la contingencia de la presencia/no-presencia tan pronto vivida como extrapolada a la experiencia de lo existente/inexistente.

 

Entonces quedan las «x» que son tantos significantes posibles, así como Lacan propone «servirse de los cuantificadores». Servirse de ellos para continuar, dice, «enumerando», única cosa que tiene más alcance sobre lo real que los significantes sexuados, según él; enumerar para proseguir el examen del saber surgido de la experiencia, de la experiencia del juicio de lo existente, y ceñir siempre más los límites y los desafíos de lo que Freud ha designado por castración.

 

Como último recordatorio para concluir estos preliminares, le doy o le vuelvo a dar los «resultados» de un trabajo que versa, entre otras cosas, sobre la cuestión trans que me hizo encontrar el género en tanto que objeto imaginario, puesto que es así como se hacía oír y ver en la palabra subjetiva de algunos pacientes y sus representaciones. Pensarlo así tuvo consecuencias lógicas no negociables. Las de definir el sexo en consideración de lo que el género imponía como nuevo abordaje del paisaje sexual. De ello resultó este primer cuadro de un señalamiento dimensional.

 

Imaginario (1) Simbólico (2)
Género (1) objeto (1) proceso (3)
Sexo (2) instancia (4) objeto (2)

 

***

 

Sin transición, sumerjámonos ahora de lleno en el vasto baño de la alegría espaciosa ofrecida por las drogas en el marco de las prácticas sexuales. La alegría espaciosa, ensayo sobre la dilatación, no es el título de un manual de fist-fucking, sino el de una obra de Jean-Louis Chrétien sobre esta crecida del espacio, que lleva y que desgarra —según sus términos—, que explora a través de las producciones de santa Teresa de Ávila, Victor Hugo, Paul Claudel o Henri Michaux.

 

Lo indistinto está en el centro de su propósito, del cual no es fácil por otra parte relevar lo que distinguiría lo que llamamos goce fálico y goce Otro. Pero sus proposiciones, a falta de desenredar los goces del psicoanálisis, pueden sernos útiles.

 

Jean-Louis Chrétien, aunque solo sea en su introducción, dice que interesarse por la dilatación, es dar cuenta de las modalidades de nuestra prueba común con el espacio, el dentro, el fuera. Escribe: «Tan pronto como la alegría se levanta, todo se ensancha. Nuestra respiración se hace más amplia, nuestro cuerpo, el instante de antes replegado sobre sí mismo, ocupando solo su lugar o su rincón, de repente se endereza […] Reír o llorar, reír llorando, llorar riendo, ¡qué importa!, es la respuesta al mismo exceso de lo que viene. […] ¿Qué es lo que viene? El por-venir. Pero no está solamente proyectado, calculado, anticipado, imaginado, surge aquí y ahora, y es porque este aquí y este ahora no podrían ser puntuales que todo se ensancha».

 

La dilatación es un asunto de corazón, de corazón que crece bajo el efecto de la alegría invasora rechazando el espacio y torciendo el tiempo, o rechazando el tiempo y torciendo el espacio. Es la palabra que testimonia estas experiencias de extensión y subraya también que este ensanchamiento «debe siempre conservar la memoria de la estrechez a la que se arranca, y de la difícil victoria que habrá sido ese arrancamiento». Podemos leer en ello que habría entonces una relación no reducible de la extensión con la intensión. Chrétien añade: «Hay en efecto un peligro mortal en toda ilimitación que pierde de vista el límite, y que no llega ella misma a limitarse. […] La exaltación de la manía no es la alegría de la dilatación. Y la fabulación no es la palabra dilatada.»

 

Dicho de otro modo, toda expansión o toda apertura, exageradamente pronunciadas, infladas artificialmente no pertenecerían, en este sentido, a la dilatación recorrida por Chrétien, sino sin duda a algunas hemorragias donde lo que debía sostenerse no se habría sostenido lo suficiente en esta empresa de apertura y de desligadura parcial y selectiva, y no masiva ni exhaustiva con riesgo de muerte.

 

Entre algunos pacientes adeptos del fist-fucking, he podido a veces oír esta persistencia del punto de basculación, la acción de lo que parece ligar los goces sobre esta línea de cresta.

 

Después de horas o días pasados bajo el efecto de drogas gracias a las cuales las prácticas sexuales pueden desarrollarse al infinito o casi, durante 24 o 48 horas, algunos han descrito bien este momento de conclusión, de interrupción de sí mismos y de sus actos como un tiempo de suspensión decisivo.

 

Un paciente dice a propósito de este instante del fin de una sesión de fist-fucking y de consumo de drogas: «Estoy como muerto, abatido, saciado, vacío y sin forma, sin más vida o casi. Luego renazco, retomo mis actividades, liberado de lo que me estorbaba. Estoy saciado de haber sido llenado de algo que ha permitido vaciarme de otra cosa». ¿Paradoja aparente una vez más o persistencia de una doble inscripción?

 

Lejos de estas escenas, una profesora de yoga que enseña la respiración pranayámica anima a sus alumnos a exhalar todo el aire de sus pulmones y observar ese punto donde nada sucede antes de que la inspiración se desencadene de nuevo. En ese momento, dice, el cuerpo desaparece, el cuerpo se ensancha. ¿No es paradójico ese ensanchamiento en la desaparición?

 

Los psicólogos y psicoanalistas suelen tener una visión bastante violenta de la práctica del fist-fucking, obsesionados sin duda por su carácter invasivo y presuntamente brutal debido a su fuerza imaginaria. Vincent Estellon, en su obra Les sex-addicts, escribe: «Si Michel Foucault habla del fist-fucking como de una especie de “yoga anal”, no se puede ignorar la parte de violencia destructora inherente a esta práctica sexual extrema». Estas apreciaciones pasan por alto la realidad de una práctica eminentemente escrupulosa y precavida, lenta y progresiva, sin la cual los accidentes y los daños serían moneda corriente.

 

Michel Foucault ha, en efecto, dicho algo, a propósito del fist-fucking. Pero nunca ha calificado de «yoga anal» esta práctica, aunque gran parte de la comunidad gay SM pueda alentar esta filiación fraternal con Foucault y este buen dicho.

 

¿Qué dice Foucault sobre el fist-fucking ?

 

Extracto: «¿Cómo ve usted la extraordinaria proliferación, desde estos diez o quince últimos años, de las prácticas homosexuales masculinas, la sensualización, si lo prefiere, de ciertas partes hasta entonces descuidadas del cuerpo y la expresión de nuevos deseos? Pienso, por supuesto, en las características más llamativas de lo que llamamos las películas ghetto-pornos, los clubes de S/M o de fistfucking. […]

  1. F. […] Pienso que el S/M es mucho más que eso; es la creación real de nuevas posibilidades de placer, que no se habían imaginado antes. La idea de que el S/M está ligado a una violencia profunda, que su práctica es un medio de liberar esta violencia, de dar rienda suelta a la agresión es una idea estúpida. Sabemos muy bien que lo que estas personas hacen no es agresivo; que inventan nuevas posibilidades de placer utilizando ciertas partes extrañas de su cuerpo. Pienso que tenemos aquí una especie de creación, de empresa creadora, cuya una de las principales características es lo que llamo la desexualización del placer. La idea de que el placer físico proviene siempre del placer sexual y la idea de que el placer sexual es la base de todos los placeres posibles, eso, pienso, es realmente algo falso. Lo que las prácticas S/M nos muestran, es que podemos producir placer a partir de objetos muy extraños, utilizando ciertas partes extrañas de nuestro cuerpo, en situaciones muy inhabituales, etc

 

Desexualizar el placer, es un poco hacer callar el sexo en el campo del goce. Percibo aquí algo que resuena con mi proposición del género/objeto imaginario que permite pensar el sexo no como objeto falo que el género es, sino en tanto que está también desprovisto de esta primacía dejando entonces un acceso a su vertiente de objeto simbólico.

 

Despejar el sexo de lo que no es sexual en él salvo equivocarse, es evitar recubrirlo de un imaginario falo que no es o de confundirlo con, es reabrir la vía al género/falo hacia donde converge lo sexual finalmente liberado del sexo demasiado acaparador.

 

La práctica del fist-fucking, nos recuerda Marco Vidal, no está repertoriada en el informe Kinsey de 1948 y 1953. No es, en tanto que tal y bajo esta denominación precisamente, identificada más que en 1960 cuando se crea en Estados Unidos la TAIL (Total Anal Involment League — Liga para el compromiso total en el culo), en el seno de la cual 1500 personas reivindican esta práctica de la penetración del puño en el recto o la vagina.

 

Desexualizar el placer es un poco relevar de sus funciones al sexo pensado como encarnación del falo. En 1975, cuando el célebre establecimiento Les Catacombes abre sus puertas en San Francisco, Pat Califia y otros frecuentan este club que se volvió rápidamente mixto debido a las prácticas sexuales que tenían lugar en él, para las cuales la anatomía solo tenía importancia en exigir para cada uno tener un cerebro y una mano.

 

Pat Califia escribe: «Tengo relaciones sexuales con maricas. Y soy lesbiana. ¿Eso ¿Le deja perplejo? […] Ya no sé exactamente en cuántos hombres he introducido mi mano (o mis manos) y eso todavía me pone en trance. Es impresionante estar tan cerca de otro ser humano. Entre los botes de vaselina, a menudo me he preguntado cómo es posible cruzar la “frontera del género” durante este tipo de sexo. En primer lugar, el fisting no hace hincapié en los órganos genitales. En las fiestas de fisting, los hombres, en general, no se interesan por la polla de los demás, sino por sus manos y sus antebrazos. Es normal que los fisteados pasen una noche sin empalmarse. […] A medida que adquiría más experiencia en la comunidad SM, me di cuenta de que también era una sexualidad que permitía a la gente cruzar las rígidas fronteras de la orientación sexual. Conocí a lesbianas que se acostaban con heteros por dinero (yo también hice eso en una época). Conocí a heteros que daban o recibían por el culo de otros hombres si su ama se lo pedía. Y como esto ocurría bajo la autoridad de una mujer, pensaban que tenían un comportamiento heterosexual. […] »

 

Ciertamente no ha hecho falta esperar a los años 1970 para que la práctica de la intromisión del puño en el recto o la vagina exista. Un extracto de escrito de Sade da testimonio de ello como sigue: «Y usted, señora, cuide pues mi culo: se le ofrece a usted… ¿No ve cómo bosteza, mi jodido culo? … ¿no ve pues que llama a sus dedos? … ¡Joder! mi éxtasis es completo… usted los hunde hasta la muñeca! Ah! Recuperémonos, no puedo más… esta encantadora chica me ha chupado como un ángel…».

 

***

 

Pero volvamos al goce Otro, tal como parece manifestarse, quizás específicamente, por los favores de las drogas en el marco de las prácticas sexuales.

 

Entre los años 1970 y hoy en 2015, las prácticas sexuales entonces emergentes de las que hemos hablado, han sido específicamente golpeadas por la epidemia de sida. Debería incluso decir, para ser más preciso, por lo real del virus del VIH, un virus objeto real de alcance imaginario capaz de inmiscuirse gravemente en la economía del deseo y las capacidades amorosas.

 

En un contexto de represión intracomunitaria y de fuertes discriminaciones, que no retomaré hoy, hombres homosexuales, o gays, seropositivos, han conocido más que ningún otro, un entusiasmo por las drogas en el marco sexual, desde los años 2004-2005-2006 aproximadamente. Hasta esta fecha, los productos tales como el GHB o la MDMA, a veces, pero más raramente metanfetaminas tales como el crystal podían ser consumidas entre el espacio festivo y el dormitorio para ser preferidas en ocasiones para el dormitorio exclusivamente.

 

Desde 2004-2006, el consumo específico de catinonas (drogas derivadas del khat) —de las cuales la mefedrona es la más conocida y a menudo mencionada para designar moléculas que no lo son— ha explotado a partir de las redes sociales de encuentros sexuales entre HSH (Hombres que tienen relaciones Sexuales con otros Hombres) en busca de sexo «sin tabú» —queriendo decir no protegido—, en busca de plan «chem » —bajo productos, chem por chemical en inglés.

 

En este sentido, estas búsquedas de sexo con drogas no se distinguen de las búsquedas ordinarias de muchos otros HSH. La diferencia reside, en primer lugar, en la elección de los productos, ya que las catinonas han pasado a ocupar una parte específica del mercado de la droga. Estos productos pueden pedirse por internet, ser entregados por los servicios postales en pocos días, son baratos, diversificados y siempre nuevos: drogas de síntesis perfectamente adaptadas a una lógica capitalista dirigida a personas fuertemente individualizadas, e incluso acorraladas por la estigmatización inconsciente permanente que sufren, y que es más fuerte hoy que en otros tiempos pasados de la epidemia.

 

El género, en estas situaciones clínicas, siempre es convocado en procesos de concepción, de delimitación del sentido y de los signos en relación con la experiencia sexual. Es, por otra parte, algo que voy generalizando poco a poco, así como el cuadro de identificación Sexo/Género permite situarlos el uno respecto al otro también en sus especificidades fálicas. La dimensión del género viene a sostener una elaboración subyacente a propósito del mandato identitario que las identidades sexuales hacen pesar sobre los sujetos a los que señalan o que se reconocen en ellas. El género participa muy explícitamente en la empresa que vincula el lenguaje al sentido. Mientras que el sexo participa más explícitamente en lo que vincula el lenguaje al cuerpo.

 

Estas catinonas presentan múltiples intereses, entre ellos el de producir potentes efectos entactógenos y empatógenos. Los viajes sexuales relatados expresan una experiencia de una intensidad nunca antes encontrada, donde las producciones/deformaciones de lo percibido/visto/sentido/oído pueden, aun estando mágicamente transformadas, ser compartidas con el o los compañeros. Algunos, aunque no sean la mayoría, relatan experiencias de percepciones comunes, de alucinaciones interactivas a dúo.

 

La mayor parte de ellos afirma poder acceder a un sentimiento de sí mismo y a unas posibilidades de relación con los demás de las que no es concebible querer privarse. El goce sexual ya no parece suponer una barrera para la relación sexual. Es literalmente desplazado por los efectos de la droga en cuestión, desplazado y proyectado sobre la pantalla de los fenómenos alucinatorios compartidos. Estas nuevas moléculas propician experiencias de un nivel muy elevado de puesta en común, de intercambio sensacional y de dilución de las barreras levantadas clásicamente por el goce sexual (que marcan la no-relación).

 

Erecciones y orgasmos se disuelven en las otras posibilidades de sensación y de otros goces, o se abandonan (pérdida de la erección, imposibilidad de alcanzar la eyaculación) hasta el punto de que es lícito pensar que el goce sexual se mantiene especialmente al margen gracias a la molécula; sin que ello impida —al contrario— el recurso a otras prácticas sexuales y otros tipos de goces, finalmente disponibles para dejar que la relación se ponga en juego, para darle una forma en la realidad (entre lo imaginario y la alucinación) y así hacerla existir en algún lugar, por un tiempo.

 

Estas experiencias tienen todas un punto en común: ser ocasiones de suspensión de las cuestiones sexuales personales. Las drogas permiten, evidentemente, aliviarse del precio a pagar por encontrar al otro sexo —aunque sea el mismo en apariencia, anatómicamente hablando o supuestamente hablando. El precio a pagar es, como dice Lacan, tener que pasar por el órgano investido de la función de instrumento que lo convierte en un significante.

 

Así, gracias a las drogas, la primacía fálica que puede confinar a la cosificación del órgano cuando opera la confusión, y porque la confusión debe operar en parte para que el órgano sea investido, esta primacía es burlada de la manera más pragmática posible, poniéndola en declive. Las catinonas no permiten la erección y, por tanto, no permiten que se produzca una penetración mediante el órgano investido tradicionalmente como instrumento, o al menos no mediante ese.

 

Al igual que con Pat Califia, otro órgano es investido como instrumento fálico a través del cual se activa el mismo proceso necesario para encontrar al otro sexo —ya sea a través del ano, puesto que, a efectos prácticos, es siempre el brazo o el ano de un cierto «x»/significante por el cual los sujetos aceptan sexuarse.

 

Volvamos al goce Otro y su desarrollo frente al goce fálico para examinar la manera en que parecen, en ciertas ocasiones, separarse, desintrincarse. El riesgo fatal, de un goce entonces mortal, identificado hace un momento en la cita de Chrétien debe retomarse ahora, para dilucidar si su funesto horizonte se debería al desmantelamiento de estos dos goces o bien a otro proceso que vendría a golpearlos en el punto de su mayor distanciamiento.

 

Algunos consumidores de drogas como las catinonas, en el ámbito sexual, mueren de sobredosis o de parada respiratoria u otras complicaciones cardiovasculares, como se suele decir. Quienes se inyectan estas drogas practican lo que se llama el slam, que significa literalmente: enviar o lanzar. Como probablemente sabrán, el slam es un arte de justa verbal, es un arte poético, una forma de enviar textos dichos, declamados ante un auditorio, dirigidos a un público.

 

El poeta estadounidense Marc Smith desarrolló este enfoque de la recitación de poemas en 1986, para hacer el ejercicio más moderno, más musical. De ello se desprende una postura que compromete el cuerpo de cierta manera en esta interpretación del texto llevado a voz en grito, de pie ante un público. El slamer envía el texto, lanza el sonido y el sentido.

En cuanto a los valores, el slam es considerado y practicado por personas, en comunidades que comparten un interés por la libertad, la superación de las barreras y la apertura de mente.

En inglés, to slam the door significa dar un portazo, por ejemplo. O también, agotar, demoler, estrellarse contra algo. Pero también es ganar un grand slam, un gran slam. O incluso colgar bruscamente, slam down.

En resumen, a slam es un slam, to slam es dar un golpe seco o hacer restallar.

 

Cuando un consumidor envía el producto a la vena, recibe un golpe, desconecta y da un portazo a un momento de su experiencia para entrar bruscamente en otro momento de su experiencia bajo el efecto del producto. Se describe el equivalente a un flash, no idéntico al creado por la heroína, menos intenso, y que se pierde rápidamente en favor de una multiplicación de las inyecciones. Hasta una veintena o más, por noche, por sesión. El impacto en el capital venoso es considerable, los daños cardiovasculares son potencialmente muy importantes debido a los múltiples impactos y sus infecciones (abscesos, afectación de los nervios y tendones de las manos, de los brazos o necrosis de los tejidos o del pene cuando se elige como punto de inyección).

 

El X% de estos chemsexers fallece cada año.

 

¿Cómo sobreviene la muerte a partir de la disyunción fatal del límite como instancia y de la dilatación como proceso? ¿Cuándo se vuelve mortal el goce? ¿Es al alcanzar un punto extremo de su proceso de expansión?

 

Chrétien dice que debe mantenerse un límite y, más que eso, que forma parte de la posibilidad misma de esa suerte de superación del límite que es la dilatación. Esto resuena con la idea anteriormente evocada de un no-todo fálico co-ocurrente de lo fálico y no su reverso. Esto permite considerar que no es solo el deshilachado de uno con otro lo que separaría los goces más allá de un punto de no retorno.

 

Un paciente slamer pudo señalar, un día, cómo la integración de una práctica que combina el desmembramiento liberador de una cierta expansión debía mantenerse asociada a su contención en una forma delimitada. Para él es la escritura, o la posibilidad de retomar la escritura tras momentos de interrupción durante los cuales el bloqueo impedía la liberación del cuerpo mediante los pensamientos preescritos, listos para salir a través de la escritura. La posibilidad de sacarlos mediante las palabras del habla en sesión nunca ha sido ni será una equivalencia completa a lo que produce lo escrito, pero ha abierto la posibilidad de considerar esta práctica de sí mismo al servicio de una disposición de este «apaciguamiento en la fuerza», como dice también la profesora de yoga.

 

Entrar en la postura, dice también la profesora de yoga, salir de la postura no se resume a posar o dejar de posar, sino que añade: «mantener la postura y dejarse fluir en ella como el agua en un jarrón».

 

No es ablandarse, o desplomarse o desparramarse, es extenderse, dilatarse. El no-todo es todo lo contrario del famoso «dejarse llevar» que algunos pacientes enarbolan como bandera para dar sentido, a posteriori, a los consumos. Pero ¿cómo distinguir un dejarse llevar de una dilatación o de una regresión? ¿Acaso no tienen los mismos efectos ni dan testimonio de las mismas habilidades subjetivas? No todas son favorables a que operen reactivaciones fálicas en un momento dado, mediante las cuales los efectos de los significados llegan a hacerse representar por el significante falo, permitiendo al sujeto no abandonar el lenguaje y no morir de un abandono pulsional de sus órganos. Cuando al final del goce algunos no se levantan, quizás sea eso lo que ocurre…

 

Algunos pacientes describen los momentos de bajada como convalecencias donde el alimento y el cuidado están totalmente dirigidos hacia el cuerpo, otros encuentran en ellos la reanudación de la escritura en una profusión reguladora que permite volver a la superficie.

 

En estos momentos de eclipse, entre desvanecimiento y recuperación, el género aparece como aquello en lo que el sujeto se apoya en el falo para enderezarse, desde las angustias diluyentes a las que el sexo parece haberlo conducido previamente.

 

El goce Otro parece aliarse más con el sexo que con el género, que parece cada vez que emerge sostener o depender del goce fálico. Todos aquellos que me han enseñado esto anticipan la falta del objeto para preferirle aquello que, incluso en su ausencia, hace función: ¿es esta una marca de una experiencia melancólica o el efecto de una experiencia del estatuto del objeto en tiempos de neoliberalismo? Algunos han podido decir: «puesto que nada es, entonces cualquier cosa funciona, eso es todo lo que importa, si no, uno muere».

 

Un desafío de lo fálico, aquí, es sin duda sostener, en la cura, otra vía posible que la así formulada, para que la capacidad de regresar no se reduzca a un simple dejar ir con efectos deletéreos. Y que un saber hacer de la dilatación pueda testimoniar una posibilidad de soportar los efectos del goce Otro que atraviesa la experiencia subjetiva. Que la experiencia del no-todo no sea solamente sinónimo de no-existencia susceptible de desencadenar estas operaciones de salvamento que hacen correr un riesgo mortal, sino que se convierta en un soporte consistente que el género permite esclarecer respecto al sexo por lo que no es.

 

La escritura, el yoga o el fist-fucking son quizás desde este punto de vista modalidades variadas que apuntan al desarrollo de una práctica de la dilatación propia para acoger los efectos del goce Otro, los efectos del no-todo fálico.

 

PS 1:

 

Espero, procediendo de esta manera, mantener la reflexión lo más cerca posible del falo como marca de la distancia entre goce y saber, y al hacerlo tener una práctica de la sexuación teniendo en cuenta su no-pertenencia al mundo fenoménico, por lo tanto seguramente no genital, ni siquiera sexual. Ni siquiera sexual, porque no estoy seguro de que los términos del razonamiento hecho posible por la sexuación lleven consigo tanto lo sexual freudiano, para preferirle más bien lo real —lacaniano— del sexo y lo real del lenguaje, lo que hay de real en el lenguaje.

 

Si consideramos la forma en que podemos observar clínicamente cadencias, intervalos en los cuales los goces se ilustran y se dejan apreciar uno y otro por sus cualidades, ¿no hay ahí una oportunidad para pensar que los goces se entrecruzan repetitivamente en puntos de sutura, de juntas que puntúan tantas posibilidades de reanudaciones si uno llega a no estar más limitado —el goce Otro— o si el otro —el fálico— llega a fracasar en un punto demasiado fálico de su despliegue— necesitando entonces, en ambos casos, el relanzamiento del falo? Tantas reanudaciones posibles para que la malla no se corra demasiado. ¿Podemos decir tantos falos? O más bien tantos relanzamientos fálicos posibles por los cuales los efectos de significados vendrían a hacerse representar por el significante falo, permitiendo al sujeto no abandonar el lenguaje, y no morir de una desintricación pulsional de los órganos.

 

Es en esta vía que el falo podría bien ser pensado como marca de la distancia entre goce y saber, en tanto que sería el significante de esta distancia, tanto como el significado del goce, y en todos los casos aquel por el cual se hace designar el conjunto de los efectos de significados como tantas «alienaciones» —para decirlo con Lacan—. Alienaciones vitales.

 

Un desafío de lo fálico es quizás, aquí, el de una reanudación de la teoría del juicio y de lo que hace signo para el juicio capaz de dar todo su lugar a lo que se juzga y que no es signo, pero sin embargo significante, en otras palabras lo que no simboliza, pero que hace sentido a pesar de todo.

 

En otros términos para concluir: lo que el género permite esclarecer del sexo en lo que no es para mantener nuestra investigación del saber acerca de lo no sabido de lo sexual, y el saber del psicoanálisis como necesariamente no-todo fálico.

 

PS 2:

 

Pero entonces ¿por qué no pasar, más ordinariamente, por los órganos clásicamente investidos en rango de instrumento? Es quizás, es mi convicción, que la carga imaginaria/real/simbólica que pesa sobre ciertos órganos puede resultar contraria a la posibilidad misma de caminar hacia el goce. No es con el argumento de la incompetencia subjetiva para hacer con la castración que estoy tentado de captar el sentido de estas innovaciones, sino más bien por el hecho del saber sobre lo sexual del que los sujetos disponen —incluso sin saberlo—.

 

Este saber sobre lo sexual que hace desde al menos los años 1970 comprender a un montón de hombres, de mujeres, de trans, de gays, de lesbianas y de heteros o de straights que el órgano ya no debe confundirse con el poder sexual que se inviste de él. Y que a este título ese poder, fuertemente criticado en esos mismos años de feminismo y de lucha contra las discriminaciones, no merece más que la más estricta suspicacia. Una suspicacia idéntica a la que da fundamento a la discriminación dirigida a los gays seropositivos en su propia comunidad, una discriminación encargada de hacer sostener la marca de la relación entre lo existente y lo inexistente, de hacer sostener el falo con el órgano para suturar las agitaciones imaginarias que el virus activa. Una suspicacia hacedora de marcas, proveedora de falos volantes todos listos para posarse, abatirse sobre una práctica u otra comprometiendo tal o cual órgano no sexualmente sobredeterminado, porque eso está demasiado cargado.

 

Más aún hoy que en 1970, los gays saben, sida obliga, cuánto el goce haciendo barrera a la relación sexual no deja de ser la clave de una relación sexual a la que hay que ofrecer nuevas formas que aquellas antaño culpables de los peores acontecimientos que fueron y que son los sexismos, las homofobias, pero también las contaminaciones, porque de las desigualdades sexuales hay que contar ahora, en el caso de los HSH, con la desigualdad viral.

 

Escapar a la discriminación, al juicio de lo existente/inexistente, escapar a la castración por un tiempo al menos o hacer valer el más allá de la castración que no puede todo captarlo por su proceso, he ahí un programa sexual moderno o posmoderno en todo caso post-Freud, que podemos nombrar con Lacan: el programa no-todo.

 

Pero ¿el no-todo debe concebirse como el reverso del todo que sería el anverso? No hay todo fálico, pero hay lo fálico y el no-todo fálico. Es importante subrayarlo, porque uno y otro no son el anverso y el reverso de un campo del goce del cual podríamos intentar delimitar los dos lados, o caras.

 

Diferentemente de eso, el no-todo sería ese dominio donde la acción de distinguir lo diferente ya no es del orden de la necesidad sino de lo posible tanto como no-todo posible, sea una acción contingente relativa. Que sea iniciada, incluso mínimamente, basta para hacer caer en la contingencia la más estricta de las necesidades, no hace falta contrariarla enteramente, un simple inicio basta; el conjunto no debe considerarse en su alcance como una totalidad ni un todo, sino más bien como una unidad afectada.

 

El no-todo sería ese campo, ese dominio donde lo diferente puede ser reconocido, pero no necesariamente relevado en tanto que tal, ni erigido al punto de reificarlo él mismo o bien lo que del sujeto se hace representar como significante. Un no-todo no contrario a lo fálico, sino co-ocurrente de lo fálico, abriendo así a lo imposible, en tanto más allá de lo posible. Sería, en esta vía, una manera de pensar o de constatar una posible alteridad llevada a lo mismo sin condenarlo, a ese mismo, al juicio de lo estrictamente diferente. Un no-todo que permite distinguir que la mismidad no hace la unicidad, y que lo diferente revela la unicidad de una mismidad diferencial. En otras palabras, nada más que hétéros. Nada más que otra «x» de la cual ni el sexo aparente, ni la anatomía reivindicada —fueran únicos o miméticos— pueden contradecirse, u oponerse.