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“Psicoanalista”, “Niño”, “Transgénero”: no son más que significantes
Publicado en internet, Febrero de 2022.
Prólogo transgénero
Algunas divagaciones y repeticiones, por última vez, no en torno a un tema —el género (transgénero)—, sino a la recurrencia, a la repetición de algunas producciones sintomáticas en las palabras, a través de los discursos, que hay que intentar empujar un poco, para ver si progresamos en nuestras investigaciones sobre los efectos de este trastorno en el género en acción (transgénero).
El tema “género” es ahora un ramillete, puesto que no sirve de nada mantener separadas ciertas cuestiones intrínsecamente ligadas: género, psicoanalista, social, inconsciente, política.
Un solo método, siempre: retorcer el lenguaje en sus galas de discurso, con la palabra. Y siempre resueltamente en una forma distinta a las llamadas académicas o científicas.
Para dar un punto final, para empezar a elaborarlo, a mis propuestas/trayectorias teóricas sobre la clínica del género en psicoanálisis, que habrán durado cerca de quince años; no a mi práctica clínica psicoanalítica, que no hace más que continuar.
El género problemático, persistencia de lo inquietante
Me gustaría empezar con una observación sobre las competiciones deportivas, donde la cuestión de las mujeres trans siempre se plantea regularmente, en términos de la regularidad de la participación de las competidoras nacidas varones que, convertidas en niñas/mujeres, pueden oponerse a otras competidoras mujeres nacidas niñas. Injusticia, problema esto, equidad de competición aquello… No faltan argumentos y objeciones. La misma situación, más o menos, existe también, como, por ejemplo, la de un luchador hombre trans en Estados Unidos cuyo extracto de partida de nacimiento muestra “niña”, y que debe combatir por este hecho jurídico con mujeres en contra de su elección. No me interesa la necesidad de los valores de las competiciones deportivas ni su evolución futura, deseable, en la sociedad. Solo quiero señalar que todas las opiniones o argumentos corren en todas direcciones, por todas partes, sin apenas señalar que desde siempre nuestros hábitos de competición deportiva no apuntan ni a hombres ni a mujeres, sino que oponen a los machos y las hembras de nuestra especie humana, en estas competiciones biologicistas ahora, incluso minimizando sus ineludibles estados de seres hablantes. No vamos a reprochar esto a nuestros ancestros tan estúpidamente, pero digamos que ha pasado el tiempo, lo cual hay que tener en cuenta.
Otro ejemplo, la difusión de la película Petite fille, en 2020, y las reacciones del mundo de los psicoanalistas, que sin duda hay que distinguir del de la psicoanálisis, como campo de pensamientos y prácticas. El concierto no fue homogéneo, pero una mayoría supo hacer oír su espanto, su consternación y su desconcierto ante el contenido de esta película. Misión cumplida desde este punto de vista, para el director Sébastien Lifshitz. Desafortunadamente, no podemos decir lo mismo de parte de los espectadores psicoanalistas que a menudo, tristemente, tomaron la palabra para difundir sus interpretaciones salvajes, o las marcas de sus fascinaciones reactivadas por la realidad del sexo en cuestión en estas preguntas, muy lejos de las condiciones propicias para la elaboración, y en el fondo sobre el mismo modelo estrecho que el discurso cientificista que se abate sobre estas progenituras, como la peste sobre el bajo clero, pegándoles diagnósticos donde no hay enfermedad, sino preguntas de la más alta importancia.
Si la fluidez de los géneros —y lo que revela del no-saber sexual— no fuera objeto de un desprecio tan grande, o de un desinterés tan estúpido por parte de unos y otros en la sociedad, y por parte de algunos psicoanalistas que se expresan en los medios, en particular, es muy probable que los desafíos de la identidad sexual —de los que cada uno olvida tan rápidamente su cualidad de fantasma, de “foco imaginario” (C. Levi-Strauss)— no tuvieran que enquistarse en formas de sexualidades (las “orientaciones sexuales”, las “prácticas sexuales”, etc.), o artefactos identitarios tan radicales en sus determinaciones conscientes (“Disforia de género”, “Transgénero”, “Psicoanalista”, etc.) aplastando los desafíos inconscientes que estas reacciones impiden peligrosamente que eclosionen y/o emerjan.
Porque el desafío, aquí, es apoyarse en esta constatación ya repetida: desde la experiencia del psicoanálisis, no hemos podido definir qué es el sexo, ni el género, ni la sexualidad, ni la orientación sexual, ni lo identitario, a diferencia de haber sabido decir un poco qué es lo sexual o la sexuación, la identificación, la identidad, el fantasma, el deseo y su interpretación… Esto en cuanto a la constatación. Para la posible apertura, sigo pensando que las cuestiones llamadas de género son esta invitación a retomar desde cero un cierto número de cosas, como en cada sacudida antropológica susceptible de hacernos progresar comúnmente, donde el género presentifica un efecto de saber sobre lo sexual tal como el psicoanálisis lo ha puesto en circulación más allá de las curas, no sin efectos de transferencia.
A la vista de las reacciones de algunos/as psicoanalistas (a través de internet, de tribunas en la prensa, etc.), e incluso de instituciones psicoanalíticas, con respecto a las “cuestiones llamadas de género”, mantengo mi interpretación: que hay ahí una prueba de castración, que se impone a todos y todas —en este tiempo de deconstrucción lenta, pero progresiva del patriarcado concomitantemente con el declive de la función paterna—, a lo cual, como sabemos con el apoyo de la experiencia analítica, se puede oponer un “decir no a la castración” o bien un “rechazo de la castración”. Dicho de otro modo, todos y todas los que somos, diferentemente situados/as en el paisaje sexual de nuestra humanidad, no debemos retroceder ante esta transición sexual del psicoanálisis y del mundo donde ha emergido, salvo que arriesguemos las perversiones más inútiles, las menos creativas que puedan aparecer en esta ocasión.
Así, repito, y progreso un poquito, de vez en cuando, con lo que mi experiencia del psicoanálisis me enseña, gracias a aquellos y aquellas que vienen a decir, a intentar decir para no desmentir lo que es hablar.
Porque sostengo que, por parte de los/las niños/as transgénero, asistimos mucho más a un decir no a la castración, susceptible de constituir un apoyo feliz para el sujeto y la humanización del individuo, a diferencia de su rechazo —tal como a menudo se propone como interpretación de este “fenómeno” de “niños transgénero” más actual aún hoy que ayer—, a quien se le atribuye el cuidado de establecer procesos perversos. Y hablo de los/las niños/as, no de los adultos que se ocupan o se inclinan sobre sus casos, a saber, los padres, pero también los/las psicoanalistas, los/las educadores/as, los/las enseñantes, los/las médicos/as, los/las endocrinólogos/as, los/las militantes, etc., en quienes, muy claramente, el espectro del rechazo, a fuerza de ser denunciado a ambos lados de la línea mediana que lo atraviesa, aunque opuesto en apariencia en el plano ideológico, por ejemplo, no tiene a menudo nada muy diferente, para consagrar posicionamientos auténticamente perversos, que se derraman de una generación precedente a la siguiente. Perversidad que considero el resultado de un manejo del síntoma como llamada del Otro, por parte de algunos/as de nuestros/as colegas —los padres también—, o bien de una interpretación abusiva del síntoma fuera de la transferencia, para evitar sin duda reconocer ese mismo lugar donde la cura llevada hasta el límite del infinito sobre lo finito revela su naturaleza: es goce (J. Lacan, seminario sobre La Angustia).
Porque sí, los niños siguen fabricándose con los “arrepentimientos” de sus padres, hasta el punto de convertirse en “monstruos” según la célebre y mordaz cita de J.-P. Sartre, a lo que podemos añadir que esta monstruosidad no tiene nada que ver con Halloween, sino con lo que también constituye lo más freak, lo que causa horror en el corazón del ser, siempre. Esto basta para interesar a los psicoanalistas a escuchar y aceptar cuestionar el psicoanálisis reinventándolo, una y otra vez, a pesar de las sacudidas y las aterradoras inestabilidades que nuestra condición de proletarios de lo real (J. Lacan) nos propone como existencia.
¿Quién querría dejar de apostar por el sujeto que hay en cada uno/a?
Dicho esto, hay, sin embargo, una interpretación burda, incluso simplista, que no obstante merece ser planteada para establecer un punto (temporal), en el campo de la apertura que se está produciendo en nuestra experiencia (si admitimos que la experiencia es una apertura, de la que solo conocemos los bordes).
Desprendidos/as o abandonados/as, liberados/as o sueltos/as de la verticalidad predominante antaño de la inscripción, para el sujeto, de los desafíos fálicos, los/las sujetos/as de ahora testimonian una nueva modalidad de inscripción de estos desafíos donde la horizontalidad prevalece, en ciertos aspectos. ¿Qué significa esto? Esto significa, entre otras cosas, que los procesos de socialización y humanización (referencia a la distinción propuesta por J-P. Lebrun) en el grupo, en la comunidad, etc., se imponen sobre los de la familia, con los padres o tutores, con las generaciones precedentes, etc. Esto es la marca de las aperturas realizadas previamente, que han permitido salir de ciertos enclaves donde las libertades estaban reducidas y las discriminaciones perpetuadas por tradición (deconstrucción progresiva del patriarcado, que está lejos de estar terminada; feminismo, psicoanálisis, etc.).
No es de extrañar, en este marco, que haya más que en el pasado, niños que solicitan construirse de otra manera que en el automatismo/tradición de la transmisión pasada, para preferir una determinación más personal, nutrida de las constataciones y de los determinantes inconscientes, que les permite escapar, por ejemplo, al papel y función poco envidiables, incluso amenazantes, en ciertas situaciones, de “La mujer no existe” (J. Lacan), o bien, otro ejemplo, de conquistar una feminidad, siempre performativa, de mascarada (no es lo femenino) aligerada, sin embargo, del peso de los restos de la verticalidad de antaño (cuyos efectos se hacen sentir todos, y están en acción) que los condenaban ampliamente a una eterna comparación con el ideal de autoridad virilista del padre de la horda, si aceptan demasiado encarnar al “hijo de papá” (o mamá).
Tanto más cuanto que las modificaciones siempre en curso de la relación del significante con lo performativo, donde este último sigue erosionando una parte significante del primero, todavía no son objeto de un estudio serio en el mundo psicoanalítico, el único capaz de iluminarnos sobre las nuevas modalidades de anudamientos y de confrontación entre el sujeto y lo social, sin necesidad de preferir la simple contestación de los fenómenos societales (como si fueran asimilables).
Así, los bebés varones y otras hembras preferirán, como sujeto, hacer oír y construir su interpretación de su posible lugar en el paisaje sexual de hoy, a partir de la apertura producida poco a poco, de la que pueden hacer uso mejor que sus mayores, no sin ser atravesados/as (adherentes u opuestos/as) por los fantasmas y deseos de sus padres, por ejemplo, es decir, de la generación anterior, ella misma atravesada por lo que sus propios mayores habrán transmitido aún antes que ella, y así sucesivamente, tal como la especie humana sigue perpetuándose alejándose cada vez más de la reproducción, esto desde hace mucho tiempo puesto que se remonta al momento de paso de la reproducción sexual a la procreación.
Los niños transgénero hablan
Cuando un/a niño/a habla para decir que es una niña o que es un niño, con su cuerpo que no está anatómicamente constituido en adecuación a los estándares mayoritarios que vinculan al macho con el futuro hombre y a la hembra con la futura mujer, no dice que la naturaleza se ha equivocado. No. Dice que la humanidad sigue evolucionando. Una humanidad que no se construye ni se comprende con los conocimientos establecidos predominantes en nuestras bibliotecas, sino con aquellos aún poco conocidos que las complementarán mañana. Dice que es un hombre o una mujer o ni uno ni otro, o cualquier otra formulación, como sujeto. Es el sujeto quien viene a decir lo que cree que son sus coordenadas en el paisaje sexual; un/a sujeto/a más fuertemente determinado/a que hace tres generaciones, por su dimensión individual, la del individuo que puede formar parte de un grupo o de una comunidad, que por su dimensión de hijo/hija de su padre artefacto del Padre, dentro de su familia artefacto de la horda, tal como valía mayoritariamente, por no decir exclusivamente, hasta hace poco.
Observemos, si fuera necesario, que no lo dicen de buena gana. ¡Sufren por ello! Estos niños, más o menos jóvenes, y su familia bien pueden apoyarse en un error supuesto de la naturaleza o bien en un diagnóstico de disforia de género, no necesariamente para adherirse a una nueva religión (los psicoanalistas tienen una gran responsabilidad a este nivel), sino porque hay que apoyarse en algo, en particular cuando la disciplina y la experiencia de los psicoanalistas parece no proporcionar ya perspectivas de nuevos saberes a construir, susceptibles de iluminar aún un poco este enigma de lo sexual (puesto que los psicoanalistas se hacen oír mayoritariamente con sentencias, acusaciones o juicios morales).
Observemos, a este respecto, que estos niños testimonian muy claramente una capacidad nueva de la que no podemos de entrada estar seguros/as de que dominen su uso y su efecto. Pero es una capacidad auténtica, que arrastra una verdad errante concerniente a lo sexual que sigue, como decimos desde Freud, traumatizando, fracturando el ser y el sujeto del inconsciente. Entonces, debemos acogerla de esta manera si pretendemos que nuestro acto analítico es necesario para el tratamiento y la transformación de las formaciones psíquicas.
Por parte, si puedo decirlo así, de los padres o de los médicos que acompañan estos recorridos, educando a estos niños/as, no podemos decir lo mismo, porque ahí se agitan más duramente que en estas personas jóvenes las contradicciones que las evoluciones sociales a veces se apresuran a consagrar con el apoyo de causas un poco débiles, ¡por no decir de poca monta! (la carrera de los diagnósticos como el de la disforia, por ejemplo). Enganchados/as a la parte más imaginaria de las teorizaciones y de las comprensiones pasadas, las interpretaciones/soluciones que se enuncian flotan en el vacío de un discurso casi siempre demasiado forzado, que solo puede inquietar sobre la fuerza de inercia que se esconde en el corazón de sus aparentes declaraciones voluntarias benévolas matizadas de protocolos donde el sujeto no es tomado en consideración, en beneficio del individuo (pequeña “i”) —no el Individuo, el que muere a la Comunidad (Blanchot, Nancy, Bataille, Duras), sino el individuo que triunfaría como debe ser en tiempos de desmentido generalizado con los alientos de la política sometida al liberalismo (ahí está la ideología).
Nuevos saberes psicoanalíticos, a condición de no retroceder
Evidentemente, el psicoanálisis en experiencia debe poder decir y hacer oír lo que aprende de estos sujetos que dicen algo muy valioso. Ciertamente, este saber nuevo, estos nuevos sujetos o sujetos de ahora pueden parecer incompatibles con los valores de sus padres o abuelos, incluso pueden asustar o hacer temer lo peor. Esto es conocido, el fin del mundo es siempre para mañana, aunque se acerque. No obstante, se salvan a sí mismos, y también a sus padres o a sus abuelos según las situaciones, su piel de sujeto maltratado o puesto a trabajar por su dimensión individual más fuertemente de lo que había sido posible hasta ahora vivir plenamente en la posmodernidad y sus efectos.
Pero si el psicoanálisis prefiere lamentarse sobre el declive de esto o la catástrofe de aquello, también puede preferir callar, porque eso no es dar cuenta de los sufrimientos psíquicos ni siquiera pretender ofrecer al sujeto las condiciones de advenimiento de su palabra hasta el punto en que sus determinantes inconscientes le parezcan manejables (meta posible del análisis).
De lo que estoy seguro es de que el psicoanálisis de ahora sobrevivirá a sus escollos y superará sus miedos legítimos por su propio progreso, a condición, siempre, de no retroceder ante lo que de lo real se presenta en el límite donde lo simbólico merece, y puede, ser tratado.
Porque al interesarse en ello, con la prudencia y la exigencia que merece nuestra experiencia analítica en curso, el hecho transgénero/sexo nos instruye sobre las modalidades actuales de sexuación junto a las cuales decimos que la a-sexuación ha llegado, para ainsi completar el cuadro o precisarlo, abriendo a algunas localizaciones adicionales de lo que se convierte, por ejemplo, la función de la castración (ver propuestas sobre el nudo borromeo dextrógiro para situar otros registros —identitario, goce sexual, etc.—, en “laa-sexuación: perversión de lo fálico… ”). Esto incluso antes de que la sexuación formulada por Lacan no haya sido aún bien leída ni utilizada con fines felices para la causa freudiana. El tiempo va más rápido que antes, se dice.
Tanto peor para aquellos y aquellas, que no son únicamente los abuelos o las abuelas del psicoanálisis o de estos niños transgénero, puesto que a veces tienen una identidad de generación, ferozmente apoyados/as en los mostradores de sus interpretaciones melladas (que hay que constatar como tales antes de crear nuevas); solo uno/a por uno/a puede un giro adicional hacer saber lo que falta al saber de algunos/as, si avanzan en grupo o por la fuerza de una identificación autoritaria a la ideología de la tradición o de su ciencia: se equivocan y se niegan a seguir iluminando esta experiencia de seres-hablantes que a menudo nos abruma, reconozcámoslo.
En la dimensión singular, todo esto exige, uno/a por uno/a de nuevo, ser precisado en la cura. Puesto que cada uno/a tiene sus propias razones, incomparables e indiscutibles por otro/a, salvo por el analista que asegurará no solo su función de semblante del objeto a, sino también la de semblante de a/Otro de lo sexual, en todo caso por el momento, veremos en diez o cuarenta años lo que habrá que precisar más adelante. Porque no está solo en lugar dea o de A, tal como el transferencia dicho psicótico nos lo ha enseñado en relación con la neurosis, en particular, sino en función de otro, donde el otro oscila entre lo pequeño y lo grande, nominalmente de lo sexual — a/Otro de lo sexual. Otra manera de traducir la creación posible del sexo nuevo que he podido desarrollar más en El sexo reinventado… a propósito de las construcciones en el análisis posible a partir de la clínica del género.
Si los psicoanalistas renuncian a la ética hospitalaria que tan bien les sienta por lo demás, entonces estos niños, estas esperanzas de civilización no tendrán más que la brutalidad del enfrentamiento del colectivo como respuesta que ya no promete lo común (eso mismo que denuncian con sus dichos sexuales, con sus demandas de transición), tal como ocurre con el desmoronamiento del lazo social en tiempos de liberalismo agresivo, tal como lo sufre la sociedad, y tal como lo sufren las sociedades y escuelas de psicoanálisis fingiendo creer que la institucionalización-salvavidas del después de la muerte de Lacan a la que se han dedicado podía salvarlas, incluso confundiendo filiación, transmisión y herencia, sin darse cuenta de que este mismo síntoma es el que está en el corazón de los desafíos psíquicos de estos niños: ¿qué anudamiento interior/exterior hoy? ¿Es siempre que uno se inicia en el corazón del otro? ¿Qué hay del extimo lacaniano ahora? ¿Qué se transmite, si ya no es la inscripción de los desafíos de lo fálico, quizás el de la conformación al objeto?
Porque es bien evidente que este punto común de un riesgo de influencia ideológica, tan fácilmente detectado en los sujetos muy afectados por los efectos del discurso liberal y cientificista, no es muy diferente de la recitación de mantras “a la manera” (expresión consagrada hoy) balbuceos de loros, donde las formaciones del inconsciente terminan en cabeceras de góndola en los supermercados de la causa, de la que el psicoanálisis había sufrido después de Freud, y de la que sufre igualmente cruelmente después de Lacan (su desaparición se entiende). Los porta-Falos, como me gusta calificarlos, del Psicoanálisis-todo, bien pueden temer, en todas las revistas y coloquios posibles, que ciertos discursos presentes fomenten cierres y graves daños para el sujeto; el propio medio de los psicoanalistas no está en absoluto indemne, y obra en este sentido desde el principio del descubrimiento freudiano: proletario de lo real para Lacan, comunidad de los seres-hablantes,… pero ¿no estamos interesados/as en saber un poco más sobre este fantasma a-pátrida recientemente aparecido junto al fantasma hetero-patriarcal ?
Sí, los niños transgénero, seamos muy claros, sufren de lo mismo: el mismo trozo de La Cosa en el corazón de los tormentos del psicoanálisis contra su propia transmisión por los propios analistas. Que esto pueda abordarse mediante el pase, el nombramiento u otro, conduce a esta única conclusión: una comunidad de estructura de la que ninguno/a puede ser despojado/a o adornado/a con los títulos de patologías, en el espacio social o político, cualesquiera que sean. ¿Y de qué se trata? Manifiestamente de esta cosa renombrada the thing por Duras cuando parece confundir el objeto a y el Falo (entrevista revista Gaipied, noviembre de 1980) —pero no tanto, al releerlo a posteriori. ¿De lo contrario, elegimos la interpretación del síntoma fuera de la transferencia? ¿Y por lo tanto, declaramos el fin de nuestra pretensión al acto analítico?
Sí, el Falo es afectado por un proceso con efectos perversos que los desafíos de lo fálico comparten con el objeto a cuando se confunden, a veces por poesía, a veces por adquisición identitaria. Nuevas filiaciones, exigencias de la transmisión, creaciones de sexos nuevos, etc., existen desprendidas de los hábitos de la herencia son las únicas vías posibles a tomar para salir del atolladero donde la evolución de la humanidad no está obligada a abandonarnos como al foso de los desechos del liberalismo, sino que puede, quizás, sostenernos en nuestro esfuerzo de mantener las exigencias analíticas a su máximo, lo más lejos posible de nuestras heridas narcisistas, colectivas, políticas que nos hacen decir tonterías identitarias (sobre todo cuando se confunde, lo identitario, con la identidad), y cuya deposición haría mejor en orientarse hacia un diván acogedor.
Esperando, comúnmente
No dejar que nuestros/as queridos/as pequeños/as se conviertan solo en ultramodernos/as, y/o nosotros/as con ellos/as, ya que incluso Netflix nos alerta sobre la innumerable cantidad de escenarios catastróficos donde las distopías crucifican la heteronomía del mundo de antes, para dejar el de mañana sin esperanza —la esperanza es, sin embargo, una alteridad basal, gracias a la negatividad feliz de la que se sostiene.
No dejar lo sexual freudiano prohibido de transición sexual (“sexual” se entiende también) a través de la experiencia analítica que continúa, puesto que sabemos que una cura llevada a término se deriva de este tipo de resultado más allá del fantasma, con conocimiento de causa, con el apoyo del deseo interpretado y a pesar del goce del síntoma, etc., y dar cuenta de las deformaciones del psicoanalista como el más allá de las formaciones del psicoanalista. Las formaciones del psicoanalista no van sin su más allá: las deformaciones del mismo.