Del arte de abolir el inconsciente por decreto o La peste amenazada por ratas (2025)

Del arte de abolir el inconsciente por decreto o La peste amenazada por ratas (2025)

Del arte de abolir el inconsciente por decreto o La peste amenazada por ratas

 

Publicado en internet, noviembre 2025.

Parece que la enmienda 159 quiere salvar la ciencia. Es gracioso: cada vez que un poder quiere hacer callar a la gente, invoca la ciencia como otros invocan a Dios. ¡Qué hermosa historia! He aquí que en el Senado, algunos guardianes del templo tecnocrático deciden que, desde 2026, el inconsciente costará demasiado caro. Telón. Se cierra la tienda del sujeto. ¿La palabra singular? No reembolsada. ¿La subjetividad? No evaluada. ¿La vida psíquica? No suficientemente « evidence-based ». No hay casilla para eso en su hoja de cálculo, así que hop, a la basura.

 

Son conmovedores, estos aprendices-higienistas, persuadidos de que lo humano se desmonta como un mueble IKEA y que una existencia golpeada se repara con un protocolo PowerPoint. Aún creen que sufrir es una disfunción, que un alma en desorden es un bug, y que van a arreglar todo eso marcando tres ítems validados por la Alta Autoridad del Todo-Saber.

 

Pareciera que hemos vuelto a las horas tranquilas donde bastaba una oficina para decidir lo verdadero y lo falso, lo normal y lo patológico. Reemplacen los comisarios políticos por las « instancias científicas » y obtienen el mismo olor: la policía de los métodos. El mismo gesto autoritario: tú sí, tú no. La misma pasión triste de lo homogéneo, lo liso, lo conforme.

 

El fascismo no siempre necesita botas: a veces se viste de racionalidad de oficina. Es la reducción del mundo a una sola teoría. Es el odio hacia lo que escapa a la medida. A la casilla. Al protocolo. Es el pánico ante el sujeto, ante lo que tiene de turbio, de torcido, de opaco. Ante lo que no se normaliza.

Entonces sí, digámoslo: esta enmienda apesta a la vieja pulsión de orden, esa que sueña con una psicología sin conflictividad, sin historias, sin historia en absoluto — solo un ejército de ciudadanos bien calibrados, bien conductuales, bien dóciles. Gente que no habla demasiado. O que habla como está previsto.

 

El psicoanálisis no es perfecto, no. Pero tiene un defecto imperdonable: deja hablar a la gente. Acoge lo que no saben. Deja surgir lo raro, la falta, el fracaso, la grieta, el deseo. Todas cosas que los gestores de la salud mental quisieran ver desaparecer para optimizar el gasto público y asegurar sus certezas.

 

Pero el inconsciente, él, no vota los presupuestos. Retorna. Insiste. Arma lío. Hace rechinar los discursos demasiado limpios. Tacha sus cuadros. Se escribe, contra viento y marea. Nunca ha sido, y nunca será políticamente correcto.

 

Que abolan el reembolso (caballo de Troya): no abolirán nada. Creen apuntar a una profesión; apuntan a una libertad. Una minúscula zona de desobediencia donde el sujeto no obedece a las métricas. Un enclave peligroso para todos aquellos que sueñan con un humano programable.

 

No nos engañemos: no es una querella presupuestaria. Es una lucha sobre lo que vale una vida. Una vida que habla. Y que, desde siempre, habla de través, habla demasiado, habla mal — habla de otro modo.

 

Y es precisamente eso lo que querrían hacer callar.

 

VB – 18 noviembre 25.